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Escuela Sabática Para Maestros

Material Auxiliar Para Maestros de Escuela Sabatica

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Uniendo el cielo y la tierra. Cristo en Filipenses y Colosenses

1er Trimestre de 2026

Lección 1: Para el 5 de julio de 2025

OPRESIÓN: EL TRASFONDO Y EL NACIMIENTO DE MOISÉS

Sábado 28 de junio

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Éxodo 1:1-22; Génesis 37:26-28; Génesis 39:2, 21; Hechos 7:6; Gálatas 3:16, 17; Éxodo 2:1-25.

PARA MEMORIZAR:

“Los israelitas, gimiendo a causa de la servidumbre, clamaron, y su clamor subió hasta Dios con motivo de su servidumbre. Dios oyó su gemido, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los israelitas y reconoció su condición” (Éxo. 2:23-25).

El libro de Éxodo resuena con relatos de oprimidos, marginados, perseguidos, explotados y degradados. Por lo tanto, quienes se sienten hoy abandonados, olvidados y esclavizados pueden tener esperanza, pues el mismo Dios que salvó a los hebreos es capaz de salvarlos a ellos también.

Éxodo habla de las batallas existenciales, las injusticias y las pruebas que forman parte de la vida. Todos pueden sentirse alentados por los relatos de las intervenciones de Dios en favor de su pueblo sufriente. El Señor escucha el clamor de los oprimidos, ve sus luchas, nota sus lágrimas y agonía, y acude en su rescate.

Dios toma la iniciativa para liberar a quienes confían en él. Solo tenemos que aceptar por fe lo que él nos ofrece. Por eso es necesario estudiar el Éxodo, porque señala lo que Jesús ha hecho por todos nosotros. Es un libro acerca de la redención, la liberación y la salvación final, todo lo cual está a nuestra disposición por la fe gracias a lo que Cristo Jesús ha logrado en nuestro favor.

En medio de la confusión y la oscuridad, si nuestros ojos están fijos en Dios, podemos reconocer su presencia, su cuidado y su ayuda mientras nos guía a la eterna “Tierra Prometida”.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Señor no abandona a sus ovejas heridas y magulladas al poder de Satanás para que las despedace. Está siempre fortaleciendo a los que son suyos cuando están débiles. Libera a los atribulados y tentados del poder del enemigo. El Señor Jesús nunca olvida al alma que pone su confianza en él. Y los que pretenden ser hijos e hijas de Dios deben confiar siempre en Jesús. Hacerlo de otra manera es negar que nos ama (Alza tus ojos, 16 de mayo, p. 148).

Aquellas personas que se niegan a avanzar hasta que ven cada paso claramente marcado delante de ellos, nunca lograrán mucho; pero cada hombre que muestra su fe y confianza en Dios sometiéndose voluntariamente a él, soportando la disciplina divina impuesta, se convertirá en un trabajador eficaz para el Dueño de la viña. En sus esfuerzos por prepararse para ser colaboradores de Dios, frecuentemente los hombres se colocan en situaciones que los inhabilitan para ser moldeados y plasmados como el Señor quisiera. De esta forma, como sucedió con Moisés, no se les encuentra la semejanza divina. Al someterse a la disciplina de Dios, Moisés se convirtió en un vaso santificado a través del cual pudo trabajar el Señor. No vaciló en cambiar su camino por el camino del Señor, aunque llevara por senderos extraños, aún no trillados. No se permitió a sí mismo hacer uso de su educación mostrando lo irrazonable de los mandatos de Dios y la imposibilidad de obedecerlos. No; estimó muy poco sus propias habilidades para completar con éxito la gran obra que el Señor le había encomendado. Cuando comenzó su misión de liberar al pueblo de Dios de su esclavitud, daba toda la apariencia de ser una empresa imposible; pero confió en Aquel con quien todo es posible (Fundamentals of Christian Education, p. 344).

Dios desea que su pueblo se prepare para la crisis venidera. Esté preparado o no, tendrá que afrontarla; y solamente aquellos que vivan en conformidad con la norma divina, permanecerán firmes en el tiempo de la prueba. Cuando los gobernantes seculares se unan con los ministros de la religión para legislar en asuntos de conciencia, entonces se verá quiénes realmente temen y sirven a Dios. Cuando las tinieblas sean más profundas, la luz de un carácter semejante al de Dios brillará con el máximo fulgor. Cuando fallen todas las demás confianzas, entonces se verá quiénes confían firmemente en Jehová. Y mientras los enemigos de la verdad estén por doquiera, vigilando a los siervos de Dios para mal, Dios velará por ellos para bien. Será para ellos como la sombra de un gran peñasco en tierra desierta (Los hechos de los apóstoles, pp. 344, 345).


Domingo 29 de junio

EL PUEBLO DE DIOS EN EGIPTO

El libro de Éxodo es conocido como shemot (“nombres”) en hebreo, en armonía con las palabras iniciales de ese antiguo documento que comienza con la expresión: “Estos son los nombres…”, en referencia a los de la familia del patriarca Jacob que se enumeran desde el principio.

Lee Éxodo 1:1 al 7. ¿Qué verdad crucial se expresa aquí?

Éxodo 1:1-7

1 Estos son los nombres de los hijos de Israel que entraron en Egipto con Jacob; cada uno entró con su familia: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón, Benjamín, Dan, Neftalí, Gad y Aser. Todas las personas que le nacieron a Jacob fueron setenta. Y José estaba en Egipto. Y murió José, y todos sus hermanos, y toda aquella generación. Y los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra.

El libro de Éxodo comienza con un recordatorio de la bendición de Dios. Cuando el patriarca Jacob y su familia se establecieron en Egipto eran solo setenta personas (Gén. 46:27; Éxo. 1:5), pero los israelitas “crecieron y se multiplicaron. Se aumentaron y fortalecieron en extremo, y llenaron el país” (Éxo. 1:7). En la época del éxodo eran “como seiscientos mil hombres de a pie, sin contar las mujeres y los niños” (Éxo. 12:37).

Lee Éxodo 1:8 al 11. ¿Cuál era la situación de los israelitas en el momento del éxodo?

Éxodo 1:8-11

Entretanto, se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José; y dijo a su pueblo: He aquí, el pueblo de los hijos de Israel es mayor y más fuerte que nosotros. 10 Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique, y acontezca que viniendo guerra, él también se una a nuestros enemigos y pelee contra nosotros, y se vaya de la tierra. 11 Entonces pusieron sobre ellos comisarios de tributos que los molestasen con sus cargas; y edificaron para Faraón las ciudades de almacenaje, Pitón y Ramesés.

El texto bíblico describe con tonos oscuros la historia de los hijos de Israel en Egipto, ya que comienza con su esclavitud a manos de los capataces egipcios y el trabajo opresivo que se les impuso. Sin embargo, el libro de Éxodo termina con la presencia apacible y reconfortante de Dios en el Tabernáculo, en el centro del campamento israelita (ver Éxo. 40). Entre estos dos polos opuestos se describe el triunfo de Dios. Al liberar el Señor a su pueblo de la esclavitud, al abrir el Mar Rojo y al derrotar al ejército más poderoso de la época, se revela la espectacular victoria de Dios sobre las fuerzas del mal.

El relato destaca la paradoja de que, cuanto más afligían los opresores a los israelitas, “tanto más se multiplicaban y crecían” (Éxo. 1:12). Es decir, independientemente de las maquinaciones humanas, Dios sigue siendo soberano y salvará a su pueblo aunque las circunstancias parezcan desesperadas, al menos desde una perspectiva humana.

Surgió un nuevo rey que no conocía a José. ¿Qué nos enseña este relato acerca del error de dar por sentadas las circunstancias, especialmente las buenas?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

El plan que Dios se propone llevar a cabo hoy mediante su pueblo, es el mismo que deseaba llevar a cabo mediante Israel cuando lo sacó de Egipto. Contemplando la bondad, la misericordia, la justicia y el amor de Dios revelados en la iglesia, el mundo ha de obtener una representación de su carácter. Y cuando la ley de Dios quede así manifestada en su vida, el mundo reconocerá la superioridad de los que aman, temen y sirven a Dios por encima de todos los demás habitantes de la tierra.

Los ojos del Señor observan a cada uno de sus hijos; él tiene planes para cada uno de ellos. Él se propone que quienes practiquen sus santos preceptos constituyan un pueblo distinguido. Al pueblo de Dios de este tiempo, tanto como al antiguo Israel, se le aplican las palabras que Moisés escribió por inspiración del Espíritu: «Porque tú eres pueblo  santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra». Deuteronomio 7:6 (Testimonios para la Iglesia, t. 6, p. 21

Cuando vio que se acercaba su fin, llamó a todos sus parientes. Aunque había sido tan honrado en la tierra de los Faraones, Egipto no era para él más que el lugar de su destierro; lo último que hizo fue indicar que había echado su suerte con Israel. Sus últimas palabras fueron: «Dios ciertamente os visitará, y os hará subir de esta tierra a la tierra que juró a Abraham, a Isaac, y a Jacob». E hizo jurar solemnemente a los hijos de Israel que llevarían sus huesos consigo a la tierra de Canaán.

«Y murió José de edad de ciento y diez años; y embalsamáronlo, y fue puesto en un ataúd en Egipto». A través de los siglos de trabajo que siguieron, aquel ataúd, recuerdo de las postreras palabras de José, daba testimonio a Israel de que ellos eran solo peregrinos en Egipto, y les ordenaba que cifraran sus esperanzas en la tierra prometida, pues el tiempo de la liberación llegaría con toda seguridad (Historia de los patriarcas y profetas, p. 245).

Los descendientes de Abraham, Jacob y su posteridad, fueron llevados a Egipto, para que en medio de aquella grande e impía nación pudieran revelar los principios del reino de Dios. La integridad de José y su maravillosa obra al preservar la vida de toda la nación egipcia, fue una representación de la vida de Cristo. Moisés y muchos otros fueron testigos de Dios.

Al sacar a Israel de Egipto, Dios manifestó nuevamente su poder y misericordia. Las obras maravillosas realizadas al librarlos del cautiverio y la forma en que los trató en su viaje por el desierto, no fueron únicamente para el beneficio de Israel. Habían de ser una lección objetiva para las naciones circunvecinas. El Señor se reveló a sí mismo como un Dios que estaba por encima de toda autoridad y grandeza humanas (Palabras de vida del gran Maestro, p. 229).


Lunes 30 de junio

EL TRASFONDO HISTÓRICO

Cuando la familia de Jacob llegó a Egipto después de pasar hambre en Canaán (Gén. 46), el rey egipcio se mostró amigable con los hebreos a causa de José y de todo lo que este había hecho por los egipcios.

“Y agregó Faraón a José: ‘Ahora te he puesto sobre toda la tierra de Egipto’. Entonces Faraón quitó su anillo de su mano y lo puso en la mano de José. Lo hizo vestir de lino finísimo y puso un collar de oro en su cuello. Lo hizo subir en su segundo carro, y pregonaron ante él: ‘¡Doblen la rodilla!’ Y lo puso sobre toda la tierra de Egipto” (Gén. 41:41-43).

¿Cuál fue la clave del asombroso éxito de José en Egipto tras un comienzo tan difícil? (Lee Gén. 37:26-28; 39:2, 21).

Génesis 37:26-28

26 Entonces Judá dijo a sus hermanos: ¿Qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano y encubramos su muerte? 27 Venid, y vendámosle a los ismaelitas, y no sea nuestra mano sobre él; porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne. Y sus hermanos convinieron con él. 28 Y cuando pasaban los madianitas mercaderes, sacaron ellos a José de la cisterna, y le trajeron arriba, y le vendieron a los ismaelitas por veinte piezas de plata. Y llevaron a José a Egipto.

Génesis 39:2, 21

Mas Jehová estaba con José, y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio.

21 Pero Jehová estaba con José y le extendió su misericordia, y le dio gracia en los ojos del jefe de la cárcel.

El trasfondo histórico más plausible acerca de la historia de José es el siguiente: el nuevo gobernante “que no conocía a José” (Éxo. 1:8) fue Amosis I (1570 a. C.-1546 a. C.). Luego vino Amenhotep I (1553 a. C.-1526 a. C.), el gobernante que temía a los israelitas y los oprimía. Más tarde, Tutmosis I (1525 a. C.-1512 a. C.) decretó la muerte de todos los hijos varones hebreos recién nacidos. Su hija Hatshepsut (1503 a. C.-1482 a. C.) fue la princesa que adoptó a Moisés como hijo. El faraón Tutmosis III (1504 a. C.-1450 a. C.), corregente de Hatshepsut durante algún tiempo, fue el faraón del éxodo.

El éxodo ocurrió, según los mejores cálculos, en marzo del año 1450 a. C. (ver William H. Shea, “Exodus, date of the”, en The International Standard Bible Encyclopedia, editada por Geoffrey W. Bromiley y otros [Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1982], t. 2, pp. 230-238). Para comprender la época del éxodo, estudia los siguientes textos bíblicos: Génesis 15:13-16; Éxodo 12:40, 41; Jueces 11:26; 1 Reyes 6:1 (ver también Hech. 7:6; Gál. 3:16, 17).

El primer capítulo del libro de Éxodo abarca un largo período: desde la época de José, cuando su padre Jacob con toda la familia entró en Egipto, hasta el decreto de muerte del faraón. Aunque existe cierto debate acerca de la extensión exacta de ese período, lo importante es que el Señor no se olvidó de ellos incluso cuando el pueblo de Dios era esclavizado en tierra extranjera.

Es decir, aunque desconocemos por ahora muchos detalles acerca de la historia de los hebreos en Egipto en aquella época (ver 1 Cor. 13:12), la revelación del carácter de Dios sigue brillando a través de las páginas de este libro al igual que en toda la Escritura. Por adversas que sean las circunstancias, Dios siempre está presente y podemos confiar en él cualquiera que sea nuestra situación.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

El nuevo rey de Egipto se dio cuenta de que los hijos de Israel eran sumamente valiosos para el reino. Muchos de ellos eran obreros capaces e inteligentes, y no estaba dispuesto a perder el fruto de sus labores. Este rey ubicó a los hijos de Israel entre los esclavos que habían vendido al reino sus rebaños, sus ganados, sus tierras, y también se habían vendido a sí mismos. «Entonces pusieron sobre ellos comisarios  de tributos que los molestaran con sus cargas; edificaron para Faraón las ciudades de almacenaje, Pitón y Ramesés.

«Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían, de manera que los egipcios temían a los hijos de Israel. Y los egipcios hicieron servir a los hijos de Israel con dureza, y amargaron su vida con dura servidumbre, en hacer barro y ladrillo, y en toda labor del campo y en todo su servicio, al cual los obligaban con rigor»

Forzaban a sus mujeres a trabajar en el campo como si fueran esclavas. No obstante, estas no disminuían en número. Cuando el rey y sus funcionarios se dieron cuenta de que aumentaban constantemente, celebraron consulta para obligarlos a cumplir una cierta cantidad de labor cada día. Trataban de someterlos mediante duro trabajo, y se enfurecían porque no podían lograr que su número disminuyera ni podían tampoco destruir su espíritu independiente (La historia de la redención, pp. 107, 108).

Los israelitas se habían hecho ya muy numerosos. «Crecieron, y multiplicaron, y fueron aumentados y corroborados en extremo; y llenóse la tierra de ellos». Gracias al cuidado protector de José y al favor del rey que gobernaba en aquel entonces, se habían diseminado rápidamente por el país. Pero se habían mantenido como una raza distinta, sin tener nada en común con los egipcios en sus costumbres o en su religión; y su número creciente excitaba el recelo del rey y su pueblo, pues temían que en caso de guerra se uniesen con los enemigos de Egipto. Sin embargo, las leyes prohibían que fueran expulsados del país. Muchos de ellos eran obreros capacitados y entendidos, y contribuían grandemente a la riqueza de la nación; el rey los necesitaba para la construcción de sus magníficos palacios y templos. Por lo tanto, los equiparó con los egipcios que se habían vendido con sus posesiones al reino. Poco después puso sobre ellos «comisarios de tributos» y completó su esclavitud (Historia de los patriarcas y profetas, p. 247).

[El éxodo] completó la historia revelada a Abraham en visión profética siglos antes: «Ten por cierto que tu simiente será peregrina en tierra no suya, y servirá a los de allí, y serán por ellos afligidos cuatrocientos años. Mas también a la gente a quien servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con grande riqueza». Génesis 15:13, 14. Se habían cumplido los cuatrocientos años. «En aquel mismo día sacó Jehová a los hijos de Israel de la tierra de Egipto por sus escuadrones». Éxodo 12:40, 41, 51. Al salir de Egipto los israelitas llevaron consigo un precioso legado: los huesos de José (véase Éxodo 13), que habían esperado por tanto tiempo el cumplimiento de la promesa de Dios, y que durante los tenebrosos años de esclavitud habían servido a manera de recordatorio que anunciaba la liberación de los israelitas (Historia de los patriarcas y profetas, p. 287).


Martes 1 de julio

LAS PARTERAS DE LAS HEBREAS

No es posible entender el libro de Éxodo sin el precedente de las enseñanzas del Génesis. Los israelitas se trasladaron a Egipto y fueron esclavizados allí tras una época de gran prosperidad y paz.

Dios no abandonó a su pueblo, aunque a veces pueda dar esa impresión. Sin duda, muchos hebreos se desesperaron por su difícil situación. No obstante, el Señor acudió en el momento de angustia para auxiliarlos con su mano poderosa. Nuestro Señor anima a sus seguidores: “Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás” (Sal. 50:15).

Lee Éxodo 1:9 al 21. ¿Qué papel clave desempeñaron las parteras fieles y por qué su actuación quedó registrada para la posteridad?

Éxodo 1:9-21

He aquí, el pueblo de los hijos de Israel es mayor y más fuerte que nosotros. 10 Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique, y acontezca que viniendo guerra, él también se una a nuestros enemigos y pelee contra nosotros, y se vaya de la tierra. 11 Entonces pusieron sobre ellos comisarios de tributos que los molestasen con sus cargas; y edificaron para Faraón las ciudades de almacenaje, Pitón y Ramesés. 12 Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían, de manera que los egipcios temían a los hijos de Israel. 13 Y los egipcios hicieron servir a los hijos de Israel con dureza, 14 y amargaron su vida con dura servidumbre, en hacer barro y ladrillo, y en toda labor del campo y en todo su servicio, al cual los obligaban con rigor. 15 Y habló el rey de Egipto a las parteras de las hebreas, una de las cuales se llamaba Sifra, y otra Fúa, y les dijo: 16 Cuando asistáis a las hebreas en sus partos, y veáis el sexo, si es hijo, matadlo; y si es hija, entonces viva. 17 Pero las parteras temieron a Dios, y no hicieron como les mandó el rey de Egipto, sino que preservaron la vida a los niños. 18 Y el rey de Egipto hizo llamar a las parteras y les dijo: ¿Por qué habéis hecho esto, que habéis preservado la vida a los niños? 19 Y las parteras respondieron a Faraón: Porque las mujeres hebreas no son como las egipcias; pues son robustas, y dan a luz antes que la partera venga a ellas. 20 Y Dios hizo bien a las parteras; y el pueblo se multiplicó y se fortaleció en gran manera. 21 Y por haber las parteras temido a Dios, él prosperó sus familias.

En el libro de Éxodo no se menciona el nombre de ningún faraón. Solo reciben el título de “faraón”, que significa “rey”. Los egipcios creían que el faraón era una deidad en la Tierra, el hijo del dios Ra (o de Osiris u Horus), considerado la deidad egipcia más elevada, el mismísimo dios solar.

Sin embargo, a pesar de todo su poder, este “dios” no era capaz de obligar a las parteras a actuar contra sus convicciones. De hecho, en contraste con el faraón sin nombre, se identifica a las dos parteras Sifra y Fúa (Éxo. 1:15), muy estimadas porque temían al Señor. La malvada orden del faraón no tuvo efecto en ellas porque respetaban más a Dios que las órdenes de un gobernante terrenal (ver también Éxo. 5:29). En consecuencia, Dios las bendijo juntamente con sus respectivas familias. Qué poderoso testimonio de fidelidad. Estas mujeres no solo sabían qué era lo correcto, sino que también decidieron hacerlo a pesar de su escaso conocimiento teológico.

Cuando el faraón vio que su complot fracasaba, ordenó a los egipcios que mataran a todos los bebés varones hebreos recién nacidos. Debían arrojarlos al río Nilo, probablemente como ofrenda a Hapi, dios del Nilo y de la fertilidad. Este es el primer caso registrado de israelitas condenados a muerte solo por ser israelitas. El propósito del decreto de muerte era someter a los hebreos aniquilando a sus descendientes varones e integrando a sus mujeres a la nación egipcia para terminar así con la amenaza que el faraón creía que representaban para su nación.

Las parteras no solo sabían qué era lo correcto, sino que también actuaron en armonía con ello. ¿Qué mensaje representa esto para nosotros?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Y puesto que no pudieron cumplir sus propósitos, endurecieron sus corazones para avanzar un poco más. El rey ordenó que se diera muerte a los hijos varones tan pronto como nacieran. Satanás estaba detrás de todo esto. Sabía que surgiría un libertador entre los hebreos que los rescataría de la opresión. Creyó que si podía inducir al rey a destruir a los niños varones, el propósito de Dios se malograría, Pero las mujeres temían a Dios y no cumplieron la orden del rey de Egipto; por el contrario, dejaron con vida a los niños varones.

Esas mujeres no se atrevieron a dar muerte a los niños hebreos, y porque no obedecieron el mandamiento del rey el Señor les dio prosperidad. Cuando este se enteró de que su orden no había sido obedecida, se enojó muchísimo. Entonces le dio a esta un carácter más definido y más amplio. Encargó a todo su pueblo que mantuviera estricta vigilancia y dijo: «Echad al río a todo hijo que nazca y a toda hija preservad la vida» (Historia de la redención, p. 108).

Hombres, mujeres y jóvenes, Dios requiere de vosotros que poseáis valor moral, firmeza de propósito, fortaleza y perseverancia, mentes que no admitan los asertos ajenos, sino que investiguen por su cuenta antes de aceptarlos o rechazarlos, y escuchen y pesen las evidencias, y las lleven al Señor en oración. «Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada». Santiago 1:5. Ahora bien, se impone la condición: «Pero pida en fe, no dudando nada: porque el que duda es semejante a la onda de la mar, que es movida del viento, y echada de una parte a otra. No piense pues el tal hombre que recibirá ninguna cosa del Señor». vers. 6, 7. Esta petición de sabiduría no debe ser una oración sin sentido, que se olvide tan pronto como se haya terminado. Es una oración que expresa el enérgico y ferviente deseo inspirado al corazón por un consciente anhelo de poseer sabiduría para discernir la voluntad de Dios…

Cada acto de nuestra vida afecta a otros para bien o para mal. Nuestra influencia tiende hacia arriba o hacia abajo; los demás la sienten, obran de acuerdo con ella, y la reproducen en mayor o menor grado. Si por nuestro ejemplo ayudamos a otros a adquirir buenos principios, les impartimos poder de obrar el bien. A su vez, ellos ejercen la misma influencia benéfica sobre otros, y así ejercemos sobre centenares y millares de personas nuestra influencia inconsciente. Pero, si por nuestros actos fortalecemos o ponemos en actividad las malas facultades que poseen los que nos rodean, participamos de su pecado, y tendremos que dar cuenta por el bien que podríamos haberles hecho y que no les hicimos, porque no hallamos en Dios nuestra fortaleza, nuestro guía, nuestro consejero (Testimonios para la Iglesia, t. 2, pp. 119, 121).


Miércoles 2 de julio

EL NACIMIENTO DE MOISÉS

Lee Éxodo 2:1 al 10. ¿Qué papel desempeñaron la providencia y la protección de Dios en la historia del nacimiento de Moisés?

Éxodo 2:1-10

1 Un varón de la familia de Leví fue y tomó por mujer a una hija de Leví, la que concibió, y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses. Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río. Y una hermana suya se puso a lo lejos, para ver lo que le acontecería. Y la hija de Faraón descendió a lavarse al río, y paseándose sus doncellas por la ribera del río, vio ella la arquilla en el carrizal, y envió una criada suya a que la tomase. Y cuando la abrió, vio al niño; y he aquí que el niño lloraba. Y teniendo compasión de él, dijo: De los niños de los hebreos es este. Entonces su hermana dijo a la hija de Faraón: ¿Iré a llamarte una nodriza de las hebreas, para que te críe este niño? Y la hija de Faraón respondió: Ve. Entonces fue la doncella, y llamó a la madre del niño, a la cual dijo la hija de Faraón: Lleva a este niño y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño y lo crio. 10 Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón, la cual lo prohijó, y le puso por nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué.

El trasfondo histórico del nacimiento y la vida de Moisés es apasionante porque él vivió durante la época de la célebre decimoctava dinastía egipcia. Uno de los reyes de esta dinastía, Tutmosis III, llamado el “Napoleón de Egipto”, es considerado uno de los faraones más famosos del antiguo Egipto. Aunque fue condenado a muerte al nacer (ver Éxo. 1:22), Moisés nació como un hijo especial (hebreo tob, literalmente “bueno”; Éxo. 2:2). El término hebreo tob describe algo más que la belleza externa. Esta palabra se utiliza, por ejemplo, para caracterizar la obra de Dios durante la semana de la Creación, cuando declaró que todo era “muy bueno” (Gén. 1:4, 10, 31).

Como nueva creación, este niño “bueno” llegaría a ser, en armonía con el plan de Dios, el adulto que libertaría a los hebreos de su esclavitud. ¿Quién habría imaginado cuando nació, especialmente en circunstancias tan terribles, el futuro de este niño? Sin embargo, Dios cumpliría las promesas que hizo a Abraham, Isaac y Jacob de otorgar la Tierra Prometida a sus descendientes (Éxo. 2:24, 25), para lo cual utilizaría a este bebé tob décadas más tarde.

La princesa egipcia Hatshepsut adoptó a Moisés como hijo. El nombre dado a Moisés es de origen egipcio y significa “hijo de” o “nacido de”, como se refleja en los nombres Amosis (“hijo de Aj”) o Tutmosis (“hijo de Tut”). En hebreo su nombre significa “sacado”, ya que fue milagrosamente salvado cuando fue “sacado” del río.

Es poco lo que sabemos acerca de sus primeros años de vida. Tras ser salvado milagrosamente y adoptado por Hatshepsut, Moisés vivió sus primeros doce años con su familia original (Éxo. 2:7-9; Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 251) y recibió la mejor educación egipcia con el fin de prepararlo para ser el próximo faraón de Egipto (Patriarcas y profetas, p. 245). Gran parte de esa educación resultó inútil e incluso contraria a lo que realmente importaba: el conocimiento de Dios y de su verdad.

¿Cuánto de lo que estás aprendiendo es en última instancia inútil para lo que realmente importa?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Mientras este decreto estaba en vigencia, les nació un hijo a Amram y Jocabed, israelitas devotos de la tribu de Leví. El niño era hermoso, y los padres, creyendo que el tiempo de la liberación de Israel se acercaba y que Dios iba a suscitar un libertador para su pueblo, decidieron que el niño no fuera sacrificado. La fe en Dios fortaleció sus corazones, y «no temieron el mandamiento del rey».

La madre logró ocultar al niño durante tres meses. Entonces viendo que ya no podía esconderlo con seguridad, preparó una arquilla de juncos, la impermeabilizó con pez y betún, y colocando al niño en ella, la depositó en un carrizal de la orilla del río. No se atrevió a permanecer allí para cuidarla ella misma, por temor a que se perdiera tanto la vida del niño como la suya, pero María, la hermana del niño, quedó allí cerca, aparentando indiferencia, pero vigilando ansiosamente para ver qué sería de su hermanito. Y había otros observadores. Las fervorosas oraciones de la madre habían confiado a su hijo al cuidado de Dios; e invisibles ángeles vigilaban la humilde cuna. Ellos dirigieron a la hija de Faraón hacia aquel sitio. La arquilla llamó su atención, y cuando vio al hermoso niño una sola mirada le bastó para leer su historia. Las lágrimas del pequeño despertaron su compasión, y sus simpatías se conmovieron al pensar en la madre desconocida que había apelado a este medio para preservar la vida de su precioso hijo. Decidió salvarlo adoptándole como hijo suyo (Historia de los patriarcas y profetas, p. 248).

Dios había oído las oraciones de la madre; su fe fue premiada. Con profunda gratitud emprendió su tarea, que ahora no entrañaba peligro. Aprovechó fielmente la oportunidad de educar a su hijo para Dios. Estaba segura de que había sido preservado para una gran obra, y sabía que pronto debería entregarlo a su madre adoptiva, y se vería rodeado de influencias que tenderían a apartarlo de Dios. Todo esto la hizo más diligente y cuidadosa en su instrucción que en la de sus otros hijos. Trató de inculcarle la reverencia a Dios y el amor a la verdad y a la justicia, y oró fervorosamente que fuese preservado de toda influencia corruptora. Le mostró la insensatez y el pecado de la idolatría, y desde muy temprana edad le enseñó a postrarse y orar al Dios viviente, el único que podía oírle y ayudarle en toda emergencia.

La madre retuvo a Moisés tanto tiempo como pudo, pero se vio obligada a entregarlo cuando tenía como doce años de edad. De su humilde cabaña fue llevado al palacio real, y la hija de Faraón lo prohijó. Pero en Moisés no se borraron las impresiones que había recibido en su niñez. No podía olvidar las lecciones que aprendió junto a su madre. Le fueron un escudo contra el orgullo, la incredulidad y los vicios que florecían en medio del esplendor de la corte (Historia de los patriarcas y profetas, p. 249).


Jueves 3 de julio

UN CAMBIO DE PLANES

Lee Éxodo 2:11 al 25. ¿Qué eventos sucedieron precipitadamente y cambiaron por completo el rumbo de la vida de Moisés? ¿Qué lecciones podemos aprender de esta historia?

Éxodo 2:11-25

11 En aquellos días sucedió que crecido ya Moisés, salió a sus hermanos, y los vio en sus duras tareas, y observó a un egipcio que golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos. 12 Entonces miró a todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena. 13 Al día siguiente salió y vio a dos hebreos que reñían; entonces dijo al que maltrataba al otro: ¿Por qué golpeas a tu prójimo? 14 Y él respondió: ¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio? Entonces Moisés tuvo miedo, y dijo: Ciertamente esto ha sido descubierto. 15 Oyendo Faraón acerca de este hecho, procuró matar a Moisés; pero Moisés huyó de delante de Faraón, y habitó en la tierra de Madián. 16 Y estando sentado junto al pozo, siete hijas que tenía el sacerdote de Madián vinieron a sacar agua para llenar las pilas y dar de beber a las ovejas de su padre. 17 Mas los pastores vinieron y las echaron de allí; entonces Moisés se levantó y las defendió, y dio de beber a sus ovejas. 18 Y volviendo ellas a Reuel su padre, él les dijo: ¿Por qué habéis venido hoy tan pronto? 19 Ellas respondieron: Un varón egipcio nos defendió de mano de los pastores, y también nos sacó el agua, y dio de beber a las ovejas. 20 Y dijo a sus hijas: ¿Dónde está? ¿Por qué habéis dejado a ese hombre? Llamadle para que coma. 21 Y Moisés convino en morar con aquel varón; y él dio su hija Séfora por mujer a Moisés. 22 Y ella le dio a luz un hijo; y él le puso por nombre Gersón, porque dijo: Forastero soy en tierra ajena. 23 Aconteció que después de muchos días murió el rey de Egipto, y los hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre, y clamaron; y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre. 24 Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. 25 Y miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios.

¿Qué haría Moisés? ¿Sucumbiría a la atracción de Egipto y a los placeres de la corte o soportaría las penurias junto a su pueblo? Los acontecimientos pronto lo obligaron a tomar una decisión.

“Al oír esto, Faraón procuró matar a Moisés. Pero Moisés huyó de Faraón y fue a vivir en la tierra de Madián. Al llegar allá se sentó junto a un pozo” (Éxo. 2:15).

Después de su crimen, Moisés realmente no tuvo elección, al menos en lo que respecta a permanecer en Egipto. Cualesquiera que fueran los planes que tenía para ascender al trono de Egipto y convertirse en un “dios”, estos se desvanecieron rápidamente. En lugar de convertirse en un dios falso, Moisés serviría al Dios verdadero. Cuando huyó, Moisés no tenía idea de lo que le deparaba el futuro.

“Todo el asunto [de la muerte del egipcio a manos de Moisés], exagerado en sumo grado, se supo rápidamente entre los egipcios, y hasta llegó a oídos de Faraón. Se le dijo al rey que este acto era muy significativo; que Moisés tenía el propósito de acaudillar a su pueblo contra los egipcios; que quería derrocar el Gobierno y ocupar el trono; y que no habría seguridad para el reino mientras él viviese. El monarca determinó enseguida que debía morir; pero, reconociendo su peligro, Moisés decidió escapar y huyó hacia Arabia” (Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 253).

Moisés vivió 120 años (Deut. 34:7), y su vida puede dividirse en tres etapas de 40 años cada una. Pasó los primeros 40 años en Egipto, gran parte de ellos en el palacio real. Los segundos 40 años transcurrieron en casa de Jetro, en Madián.

Sin embargo, son los últimos 40 años los que ocupan la mayor parte de los libros de Moisés y narran la historia del llamado divino hecho a Israel para que diera testimonio acerca de quién y cómo es Dios, de su naturaleza y su carácter, a un mundo sumido en la idolatría (ver Deut. 4:6-8).

¿Era el plan de Dios que Moisés matara al egipcio? De no ser así, ¿qué nos enseña esta historia acerca de cómo Dios puede imponerse en cualquier situación y utilizarla para sus propósitos? ¿Cómo nos ayuda Romanos 8:28 a comprender esta importante verdad?

Romanos 8:28

28 Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Moisés había supuesto que su educación en la sabiduría de Egipto le habilitaba plenamente para sacar a Israel de la servidumbre. ¿No era sabio en todas las cosas necesarias para un general de ejército? ¿No había tenido las ventajas de las mejores escuelas del país? Sí, se sentía capaz de librar a su pueblo. Inició su obra procurando obtener su favor al corregir sus males. Mató a un egipcio que abusaba de un israelita. En eso manifestó el espíritu del que es homicida desde el principio, y demostró su incapacidad para representar al Dios de misericordia, amor y ternura.

Moisés fracasó miserablemente en su primera tentativa, y, como muchos otros, perdió inmediatamente la confianza en Dios y dio la espalda a la obra que le había sido señalada. Huyó de la ira de Faraón. Concluyó que a causa del gran pecado que cometiera al quitar la vida al egipcio, Dios no le permitiría tener parte alguna en la obra de librar a su pueblo de su cruel esclavitud. Pero el Señor permitió estas cosas a fin de poder enseñarle la mansedumbre, la bondad y longanimidad que necesita poseer todo obrero del Maestro, a fin de tener éxito en su causa (Consejos para los maestros, pp. 392, 393).

Las lecciones de mansedumbre semejante a la de Cristo, humildad de corazón, reverencia por las cosas sagradas, no se enseñan eficazmente en ninguna parte excepto en la escuela de Cristo. A Moisés se le había enseñado a esperar halagos y alabanzas debido a sus capacidades superiores; pero ahora debía aprender una lección diferente. Como pastor de ovejas, a Moisés se le enseñó a cuidar de los afligidos, a cuidar de los enfermos, a buscar pacientemente a los descarriados, a soportar durante mucho tiempo a los rebeldes, a suplir con amorosa solicitud las necesidades de los corderos tiernos y las de los ancianos y débiles. A medida que se desarrollaban estas fases de su carácter, se acercaba más a su Pastor divino. Se unió y se sometió al Santo de Israel. Creyó en el gran Dios. Mantuvo comunión con el Padre a través de la oración humilde. Buscó en el Altísimo una educación en los asuntos espirituales y un conocimiento de su deber como pastor fiel. Su vida llegó a estar tan estrechamente unida al Cielo que Dios hablaba con él cara a cara (Fundamentals of Christian Education, p. 343).

La impetuosidad de Moisés al matar al egipcio fue impulsada por un espíritu presuntuoso. La fe se mueve en la poder y la sabiduría de Dios, y no en los caminos de los hombres. Por la simple fe, Moisés fue capaz de atravesar dificultades y superar obstáculos que parecían casi insuperables. Dios pudo manifestar su gran poder a través de Moisés debido a su fe constante en el poder y en las intenciones amorosas de su Libertador. Fue esta confianza implícita en Dios lo que hizo de Moisés lo que era. Conforme a todo lo que el Señor le mandó, así lo hizo (Fundamentals of Christian Education, p. 344).


Viernes 4 de julio

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:

Lee el capítulo titulado “Moisés” en el libro Patriarcas y profetas, de Elena de White, pp. 246-256, el cual provee vislumbres significativas acerca de la porción bíblica estudiada esta semana.

El texto bíblico dice que “las parteras temieron a Dios, y no hicieron como les mandó el rey de Egipto, sino que preservaron la vida de los niños” (Éxo. 1:17). Elena de White comenta lo siguiente acerca de la fidelidad de estas dos mujeres y de la esperanza mesiánica: “Se ordenó a las mujeres cuya profesión les daba la oportunidad de hacerlo que dieran muerte a los niños varones hebreos en el momento de nacer. Satanás fue el instigador de ese plan. Sabía que entre los israelitas se levantaría un libertador; y al inducir al rey a destruir a los niños varones esperaba frustrar el propósito divino. Pero esas mujeres temían a Dios, y no osaron ejecutar tan cruel mandato. El Señor aprobó su conducta, y las prosperó” (Elena de White, Patriarcas y profetas, pp. 247, 248).

Lo bueno de todo esto es que Dios se impuso y utilizó a personas fieles para desbaratar los planes de Satanás. Vivimos en el territorio de nuestro Enemigo, a quien Jesús llamó “el príncipe de este mundo” (Juan 14:30; Efe. 2:2). Satanás usurpó esta posición a Adán, pero Jesucristo lo derrotó durante su vida y mediante su muerte en la cruz (Mat. 4:1-11; Juan 19:30; Heb. 2:14). Aunque Satanás sigue vivo y activo, como lo reveló su intento de matar a esos niños, su propia destrucción es segura (Juan 12:31; 16:11; Apoc. 20:9, 10, 14). La buena noticia es que las dificultades de la vida pueden ser superadas por la gracia de Dios (Fil. 4:13). Esa gracia es nuestra única esperanza.

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

  1. ¿Por qué permitió Dios que los hebreos vivieran en Egipto y fueran oprimidos? ¿Por qué tardó tanto en intervenir en favor de ellos? Recuerda que cada persona sufre solo mientras vive. Es decir, el tiempo de sufrimiento de la nación fue largo, pero cada persona sufrió solo mientras vivió. ¿Por qué es importante hacer esa distinción para tratar de entender el sufrimiento humano en general?
  2. Reflexiona acerca de cómo pudo Dios utilizar el acto impulsivo de Moisés de matar al egipcio. Supón que no lo hubiera hecho. ¿Habría significado eso que los hebreos no habrían sido finalmente liberados de Egipto? Explica tus ideas al respecto.

Lección 1 – OPRESIÓN: EL TRASFONDO Y EL NACIMIENTO DE MOISÉS – Para el 5 de julio de 2025

Usualmente el video es subido a internet, el sábado por la noche o el domingo.

Lecciones Futuras de Escuela Sabática

Año
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2do Trimestre
3er Trimestre
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2025

El Amor de Dios y su Justicia

Alusiones, Imágenes y Símbolos

El Éxodo

Justicia

2026

Colosenses – Filipenses

Relación con Dios

1 y 2 Corintios

El Don de Profecía

2027

Mayordomía

Vida de Jesús

Profecías Apocalípticas

Hermenéutica

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1er TrimestreEl Amor de Dios y su Justicia
2do TrimestreAlusiones, Imágenes y Símbolos
3er TrimestreEl Éxodo
4to TrimestreJusticia
1er TrimestreColosenses – Filipenses
2do TrimestreRelación con Dios
3er Trimestre1 y 2 Corintios
4to TrimestreEl Don de Profecía
1er TrimestreMayordomía
2do TrimestreVida de Jesús
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4to TrimestreHermenéutica

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Lección 1: Para el 5 de julio de 2025

OPRESIÓN: EL TRASFONDO Y EL NACIMIENTO DE MOISÉS

Sábado 28 de junio

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Éxodo 1:1-22; Génesis 37:26-28; Génesis 39:2, 21; Hechos 7:6; Gálatas 3:16, 17; Éxodo 2:1-25.

PARA MEMORIZAR:

“Los israelitas, gimiendo a causa de la servidumbre, clamaron, y su clamor subió hasta Dios con motivo de su servidumbre. Dios oyó su gemido, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los israelitas y reconoció su condición” (Éxo. 2:23-25).

El libro de Éxodo resuena con relatos de oprimidos, marginados, perseguidos, explotados y degradados. Por lo tanto, quienes se sienten hoy abandonados, olvidados y esclavizados pueden tener esperanza, pues el mismo Dios que salvó a los hebreos es capaz de salvarlos a ellos también.

Éxodo habla de las batallas existenciales, las injusticias y las pruebas que forman parte de la vida. Todos pueden sentirse alentados por los relatos de las intervenciones de Dios en favor de su pueblo sufriente. El Señor escucha el clamor de los oprimidos, ve sus luchas, nota sus lágrimas y agonía, y acude en su rescate.

Dios toma la iniciativa para liberar a quienes confían en él. Solo tenemos que aceptar por fe lo que él nos ofrece. Por eso es necesario estudiar el Éxodo, porque señala lo que Jesús ha hecho por todos nosotros. Es un libro acerca de la redención, la liberación y la salvación final, todo lo cual está a nuestra disposición por la fe gracias a lo que Cristo Jesús ha logrado en nuestro favor.

En medio de la confusión y la oscuridad, si nuestros ojos están fijos en Dios, podemos reconocer su presencia, su cuidado y su ayuda mientras nos guía a la eterna “Tierra Prometida”.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Señor no abandona a sus ovejas heridas y magulladas al poder de Satanás para que las despedace. Está siempre fortaleciendo a los que son suyos cuando están débiles. Libera a los atribulados y tentados del poder del enemigo. El Señor Jesús nunca olvida al alma que pone su confianza en él. Y los que pretenden ser hijos e hijas de Dios deben confiar siempre en Jesús. Hacerlo de otra manera es negar que nos ama (Alza tus ojos, 16 de mayo, p. 148).

Aquellas personas que se niegan a avanzar hasta que ven cada paso claramente marcado delante de ellos, nunca lograrán mucho; pero cada hombre que muestra su fe y confianza en Dios sometiéndose voluntariamente a él, soportando la disciplina divina impuesta, se convertirá en un trabajador eficaz para el Dueño de la viña. En sus esfuerzos por prepararse para ser colaboradores de Dios, frecuentemente los hombres se colocan en situaciones que los inhabilitan para ser moldeados y plasmados como el Señor quisiera. De esta forma, como sucedió con Moisés, no se les encuentra la semejanza divina. Al someterse a la disciplina de Dios, Moisés se convirtió en un vaso santificado a través del cual pudo trabajar el Señor. No vaciló en cambiar su camino por el camino del Señor, aunque llevara por senderos extraños, aún no trillados. No se permitió a sí mismo hacer uso de su educación mostrando lo irrazonable de los mandatos de Dios y la imposibilidad de obedecerlos. No; estimó muy poco sus propias habilidades para completar con éxito la gran obra que el Señor le había encomendado. Cuando comenzó su misión de liberar al pueblo de Dios de su esclavitud, daba toda la apariencia de ser una empresa imposible; pero confió en Aquel con quien todo es posible (Fundamentals of Christian Education, p. 344).

Dios desea que su pueblo se prepare para la crisis venidera. Esté preparado o no, tendrá que afrontarla; y solamente aquellos que vivan en conformidad con la norma divina, permanecerán firmes en el tiempo de la prueba. Cuando los gobernantes seculares se unan con los ministros de la religión para legislar en asuntos de conciencia, entonces se verá quiénes realmente temen y sirven a Dios. Cuando las tinieblas sean más profundas, la luz de un carácter semejante al de Dios brillará con el máximo fulgor. Cuando fallen todas las demás confianzas, entonces se verá quiénes confían firmemente en Jehová. Y mientras los enemigos de la verdad estén por doquiera, vigilando a los siervos de Dios para mal, Dios velará por ellos para bien. Será para ellos como la sombra de un gran peñasco en tierra desierta (Los hechos de los apóstoles, pp. 344, 345).


Domingo 29 de junio

EL PUEBLO DE DIOS EN EGIPTO

El libro de Éxodo es conocido como shemot (“nombres”) en hebreo, en armonía con las palabras iniciales de ese antiguo documento que comienza con la expresión: “Estos son los nombres…”, en referencia a los de la familia del patriarca Jacob que se enumeran desde el principio.

Lee Éxodo 1:1 al 7. ¿Qué verdad crucial se expresa aquí?

Éxodo 1:1-7

1 Estos son los nombres de los hijos de Israel que entraron en Egipto con Jacob; cada uno entró con su familia: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón, Benjamín, Dan, Neftalí, Gad y Aser. Todas las personas que le nacieron a Jacob fueron setenta. Y José estaba en Egipto. Y murió José, y todos sus hermanos, y toda aquella generación. Y los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra.

El libro de Éxodo comienza con un recordatorio de la bendición de Dios. Cuando el patriarca Jacob y su familia se establecieron en Egipto eran solo setenta personas (Gén. 46:27; Éxo. 1:5), pero los israelitas “crecieron y se multiplicaron. Se aumentaron y fortalecieron en extremo, y llenaron el país” (Éxo. 1:7). En la época del éxodo eran “como seiscientos mil hombres de a pie, sin contar las mujeres y los niños” (Éxo. 12:37).

Lee Éxodo 1:8 al 11. ¿Cuál era la situación de los israelitas en el momento del éxodo?

Éxodo 1:8-11

Entretanto, se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José; y dijo a su pueblo: He aquí, el pueblo de los hijos de Israel es mayor y más fuerte que nosotros. 10 Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique, y acontezca que viniendo guerra, él también se una a nuestros enemigos y pelee contra nosotros, y se vaya de la tierra. 11 Entonces pusieron sobre ellos comisarios de tributos que los molestasen con sus cargas; y edificaron para Faraón las ciudades de almacenaje, Pitón y Ramesés.

El texto bíblico describe con tonos oscuros la historia de los hijos de Israel en Egipto, ya que comienza con su esclavitud a manos de los capataces egipcios y el trabajo opresivo que se les impuso. Sin embargo, el libro de Éxodo termina con la presencia apacible y reconfortante de Dios en el Tabernáculo, en el centro del campamento israelita (ver Éxo. 40). Entre estos dos polos opuestos se describe el triunfo de Dios. Al liberar el Señor a su pueblo de la esclavitud, al abrir el Mar Rojo y al derrotar al ejército más poderoso de la época, se revela la espectacular victoria de Dios sobre las fuerzas del mal.

El relato destaca la paradoja de que, cuanto más afligían los opresores a los israelitas, “tanto más se multiplicaban y crecían” (Éxo. 1:12). Es decir, independientemente de las maquinaciones humanas, Dios sigue siendo soberano y salvará a su pueblo aunque las circunstancias parezcan desesperadas, al menos desde una perspectiva humana.

Surgió un nuevo rey que no conocía a José. ¿Qué nos enseña este relato acerca del error de dar por sentadas las circunstancias, especialmente las buenas?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

El plan que Dios se propone llevar a cabo hoy mediante su pueblo, es el mismo que deseaba llevar a cabo mediante Israel cuando lo sacó de Egipto. Contemplando la bondad, la misericordia, la justicia y el amor de Dios revelados en la iglesia, el mundo ha de obtener una representación de su carácter. Y cuando la ley de Dios quede así manifestada en su vida, el mundo reconocerá la superioridad de los que aman, temen y sirven a Dios por encima de todos los demás habitantes de la tierra.

Los ojos del Señor observan a cada uno de sus hijos; él tiene planes para cada uno de ellos. Él se propone que quienes practiquen sus santos preceptos constituyan un pueblo distinguido. Al pueblo de Dios de este tiempo, tanto como al antiguo Israel, se le aplican las palabras que Moisés escribió por inspiración del Espíritu: «Porque tú eres pueblo  santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra». Deuteronomio 7:6 (Testimonios para la Iglesia, t. 6, p. 21

Cuando vio que se acercaba su fin, llamó a todos sus parientes. Aunque había sido tan honrado en la tierra de los Faraones, Egipto no era para él más que el lugar de su destierro; lo último que hizo fue indicar que había echado su suerte con Israel. Sus últimas palabras fueron: «Dios ciertamente os visitará, y os hará subir de esta tierra a la tierra que juró a Abraham, a Isaac, y a Jacob». E hizo jurar solemnemente a los hijos de Israel que llevarían sus huesos consigo a la tierra de Canaán.

«Y murió José de edad de ciento y diez años; y embalsamáronlo, y fue puesto en un ataúd en Egipto». A través de los siglos de trabajo que siguieron, aquel ataúd, recuerdo de las postreras palabras de José, daba testimonio a Israel de que ellos eran solo peregrinos en Egipto, y les ordenaba que cifraran sus esperanzas en la tierra prometida, pues el tiempo de la liberación llegaría con toda seguridad (Historia de los patriarcas y profetas, p. 245).

Los descendientes de Abraham, Jacob y su posteridad, fueron llevados a Egipto, para que en medio de aquella grande e impía nación pudieran revelar los principios del reino de Dios. La integridad de José y su maravillosa obra al preservar la vida de toda la nación egipcia, fue una representación de la vida de Cristo. Moisés y muchos otros fueron testigos de Dios.

Al sacar a Israel de Egipto, Dios manifestó nuevamente su poder y misericordia. Las obras maravillosas realizadas al librarlos del cautiverio y la forma en que los trató en su viaje por el desierto, no fueron únicamente para el beneficio de Israel. Habían de ser una lección objetiva para las naciones circunvecinas. El Señor se reveló a sí mismo como un Dios que estaba por encima de toda autoridad y grandeza humanas (Palabras de vida del gran Maestro, p. 229).


Lunes 30 de junio

EL TRASFONDO HISTÓRICO

Cuando la familia de Jacob llegó a Egipto después de pasar hambre en Canaán (Gén. 46), el rey egipcio se mostró amigable con los hebreos a causa de José y de todo lo que este había hecho por los egipcios.

“Y agregó Faraón a José: ‘Ahora te he puesto sobre toda la tierra de Egipto’. Entonces Faraón quitó su anillo de su mano y lo puso en la mano de José. Lo hizo vestir de lino finísimo y puso un collar de oro en su cuello. Lo hizo subir en su segundo carro, y pregonaron ante él: ‘¡Doblen la rodilla!’ Y lo puso sobre toda la tierra de Egipto” (Gén. 41:41-43).

¿Cuál fue la clave del asombroso éxito de José en Egipto tras un comienzo tan difícil? (Lee Gén. 37:26-28; 39:2, 21).

Génesis 37:26-28

26 Entonces Judá dijo a sus hermanos: ¿Qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano y encubramos su muerte? 27 Venid, y vendámosle a los ismaelitas, y no sea nuestra mano sobre él; porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne. Y sus hermanos convinieron con él. 28 Y cuando pasaban los madianitas mercaderes, sacaron ellos a José de la cisterna, y le trajeron arriba, y le vendieron a los ismaelitas por veinte piezas de plata. Y llevaron a José a Egipto.

Génesis 39:2, 21

Mas Jehová estaba con José, y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio.

21 Pero Jehová estaba con José y le extendió su misericordia, y le dio gracia en los ojos del jefe de la cárcel.

El trasfondo histórico más plausible acerca de la historia de José es el siguiente: el nuevo gobernante “que no conocía a José” (Éxo. 1:8) fue Amosis I (1570 a. C.-1546 a. C.). Luego vino Amenhotep I (1553 a. C.-1526 a. C.), el gobernante que temía a los israelitas y los oprimía. Más tarde, Tutmosis I (1525 a. C.-1512 a. C.) decretó la muerte de todos los hijos varones hebreos recién nacidos. Su hija Hatshepsut (1503 a. C.-1482 a. C.) fue la princesa que adoptó a Moisés como hijo. El faraón Tutmosis III (1504 a. C.-1450 a. C.), corregente de Hatshepsut durante algún tiempo, fue el faraón del éxodo.

El éxodo ocurrió, según los mejores cálculos, en marzo del año 1450 a. C. (ver William H. Shea, “Exodus, date of the”, en The International Standard Bible Encyclopedia, editada por Geoffrey W. Bromiley y otros [Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1982], t. 2, pp. 230-238). Para comprender la época del éxodo, estudia los siguientes textos bíblicos: Génesis 15:13-16; Éxodo 12:40, 41; Jueces 11:26; 1 Reyes 6:1 (ver también Hech. 7:6; Gál. 3:16, 17).

El primer capítulo del libro de Éxodo abarca un largo período: desde la época de José, cuando su padre Jacob con toda la familia entró en Egipto, hasta el decreto de muerte del faraón. Aunque existe cierto debate acerca de la extensión exacta de ese período, lo importante es que el Señor no se olvidó de ellos incluso cuando el pueblo de Dios era esclavizado en tierra extranjera.

Es decir, aunque desconocemos por ahora muchos detalles acerca de la historia de los hebreos en Egipto en aquella época (ver 1 Cor. 13:12), la revelación del carácter de Dios sigue brillando a través de las páginas de este libro al igual que en toda la Escritura. Por adversas que sean las circunstancias, Dios siempre está presente y podemos confiar en él cualquiera que sea nuestra situación.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

El nuevo rey de Egipto se dio cuenta de que los hijos de Israel eran sumamente valiosos para el reino. Muchos de ellos eran obreros capaces e inteligentes, y no estaba dispuesto a perder el fruto de sus labores. Este rey ubicó a los hijos de Israel entre los esclavos que habían vendido al reino sus rebaños, sus ganados, sus tierras, y también se habían vendido a sí mismos. «Entonces pusieron sobre ellos comisarios  de tributos que los molestaran con sus cargas; edificaron para Faraón las ciudades de almacenaje, Pitón y Ramesés.

«Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían, de manera que los egipcios temían a los hijos de Israel. Y los egipcios hicieron servir a los hijos de Israel con dureza, y amargaron su vida con dura servidumbre, en hacer barro y ladrillo, y en toda labor del campo y en todo su servicio, al cual los obligaban con rigor»

Forzaban a sus mujeres a trabajar en el campo como si fueran esclavas. No obstante, estas no disminuían en número. Cuando el rey y sus funcionarios se dieron cuenta de que aumentaban constantemente, celebraron consulta para obligarlos a cumplir una cierta cantidad de labor cada día. Trataban de someterlos mediante duro trabajo, y se enfurecían porque no podían lograr que su número disminuyera ni podían tampoco destruir su espíritu independiente (La historia de la redención, pp. 107, 108).

Los israelitas se habían hecho ya muy numerosos. «Crecieron, y multiplicaron, y fueron aumentados y corroborados en extremo; y llenóse la tierra de ellos». Gracias al cuidado protector de José y al favor del rey que gobernaba en aquel entonces, se habían diseminado rápidamente por el país. Pero se habían mantenido como una raza distinta, sin tener nada en común con los egipcios en sus costumbres o en su religión; y su número creciente excitaba el recelo del rey y su pueblo, pues temían que en caso de guerra se uniesen con los enemigos de Egipto. Sin embargo, las leyes prohibían que fueran expulsados del país. Muchos de ellos eran obreros capacitados y entendidos, y contribuían grandemente a la riqueza de la nación; el rey los necesitaba para la construcción de sus magníficos palacios y templos. Por lo tanto, los equiparó con los egipcios que se habían vendido con sus posesiones al reino. Poco después puso sobre ellos «comisarios de tributos» y completó su esclavitud (Historia de los patriarcas y profetas, p. 247).

[El éxodo] completó la historia revelada a Abraham en visión profética siglos antes: «Ten por cierto que tu simiente será peregrina en tierra no suya, y servirá a los de allí, y serán por ellos afligidos cuatrocientos años. Mas también a la gente a quien servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con grande riqueza». Génesis 15:13, 14. Se habían cumplido los cuatrocientos años. «En aquel mismo día sacó Jehová a los hijos de Israel de la tierra de Egipto por sus escuadrones». Éxodo 12:40, 41, 51. Al salir de Egipto los israelitas llevaron consigo un precioso legado: los huesos de José (véase Éxodo 13), que habían esperado por tanto tiempo el cumplimiento de la promesa de Dios, y que durante los tenebrosos años de esclavitud habían servido a manera de recordatorio que anunciaba la liberación de los israelitas (Historia de los patriarcas y profetas, p. 287).


Martes 1 de julio

LAS PARTERAS DE LAS HEBREAS

No es posible entender el libro de Éxodo sin el precedente de las enseñanzas del Génesis. Los israelitas se trasladaron a Egipto y fueron esclavizados allí tras una época de gran prosperidad y paz.

Dios no abandonó a su pueblo, aunque a veces pueda dar esa impresión. Sin duda, muchos hebreos se desesperaron por su difícil situación. No obstante, el Señor acudió en el momento de angustia para auxiliarlos con su mano poderosa. Nuestro Señor anima a sus seguidores: “Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás” (Sal. 50:15).

Lee Éxodo 1:9 al 21. ¿Qué papel clave desempeñaron las parteras fieles y por qué su actuación quedó registrada para la posteridad?

Éxodo 1:9-21

He aquí, el pueblo de los hijos de Israel es mayor y más fuerte que nosotros. 10 Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique, y acontezca que viniendo guerra, él también se una a nuestros enemigos y pelee contra nosotros, y se vaya de la tierra. 11 Entonces pusieron sobre ellos comisarios de tributos que los molestasen con sus cargas; y edificaron para Faraón las ciudades de almacenaje, Pitón y Ramesés. 12 Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían, de manera que los egipcios temían a los hijos de Israel. 13 Y los egipcios hicieron servir a los hijos de Israel con dureza, 14 y amargaron su vida con dura servidumbre, en hacer barro y ladrillo, y en toda labor del campo y en todo su servicio, al cual los obligaban con rigor. 15 Y habló el rey de Egipto a las parteras de las hebreas, una de las cuales se llamaba Sifra, y otra Fúa, y les dijo: 16 Cuando asistáis a las hebreas en sus partos, y veáis el sexo, si es hijo, matadlo; y si es hija, entonces viva. 17 Pero las parteras temieron a Dios, y no hicieron como les mandó el rey de Egipto, sino que preservaron la vida a los niños. 18 Y el rey de Egipto hizo llamar a las parteras y les dijo: ¿Por qué habéis hecho esto, que habéis preservado la vida a los niños? 19 Y las parteras respondieron a Faraón: Porque las mujeres hebreas no son como las egipcias; pues son robustas, y dan a luz antes que la partera venga a ellas. 20 Y Dios hizo bien a las parteras; y el pueblo se multiplicó y se fortaleció en gran manera. 21 Y por haber las parteras temido a Dios, él prosperó sus familias.

En el libro de Éxodo no se menciona el nombre de ningún faraón. Solo reciben el título de “faraón”, que significa “rey”. Los egipcios creían que el faraón era una deidad en la Tierra, el hijo del dios Ra (o de Osiris u Horus), considerado la deidad egipcia más elevada, el mismísimo dios solar.

Sin embargo, a pesar de todo su poder, este “dios” no era capaz de obligar a las parteras a actuar contra sus convicciones. De hecho, en contraste con el faraón sin nombre, se identifica a las dos parteras Sifra y Fúa (Éxo. 1:15), muy estimadas porque temían al Señor. La malvada orden del faraón no tuvo efecto en ellas porque respetaban más a Dios que las órdenes de un gobernante terrenal (ver también Éxo. 5:29). En consecuencia, Dios las bendijo juntamente con sus respectivas familias. Qué poderoso testimonio de fidelidad. Estas mujeres no solo sabían qué era lo correcto, sino que también decidieron hacerlo a pesar de su escaso conocimiento teológico.

Cuando el faraón vio que su complot fracasaba, ordenó a los egipcios que mataran a todos los bebés varones hebreos recién nacidos. Debían arrojarlos al río Nilo, probablemente como ofrenda a Hapi, dios del Nilo y de la fertilidad. Este es el primer caso registrado de israelitas condenados a muerte solo por ser israelitas. El propósito del decreto de muerte era someter a los hebreos aniquilando a sus descendientes varones e integrando a sus mujeres a la nación egipcia para terminar así con la amenaza que el faraón creía que representaban para su nación.

Las parteras no solo sabían qué era lo correcto, sino que también actuaron en armonía con ello. ¿Qué mensaje representa esto para nosotros?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Y puesto que no pudieron cumplir sus propósitos, endurecieron sus corazones para avanzar un poco más. El rey ordenó que se diera muerte a los hijos varones tan pronto como nacieran. Satanás estaba detrás de todo esto. Sabía que surgiría un libertador entre los hebreos que los rescataría de la opresión. Creyó que si podía inducir al rey a destruir a los niños varones, el propósito de Dios se malograría, Pero las mujeres temían a Dios y no cumplieron la orden del rey de Egipto; por el contrario, dejaron con vida a los niños varones.

Esas mujeres no se atrevieron a dar muerte a los niños hebreos, y porque no obedecieron el mandamiento del rey el Señor les dio prosperidad. Cuando este se enteró de que su orden no había sido obedecida, se enojó muchísimo. Entonces le dio a esta un carácter más definido y más amplio. Encargó a todo su pueblo que mantuviera estricta vigilancia y dijo: «Echad al río a todo hijo que nazca y a toda hija preservad la vida» (Historia de la redención, p. 108).

Hombres, mujeres y jóvenes, Dios requiere de vosotros que poseáis valor moral, firmeza de propósito, fortaleza y perseverancia, mentes que no admitan los asertos ajenos, sino que investiguen por su cuenta antes de aceptarlos o rechazarlos, y escuchen y pesen las evidencias, y las lleven al Señor en oración. «Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada». Santiago 1:5. Ahora bien, se impone la condición: «Pero pida en fe, no dudando nada: porque el que duda es semejante a la onda de la mar, que es movida del viento, y echada de una parte a otra. No piense pues el tal hombre que recibirá ninguna cosa del Señor». vers. 6, 7. Esta petición de sabiduría no debe ser una oración sin sentido, que se olvide tan pronto como se haya terminado. Es una oración que expresa el enérgico y ferviente deseo inspirado al corazón por un consciente anhelo de poseer sabiduría para discernir la voluntad de Dios…

Cada acto de nuestra vida afecta a otros para bien o para mal. Nuestra influencia tiende hacia arriba o hacia abajo; los demás la sienten, obran de acuerdo con ella, y la reproducen en mayor o menor grado. Si por nuestro ejemplo ayudamos a otros a adquirir buenos principios, les impartimos poder de obrar el bien. A su vez, ellos ejercen la misma influencia benéfica sobre otros, y así ejercemos sobre centenares y millares de personas nuestra influencia inconsciente. Pero, si por nuestros actos fortalecemos o ponemos en actividad las malas facultades que poseen los que nos rodean, participamos de su pecado, y tendremos que dar cuenta por el bien que podríamos haberles hecho y que no les hicimos, porque no hallamos en Dios nuestra fortaleza, nuestro guía, nuestro consejero (Testimonios para la Iglesia, t. 2, pp. 119, 121).


Miércoles 2 de julio

EL NACIMIENTO DE MOISÉS

Lee Éxodo 2:1 al 10. ¿Qué papel desempeñaron la providencia y la protección de Dios en la historia del nacimiento de Moisés?

Éxodo 2:1-10

1 Un varón de la familia de Leví fue y tomó por mujer a una hija de Leví, la que concibió, y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses. Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río. Y una hermana suya se puso a lo lejos, para ver lo que le acontecería. Y la hija de Faraón descendió a lavarse al río, y paseándose sus doncellas por la ribera del río, vio ella la arquilla en el carrizal, y envió una criada suya a que la tomase. Y cuando la abrió, vio al niño; y he aquí que el niño lloraba. Y teniendo compasión de él, dijo: De los niños de los hebreos es este. Entonces su hermana dijo a la hija de Faraón: ¿Iré a llamarte una nodriza de las hebreas, para que te críe este niño? Y la hija de Faraón respondió: Ve. Entonces fue la doncella, y llamó a la madre del niño, a la cual dijo la hija de Faraón: Lleva a este niño y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño y lo crio. 10 Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón, la cual lo prohijó, y le puso por nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué.

El trasfondo histórico del nacimiento y la vida de Moisés es apasionante porque él vivió durante la época de la célebre decimoctava dinastía egipcia. Uno de los reyes de esta dinastía, Tutmosis III, llamado el “Napoleón de Egipto”, es considerado uno de los faraones más famosos del antiguo Egipto. Aunque fue condenado a muerte al nacer (ver Éxo. 1:22), Moisés nació como un hijo especial (hebreo tob, literalmente “bueno”; Éxo. 2:2). El término hebreo tob describe algo más que la belleza externa. Esta palabra se utiliza, por ejemplo, para caracterizar la obra de Dios durante la semana de la Creación, cuando declaró que todo era “muy bueno” (Gén. 1:4, 10, 31).

Como nueva creación, este niño “bueno” llegaría a ser, en armonía con el plan de Dios, el adulto que libertaría a los hebreos de su esclavitud. ¿Quién habría imaginado cuando nació, especialmente en circunstancias tan terribles, el futuro de este niño? Sin embargo, Dios cumpliría las promesas que hizo a Abraham, Isaac y Jacob de otorgar la Tierra Prometida a sus descendientes (Éxo. 2:24, 25), para lo cual utilizaría a este bebé tob décadas más tarde.

La princesa egipcia Hatshepsut adoptó a Moisés como hijo. El nombre dado a Moisés es de origen egipcio y significa “hijo de” o “nacido de”, como se refleja en los nombres Amosis (“hijo de Aj”) o Tutmosis (“hijo de Tut”). En hebreo su nombre significa “sacado”, ya que fue milagrosamente salvado cuando fue “sacado” del río.

Es poco lo que sabemos acerca de sus primeros años de vida. Tras ser salvado milagrosamente y adoptado por Hatshepsut, Moisés vivió sus primeros doce años con su familia original (Éxo. 2:7-9; Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 251) y recibió la mejor educación egipcia con el fin de prepararlo para ser el próximo faraón de Egipto (Patriarcas y profetas, p. 245). Gran parte de esa educación resultó inútil e incluso contraria a lo que realmente importaba: el conocimiento de Dios y de su verdad.

¿Cuánto de lo que estás aprendiendo es en última instancia inútil para lo que realmente importa?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Mientras este decreto estaba en vigencia, les nació un hijo a Amram y Jocabed, israelitas devotos de la tribu de Leví. El niño era hermoso, y los padres, creyendo que el tiempo de la liberación de Israel se acercaba y que Dios iba a suscitar un libertador para su pueblo, decidieron que el niño no fuera sacrificado. La fe en Dios fortaleció sus corazones, y «no temieron el mandamiento del rey».

La madre logró ocultar al niño durante tres meses. Entonces viendo que ya no podía esconderlo con seguridad, preparó una arquilla de juncos, la impermeabilizó con pez y betún, y colocando al niño en ella, la depositó en un carrizal de la orilla del río. No se atrevió a permanecer allí para cuidarla ella misma, por temor a que se perdiera tanto la vida del niño como la suya, pero María, la hermana del niño, quedó allí cerca, aparentando indiferencia, pero vigilando ansiosamente para ver qué sería de su hermanito. Y había otros observadores. Las fervorosas oraciones de la madre habían confiado a su hijo al cuidado de Dios; e invisibles ángeles vigilaban la humilde cuna. Ellos dirigieron a la hija de Faraón hacia aquel sitio. La arquilla llamó su atención, y cuando vio al hermoso niño una sola mirada le bastó para leer su historia. Las lágrimas del pequeño despertaron su compasión, y sus simpatías se conmovieron al pensar en la madre desconocida que había apelado a este medio para preservar la vida de su precioso hijo. Decidió salvarlo adoptándole como hijo suyo (Historia de los patriarcas y profetas, p. 248).

Dios había oído las oraciones de la madre; su fe fue premiada. Con profunda gratitud emprendió su tarea, que ahora no entrañaba peligro. Aprovechó fielmente la oportunidad de educar a su hijo para Dios. Estaba segura de que había sido preservado para una gran obra, y sabía que pronto debería entregarlo a su madre adoptiva, y se vería rodeado de influencias que tenderían a apartarlo de Dios. Todo esto la hizo más diligente y cuidadosa en su instrucción que en la de sus otros hijos. Trató de inculcarle la reverencia a Dios y el amor a la verdad y a la justicia, y oró fervorosamente que fuese preservado de toda influencia corruptora. Le mostró la insensatez y el pecado de la idolatría, y desde muy temprana edad le enseñó a postrarse y orar al Dios viviente, el único que podía oírle y ayudarle en toda emergencia.

La madre retuvo a Moisés tanto tiempo como pudo, pero se vio obligada a entregarlo cuando tenía como doce años de edad. De su humilde cabaña fue llevado al palacio real, y la hija de Faraón lo prohijó. Pero en Moisés no se borraron las impresiones que había recibido en su niñez. No podía olvidar las lecciones que aprendió junto a su madre. Le fueron un escudo contra el orgullo, la incredulidad y los vicios que florecían en medio del esplendor de la corte (Historia de los patriarcas y profetas, p. 249).


Jueves 3 de julio

UN CAMBIO DE PLANES

Lee Éxodo 2:11 al 25. ¿Qué eventos sucedieron precipitadamente y cambiaron por completo el rumbo de la vida de Moisés? ¿Qué lecciones podemos aprender de esta historia?

Éxodo 2:11-25

11 En aquellos días sucedió que crecido ya Moisés, salió a sus hermanos, y los vio en sus duras tareas, y observó a un egipcio que golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos. 12 Entonces miró a todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena. 13 Al día siguiente salió y vio a dos hebreos que reñían; entonces dijo al que maltrataba al otro: ¿Por qué golpeas a tu prójimo? 14 Y él respondió: ¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio? Entonces Moisés tuvo miedo, y dijo: Ciertamente esto ha sido descubierto. 15 Oyendo Faraón acerca de este hecho, procuró matar a Moisés; pero Moisés huyó de delante de Faraón, y habitó en la tierra de Madián. 16 Y estando sentado junto al pozo, siete hijas que tenía el sacerdote de Madián vinieron a sacar agua para llenar las pilas y dar de beber a las ovejas de su padre. 17 Mas los pastores vinieron y las echaron de allí; entonces Moisés se levantó y las defendió, y dio de beber a sus ovejas. 18 Y volviendo ellas a Reuel su padre, él les dijo: ¿Por qué habéis venido hoy tan pronto? 19 Ellas respondieron: Un varón egipcio nos defendió de mano de los pastores, y también nos sacó el agua, y dio de beber a las ovejas. 20 Y dijo a sus hijas: ¿Dónde está? ¿Por qué habéis dejado a ese hombre? Llamadle para que coma. 21 Y Moisés convino en morar con aquel varón; y él dio su hija Séfora por mujer a Moisés. 22 Y ella le dio a luz un hijo; y él le puso por nombre Gersón, porque dijo: Forastero soy en tierra ajena. 23 Aconteció que después de muchos días murió el rey de Egipto, y los hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre, y clamaron; y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre. 24 Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. 25 Y miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios.

¿Qué haría Moisés? ¿Sucumbiría a la atracción de Egipto y a los placeres de la corte o soportaría las penurias junto a su pueblo? Los acontecimientos pronto lo obligaron a tomar una decisión.

“Al oír esto, Faraón procuró matar a Moisés. Pero Moisés huyó de Faraón y fue a vivir en la tierra de Madián. Al llegar allá se sentó junto a un pozo” (Éxo. 2:15).

Después de su crimen, Moisés realmente no tuvo elección, al menos en lo que respecta a permanecer en Egipto. Cualesquiera que fueran los planes que tenía para ascender al trono de Egipto y convertirse en un “dios”, estos se desvanecieron rápidamente. En lugar de convertirse en un dios falso, Moisés serviría al Dios verdadero. Cuando huyó, Moisés no tenía idea de lo que le deparaba el futuro.

“Todo el asunto [de la muerte del egipcio a manos de Moisés], exagerado en sumo grado, se supo rápidamente entre los egipcios, y hasta llegó a oídos de Faraón. Se le dijo al rey que este acto era muy significativo; que Moisés tenía el propósito de acaudillar a su pueblo contra los egipcios; que quería derrocar el Gobierno y ocupar el trono; y que no habría seguridad para el reino mientras él viviese. El monarca determinó enseguida que debía morir; pero, reconociendo su peligro, Moisés decidió escapar y huyó hacia Arabia” (Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 253).

Moisés vivió 120 años (Deut. 34:7), y su vida puede dividirse en tres etapas de 40 años cada una. Pasó los primeros 40 años en Egipto, gran parte de ellos en el palacio real. Los segundos 40 años transcurrieron en casa de Jetro, en Madián.

Sin embargo, son los últimos 40 años los que ocupan la mayor parte de los libros de Moisés y narran la historia del llamado divino hecho a Israel para que diera testimonio acerca de quién y cómo es Dios, de su naturaleza y su carácter, a un mundo sumido en la idolatría (ver Deut. 4:6-8).

¿Era el plan de Dios que Moisés matara al egipcio? De no ser así, ¿qué nos enseña esta historia acerca de cómo Dios puede imponerse en cualquier situación y utilizarla para sus propósitos? ¿Cómo nos ayuda Romanos 8:28 a comprender esta importante verdad?

Romanos 8:28

28 Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Moisés había supuesto que su educación en la sabiduría de Egipto le habilitaba plenamente para sacar a Israel de la servidumbre. ¿No era sabio en todas las cosas necesarias para un general de ejército? ¿No había tenido las ventajas de las mejores escuelas del país? Sí, se sentía capaz de librar a su pueblo. Inició su obra procurando obtener su favor al corregir sus males. Mató a un egipcio que abusaba de un israelita. En eso manifestó el espíritu del que es homicida desde el principio, y demostró su incapacidad para representar al Dios de misericordia, amor y ternura.

Moisés fracasó miserablemente en su primera tentativa, y, como muchos otros, perdió inmediatamente la confianza en Dios y dio la espalda a la obra que le había sido señalada. Huyó de la ira de Faraón. Concluyó que a causa del gran pecado que cometiera al quitar la vida al egipcio, Dios no le permitiría tener parte alguna en la obra de librar a su pueblo de su cruel esclavitud. Pero el Señor permitió estas cosas a fin de poder enseñarle la mansedumbre, la bondad y longanimidad que necesita poseer todo obrero del Maestro, a fin de tener éxito en su causa (Consejos para los maestros, pp. 392, 393).

Las lecciones de mansedumbre semejante a la de Cristo, humildad de corazón, reverencia por las cosas sagradas, no se enseñan eficazmente en ninguna parte excepto en la escuela de Cristo. A Moisés se le había enseñado a esperar halagos y alabanzas debido a sus capacidades superiores; pero ahora debía aprender una lección diferente. Como pastor de ovejas, a Moisés se le enseñó a cuidar de los afligidos, a cuidar de los enfermos, a buscar pacientemente a los descarriados, a soportar durante mucho tiempo a los rebeldes, a suplir con amorosa solicitud las necesidades de los corderos tiernos y las de los ancianos y débiles. A medida que se desarrollaban estas fases de su carácter, se acercaba más a su Pastor divino. Se unió y se sometió al Santo de Israel. Creyó en el gran Dios. Mantuvo comunión con el Padre a través de la oración humilde. Buscó en el Altísimo una educación en los asuntos espirituales y un conocimiento de su deber como pastor fiel. Su vida llegó a estar tan estrechamente unida al Cielo que Dios hablaba con él cara a cara (Fundamentals of Christian Education, p. 343).

La impetuosidad de Moisés al matar al egipcio fue impulsada por un espíritu presuntuoso. La fe se mueve en la poder y la sabiduría de Dios, y no en los caminos de los hombres. Por la simple fe, Moisés fue capaz de atravesar dificultades y superar obstáculos que parecían casi insuperables. Dios pudo manifestar su gran poder a través de Moisés debido a su fe constante en el poder y en las intenciones amorosas de su Libertador. Fue esta confianza implícita en Dios lo que hizo de Moisés lo que era. Conforme a todo lo que el Señor le mandó, así lo hizo (Fundamentals of Christian Education, p. 344).


Viernes 4 de julio

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:

Lee el capítulo titulado “Moisés” en el libro Patriarcas y profetas, de Elena de White, pp. 246-256, el cual provee vislumbres significativas acerca de la porción bíblica estudiada esta semana.

El texto bíblico dice que “las parteras temieron a Dios, y no hicieron como les mandó el rey de Egipto, sino que preservaron la vida de los niños” (Éxo. 1:17). Elena de White comenta lo siguiente acerca de la fidelidad de estas dos mujeres y de la esperanza mesiánica: “Se ordenó a las mujeres cuya profesión les daba la oportunidad de hacerlo que dieran muerte a los niños varones hebreos en el momento de nacer. Satanás fue el instigador de ese plan. Sabía que entre los israelitas se levantaría un libertador; y al inducir al rey a destruir a los niños varones esperaba frustrar el propósito divino. Pero esas mujeres temían a Dios, y no osaron ejecutar tan cruel mandato. El Señor aprobó su conducta, y las prosperó” (Elena de White, Patriarcas y profetas, pp. 247, 248).

Lo bueno de todo esto es que Dios se impuso y utilizó a personas fieles para desbaratar los planes de Satanás. Vivimos en el territorio de nuestro Enemigo, a quien Jesús llamó “el príncipe de este mundo” (Juan 14:30; Efe. 2:2). Satanás usurpó esta posición a Adán, pero Jesucristo lo derrotó durante su vida y mediante su muerte en la cruz (Mat. 4:1-11; Juan 19:30; Heb. 2:14). Aunque Satanás sigue vivo y activo, como lo reveló su intento de matar a esos niños, su propia destrucción es segura (Juan 12:31; 16:11; Apoc. 20:9, 10, 14). La buena noticia es que las dificultades de la vida pueden ser superadas por la gracia de Dios (Fil. 4:13). Esa gracia es nuestra única esperanza.

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

  1. ¿Por qué permitió Dios que los hebreos vivieran en Egipto y fueran oprimidos? ¿Por qué tardó tanto en intervenir en favor de ellos? Recuerda que cada persona sufre solo mientras vive. Es decir, el tiempo de sufrimiento de la nación fue largo, pero cada persona sufrió solo mientras vivió. ¿Por qué es importante hacer esa distinción para tratar de entender el sufrimiento humano en general?
  2. Reflexiona acerca de cómo pudo Dios utilizar el acto impulsivo de Moisés de matar al egipcio. Supón que no lo hubiera hecho. ¿Habría significado eso que los hebreos no habrían sido finalmente liberados de Egipto? Explica tus ideas al respecto.