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LECCIONES FUTURAS DE ESCUELA SABÁTICA
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| 2029 |
Lección 13: Para el 29 de marzo de 2025
EL AMOR ES EL CUMPLIMIENTO DE LA LEY
Sábado 22 de marzo_______________________________________________
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Éxodo 20: 1-17; Romanos 6: 1-3; 7: 7-12; Jeremías 31: 31-34; Mateo 23: 23, 24; Santiago 2: 1-9.
PARA MEMORIZAR:
“No tengan deudas con nadie, aparte de la deuda de amarse unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley” (Rom. 13: 8, RVC).
Mientras trataban con un feligrés problemático, alguien de la Junta de la iglesia dijo al pastor: “No podemos tomar decisiones basadas en la compasión”. ¿No podemos? Al oír eso, el pastor se preguntaba qué concepto de Dios y de la Ley divina tenía esa persona. No cabe duda de que la compasión debe ser fundamental en nuestro trato con las personas, especialmente con las que se equivocan. La compasión es parte integral del amor y, como dice Romanos 13: 8, amar al prójimo es cumplir la Ley.
Si el amor es realmente el cumplimiento de la Ley, no debemos pensar en la Ley como si estuviera separada del amor o en el amor como si estuviera desconectado de la Ley. En la Escritura, el amor y la Ley son inseparables. El Legislador divino es amor y, por consiguiente, la Ley de Dios es la Ley del amor. Es, como dijo Elena G. de White: “La ley de Dios es el trasunto de su carácter” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 251).
La Ley de Dios no es un conjunto de principios abstractos, sino mandamientos e instrucciones destinados a nuestro desarrollo. La Ley de Dios es, en su totalidad, una expresión del amor tal como Dios mismo lo expresa.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Al poner a un lado la ley de Dios, los hombres no saben lo que están haciendo. La ley de Dios es la transcripción de su carácter. Abarca los principios de su reino. El que rehúsa aceptar esos principios, se está colocando fuera del canal por donde fluyen las bendiciones de Dios.
Las gloriosas posibilidades presentadas ante Israel se podían realizar únicamente mediante la obediencia a los mandamientos de Dios. La misma elevación de carácter, la misma plenitud de bendición bendición de la mente, el alma y el cuerpo, bendición del hogar y del campo, bendición para esta vida y la venidera—, podemos obtenerlas únicamente por medio de la obediencia.
Tanto en el mundo espiritual como en el natural, la obediencia a las leyes de Dios es la condición para llevar fruto. Y cuando los hombres enseñan a la gente a desobedecer los mandamientos de Dios, están impidiendo que den fruto para su gloria. Son culpables de retener del Señor los frutos de su viña (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 246, 247).
El gran Dios tiene una ley por la cual gobernar su reino, y aquellos que pisotean esa ley aprenderán un día que están sujetos a sus estatutos. El remedio para la transgresión no se encuentra en declarar que la ley ha sido abolida. Abolir la ley sería deshonrarla y despreciar al Legislador. El único recurso para el transgresor de la ley se encuentra en el Señor Jesucristo, pues por la gracia y la expiación del unigénito Hijo de Dios, el pecador puede ser salvado y la ley vindicada (Fundamentals of Christian Education, p. 331).
La misma Inteligencia divina que obra en las cosas de la naturaleza habla al corazón de los hombres, y crea en él un deseo indecible de algo que no tienen. Las cosas del mundo no pueden satisfacer su ansia. El Espíritu de Dios les suplica que busquen las únicas cosas que pueden dar paz y descanso: la gracia de Cristo y el gozo de la santidad. Por medio de influencias visibles e invisibles, nuestro Salvador está constantemente obrando para atraer el corazón de los hombres y llevarlos de los vanos placeres del pecado a las bendiciones infinitas que pueden obtener de él. A todas esas almas que procuran vanamente beber en las cisternas rotas de este mundo, se dirige el mensaje divino: «El que tiene sed, ¡venga! ¡Y el que quiera, tome del agua de la vida, de balde!» Apocalipsis 22:17.
Vosotros, en cuyo corazón existe el anhelo de algo mejor que cuanto este mundo pueda dar, reconoced en este deseo la voz de Dios que habla a vuestra alma. Pedidle que os dé arrepentimiento, que os revele a Cristo en su amor infinito y en su pureza absoluta. En la vida del Salvador, fueron perfectamente ejemplificados los principios de la ley de Dios: el amor a Dios y al hombre. La benevolencia y el amor desinteresado fueron la vida de su alma. Cuando contemplamos al Redentor, y su luz nos inunda, es cuando vemos la pecaminosidad de nuestro corazón (El camino a Cristo, pp. 27, 28).
Domingo 23 de marzo______________________________________________
LA LEY DEL AMOR
La Ley de Dios no consiste en principios abstractos; por el contrario, es una expresión que tiene que ver con relaciones. Esto puede verse explícitamente en los Diez Mandamientos, cuyos principios básicos ya existían en el Jardín del Edén. Dicho de otra manera, son los principios del amor que debían regir la relación entre Dios y las personas, y entre estas.
Cuando los Diez Mandamientos fueron proclamados en Éxodo 20 y luego escritos en piedra, se entregaron a Israel en el contexto de una relación de pacto. Los Mandamientos fueron puestos por escrito después de que el Señor liberó al pueblo de Egipto, y se basaban en el amor de Dios y en sus promesas para la nación (ver Éxo. 6: 7, 8; Lev. 26: 12). Las dos divisiones de los Diez Mandamientos muestran que su objetivo es el desarrollo pleno de la relación humana con Dios y de las relaciones interpersonales.
Lee Éxodo 20: 1 al 17. ¿Cómo revelan estos versículos los dos principios, el del amor a Dios y el del amor a los demás?
Éxodo 20: 1-17
1 Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: 2 Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. 3 No tendrás dioses ajenos delante de mí. 4 No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. 5 No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, 6 y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. 7 No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano. 8 Acuérdate del día de reposo para santificarlo. 9 Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; 10 mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. 11 Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó. 12 Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da. 13 No matarás. 14 No cometerás adulterio. 15 No hurtarás. 16 No hablarás contra tu prójimo falso testimonio. 17 No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.
Los cuatro primeros Mandamientos se refieren a las relaciones de las personas con Dios, y los seis últimos a las relaciones de las personas entre sí. Nuestra relación tanto con Dios como con los demás debe estar regulada por los principios de la Ley de Dios.
Estas dos partes de la Ley corresponden directamente a lo que Jesús identificó como los dos mandamientos más importantes: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mat. 22: 37; compara con Deut. 6: 5) y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mat. 22: 39; compara con Lev. 19: 18).
Los cuatro primeros Mandamientos expresan cómo amar a Dios con todo nuestro ser, mientras que los seis últimos se refieren al amor hacia los demás. Jesús hace explícito que estos dos grandes mandamientos del amor están integralmente relacionados con la Ley. “De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mat. 22: 40).
La totalidad de la Ley de Dios, por lo tanto, se fundamenta en el amor divino. El amor y la Ley de Dios son inseparables. A menudo oímos decir: “No necesitamos guardar la Ley, solo necesitamos amar a Dios y amar a los demás”. ¿Por qué no tiene sentido esa idea?
¿Cómo podríamos expresar amor a Dios, o amor a los demás, si estuviéramos violando alguno de los Diez Mandamientos?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
La ley de Jehová, que existe desde la creación, estaba comprendida en dos grandes principios: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos». Estos dos grandes principios abarcan los primeros cuatro mandamientos, que muestran el deber del hombre hacia Dios, y los últimos seis, que muestran el deber del hombre hacia su prójimo. Los principios fueron más explícitamente presentados al hombre después de la caída, y redactados Tara adecuarse a la condición de inteligencias caídas. Esto fue necesario debido a que las mentes de los hombres quedaron cegadas por la transgresión (Comentarios de Elena G. de White, en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 1, p. 1118).
El escriba se acercó a Jesús con una pregunta directa: «¿Cuál es el primer mandamiento de todos?» La respuesta de Cristo es directa y categórica: «El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas; este es el principal mandamiento». El segundo es semejante al primero, dijo Cristo; porque se desprende de él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos». «De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas» (El Deseado de todas las gentes, p. 559).
Los primeros cuatro mandamientos del Decálogo están resumidos en el primer gran precepto: «Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón». Los últimos seis están incluidos en el otro: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Estos dos mandamientos son la expresión del principio del amor. No se puede guardar el primero y violar el segundo, ni se puede guardar el segundo mientras se viola el primero. Cuando Dios ocupe en el trono del corazón su lugar legítimo, nuestro prójimo recibirá el lugar que le corresponde. Le amaremos como a nosotros mismos. Únicamente cuando amemos a Dios en forma suprema, será posible amar a nuestro prójimo imparcialmente.
Y puesto que todos los mandamientos están resumidos en el amor a Dios y al prójimo, se sigue que ningún precepto puede quebrantarse sin violar este principio. Así enseñó Cristo a sus oyentes que la ley de Dios no consiste en cierto número de preceptos separados, algunos de los cuales son de gran importancia, mientras otros tienen poca y pueden ignorarse con impunidad. Nuestro Señor presenta los primeros cuatro y los últimos seis mandamientos como un conjunto divino, y enseña que el amor a Dios se manifestará por la obediencia a todos sus mandamientos (El Deseado de todas las gentes, p. 559).
Lunes 24 de marzo________________________________________________
LA LEY ES SANTA, JUSTA Y BUENA
El amor es el fundamento de la Ley de Dios. Cuando Dios defiende la Ley, defiende el amor. Esta es la razón por la que Jesús murió para salvar a los pecadores, para poder defender la Ley y al mismo tiempo concedernos la gracia. De este modo, podía ser a la vez justo y justificador de quienes creen (Rom. 3: 25, 26). ¡Qué expresión de amor! En consecuencia, el proceso de redención no invalida la Ley, sino que la confirma.
Lee Romanos 6: 1 al 3 y luego Romanos 7: 7 al 12, con especial atención al versículo 12. ¿Qué nos dicen estos textos acerca de la Ley, incluso después de la muerte de Cristo?
Romanos 6: 1-3
1 ¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? 2 En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? 3 ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?
Romanos 7: 7-12
7 ¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. 8 Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. 9 Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. 10 Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte; 11 porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató. 12 De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno.
Aunque algunos creen que la gracia y la redención anulan la Ley, Pablo dice claramente que no debemos continuar en el pecado para que la gracia aumente. Por el contrario, quienes están en Cristo por la fe han sido “bautizados en su muerte” y, por lo tanto, deben considerarse muertos al pecado y vivos para Cristo.
La Ley de Dios no es pecado, pero, entre otras cosas, nos hace percibir el pecado y nuestra pecaminosidad. Por eso, “la ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Rom. 7: 12). La Ley revela, como ninguna otra cosa, nuestra gran necesidad de salvación, de redención, lo cual solo es posible por medio de Cristo. En consecuencia, no “invalidamos la Ley” por la fe, “más bien, confirmamos la Ley” (Rom. 3: 31).
Cristo no vino a anular la Ley, sino a cumplir todo lo prometido en la Ley y en los Profetas. Por eso insiste en que “antes que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley” (Mat. 5: 18).
La Ley de Dios representa su santidad, su carácter perfecto de amor, justicia, bondad y verdad (Lev. 19: 2; Sal. 19: 7, 8; 119: 142, 172). A este respecto, es significativo que, según Éxodo 31: 18, Dios mismo escribiera los Diez Mandamientos en las tablas de piedra. Escritas en piedra, estas leyes son testimonio del carácter inmutable de Dios y de su gobierno moral, que se fundamenta en el amor, un tema central del Gran Conflicto.
¿Cómo nos ayuda este vínculo entre la Ley y el amor a entender mejor las palabras de Jesús: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14: 15)?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
En sus enseñanzas, Cristo mostró cuán abarcantes son los principios de la ley pronunciados desde el Sinaí. Hizo una aplicación viviente de aquella ley cuyos principios permanecen para siempre como la gran norma de justicia: la norma por la cual serán juzgados todos en aquel gran día, cuando el juez se siente y se abran los libros. El vino para cumplir toda justicia y, como cabeza de la humanidad, para mostrarle al hombre que puede hacer la misma obra, haciendo frente a cada especificación de los requerimientos de Dios. Mediante la medida de su gracia proporcionada al instrumento humano, nadie debe perder el cielo…
Cuando el Espíritu de Dios le revela al hombre todo el significado de la ley, se efectúa un cambio en el corazón. La fiel descripción de su verdadero estado, hecha por el profeta Natán, movió a David a comprender sus pecados y lo ayudó a desprenderse de ellos. Aceptó mansamente el consejo y se humilló delante de Dios. «La ley de Jehová dijo él— es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón» (Salmo 19:7, 8) (Mensajes selectos, t. 1, pp. 248, 249).
El pecado no mató a la ley, sino que mató la mente carnal en Pablo… «¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera; sino que el pecado para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso». Romanos 7:13. «De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno». Romanos 7:1…
En la transgresión de la ley, no hay seguridad ni reposo ni justificación. El hombre no puede esperar permanecer inocente delante de Dios y en paz con él mediante los méritos de Cristo, mientras continúe en pecado. Debe cesar de transgredir y llegar a ser leal y fiel. Cuando el pecador examina el gran espejo moral, ve sus defectos de carácter. Se ve a sí mismo tal como es, manchado, contaminado y condenado. Pero sabe que la ley no puede, en ninguna forma, quitar la culpa ni perdonar al transgresor. Debe ir más allá. La ley no es sino el ayo para llevarlo a Cristo. Debe contemplar a su Salvador que lleva los pecados. Y cuando Cristo se le revela en la cruz del Calvario, muriendo bajo el peso de los pecados de todo el mundo, el Espíritu Santo le muestra la actitud de Dios hacia todos los que se arrepienten de sus transgresiones. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Juan 3:16 (Mensajes selectos, t. 1, pp. 250, 251).
Martes 25 de marzo_______________________________________________
LA LEY Y LA GRACIA
Como hemos visto, la Ley y la gracia no se oponen entre sí. Por el contrario, cumplen funciones diferentes de acuerdo con el amor y la justicia de Dios. Un fuerte contraste entre la Ley y la gracia habría desconcertado a los antiguos israelitas, que veían en la entrega de la Ley por parte de Dios una gran muestra de su gracia. Mientras que los “dioses” de las naciones circundantes eran volubles, totalmente impredecibles y no comunicaban a sus adoradores qué deseaban o cómo complacerlos, el Dios de la Biblia instruye muy claramente a su pueblo acerca de lo que le agrada: lo que es para el bien de todo su pueblo, individual y colectivamente.
Sin embargo, la Ley no puede salvarnos del pecado ni transformar los corazones humanos. Como consecuencia de nuestra pecaminosidad innata, necesitamos un nuevo corazón, un trasplante espiritual.
Lee Jeremías 31: 31 al 34. ¿Qué nos enseña este texto acerca de la promesa divina de darnos un corazón nuevo? Compara esto con lo dicho por Cristo a Nicodemo en Juan 3: 1 al 21 acerca del nuevo nacimiento. Ver también Hebreos 8: 10.
Jeremías 31: 31-34
31 He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. 32 No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. 33 Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. 34 Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.
Juan 3: 1-21
1 Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. 2 Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. 3 Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. 4 Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? 5 Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. 7 No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. 8 El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. 9 Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto? 10 Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? 11 De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. 12 Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? 13 Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo. 14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, 15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. De tal manera amó Dios al mundo 16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. 17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. 18 El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. 21 Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.
Hebreos 8: 10
10 Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel Después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, Y sobre su corazón las escribiré; Y seré a ellos por Dios, Y ellos me serán a mí por pueblo;
Los Diez Mandamientos fueron escritos por Dios mismo en tablas de piedra (Éxo. 31: 18), pero la Ley también debía estar escrita en los corazones de su pueblo (Sal. 37: 30, 31). La Ley de amor de Dios no debería ser algo externo a nosotros, sino algo inscrito en nuestro carácter. Solo Dios podía inscribir su Ley en los corazones humanos, y prometió hacerlo en favor del pueblo de su Pacto (ver Heb. 8: 10).
No podemos salvarnos por cumplir la Ley. En cambio, nos salvamos por gracia mediante la fe, no por nosotros mismos, sino como un don de Dios (Efe. 2: 8). No guardamos la Ley para ser salvos, sino porque ya lo somos. No guardamos la Ley para ser amados, sino porque somos amados, y por eso deseamos amar a Dios y a los demás (compara con Juan 14: 15).
Al mismo tiempo, la Ley nos muestra nuestro pecado (Sant. 1: 22-25; Rom. 3: 20; 7: 7) y nuestra necesidad de un Redentor (Gál. 3: 22-24); nos guía por los mejores caminos de la vida y revela el carácter de amor de Dios.
¿Dónde radica tu esperanza respecto del Juicio? ¿En tu diligente y fiel cumplimiento de la Ley o en la justicia de Cristo, que te cubre? ¿Qué te dice tu respuesta acerca de la función de la Ley de Dios, acerca de lo que ella puede hacer y de lo que no es posible para ella?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
El Señor vio nuestra condición caída. Vio nuestra necesidad de gracia, y porque amaba nuestras almas, nos ha dado gracia y paz. La gracia significa un favor para alguien que no lo merece, para alguien que está perdido. El hecho de que seamos pecadores, en vez de rechazarnos apartándonos de la misericordia y del amor de Dios, hace que la práctica del amor de Dios sea para nosotros una necesidad positiva a fin de que seamos salvados. Cristo dice: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca». Juan 15:16 (Mensajes selectos, t. 1, pp. 407, 408).
Cristo intercede por la raza perdida mediante su vida inmaculada, su obediencia y su muerte en la cruz del Calvario. Y ahora el Capitán de nuestra salvación intercede por nosotros no solo como un solicitante, sino como un vencedor que exhibe su victoria. Su ofrenda es completa, y como nuestro intercesor ejecuta la obra que se ha impuesto a sí mismo, sosteniendo ante Dios el incensario que contiene sus propios méritos inmaculados y las oraciones, las confesiones y los agradecimientos de su pueblo…
Cristo puede salvar hasta lo sumo a todos los que se acercan a él con fe. Si se lo permiten los limpiará de toda contaminación; pero si se aferran a sus pecados no hay posibilidad de que sean salvos, pues la justicia de Cristo no cubre los pecados por los cuales no ha habido arrepentimiento. Dios ha declarado que aquellos que reciben a Cristo como a su Redentor, aceptándolo como Aquel que quita todo pecado, recibirán el perdón de sus transgresiones (Comentarios de Elena G. de White, en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 942).
Hay dos errores contra los cuales los hijos de Dios, particularmente los que apenas han comenzado a confiar en su gracia, deben guardarse en forma especial. El primero, en el cual ya se ha insistido, es el de fijarnos en nuestras propias obras, confiando en algo que podamos hacer para ponernos en armonía con Dios. El que está procurando llegar a ser santo mediante sus esfuerzos por observar la ley, está procurando una imposibilidad. Todo lo que el hombre puede hacer sin Cristo está contaminado de egoísmo y pecado. Sólo la gracia de Cristo, por medio de la fe, puede hacernos santos.
El error opuesto y no menos peligroso consiste en sostener que la fe en Cristo exime a los hombres de guardar la ley de Dios, y que en vista de que solo por la fe llegamos a ser participantes de la gracia de Cristo, nuestras obras no tienen nada que ver con nuestra redención.
Cuando el principio del amor es implantado en el corazón, cuando el hombre es renovado a la imagen del que lo creó, se cumple en él la promesa del nuevo pacto: «Pondré mis leyes en su corazón, y también en su mente las escribiré». Hebreos 10:16. Y si la ley está escrita en el corazón, ¿no modelará la vida? La obediencia, es decir el servicio y la lealtad que se rinden por amor, es la verdadera prueba del discipulado. En vez de eximir al hombre de la obediencia, la fe, y solo ella, nos hace participantes de la gracia de Cristo, y nos capacita para obedecer (El camino a Cristo, pp. 60, 61).
Miércoles 26 de marzo_____________________________________________
EL AMOR ES EL CUMPLIMIENTO DE LA LEY
No se puede exagerar la relación entre el amor y la Ley. De hecho, según las Escrituras, amar es cumplir la Ley.
En Romanos 13: 8 al 10, Pablo enseña que “el que ama al prójimo ha cumplido la ley”. Después de enumerar varios de los últimos seis Mandamientos, él declara que se resumen todos en este mandato: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Rom. 13: 9). De hecho, Pablo enseña explícitamente que “el cumplimiento de la Ley es el amor” (Rom. 13: 10). De nuevo, él explica en Gálatas 5: 14 que “toda la Ley en esta sola palabra se cumple: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Pero ¿qué clase de amor es el que cumple la Ley? ¿Cómo es ese amor?
Lee Mateo 23: 23 y 24. ¿Qué es “lo más importante de la Ley”? Lee Deuteronomio 5: 12 al 15 e Isaías 58: 13 y 14. ¿Cómo demuestran estos pasajes la relación entre la Ley (especialmente el mandamiento del sábado) y la preocupación de Dios por la justicia y la liberación?
Mateo 23: 23-24
23 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello. 24 ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello!
Deuteronomio 5: 12-15
12 Guardarás el día de reposo para santificarlo, como Jehová tu Dios te ha mandado. 13 Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; 14 mas el séptimo día es reposo a Jehová tu Dios; ninguna obra harás tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ningún animal tuyo, ni el extranjero que está dentro de tus puertas, para que descanse tu siervo y tu sierva como tú. 15 Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto, y que Jehová tu Dios te sacó de allá con mano fuerte y brazo extendido; por lo cual Jehová tu Dios te ha mandado que guardes el día de reposo.
Isaías 58: 13-14
13 Si retrajeres del día de reposo tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamares delicia, santo, glorioso de Jehová; y lo venerares, no andando en tus propios caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus propias palabras, 14 entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre; porque la boca de Jehová lo ha hablado.
Jesús identifica “lo más importante de la Ley” como “la justicia, la misericordia y la fe”. En relación con el cuarto Mandamiento en particular, podemos ver en las Escrituras que el sábado mismo está integralmente conectado con la liberación y la justicia.
En Deuteronomio 5, el mandamiento del sábado se relaciona con la liberación de Israel de la esclavitud. Es decir, el sábado no es solo un memorial de la Creación, sino también un memorial de la liberación de la esclavitud y la opresión. A su vez, en el contexto de apartarse del propio placer para llamar al sábado deleite y para deleitarse en el Señor (Isa. 58: 13, 14), se hace hincapié en las obras de amor y justicia en favor de los demás: hacer el bien, alimentar a los hambrientos, alojar a los desamparados (ver Isa. 58: 3-10).
Dadas todas estas enseñanzas (y muchas otras), quienes desean cumplir la Ley mediante el amor deben preocuparse no solo por los pecados de comisión, sino también por los de omisión. El amor como cumplimiento de la Ley no solo implica abstenerse de cometer pecados que representan transgresiones de mandamientos específicos, sino que también consiste en hacer el bien activamente, en realizar las obras de amor que promueven fielmente la justicia y la misericordia. Ser fiel a Dios es algo más que no violar la letra de la Ley.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Cuando la ley de Dios está escrita en el corazón, se manifiesta mediante una vida pura y santa. Los mandamientos de Dios no son letra muerta. Son espíritu y son vida, y someten la imaginación y hasta los pensamientos a la voluntad de Cristo. El corazón en el cual estén escritos será guardado con toda diligencia porque de él mana la vida. Todos los que amen a Jesús y guarden sus mandamientos tratarán de evitar hasta la misma apariencia del mal, no porque estén obligados a hacerlo, sino porque estarán copiando un modelo puro y sentirán aversión por todo lo que no esté de acuerdo con la ley escrita en sus corazones. No manifestarán suficiencia propia, sino que confiarán en Dios, el único que puede librarlos del pecado y la impureza. La atmósfera que los rodee será pura; no contaminarán sus propias almas ni la de los demás. Se complacerán en obrar con justicia, en amar misericordia y en humillarse para andar con Dios (Cada día con Dios, p. 144).
[El sábado] nos presenta a Cristo como Santificador tanto como Creador… Porque, hablando de Israel, dijo: «Diles también mis sábados, que fuesen por señal entre mí y ellos, para que supiesen que yo soy Jehová que los santifico» (Ezequiel 20:12), es decir, que los hace santos. Entonces el sábado es una señal del poder de Cristo para santificarnos. Es dado a todos aquellos a quienes Cristo hace santos…
A todos los que reciban el sábado como señal del poder creador y redentor de Cristo, les resultará una delicia. Viendo a Cristo en él, se deleitan en él. El sábado les indica las obras de la creación como evidencia de su gran poder redentor. Al par que recuerda la perdida paz del Edén, habla de la paz restaurada por el Salvador. Y todo lo que encierra la naturaleza, repite su invitación: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar». Mateo 11:28 (El Deseado de todas las gentes, pp. 255, 256).
El pecado más difundido que nos separa de Dios y provoca tantos trastornos espirituales contagiosos, es el egoísmo. No se puede volver al Señor excepto mediante la abnegación. Por nosotros mismos no podemos hacer nada; pero si Dios nos fortalece, podemos vivir para hacer bien a otros, y de esta manera rehuir el mal del egoísmo. No necesitamos ir a tierras paganas para manifestar nuestros deseos de consagrarlo todo a Dios en una vida útil y abnegada. Debemos hacer esto en el círculo del hogar, en la iglesia, entre aquellos con quienes tratamos y con aquellos con quienes hacemos negocios. En las mismas vocaciones comunes de la vida es donde se ha de negar al yo y mantenerlo en sujeción… Debemos olvidar el yo por el deseo de hacer bien a otros. A muchos les falta decididamente amor por los demás (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 120).
Jueves 27 de marzo________________________________________________
SOBRE TODO, ÁMENSE MUTUAMENTE
Si el amor es el cumplimiento de la Ley, entonces uno no puede cumplir la Ley de Dios en sentido pleno simplemente absteniéndose de hacer cosas malas. La propia ley del amor (expresada en la totalidad de las Escrituras) no solo nos ordena abstenernos de hacer el mal, sino que también nos impulsa a realizar actos que revelen el amor de Dios en favor de los demás, y no solo a otros miembros de la iglesia, sino también al mundo en general, que tan desesperadamente necesita un verdadero testimonio cristiano.
Lee Santiago 2: 1 al 9. ¿Qué mensajes cruciales se nos están dando aquí?
Santiago 2: 1-9
1 Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas. 2 Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, 3 y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; 4 ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos? 5 Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman? 6 Pero vosotros habéis afrentado al pobre. ¿No os oprimen los ricos, y no son ellos los mismos que os arrastran a los tribunales? 7 ¿No blasfeman ellos el buen nombre que fue invocado sobre vosotros? 8 Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis; 9 pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores.
Santiago denuncia enérgicamente la injusticia en la sociedad, identificando específicamente la discriminación contra los pobres y la opresión por parte de algunos ricos. Luego, llama la atención sobre la ley del amor al prójimo, diciendo que quienes cumplen esta ley “bien hacen” (Sant. 2: 8).
Como lo expresó Elena G. de White: “El amor hacia el hombre es la manifestación terrenal del amor hacia Dios. El Rey de gloria vino a ser uno con nosotros, a fin de implantar este amor y hacernos hijos de una misma familia. Y cuando se cumplan las palabras que pronunció al partir: “Que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Juan 15: 12), cuando amemos al mundo como él lo amó, entonces se habrá cumplido su misión para con nosotros. Estaremos listos para el cielo, porque lo tendremos en nuestro corazón” (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 611).
Cuando amamos al mundo como Cristo lo ama, entonces estamos preparados para el Cielo. ¡Qué poderosa expresión de lo que significa ser seguidor de Jesús!
Jesús ordena a sus seguidores: “Así como yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros” (Juan 13: 34, RVC). Jesús también proclama: “En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos, si se aman unos a otros” (Juan 13: 35, RVC). El amor ocupa un lugar tan central en la fe cristiana porque Dios es amor (1 Juan 4: 8, 16). Por lo tanto, quienes afirman amar a Dios deben amarse unos a otros (compara con 1 Juan 3: 11; 4: 20, 21).
En consecuencia, 1 Pedro 4: 8 exhorta a los cristianos: “Por sobre todas las cosas, ámense intensamente los unos a los otros, porque el amor cubre infinidad de pecados” (RVC; ver también Heb. 10: 24; 1 Tes. 3: 12).
Detente a pensar en la idea de amar al mundo como Cristo lo amó y lo ama. ¿Cómo podría esto ayudarnos a comprender mejor el concepto de la perfección cristiana y de cómo somos hechos aptos para la vida eterna? Comparte tu respuesta con tu clase el sábado.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Nuestra misión es la misma que fue anunciada por Cristo al comienzo de su ministerio. «El Espíritu del Señor está sobre mí», dijo él, »por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor». Lucas 4:18, 19.
Hemos de llevar a cabo la obra que el Maestro ha puesto en nuestras manos. El dice: …si dieres tu pan al hambriento, y saciares al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía. Jehová te pastoreará siempre… «Porque no faltarán menesterosos en medio de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra». «Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas». Isaías 58:10, 11; Deuteronomio 15:11 (Testimonios para la iglesia, t. 8, p. 146).
Debiéramos estudiar e imitar al Modelo, para que el Espíritu que mora en Cristo pueda morar en nosotros. El Salvador no fue encontrado entre los exaltados y los honorables del mundo. No pasó su tiempo entre aquellos que buscaban lo fácil y el placer. Anduvo haciendo bien. Su obra consistió en ayudar a aquellos que necesitaban ayuda, en salvar a los perdidos y a los que perecían, en elevar a los caídos, en romper el yugo de la opresión de aquellos que estaban en esclavitud, en sanar a los afligidos, en hablar palabras de simpatía y consuelo a los que sufrían y estaban angustiados. Se nos pide que copiemos este modelo. Levantémonos y pongámonos a trabajar, procurando bendecir al necesitado y confortar al angustiado. Cuanto más participemos del Espíritu de Cristo, tanto más veremos qué podemos hacer por nuestros semejantes. Estaremos llenos de amor por las almas que perecen, y encontraremos nuestra delicia en las pisadas de la Majestad del cielo (Nuestra elevada vocación, p. 182).
¿Se asemejan ustedes a Cristo, en sus palabras, en su espíritu, en sus acciones? Si representan el carácter de Cristo en palabra y espíritu, entonces son cristianos; porque ser cristiano significa ser semejante a Cristo. La lengua testificará acerca de los principios que representan la vida; esto constituye la prueba segura para saber qué poder controla el corazón. Nuestro espíritu y nuestros principios se pueden juzgar por las palabras que brotan de los labios. La lengua siempre debe estar bajo el control del Espíritu Santo.
¿Cree usted en el Hijo de Dios como su Salvador personal? Si lo hace de todo corazón, entonces Dios mora en el alma, y el alma en Dios. Usted representa a Jesús…
El agente humano simpatizará con Cristo en la misma proporción en que sea un participante de la naturaleza divina. Jesús dice: «Un mandamiento nuevo os doy ¿que os toleréis unos a otros?, no: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros». «Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado» (Exaltad a Jesús, p. 142).
Viernes 28 de marzo_______________________________________________
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:
Lee el capítulo titulado “Estos mis hermanos pequeñitos” en las páginas 607 a 612 del libro El Deseado de todas las gentes, de Elena G. de White.
“Los que sirvan a otros serán servidos por el príncipe de los pastores. Ellos mismos beberán del agua de vida y serán satisfechos. No desearán diversiones excitantes, o algún cambio en su vida. El gran tema de su interés será cómo salvar las almas que están a punto de perecer. El trato social será provechoso. El amor del Redentor unirá los corazones.
“Cuando comprendamos que somos colaboradores con Dios, no pronunciaremos sus promesas con indiferencia. Arderán en nuestro corazón y en nuestros labios. A Moisés, cuando le llamó a servir a un pueblo ignorante, indisciplinado y rebelde, Dios le prometió: “Mi rostro irá contigo, y te haré descansar”. Y dijo: “Yo seré contigo” (Éxo. 33: 14; 3: 12). Esta promesa es hecha a todos los que trabajan en lugar de Cristo por sus hijos afligidos y dolientes” (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 611).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
- Lee 1 Corintios 13: 4 al 8. ¿De qué manera 1 Corintios 13 arroja luz sobre la clase de personas que debemos ser?
- ¿Qué separa a las ovejas de las cabras en Mateo 25: 31 al 46? ¿Cómo podemos entender lo que Jesús dice aquí sin caer en el error de la salvación por obras?
- ¿Qué significa para ti que “cuando amemos al mundo como él lo amó, entonces se habrá cumplido su misión para con nosotros. Estaremos listos para el Cielo, porque lo tendremos en nuestro corazón” (ver el estudio del jueves)? ¿Qué revela esto sobre la naturaleza de Dios y la del Cielo mismo? En este sentido, ¿cómo podemos ser mejores ciudadanos del Cielo en relación con la difusión del amor de Dios de manera que traiga luz y justicia a los oprimidos?
- ¿Qué medidas prácticas debería tomar tu iglesia local para reflejar la preocupación de Dios por el amor y la justicia en tu comunidad? ¿Qué están tú y los miembros de tu iglesia haciendo bien en la comunidad donde viven? ¿En qué necesitas mejorar y centrarte más?
- ¿Qué pasos tangibles pueden tú y tus hermanos en la fe dar individual y colectivamente para actuar según lo que hemos estudiado acerca del amor y la justicia de Dios?