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Lección 4 – Profetas del Nuevo Testamento · Escuela Sabática Maestros
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Lección 4 · 4to Trimestre 2026

Profetas del Nuevo Testamento

Para el Sábado 24 de octubre de 2026
Lee para el estudio de esta semana

Mateo 16:13-16; Efesios 2:20; Apocalipsis 22:6; Lucas 2:36-38; Hechos 21:9; Efesios 6:10-18.

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Para memorizar
«Ahora bien, hay diversos dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversos ministerios, pero el Señor es el mismo; y hay diversas actividades, pero Dios, que efectúa todas las cosas en todos, es el mismo»
— 1 Corintios 12:4-6
Sábado 17 de octubre

Profetas del Nuevo Testamento

En cierta ocasión, un padre y su hijo viajaban en automóvil de regreso a su hogar. Para pasar el tiempo, el niño observaba los automóviles que pasaban. Entonces, el hombre señaló un vehículo y exclamó: «¡Ese es igual al primer automóvil que tuve!». Cuando llegaron a casa, el padre mostró a su hijo el manual de su primer automóvil y el del actual, señalando las características de cada vehículo y destacando las que eran similares y las que habían cambiado. Sin embargo, cuando el padre comparó los dos motores, se dio cuenta de que eran idénticos. Muchas cosas habían cambiado, pero no el motor.

Dios habló a través de los profetas en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. La continuidad y la armonía entre ambos se deben a que el Espíritu Santo, la fuente o «motor» de la inspiración divina, ha permanecido invariable. El Espíritu Santo siempre capacita a los verdaderos profetas mediante el don profético. También coloca a Cristo en el centro de los mensajes de los profetas (Heb. 1:1-3).

Esta semana examinaremos el don profético en el Nuevo Testamento. También veremos quiénes ministraban como profetas, en qué se diferenciaban de los apóstoles y el peligro de los falsos profetas.

Espíritu de Profecía

Toda la Biblia es una revelación, pues toda revelación para los hombres viene a través de Cristo y toda se centra en él. Dios nos ha hablado por su Hijo, a quien pertenecemos por creación y por redención. Cristo vino a Juan, desterrado en la isla de Patmos, con el fin de darle la verdad para estos últimos días y mostrarle lo que debe suceder pronto. Jesucristo es el gran depositario de la revelación divina. Por medio de él tenemos un conocimiento de lo que debemos esperar en las escenas finales de la historia de esta tierra…

Juan, el discípulo amado, fue el elegido para recibir esta revelación. Fue el último sobreviviente de los primeros discípulos escogidos. En la dispensación del Nuevo Testamento recibió esta honra, así como el profeta Daniel la recibió en la dispensación del Antiguo Testamento.

La instrucción que iba a ser comunicada a Juan era tan importante, que Cristo vino del cielo para darla a su siervo, y le dijo que la enviara a las iglesias. Esta instrucción debe ser el objeto de nuestro estudio cuidadoso y con oración, pues estamos viviendo en un tiempo cuando hombres que no siguen la enseñanza del Espíritu Santo introducirán falsas teorías…

Después que pasó el tiempo [1844] cuando esperábamos la venida de Cristo, Dios confió a sus seguidores fieles los principios preciosos de la verdad presente… Los que pasaron por estas experiencias deben ser tan firmes como una roca en su apego a los principios que nos han convertido en adventistas del séptimo día… Los que participaron en el establecimiento de nuestra obra sobre un fundamento de verdad bíblica, los que conocen los postes indicadores que han señalado el camino correcto, deben considerarse como obreros del valor más elevado. Cuando hablan de las verdades que les han sido confiadas, lo hacen basándose en una experiencia personal. Estos hombres no deben permitir que su fe se cambie en infidelidad, ni deben permitir que el estandarte del tercer ángel sea arrebatado de sus manos. Deben mantener firmes hasta el fin su confianza del principio.

El Señor ha declarado que la historia del pasado se repetirá cuando entremos en la obra final. Hay que proclamar ante el mundo todas las verdades que él ha dado para estos últimos días. Hay que fortalecer cada pilar que él ha establecido. Ahora no podemos alejarnos del fundamento que Dios ha colocado. No podemos entrar en ninguna nueva organización, porque esto significaría apostatar de la verdad— El Cristo triunfante, 26 de diciembre, p. 369

Domingo 18 de octubre

Jesús como profeta

Moisés predijo que «un Profeta de en medio de los tuyos, de tus hermanos, como yo, te levantará el Señor tu Dios; a él oirás» (Deut. 18:15). ¿Quién era ese profeta? Las Escrituras dicen claramente que se trató de Jesús mismo: «Porque Moisés dijo: “El Señor vuestro Dios les levantará de entre sus hermanos a un profeta como yo. A él oirán en todo lo que les diga”» (Hech. 3:20-22; ver también Juan 6:14).

¿Cuál fue el papel profético de Jesús? ¿Cómo se respondía esta pregunta en la época de Jesús? (Mat. 16:13-16; Mar. 8:27-29; Luc. 9:18-20).
Mateo 16:13-16 — RV60 13 Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? 14 Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. 15 Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? 16 Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Marcos 8:27-29 — RV60 27 Salieron Jesús y sus discípulos por las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntó a sus discípulos, diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? 28 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas. 29 Entonces él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Respondiendo Pedro, le dijo: Tú eres el Cristo.
Lucas 9:18-20 — RV60 18 Aconteció que mientras Jesús oraba aparte, estaban con él los discípulos; y les preguntó, diciendo: ¿Quién dice la gente que soy yo? 19 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, que algún profeta de los antiguos ha resucitado. 20 Él les dijo: ¿Y vosotros, quién decís que soy? Entonces respondiendo Pedro, dijo: El Cristo de Dios.

Jesús es aquel a quien todos los profetas del Antiguo Testamento señalaban como el Cristo o Mesías venidero. En el Nuevo Testamento, él es reconocido como el cumplimiento de esas profecías mesiánicas. En Lucas 24:13-35, Jesús se identificó como aquel a quien señalaban las profecías mesiánicas.

De hecho, la descripción que se hace en Juan 1:1-5 del Verbo no se ajusta a ningún ser humano, profeta o no. El Verbo es identificado como el Creador, porque «todas las cosas fueron hechas por él. Nada de cuanto existe fue hecho sin él» (Juan 1:3). Es decir, él es el autor de todo lo creado; es decir, del cosmos entero, cuya extensión se estima en 93 000 millones de años luz.

En cada «dijo Dios» de Génesis 1 oímos hablar a Jesús. Aquel que dijo: «Haya luz» (Gén. 1:3) es también la «luz de los hombres» (Juan 1:4), quien estaba disipando las tinieblas de la tierra mediante el plan de salvación (Juan 1:4-5).

Las palabras proféticas de Dios son ciertas y confirmadas. Cuando se les presta atención, son una luz «que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el Lucero de la mañana salga en sus corazones» (2 Ped. 1:19). La profecía seguirá trayendo luz a nuestro mundo pecaminoso hasta que Jesús, «la Estrella de la mañana» y fuente de esa luz profética, inaugure su reino eterno.

Hasta entonces, Cristo ofrece la eternidad a todos en virtud de su vida, muerte y resurrección. La única pregunta es si la aceptaremos o no.

Reflexionemos sobre el hecho de que Jesús, el Creador (Juan 1:1-3), es también quien murió en la cruz por nuestros pecados. ¿Qué nos enseña esta asombrosa verdad acerca del amor de Dios para con nosotros?
Espíritu de Profecía

Al curarlo a Simón de la lepra, Cristo lo había salvado de una muerte viviente. Pero ahora Simón se preguntaba si el Salvador era profeta. Porque Cristo permitió que esta mujer se acercara a él, porque no la rechazó con indignación como a una persona cuyos pecados eran demasiado grandes para ser perdonados, porque no demostró que comprendía que ella había caído, Simón estaba tentado a pensar que él no era profeta. Jesús no sabe nada en cuanto a esta mujer que es tan liberal en sus demostraciones, pensaba él, de lo contrario no permitiría que le tocase.

Pero era la ignorancia de Simón respecto a Dios y a Cristo lo que le inducía a pensar así. No comprendía que el Hijo de Dios debía actuar como Dios, con compasión, ternura y misericordia. El plan de Simón consistía en no prestar atención al servicio de penitencia de María. El acto de ella, de besar los pies de Cristo y ungirlos con ungüento, era exasperante para su duro corazón. Y pensó que si Cristo era profeta, debería reconocer a los pecadores y rechazarlos.

A estos pensamientos inexpresados contestó el Salvador: “Simón, una cosa tengo que decirte… Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos de qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de estos le amará más? Y respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel al cual perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado”.

Como Natán con David, Cristo ocultó el objeto de su ataque bajo el velo de una parábola. Cargó a su huésped con la responsabilidad de pronunciar sentencia contra sí mismo. Simón había arrastrado al pecado a la mujer a quien ahora despreciaba. Ella había sido muy perjudicada por él. Por los dos deudores de la parábola estaban representados Simón y la mujer. Jesús no se propuso enseñar qué grado de obligación debían sentir las dos personas, porque cada una tenía una deuda de gratitud que nunca podría pagar. Pero Simón se sentía más justo que María, y Jesús deseaba que viese cuán grande era realmente su culpa. Deseaba mostrarle que su pecado superaba al de María en la medida en que la deuda de quinientos denarios excedía a la de cincuenta.

Simón empezó ahora a verse a sí mismo desde un nuevo punto de vista. Vio cómo era considerada María por quien era más que profeta. Vio que, con penetrante ojo profético, Cristo había leído el corazón de amor y devoción de ella. Sobrecogido de vergüenza, comprendió que estaba en la presencia de uno que era superior a él.

“Entré en tu casa —continuó Cristo—, no me diste agua para mis pies”; pero con lágrimas de arrepentimiento, impulsada por el amor, María ha lavado mis pies, y los ha secado con su cabellera. “No me diste beso, mas esta”, que tú desprecias, “desde que entré, no ha cesado de besar mis pies”. Cristo enumeró las oportunidades que Simón había tenido para mostrar el amor que tenía por su Señor, y su aprecio de lo que había sido hecho en su favor. Claramente, aunque con delicada cortesía, el Salvador aseguró a sus discípulos que su corazón se apena cuando sus hijos dejan de mostrar su gratitud hacia él con palabras y hechos de amor— El Deseado de todas las gentes, pp. 519, 520

Lunes 19 de octubre

Apóstoles y profetas

El Nuevo Testamento menciona la obra de los profetas y de los apóstoles, quienes eran «mensajeros» o «enviados» de Dios, que es el significado de la palabra griega apostolos. En los evangelios, la palabra «apóstol» se refiere a los doce discípulos. El resto del Nuevo Testamento respalda esta idea e incluye a otras personas que no formaban parte de ese grupo original.

Pablo se llama a sí mismo apóstol doce veces en sus epístolas. En Romanos 1:1-2, conecta su llamado apostólico y el contenido de su predicación con el mensaje de los profetas del Antiguo Testamento. Pablo se identifica como apóstol de los gentiles (Rom. 11:13) nombrado «por la voluntad de Dios» (1 Cor. 1:1).

A diferencia de los sacerdotes, cuya designación estaba determinada por su pertenencia a una familia específica, Dios eligió a los profetas y a los apóstoles según su voluntad. Cuando se cuestionó el apostolado de Pablo, él defendió su ministerio en esos términos (1 Cor. 9:1-2). Pablo consideraba que su apostolado se basaba en la obra de Cristo, quien es el fundamento de la iglesia (Efe. 2:20).

Como receptores de la revelación de Dios, los apóstoles poseyeron el mismo nivel de inspiración que los profetas (Efe. 3:1-5).

En 2 Pedro 3:1-2, el apóstol se refiere a los profetas como antecesores cuyas palabras eran importantes, pero los apóstoles son presentados como investidos de la misma autoridad. Esos versículos se refieren a los tiempos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento. Los profetas actuaron como los mensajeros de Dios en la era del Antiguo Testamento, así como los apóstoles lo hicieron en la del Nuevo, pero hubo también personas que profetizaron o ejercieron el don profético sin ser apóstoles. El don de profecía no estaba limitado a los apóstoles en los tiempos del Nuevo Testamento. A su vez, no todos los profetas eran apóstoles (Hech. 15:32).

¿Cuál era la función de los apóstoles y los profetas en relación con Cristo y la iglesia según Efesios 2:20 y 3:5?
Efesios 2:20 — RV60 20 edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo,
Efesios 3:5 — RV60 5 misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu:

Jesús fue el centro de casi todo lo que los apóstoles escribieron en el Nuevo Testamento. De una forma u otra, su vida, muerte, resurrección, ministerio sumosacerdotal y regreso eran su tema central.

La Biblia es el único registro oficial que tenemos de las palabras de los apóstoles y profetas sobre Jesús, su vida y sus obras. ¿Qué nos dice esto de por qué la Biblia debe ser la autoridad final en lo que creemos sobre Jesús y su muerte por nosotros?
Espíritu de Profecía

El Señor Jesús está realizando experimentos en los corazones humanos por medio de la manifestación de su misericordia y abundante gracia. Está realizando transformaciones tan sorprendentes que Satanás… se detiene para mirarla como una fortaleza inexpugnable ante sus sofismas y engaños. Son para él un misterio incomprensible. Los ángeles de Dios… contemplan con asombro y gozo cómo hombres caídos, una vez hijos de la ira, están desarrollando por la enseñanza de Cristo, caracteres a la semejanza divina, para ser hijos e hijas de Dios.

El Señor ha provisto a su iglesia de capacidades y bendiciones para que presente ante el mundo una imagen de su propia suficiencia, y para que su iglesia sea completa en él, una constante representación de otro mundo, el mundo eterno regido por leyes superiores a las terrenas. Su iglesia ha de ser un templo erigido a la semejanza divina…

Cristo ha dado a la iglesia amplias facilidades, para que él pudiese recibir una gran recompensa de gloria de su posesión redimida y comprada… La declaración de su oración intercesora, de que el amor del Padre es tan grande hacia nosotros como hacia él mismo, el Hijo unigénito, y que nosotros estaremos con él donde él está, hechos uno con Cristo y el Padre para siempre, es una maravilla para la hueste angelical y constituye su gran gozo. El don de su Espíritu Santo, rico, completo y abundante, ha de ser para su iglesia como un muro de fuego que la circunde, contra el cual no prevalezcan las potencias del infierno. En su inmaculada pureza y perfección impecable, Cristo mira a sus hijos como la recompensa de sus sufrimientos, su humillación y el suplemento de su gloria, siendo él mismo el gran Centro, del cual irradia toda gloria— In Heavenly Places, p. 282; parcialmente en En los lugares celestiales, 2 de octubre, p. 284


Durante los años transcurridos desde los días de los apóstoles, la edificación del templo de Dios nunca cesó. Podemos lanzar una mirada retrospectiva a través de los siglos, y ver las piedras vivas de las cuales está compuesto, resplandeciendo como luces en medio de las tinieblas del error y la superstición. Por toda la eternidad esas preciosas joyas brillarán con creciente fulgor, dando testimonio acerca del poder de la verdad de Dios. La centelleante luz de esas piedras pulidas revela el inmenso contraste que hay entre la luz y las tinieblas, entre el oro de la verdad y la escoria del error.

Pablo y los otros apóstoles, y todos los justos que han vivido desde entonces, hicieron su parte en la construcción del templo. Pero la estructura todavía no está completa. Los que vivimos en este tiempo tenemos una obra que hacer, una parte que realizar. Tenemos que traer material para el fundamento, que resista la prueba del fuego: oro, plata y piedras preciosas, “labradas como las de un palacio”. Salmo 144:12. A los que edifican así para Dios, Pablo les dirige palabras de ánimo y amonestación: “Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa”. 1 Corintios 3:14. El cristiano que presenta fielmente la Palabra de vida, guiando a hombres y mujeres por el camino de la santidad y la paz, coloca sobre el fundamento material que perdurará, y en el reino de Dios será honrado como sabio constructor— Reflejemos a Jesús, 29 de julio, p. 216

Martes 20 de octubre

Funciones de los profetas del Nuevo Testamento

¿Qué nos dicen 1 Corintios 14:3, Efesios 4:11-13 y Apocalipsis 22:6 sobre la función de los profetas del Nuevo Testamento?
1 Corintios 14:3 — RV60 3 Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación.
Efesios 4:11-13 — RV60 11 Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, 12 a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, 13 hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;
Apocalipsis 22:6 — RV60 6 Y me dijo: Estas palabras son fieles y verdaderas. Y el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, ha enviado su ángel, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto.

A pesar de su utilidad, estos versículos no presentan una visión completa de la tarea de los profetas del Nuevo Testamento. Sin embargo, gran parte de lo que hicieron refleja lo que fue también la labor de los profetas del Antiguo Testamento. Este hecho demuestra la continuidad del don profético.

La profecía aparece en 1 Corintios 12:10 entre otros dones espirituales. En la metáfora del cuerpo de Cristo (1 Cor. 12:27-28) se menciona a los profetas después de los apóstoles, quienes también recibieron revelaciones de Dios. Según 1 Corintios 14:3, «el que profetiza habla a los hombres para edificar, exhortar y consolar».

Efesios 4:11-13 enumera un conjunto de dones espirituales similar al que aparece en 1 Corintios 12. Los profetas son mencionados entre los apóstoles, evangelistas, pastores y maestros (Efe. 4:11). La tarea de estas personas consiste en «perfeccionar a los santos para desempeñar su ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un estado perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (Efe. 4:12-13). Como se ve aquí y en otros lugares, Jesús es el centro del mensaje.

El libro de los Hechos habla de dos profetas, Judas y Silas (ninguno de los cuales escribió un libro en la Biblia), que «consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabra» (Hech. 15:32). Aunque es cierto que, en ocasiones, los profetas tienen que pronunciar advertencias, incluso severas, también ofrecen, dependiendo de las circunstancias, palabras de aliento, especialmente en tiempos difíciles, palabras que sin duda fueron muy apreciadas por quienes necesitaban escucharlas, por la esperanza y la promesa que contenían.

Alentar a las personas también es una obra mencionada en el contexto de la profecía (1 Cor. 14:31). En tiempos de tribulación y persecución, el don profético ha sido una fuente de aliento y esperanza.

En Apocalipsis 22:6, Jesús se presenta como «el Señor Dios, que inspira a los profetas», cuyas «palabras son ciertas y verdaderas». Por supuesto, todo lo que proviene de los siervos de Dios, cuando hablan en nombre de él, también es «cierto y verdadero». En un mundo tan poco confiable, podemos confiar en lo que dicen los profetas del Señor, especialmente en las Escrituras, nuestra autoridad final y definitiva.

Espíritu de Profecía

Los talentos que Cristo confía a su iglesia representan especialmente las bendiciones y los dones impartidos por el Espíritu Santo. “A este es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro palabra de ciencia según el mismo Espíritu, a otro, fe por el mismo Espíritu, y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu; a otro, operaciones de milagros, y a otro, profecía, y a otro, discreción de espíritus; y a otro, género de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Mas todas estas cosas obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo particularmente a cada uno como quiere”. 1 Corintios 12:8-11. Todos los hombres no reciben los mismos dones, pero se promete algún don del Espíritu a cada siervo del Maestro.

Antes de dejar a sus discípulos, Cristo “sopló, y díjoles: Tomad el Espíritu Santo”. Otra vez dijo: “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros”. Juan 20:22; Lucas 24:49. Sin embargo, este don no fue recibido en su plenitud hasta después de la ascensión. No fue recibido el derramamiento del Espíritu hasta que, mediante la fe y la oración, los discípulos se consagraron plenamente para efectuar la obra de Cristo. Entonces, en un sentido especial, los bienes del cielo fueron entregados a los seguidores de Cristo. “Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres”. “A cada uno de nosotros es dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo”, y el Espíritu reparte “particularmente a cada uno como quiere”. Efesios 4:8, 7; 1 Corintios 12:11. Los dones ya son nuestros en Cristo, pero su posesión verdadera depende de nuestra recepción del Espíritu de Dios.

La promesa del Espíritu no se aprecia como se debiera. Su cumplimiento no se comprende como se podría. La ausencia del Espíritu es lo que hace tan impotente el ministerio evangélico. Se puede poseer sabiduría, talentos, elocuencia, todo don natural o adquirido; pero sin la presencia del Espíritu de Dios no se conmoverá a ningún corazón ni ningún pecador será ganado para Cristo. Por el otro lado, si están relacionados con Cristo, si los dones del Espíritu son suyos, los más pobres y los más ignorantes de sus discípulos tendrán un poder que hablará a los corazones. Dios los convierte en los instrumentos que ejercen la más elevada influencia en el universo— Palabras de vida del gran Maestro, pp. 262, 263

Miércoles 21 de octubre

Profetisas y ayudantes pastorales

Lee Lucas 2:36-38 y Hechos 21:9. ¿Qué dicen estos textos acerca de las profetisas?
Lucas 2:36-38 — RV60 36 Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, 37 y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. 38 Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.
Hechos 21:9 — RV60 9 Este tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban.

En los tiempos del Antiguo Testamento, Dios llamó tanto a hombres como a mujeres para que actuaran como sus mensajeros. En el Nuevo Testamento hay evidencias claras de la existencia de profetisas en el siglo primero. Ana fue la primera en ser llamada «profetisa» en el Nuevo Testamento. Ella era alguien que, en su ministerio de tiempo completo, «servía noche y día con ayuno y oración. […] Dio gracias a Dios y habló del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén» (Luc. 2:37-38).

Hechos 21:9 dice que Felipe tenía «cuatro hijas solteras que profetizaban». Los autores cristianos que se ocuparon de la historia del Nuevo Testamento, como Eusebio, tuvieron acceso a textos posteriores que mencionan dónde es posible que vivieran y dónde fueron sepultadas. En definitiva, esto confirma la existencia de mujeres, muy probablemente jóvenes, que tenían el don profético. No conocemos exactamente el contenido de sus mensajes proféticos ni el alcance de su ministerio, pero sabemos que, como en el caso de muchos otros profetas genuinos, sus palabras no llegaron a formar parte del canon bíblico.

Además de las profetisas, jóvenes pastores trabajaban en estrecha colaboración con los apóstoles, quienes los guiaban en el ministerio. Pablo, por ejemplo, se refirió a Timoteo como «verdadero hijo en la fe» (1 Tim. 1:2; ver también 1 Tim. 4:12). Pablo instruyó a Timoteo en los fundamentos del ministerio pastoral y afirmó lo siguiente acerca de su llamamiento: «Hijo Timoteo, te encargo este mandato conforme a las profecías que antes se hicieron acerca de ti. Milita por ellas la buena milicia» (1 Tim. 1:18).

En Tito 1:4, Pablo presentó a Tito como «verdadero hijo en la común fe», le encomendó la tarea de nombrar líderes para la desafiante congregación de Creta, le ofreció orientación espiritual acerca de cómo abordar esta importante responsabilidad y concluyó: «Esto habla, exhorta y reprende con toda autoridad. ¡Nadie te menosprecie!» (Tito 2:15).

Jóvenes, ancianos, hombres, mujeres: todos podemos desempeñar un papel en la obra de Dios. ¿Cuál es el tuyo y cómo puedes hacer aún más?
Espíritu de Profecía

Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente. En el templo, el Hijo de Dios fue dedicado a la obra que había venido a hacer. El sacerdote le miró como a cualquier otro niño. Pero aunque él no vio ni sintió nada insólito, el acto de Dios al dar a su Hijo al mundo no pasó inadvertido. Esta ocasión no pasó sin algún reconocimiento del Cristo. “Había un hombre en Jerusalem, llamado Simeón, y este hombre, justo y pío, esperaba la consolación de Israel: y el Espíritu Santo era sobre él. Y había recibido respuesta del Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Cristo del Señor”.

Al entrar Simeón en el templo, vio a una familia que presentaba su primogénito al sacerdote. Su aspecto indicaba pobreza; pero Simeón comprendió las advertencias del Espíritu, y tuvo la profunda impresión de que el niño presentado al Señor era la Consolación de Israel, Aquel a quien tanto había deseado ver. Para el sacerdote asombrado, Simeón era un hombre arrobado en éxtasis. El niño había sido devuelto a María, y él lo tomó en sus brazos y lo presentó a Dios, mientras que inundaba su alma un gozo que nunca sintió antes. Mientras elevaba al Niño Salvador hacia el cielo, exclamó: “Ahora despides, Señor, a tu siervo, conforme a tu palabra, en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has aparejado en presencia de todos los pueblos; luz para ser revelada a los Gentiles, y la gloria de tu pueblo Israel”.

El espíritu de profecía estaba sobre este hombre de Dios, y mientras que José y María permanecían allí, admirados de sus palabras, los bendijo, y dijo a María: “He aquí, este es puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel; y para señal a la que será contradicho; y una espada traspasará tu alma de ti misma, para que sean manifestados los pensamientos de muchos corazones”.

También Ana la profetisa vino y confirmó el testimonio de Simeón acerca de Cristo. Mientras hablaba Simeón, el rostro de ella se iluminó con la gloria de Dios, y expresó su sentido agradecimiento por habérsele permitido contemplar a Cristo el Señor— El Deseado de todas las gentes, pp. 36, 37


Pablo hacía del educar a los jóvenes para el ministerio evangélico una parte de su obra. Él los llevaba consigo en sus viajes misioneros, y así adquirían una experiencia que más tarde los habilitaría para ocupar puestos de responsabilidad. Aun cuando estuviese separado de ellos, se mantenía siempre en contacto con su obra, y sus cartas a Timoteo y Tito son una prueba de cuán profundo era su deseo de que tuviesen éxito. “Lo que has oído de mí —escribió—, esto encarga a los hombres fieles que serán idóneos para enseñar también a otros”. 2 Timoteo 2:2.

Este rasgo de la obra de Pablo enseña una lección importante a los predicadores de hoy día. Los obreros experimentados hacen una obra noble cuando, en vez de tratar de llevar todas las cargas ellos mismos, preparan a hombres más jóvenes, y ponen cargas sobre sus hombros. Es deseo de Dios que aquellos que han adquirido experiencia en su causa, preparen jóvenes para su servicio.

El obrero más joven no debe dejarse embargar de tal manera por las ideas y opiniones de aquel a quien esté confiado, que pierda su propia individualidad. No debe dejar que su identidad se confunda con la de aquel que lo está instruyendo, al punto de no atreverse a ejercer su propio juicio, sino hacer lo que se le dice, sin tener en cuenta su propia conciencia de lo bueno y lo malo. Es privilegio suyo aprender de por sí del gran Maestro. Si aquel con quien trabaja sigue una conducta que no está en armonía con el “así dice Jehová”, no vaya a alguna tercera persona, sino diríjase a su superior en el cargo y preséntele el asunto expresando francamente su parecer. Así el aprendiz puede beneficiar al maestro. Debe desempeñar fielmente su deber— Obreros evangélicos, pp. 107, 108

Jueves 22 de octubre

Falsos profetas mencionados en el Nuevo Testamento

Lee Mateo 24:23-24. ¿Qué nos advierte Jesús aquí? ¿Por qué debemos prestar seria atención a esta advertencia?
Mateo 24:23-24 — RV60 23 Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. 24 Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos.

Jesús no pudo haber sido más claro: «Porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios para engañar, si fuere posible, aun a los elegidos» (Mat. 24:24).

Los engaños acerca de los que nos advierte son sin duda muy persuasivos, pues van acompañados de «grandes señales y prodigios». Las manifestaciones sobrenaturales no son en sí mismas una evidencia de la obra de Dios, por muy persuasivas que parezcan. Tenemos enemigos sobrenaturales. Como nos ha advertido Pablo: «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne; sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de este mundo de tinieblas, contra malos espíritus de los aires» (Efe. 6:12). Estos poderes actúan por medio de falsos profetas, los cuales no son una novedad. El Nuevo Testamento se refiere a los falsos profetas de los tiempos del Antiguo Testamento (Luc. 6:26). En el Nuevo Testamento, los falsos profetas son comparados con «lobos rapaces» que están «disfrazados de ovejas» (Mat. 7:15), y se nos dice que «por sus frutos los conocerán» (Mat. 7:16).

Su principal ocupación es el engaño (Mat. 7:17-20). El mismo Jesús declaró que «se levantarán muchos falsos profetas y engañarán a muchos» (Mat. 24:11), incluso, «si fuere posible, aun a los elegidos» (Mat. 24:24; ver también Mar. 13:22; 1 Juan 4:1).

Según Efesios 6:10-18, ¿cómo podemos protegernos de cualquier tipo de engaño?
Efesios 6:10-18 — RV60 10 Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. 11 Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. 12 Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. 13 Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. 14 Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, 15 y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. 16 Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. 17 Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; 18 orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos;

Vivir por fe, revestirnos de la «coraza de justicia», ceñirnos con la «verdad», rendirnos al Espíritu Santo por medio de la oración y estar arraigados en su Palabra. Así es como podemos protegernos de todo lo que, de otro modo, nos desviaría espiritual y teológicamente.

¿Qué puedes hacer para estar mejor equipado contra los engaños que azotan nuestro mundo?
Espíritu de Profecía

Mientras menos mediten ustedes en Cristo y en su amor incomparable y mientras menos se asemejen a su imagen, mejores aparecerán ante sus propios ojos y más confianza propia y autocomplacencia experimentarán. Un correcto conocimiento de Cristo, mirar constantemente al Autor y Consumador de nuestra fe, les proporcionará un concepto tan claro del carácter de un cristiano verdadero que no podrán equivocarse al hacer una estimación correcta de su propia vida y carácter en contraste con los del gran Ejemplo…

La capacitación para la obra es un asunto de toda la vida, una lucha diaria, laboriosa, cuerpo a cuerpo con hábitos establecidos, malas inclinaciones y tendencias hereditarias. Se requiere un esfuerzo constante, intenso y vigilante para controlar el yo, para que solo Jesús se vea en nosotros y el yo se pierda de vista.

Es indispensable que vigilen los puntos débiles de su carácter, que restrinjan las tendencias equivocadas y fortalezcan y desarrollen las facultades nobles que hasta ahora no hayan sido ejercitadas adecuadamente. El mundo nunca conocerá la obra secreta que se lleva a cabo entre el alma y Dios, ni la amargura interior de espíritu, el aborrecimiento propio, y los esfuerzos constantes por dominar el yo; pero muchos en el mundo podrán apreciar los resultados de estos esfuerzos. Verán a Cristo revelado en la vida cotidiana de ustedes. Se transformarán en una epístola viviente, sabida y leída por todas las personas, y poseerán un carácter simétrico, desarrollado noblemente.

“Aprended de mí —dijo Cristo—, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”. Mateo 11:29. El Señor instruirá a los que acudan a él en busca de conocimiento. En el mundo hay una multitud de maestros falsos. El apóstol declara que en los últimos días los hombres, “teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros” (2 Timoteo 4:3), porque quieren escuchar cosas halagüeñas. Acerca de ellos Cristo amonestó: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis”. Mateo 7:15. Los maestros religiosos que se describen aquí profesan ser cristianos. Poseen una apariencia de piedad y aparentan trabajar por el bien de las almas… Están en conflicto con Cristo y sus enseñanzas, y se hallan destituidos de su espíritu manso y humilde…

El buen Pastor vino para buscar y salvar lo que se había perdido. Mediante sus obras ha manifestado su amor por las ovejas. Todos los pastores que trabajan bajo las órdenes del Príncipe de los pastores poseerán sus características; serán mansos y humildes de corazón. Una fe infantil proporciona descanso al alma y también obra por amor y siempre se interesa por los demás. Si el Espíritu de Cristo mora en ellos, serán semejantes a él y realizarán las obras de Cristo— Exaltad a Jesús, 18 de julio, p. 207

Viernes 23 de octubre

Manteniendo a Jesús y su Palabra en el centro

Como hemos aprendido, Dios llamó a profetas en momentos específicos y les encomendó tareas importantes. Su función principal era llevar a las personas al conocimiento de Dios y a una relación fiel con él. Esta fue la orientación que guio a Elena de White. Su ministerio tenía dos funciones principales: llevar a las personas a Jesús y dirigir la atención de ellas hacia la Biblia.

Elena de White amó profundamente a Jesús durante toda su vida, la cual estuvo dedicada a compartir el amor de Dios con los demás. Su famosa serie de cinco libros titulada «El gran conflicto» comienza y termina con las palabras «Dios es amor». En El camino a Cristo, quizá su libro más popular, escribió: «Nuestro crecimiento en la gracia, nuestro gozo, nuestra utilidad, todo depende de nuestra unión con Cristo. Debemos crecer en la gracia por medio de la comunión con él día a día, hora a hora —permaneciendo en él—. Él no solo es el autor, sino también el perfeccionador de la fe» (El camino a Cristo, p. 58).

Durante la década de 1890, cuando trabajaba en El Deseado de todas las gentes, escribió en su diario: «Al escribir sobre la vida de Cristo, me siento profundamente conmovida. Me olvido de respirar como debería. No puedo soportar la intensidad del sentimiento que me invade cuando pienso en lo que Cristo sufrió en nuestro mundo» (Manuscrito 70, 1897). A Elena de White le encantaba hablar de Jesús. La Biblia fue el segundo eje de su ministerio. Ella consideraba sus escritos como una «luz menor» que guiaba a las personas hacia la «luz mayor»: la Biblia (Mensajes selectos, t. 3, p. 34). Siempre animaba a las personas a acudir a las Escrituras, donde Dios ha revelado su carácter amoroso y su plan de salvación. Como ella misma dijo al principio de su ministerio: «Recomiendo al amable lector la Palabra de Dios como regla de fe y práctica» (Mensajes selectos, t. 3, p. 33).

Años más tarde, escribiría: «El Señor desea que estudies la Biblia. No ha dado ninguna luz adicional que sustituya a su Palabra. [...] Si se asimila y se digiere, [su Palabra] es como la sangre vital del alma. Entonces, las buenas obras se verán como luz que brilla en la oscuridad» (Carta 130, 1901).

Elena de White también creía que todos los que reclaman el manto profético de Cristo deben enseñar «lo que Cristo había enseñado. Eso incluye lo que él había dicho, no solamente en persona, sino a través de todos los profetas y maestros del Antiguo Testamento. Excluye la enseñanza humana» (El Deseado de todas las gentes, p. 766).

Elena de White mantuvo a Jesús y las Escrituras en el centro de su experiencia cristiana. El próximo viernes exploraremos sus puntos de vista acerca de la revelación y la inspiración. Para conocer más acerca de este tema, lee Elena de White, Mensajes selectos, t. 3, cap. 4, pp. 33-38; y los capítulos de «La voz profética en el Nuevo Testamento» de Ekkehardt Mueller y «El centro del ministerio profético de Elena G. de White» de Merlin D. Burt, en El don de profecía en las Escrituras y en la historia (Miami, FL: APIA, 2016), pp. 43-94 y 353-376.

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