Lección 3: Para el 18 de abril de 2026
ORGULLO VERSUS HUMILDAD
Sábado 11 de abril
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: 1 Juan 2: 15-17; Lucas 18: 9-14; 1 Juan 1: 9; Hebreos 11: 24-26; Lucas 22: 24-27; Filipenses 2: 3-8.
PARA MEMORIZAR:
«El que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (Luc. 14: 11).
Todos hemos conocido a personas sumamente orgullosas y convencidas de que nunca se equivocan. O tal vez conozcas a alguien que quiere tener el control, que nunca está abierto a la instrucción o a la crítica constructiva. O alguien que parece estar constantemente en conflicto o que es un especialista en menospreciar a los demás. Podemos pensar inmediatamente en otros, pero la verdadera pregunta es: ¿Qué ocurre con cada uno de nosotros? Nos engañamos al señalar a los demás y al negarnos a reconocer el orgullo que existe en nuestra propia vida.
Todos hemos luchado alguna vez con el orgullo y nos hemos creído mejores que quienes nos rodean, al menos en algún aspecto. Alguien dijo en cierta ocasión que el orgullo surge del deseo de demostrar que somos valiosos. Sin embargo, ya deberíamos saber que lo somos, pues fuimos creados por Dios y porque Cristo murió por nosotros.
Esta semana exploraremos el impacto que el orgullo puede tener en nuestra relación con Dios y con los demás, y veremos qué enseña la Biblia acerca de la humildad en nuestras relaciones con los demás y, por supuesto, con Dios.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Satanás cayó porque ambicionó ser igual a Dios. Deseaba participar en los consejos y propósitos divinos, de los cuales estaba excluido, porque, como ser creado, era incapaz de comprender la sabiduría del Infinito. fue este orgullo ambicioso el que lo indujo a la rebelión, y por este mismo medio trata de causar la ruina del hombre.
El pecado tuvo su origen en el egoísmo. Lucifer, el querubín protector, deseó ser el primero en el cielo. Trató de dominar a los seres celestiales, apartándolos de su Creador, y granjearse para sí su homenaje. Para ello, representó falsamente a Dios, atribuyéndole el deseo de ensalzarse. Trató de investir al amante Creador con sus propias malas características.
Cuando quiera que se entreguen al orgullo y la ambición, su vida se mancilla; porque el orgulloso, ni sintiendo necesidad alguna, cierra su corazón a las bendiciones infinitas del cielo.
Si Lucifer hubiese deseado realmente ser como el Altísimo, nunca habría abandonado el puesto que le había sido señalado en el cielo; porque el espíritu del Altísimo se manifiesta en un ministerio abnegado. Lucifer deseaba el poder de Dios, pero no su carácter. Buscaba para sí el lugar más alto, y todo ser impulsado por su espíritu hará lo mismo.
El orgullo es un temible rasgo de carácter. ‘Antes del quebrantamiento es la soberbia’. Esto es verdad en la familia, en la iglesia y en la nación (La fe por la cual vivo, 3 de marzo, p. 70).
La dulce voz de la misericordia llega hoy a vuestros oídos. Hoy estáis recibiendo la invitación celestial. Hoy todo en el cielo dice: Venid. Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven.
Venid, porque todo está listo ahora. Todo el que quiera, que venga y beba del agua de la vida de balde. Ahora necesitamos sencillez infantil. Necesitamos que todo lo semejante al orgullo, la vanidad y la insensatez desaparezca. Estamos frente al juicio. Los hombres y las mujeres necesitarán apoyarse en una fortaleza superior a toda ayuda humana. Deben afirmarse del brazo poderoso de Jehová. Estamos frente al día cuando las obras de los hombres serán probadas; y deseamos que vosotros estéis listos. Os instamos en el nombre del Maestro a prepararos. Os llamamos para que os apartéis del orgullo del mundo, la soberbia, la vanidad y la insensatez de la vida. Jesús os ama. Jesús tiene compasión de vosotros. Se ha enviado a la hueste angélica para que os ayude. Y ahora, cuando todo el cielo está interesado en vosotros, ¿no os interesaréis en vosotros mismos?
Algunos temen confiar plenamente en la Palabra del Señor como si eso fuera presunción. Oran para que el Señor les enseñe y temen aferrarse a la palabra de la promesa de Dios y creer que han sido enseñados por él. Mientras comparezcamos ante nuestro Padre celestial con humildad y con un espíritu capaz de recibir enseñanza, dispuestos y ansiosos de aprender, ¿por qué habríamos de dudar del cumplimiento de la propia promesa de Dios?… Cuando usted busque descubrir sus designios, su parte en esta relación con Dios consiste en creer que será guiado y bendecido al hacer su voluntad… Es Cristo quien guía hoy a su pueblo, mostrándole dónde y cómo trabajar (Sons and Daughters of God, p. 67; parcialmente en Hijos e hijas de Dios, 10 de marzo, p. 69).
Domingo 12 de abril
LAS OPRESIVAS GARRAS DEL ORGULLO
La palabra «orgullo» tal vez te hace pensar en algún político arrogante, en una persona rica o famosa o en un pavo real. El orgullo consiste en considerarse más importante o mejor que los demás, y es un sentimiento en el que no se puede ni se debe confiar.
El orgullo comenzó con Lucifer, el querubín protector, quien estaba al servicio de Dios. No sabemos cuándo ni cómo surgió el orgullo en su corazón, pero sí sabemos que ese orgullo dio origen al gran conflicto cósmico entre el bien y el mal. Satanás es lo opuesto a Dios (compara Isa. 14: 12-14 con Fil. 2: 5-11). Nuestro mundo ha luchado contra las consecuencias del pecado desde que Satanás sembró la duda en las mentes de Adán y Eva y luego los tentó a amar y confiar en ellos mismos por encima de Dios.
Lee 1 Juan 2: 15 al 17. ¿Qué tres puntos principales enseña este pasaje acerca del orgullo y el amor al mundo?
1 Juan 2: 15-17
15 No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. 16 Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. 17 Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
¿Puede el orgullo ser positivo? Tal vez no en el contexto en que lo conocemos, aunque podemos utilizar la palabra positivamente; por ejemplo, cuando hablamos de los logros de una persona o en el contexto de una profunda satisfacción por algo que alguien ha hecho («¡Estoy muy orgulloso de ti!»). Es importante entender que la búsqueda de la excelencia y del reconocimiento, así como el aprecio por los dones y las habilidades que Dios te ha concedido, no es necesariamente un orgullo malsano. Según las Escrituras, existe un tipo adecuado de amor propio (piensa en el mandato de Jesús en Mar. 12: 31, donde se nos dice que debemos amar a los demás como a nosotros mismos), pero siempre se trata de un amor altruista. Las aspiraciones personales con miras al servicio a Dios y al prójimo tampoco deben considerarse como formas reprensibles de orgullo (ver 1 Tim. 3: 1). El orgullo consiste en no tributar a Dios la gloria por lo que él hace en nuestra vida.
Debemos tener cuidado de recordar que nuestras posesiones, habilidades y logros no determinan nuestro valor. En cambio, nuestro valor siempre proviene de Dios, pues todo lo que tenemos, incluso aquello que nos tienta a caer en el orgullo, proviene únicamente de él. Este es un punto que nunca debemos olvidar.
¿Hasta qué punto eres orgulloso? ¿Cómo puede tu orgullo afectar tu relación con Dios y con los demás?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
No hay nada que debilite la fortaleza de la iglesia como el orgullo y la pasión… Cristo nos ha dado un ejemplo de amor y humildad, y ha ordenado a sus seguidores que se amen mutuamente como él los ha amado. Con humildad, debemos estimar a otros superiores a nosotros. Debemos ser severos con nuestros propios defectos de carácter, prontos para discernir nuestros errores y equivocaciones, y tener menos en cuenta las faltas ajenas que las nuestras. Debemos sentir un interés especial en considerar las cosas ajenas, no para codiciarlas, no para encontrar faltas en ellas, no para hacer comentarios en cuanto a ellas y presentarlas en una luz dudosa, sino para hacer estricta justicia en todas las cosas a nuestros hermanos y a todos con quienes nos tratamos. Ofende a Dios el espíritu de hacer planes para nuestro interés egoísta, con el fin de obtener alguna ganancia, o para mostrar superioridad o rivalidad. El Espíritu de Cristo guiará a sus seguidores para que se preocupen, no solo por su éxito o ventajas, sino por tener también interés en el éxito y ventajas de sus hermanos. Esto será amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos…
Solo Jesús ha de ser exaltado. Cualquiera sea la habilidad o el éxito de alguno de nosotros, no es porque hayamos creado esas facultades nosotros mismos; son un depósito sagrado dado por Dios, para ser usadas sabiamente en su servicio para su gloria. Todo es un capital confiado por el Señor. ¿Por qué envanecernos, entonces? ¿Por qué habremos de llamar la atención hacia nuestro yo defectuoso? Todo lo que poseemos en talento y sabiduría lo recibimos de la Fuente de sabiduría, a fin de que podamos glorificar a Dios…
El orgullo del talento, el orgullo del intelecto, no pueden existir en el corazón que está oculto con Cristo en Dios… Humillémonos pues y adoremos a Jesús, pero nunca, nunca, nos exaltemos en lo mínimo… Si el motivo de toda nuestra vida es servir y honrar a Cristo y bendecir a la humanidad en el mundo, entonces el camino más sombrío del deber se convertirá en un camino resplandeciente, un camino trazado para que caminemos los redimidos del Señor (That I May Know Him, p. 176; parcialmente en A fin de conocerle, 19 de junio, p. 177).
Recuerden los que están en posiciones de responsabilidad que nos estamos acercando a los peligros de los últimos días. El Señor está pasando revista al mundo entero… Nadie deje que su guía sea un ser finito y propenso a errores. Dios es quien está detrás de los mortales, Uno de quien todos reciben la sabiduría y el conocimiento que los capacita para hacer el bien. Y Dios está dispuesto a ayudar a cada uno. El Señor no hace acepción de personas.
Todos aquellos a quienes el Señor ha investido con ricos dones han de guardarse no sea que el orgullo y la autosuficiencia obtengan el control. La persona que ejerza mayor influencia, aquella a quien el pueblo esté dispuesto a seguir, necesita estar abierta a las oraciones y admoniciones de otros obreros. Oren para ser guardados del orgullo y de la exaltación propia (El Cristo triunfante, 31 de mayo, p. 160).
Lunes 13 de abril
CONÓCETE A TI MISMO
Dos hombres asisten a la iglesia para orar. Uno de ellos, un dirigente respetado, se ubica en la entrada antes de que comience el servicio religioso para que los demás asistentes puedan verlo. Ora en voz alta, dando gracias a Dios por su propia bondad. El otro hombre, un marginado de la sociedad, tiene los ojos empañados por las lágrimas debido a la carga de su pecado y se postra en un rincón del templo mientras susurra con desesperación: «Señor, ten piedad de mí, porque soy un pecador».
Lee Lucas 18: 9 al 14. ¿Qué piensas de estos dos hombres? ¿Qué pensó Jesús? ¿Qué lección importante hay aquí para todos nosotros?
Lucas 18: 9-14
9 A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: 10 Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. 11 El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; 12 ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. 13 Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. 14 Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.
Nos resulta muy sencillo exaltarnos a nosotros mismos. Dar a conocer a los demás nuestros logros y cuán buenos somos se convierte a veces en una segunda naturaleza. Pero esto no marca ninguna diferencia en nuestra reputación a los ojos del Cielo. De hecho, y contrariamente a lo que podríamos pensar, «el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (Luc. 18: 14). Jesús también nos aconseja que ocupemos el último lugar y dejemos que el anfitrión sea quien nos ensalce si así lo desea (Luc. 14: 8-10). Este reino que enseña Jesús funciona a la inversa y rompe por completo nuestras expectativas. «Cristo puede salvar únicamente al que reconoce que es pecador» (Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 125).
Cuando percibimos y reconocemos nuestro verdadero estado de pecaminosidad y nuestra desesperada necesidad de Cristo, podemos acercarnos a él con la certeza de que «si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de todo mal» (1 Juan 1: 9).
Cuanto más nos acercamos a Cristo, más conscientes nos volvemos de nuestra pecaminosidad e indignidad. «Hay una sola forma en que podemos obtener un conocimiento verdadero de nosotros mismos. Debemos contemplar a Cristo. La ignorancia de su vida y su carácter induce a los mortales a exaltarse en su propia justicia» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 126).
¿Qué piensa Dios de los soberbios? El apóstol Pedro nos dice: «Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes» (1 Ped. 5: 5). No puede ser más claro.
¿Cuándo fue la última vez que experimentaste la gracia de Dios en tu vida? En verdad, deberíamos experimentar esta gracia a diario. También deberíamos mostrar gracia o misericordia a los demás. Dedica algún tiempo a la oración ahora mismo, pidiendo a Dios que te humille bajo su poderosa mano y sea solamente él quien te exalte a su debido tiempo.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Usted piensa que sus errores y transgresiones han sido tan gravosos al Señor, que él no… lo salvará. Cuanto más se acerque a Jesús, tanto más culpable aparecerá ante sus propios ojos, porque su visión será más clara, y sus imperfecciones serán vistas en un contraste más nítido con su perfecta naturaleza. Pero no se desanime. Esta es una evidencia de que los engaños de Satanás han perdido su poder; de que la influencia vivificante del Espíritu de Dios está surgiendo en usted, y que su indiferencia y despreocupación están desapareciendo.
Ningún amor profundo por Jesús puede morar en el corazón de aquellos que no ven ni comprenden su propia pecaminosidad. El alma que es transformada por la gracia, admirará su carácter divino; pero si no vemos nuestra propia deformidad moral, es una evidencia inequívoca de que no hemos tenido una visión de la belleza y excelencia de Cristo. Cuanto menos cosas de estima veamos en nosotros mismos, tanto más veremos para apreciar en la infinita pureza y amor de nuestro Salvador. Una visión de nuestra propia pecaminosidad nos conduce hacia Aquel que puede perdonar…
Dios no trata con nosotros de la manera en que un hombre finito trata con otro. Sus pensamientos son pensamientos de misericordia, amor y tierna compasión… El dice: «Yo deshice como a nube tus rebeliones…». Isaías 44:22.
Mire hacia arriba, Usted que está en dificultades, tentado y desanimado. Mire hacia arriba. Siempre es seguro mirar hacia arriba; mirar hacia abajo resulta fatal. Si Usted mira hacia abajo, la tierra vacila y se bambolea; debajo de Usted, ninguna cosa es segura. Pero el cielo, por encima de Usted, está en calma y firme, y hay ayuda divina para todo aquel que sube. La mano del Infinito se extiende desde las almenas del cielo para asir la suya en un fuerte apretón. El poderoso Ayudador está cerca para bendecir, levantar y animar a los que más yerran, a los más pecadores, si ellos quieren contemplarlo por fe. Pero el pecador debe contemplarlo (Nuestra elevada vocación, 21 de enero, p. 29).
«Dios… les dio la ley, con la promesa de grandes bendiciones siempre que obedecieran: ‘Ahora pues… si guardareis mi pacto… vosotros seréis mi reino de sacerdotes y gente santa’. Éxodo 19:5, 6. Los israelitas no percibían la pecaminosidad de su propio corazón, y no comprendían que sin Cristo les era imposible guardar la ley de Dios; y con excesiva premura concertaron su pacto con Dios… Declararon: ‘Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho y obedeceremos’ (Éxodo 24:7)… y sin embargo, apenas unas pocas semanas después, quebrantaron su pacto con Dios al postrarse a adorar una imagen fundida. No podían esperar el favor de Dios por medio de un pacto que ya habían roto; y entonces, viendo su pecaminosidad y su necesidad de perdón, llegaron a sentir la necesidad del Salvador revelado en el pacto de Abraham y simbolizado en los sacrificios (La fe por la cual vivo, 13 de marzo, p. 80).
Martes 14 de abril
MOISÉS, UN SIERVO HUMILDE
Los grandes salones del palacio egipcio presumían de opulencia, placer y comodidad. «Moisés fue enseñado en toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en palabras y hechos» (Hech. 7: 22). Una vida de poder, riqueza y popularidad eran suyas, pero Moisés eligió algo muy diferente. «No tiene par como historiador, poeta, filósofo, general y legislador. Con el mundo a su alcance, tuvo fuerza moral para rehusar las halagüeñas perspectivas de riqueza, grandeza y fama, “prefiriendo ser maltratado con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites temporales del pecado”» (Elena G. de White, Patriarcas y profetas, p. 224).
¿Qué dice Hebreos 11: 24 al 26 acerca de por qué Moisés eligió un rumbo diferente y se humilló?
Hebreos 11: 24-26
24 Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, 25 escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, 26 teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón.
La humildad posterior de Moisés es notable en vista de cuán poderoso era y de su distinguido origen. Sin embargo, por un acto pecaminoso e impulsivo (Éxo. 2: 12), perdió la confianza en sí mismo y su autosuficiencia. Con las montañas como las paredes de su aula y con su orgullo puesto a un lado, durante cuarenta años Moisés fue instruido por Dios acerca de lo que necesitaba saber para guiar a una nación fuera de la esclavitud y rumbo a la Tierra Prometida. El poder y las riquezas de lo que podría haber sido otra vida en Egipto perdieron su relativo brillo cuando Moisés consideró la Eternidad. Dios lo había llamado, y Moisés lo siguió.
Tal vez lo más significativo en relación con este tema es que «Moisés era un hombre muy manso, el más humilde de la tierra» (Núm. 12: 3). Moisés, uno de los grandes patriarcas de la Biblia, es conocido por su humildad y mansedumbre. Piensa en cuán diferentes habrían sido su vida y su liderazgo si el orgullo hubiera penetrado en cada uno de los grandes acontecimientos de su vida: la zarza ardiente, las plagas de Egipto, el cruce del Mar Rojo, la provisión celestial de maná, su comunicación directa con Dios, la recepción de los Diez Mandamientos y el hecho de escuchar las palabras de Dios después de que Moisés golpeó la roca.
Reflexiona acerca de tu vida. Si alguien tuviera que describirte, ¿diría que eres «humilde» o «manso»? ¿Por qué sí o por qué no? La verdad es que no podemos ser humildes por nosotros mismos. Necesitamos tanto a Jesús porque el pecado forma parte de nuestra vida.
Escucha o lee la letra del himno «Prefiero a mi Cristo» (Himnario adventista, Nº 269) y considera estas palabras en relación con la vida de Moisés y la tuya.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Moisés pasó cuarenta años en los desiertos de Madián, como pastor de ovejas. Aparentemente apartado para siempre de la misión de su vida, recibió la disciplina esencial para su realización.
Moisés había aprendido muchas cosas que debía olvidar. Las influencias que le habían rodeado en Egipto, el amor a su madre adoptiva, su propia elevada posición como nieto del rey, el libertinaje que reinaba por doquiera, el refinamiento, la sutileza y el misticismo de una falsa religión, el esplendor del culto idólatra, la solemne grandeza de la arquitectura y de la escultura; todo esto había dejado una profunda impresión en su mente entonces en desarrollo, y hasta cierto punto había amoldado sus hábitos y su carácter. El tiempo, el cambio de ambiente y la comunión con Dios podían hacer desaparecer estas impresiones. Exigiría de parte de Moisés mismo casi una lucha a muerte renunciar al error y aceptar la verdad; pero Dios sería su ayudador cuando el conflicto fuese demasiado severo para sus fuerzas humanas…
Para recibir ayuda de Dios, el hombre debe reconocer su debilidad y deficiencia; debe esforzarse por realizar el gran cambio que ha de verificarse en él… Muchos no llegan a la posición que podrían ocupar porque esperan que Dios haga por ellos lo que él les ha dado poder para hacer por sí mismos…
Enclaustrado dentro de los baluartes que formaban las montañas, Moisés estaba solo con Dios. Los magníficos templos de Egipto ya no le impresionaban con su falsedad y superstición. En la solemne grandeza de las colinas sempiternas percibía la majestad del Altísimo, y por contraste, comprendía cuán impotentes e insignificantes eran los dioses de Egipto. Por doquiera veía escrito el nombre del Creador. Moisés parecía encontrarse ante su presencia, eclipsado por su poder. Allí fueron barridos su orgullo y su confianza propia. En la austera sencillez de su vida del desierto, desaparecieron los resultados de la comodidad y el lujo de Egipto. Moisés llegó a ser paciente, reverente y humilde, «muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra» (Números 12:3), y sin embargo, era fuerte en su fe en el poderoso Dios de Jacob (Conflicto y valor, 21 de marzo, p. 86).
Moisés estaba capacitado para destacarse entre los grandes de la tierra, para brillar en las cortes del reino más glorioso, y para empuñar el centro de su poder. Su grandeza intelectual lo distingue entre los grandes de todas las edades, y no tiene par como historiador, poeta, filósofo, general y legislador. Con el mundo a su alcance, tuvo fuerza moral para rehusar las halagüeñas perspectivas de riqueza, grandeza y fama…
Moisés había sido instruido tocante al galardón final que será dado a los humildes y obedientes siervos de Dios, y en comparación con el cual la ganancia mundanal se hundía en su propia insignificancia. El magnífico palacio de Faraón y el trono del monarca fueron ofrecidos a Moisés para seducirle; pero él sabía que los placeres pecaminosos que hacen a los hombres olvidarse de Dios imperaban en sus cortes señoriales. Vio más allá del esplendoroso palacio, más allá de la corona de un monarca, los altos honores que se otorgarán a los santos del Altísimo en un reino que no tendrá mancha de pecado. Vio por la fe una corona imperecedera que el Rey del cielo colocará en la frente del vencedor (Conflicto y valor, 16 de marzo, p. 81).
Miércoles 15 de abril
LA MAYOR OFENSA
Imagina que eres uno de los discípulos de Jesús. Viajas con él, comes con él, duermes cerca de él y aprendes de él mientras transforma innumerables vidas, incluida la tuya. La gente clama por él y te das cuenta del privilegio que significa haber sido elegido para integrar el grupo de las doce personas más cercanas a él. Entonces empiezas a preguntarte: ¿Quién es el más importante de los discípulos?
Lee Lucas 22: 24 al 27 para considerar la respuesta de Jesús a la disputa de los discípulos sobre el significado de la verdadera grandeza. ¿Qué afirmación constituye el núcleo del mensaje de Jesús?
Lucas 22: 24-27
24 Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. 25 Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; 26 mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. 27 Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.
Después de todo el tiempo que habían pasado con Jesús, ese tipo de debate es lo último que alguien habría esperado.
En lugar de estar felices y agradecidos por su llamado, el orgullo se había apoderado de sus corazones y cada uno se creía superior a los demás. Es fácil permitir que tales pensamientos dominen nuestra mente. Pero se nos dice que «no hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el alma humana, como el orgullo y la suficiencia propia. De todos los pecados es el más pernicioso, el más incurable» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 122).
Esto es algo muy serio. Nuestro orgullo es lo que más ofende a Dios, y es un rasgo de carácter difícil de superar porque a menudo no percibimos su gravedad. En nuestro estado de suficiencia propia, decidimos no evaluarnos pues seguramente el orgullo ocupa en nuestra vida la posición de un monarca. Necesitamos detenernos, evaluarnos y pedir a Dios que abra nuestros ojos para que podamos percibir nuestra verdadera condición, ya que el orgullo puede ser el principal factor que nos impide tener una relación estrecha con Dios.
Si reconoces que solo Dios puede eliminar el orgullo y el egoísmo de tu vida, haz una pausa y eleva esta plegaria ahora mismo: «Señor, toma mi corazón; porque yo no puedo dártelo. Es tuyo, mantenlo puro, porque yo no puedo guardarlo por ti. Sálvame a pesar de mi yo, mi yo débil y que no se parece a Cristo. Modélame, fórmame, elévame a una atmósfera pura y santa, donde la rica corriente de tu amor pueda fluir por mi alma» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 127).
ESPÍRITU DE PROFECÍA
«El cambio de corazón representado por el nuevo nacimiento puede realizarse únicamente por la obra efectiva del Espíritu Santo… El orgullo y el amor propio resisten al espíritu de Dios; cada inclinación natural del alma se opone al cambio que transforma la altivez y el orgullo en la mansedumbre y humildad de Cristo. Pero si hemos de caminar en la senda de la vida eterna no debemos prestar oído al susurro del yo. Con humildad y contrición debemos suplicar a nuestro Padre celestial: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí». Salmo 51:10. Al recibir la luz divina y cooperar con las inteligencias celestiales, nacemos de nuevo, liberados de la corrupción del pecado por el poder de Cristo» (The Faith I Live By, p. 137; parcialmente en La fe por la cual vivo, 11 de mayo, p. 139).
Santiago y Juan presentaron, por medio de su madre, una petición a Cristo para solicitar que les fuera permitido ocupar los más altos puestos de honor en el reino. A pesar de las repetidas instrucciones de Cristo concernientes a la naturaleza de su reino, estos jóvenes discípulos aún abrigaban la esperanza de un Mesías que ascendería a su trono con majestuoso poder, de acuerdo con los deseos de los hombres…
Pero el Salvador contestó: «No sabéis lo que pedís: ¿podéis beber el vaso que yo he de beber, y ser bautizados del bautismo de que yo soy bautizado?» Sabiendo que sus palabras misteriosas señalaban pruebas y sufrimiento, con todo contestaron confiadamente: «Podemos». Deseaban atribuirse el supremo honor de demostrar su lealtad compartiendo todo lo que estaba por sobrevenir a su Señor.
«A la verdad mi vaso beberéis, y del bautismo de que yo soy bautizado, seréis bautizados», declaró Jesús… Santiago y Juan iban a ser partícipes con su Maestro en el sufrimiento —el uno destinado a una muerte prematura por la espada, el otro seguiría a su Maestro en trabajos, vituperio y persecución por más tiempo que todos los demás discípulos. «Mas el sentaros a mi mano derecha y a mi izquierda —continuó Jesús— no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está aparejado de mi Padre»…
En el reino de Dios no se obtiene un puesto por medio del favoritismo. No se gana ni es otorgado por medio de una gracia arbitraria. Es el resultado del carácter. La cruz y el trono son los símbolos de una condición alcanzada, los símbolos de la conquista propia por medio de la gracia de nuestro Señor Jesucristo…
Aquel que ocupe el lugar más cerca de Cristo, será el que haya bebido más profundamente de su espíritu de amor abnegado —amor que no hace sinrazón, no se ensancha… no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal» —amor que induce al discípulo, así como indujo a nuestro Señor, a darlo todo, a vivir y trabajar y sacrificarse aun hasta la muerte para la salvación de la humanidad (Conflicto y valor, 4 de noviembre, p. 314).
Jueves 16 de abril
FIJA TUS OJOS EN CRISTO
Lee nuevamente Lucas 22: 27. ¿Cuál es el mensaje clave de este texto para los seguidores de Cristo?
Lucas 22: 27
27 Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.
En marcado contraste con el deseo de superioridad de los discípulos y su creencia de que eran mejores que los demás, vemos a Jesús, el máximo ejemplo de humildad. Él dijo: «Yo soy entre ustedes como el que sirve» (Luc. 22: 27). Jesús satisfacía cada día las necesidades de quienes lo rodeaban porque estaba lleno de compasión y veía a las multitudes como ovejas sin pastor. Él sabía que la humanidad lo necesitaba más que ninguna otra cosa, aunque pocos se daban cuenta de ello. Jesús renunció al Cielo para morir por la humanidad con la esperanza de que comprendiéramos su acto de gracia y respondiéramos a su invitación a relacionarnos con él.
Lee Filipenses 2: 3 al 8. ¿Qué nos dice este texto acerca de cómo debemos vivir a la luz de la Cruz?
Filipenses 2: 3-8
3 Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; 4 no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. 5 Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Jesús lo hizo y lo soportó todo. Cuando nos detenemos a reflexionar acerca de ello, percibimos inevitablemente nuestra impureza y nuestra extrema necesidad de él.
Cuando lo contemplamos, todo lo demás, especialmente nosotros mismos y nuestra propia presunta grandeza, palidece hasta volverse completamente insignificante. Quién es Jesús, qué hizo y cuánto ama a su Creación se convierte en la portada y el centro de todo. El orgullo seguramente desaparecerá cuando lo contemplemos a él.
Jesús. Cuán hermoso y poderoso nombre. Él es la personificación de la humildad. Cuando nuestros corazones se abren de par en par para aprender acerca de él, cuando entendemos lo que ha hecho por nosotros, y cuando permitimos que sus palabras de vida penetren en nuestra mente, nos damos cuenta de cuán orgullosos y miserables somos. Si sus propios discípulos, quienes vivieron con él y aprendieron de él, lucharon contra el orgullo, no podemos engañarnos pensando que somos diferentes. Solo podemos crecer en nuestra relación con Jesús cuando somos humildes.
Dedica tiempo ahora mismo a tu relación con Dios. Toma tu Biblia, un bolígrafo y una hoja de papel, y busca un lugar tranquilo, quizás al aire libre. Invita a Dios a que enternezca tu corazón y hable a tu mente. Escribe el Salmo 138, palabra por palabra. Mientras lo haces, ¿qué palabras llaman especialmente tu atención?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Muchos son espiritualmente débiles porque se miran a sí mismos en lugar de mirar a Cristo… Cristo es el gran almacén del cual podemos extraer en cada ocasión fortaleza y felicidad. ¿Por qué, entonces, apartamos los ojos de su suficiencia para contemplar nuestra debilidad y lamentarnos por ella? ¿Por qué nos olvidamos de que él está listo para ayudarnos en todo momento de necesidad? Lo deshonramos cuando hablamos de nuestra ineficiencia. En lugar de mirarnos a nosotros mismos, contemplemos constantemente a Jesús, siendo cada día más semejantes a él, más y más capaces de hablar de él, mejor preparados para aprovecharnos de su bondad y su auxilio, y para recibir las bendiciones que nos ofrece. Al vivir así en comunión con él nos fortaleceremos con su fuerza, y seremos de ayuda y bendición para quienes nos rodean.
Cristo ha hecho toda provisión para que seamos fuertes. Nos ha dado su Espíritu Santo, cuyo oficio es recordarnos todas las promesas que Cristo ha hecho, para que tengamos paz y una dulce sensación de perdón. Si tan solo mantenemos los ojos fijos en el Salvador y confiamos en su poder, seremos llenados de una sensación de seguridad, pues la justicia de Cristo llegará a ser nuestra justicia…
Cuando las tentaciones os asalten, como ciertamente ocurrirá, cuando la preocupación y la perplejidad os rodeen, cuando, desanimados y angustiados, estéis a punto de entregaros a la desesperación, mirad, oh, mirad hacia donde visteis con el ojo de la fe por última vez la luz, y la oscuridad que os rodee se disipará a causa del brillo de su gloria. Cuando el pecado luche por enseñorearse de vuestra alma y abrume la conciencia, cuando la incredulidad nuble la mente, acudid al Salvador. Su gracia es suficiente para dominar el pecado. Él nos perdonará y nos hará gozosos en Dios.
Dios quiere que se expandan nuestras mentes… Hemos de ser uno con Cristo como él es uno con el Padre. Y el Padre nos amará como ama a su Hijo. Podemos tener la misma ayuda que tuvo Cristo, podemos tener fortaleza para cada emergencia, pues Dios será nuestra vanguardia y nuestra retaguardia. Nos protegerá por todos lados (La maravillosa gracia de Dios, 8 de septiembre, p. 259).
Dios ha hecho mucho para posibilitarnos la libertad en Cristo, para libertarnos de la esclavitud de los malos hábitos y de las malas inclinaciones. Queridos jóvenes amigos, ¿no os esforzaréis por ser libres en Cristo? Señaláis a este y a aquél cristiano profeso diciendo: «No tenemos confianza en ellos. Si sus vidas son ejemplos de cristianismo, no queremos nada de ellos». No miréis a los que os rodean. Mirad, en vez de a ellos, a nuestro ejemplo perfecto, el hombre Cristo Jesús. Contemplándolo seréis cambiados a su imagen (Nuestra elevada vocación, 23 de enero, p. 31).
Viernes 17 de abril
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:
«Cuanto más nos acerquemos a Jesús, y más claramente apreciemos la pureza de su carácter, con mayor claridad discerniremos la excesiva pecaminosidad del pecado, y nos sentiremos menos inclinados a ensalzarnos a nosotros mismos» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 127).
«Antes de la honra viene la humildad. Para ocupar un lugar elevado ante los hombres, el cielo elige al obrero que como Juan el Bautista, toma un lugar humilde delante de Dios. El discípulo que más se asemeja a un niño es el más eficiente en la labor para Dios. Los seres celestiales pueden cooperar con aquel que no trata de ensalzarse a sí mismo sino de salvar almas. […]
»Pero cuando los hombres se ensalzan a sí mismos, y se consideran necesarios para el éxito del gran plan de Dios, el Señor los hace poner a un lado. […] La sencillez, el olvido de sí mismo y el amor confiado del niñito son los atributos que el cielo aprecia. Son las características de la verdadera grandeza. […]
»El alma sincera y contrita es de gran valor a la vista de Dios. Él pone su señal sobre los hombres, no según su jerarquía ni su riqueza, ni por su grandeza intelectual, sino por su unión con Cristo» (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 411, 412).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
- ¿Qué ideas adicionales contienen los siguientes pasajes acerca del orgullo y la humildad? Mateo 23: 12; Salmo 25: 9; Salmo 149: 4; Santiago 4: 6 y 10.
- ¿Cuándo fue la última vez que te ensalzaste a ti mismo? ¿Cómo afectó eso tu relación con Dios o con aquellos ante quienes lo hiciste?
- ¿Qué cambios necesitas hacer en tu vida para humillarte ante Dios y fortalecer tu relación con él?
RESUMEN:
El orgullo puede ser uno de los mayores obstáculos para crecer en una relación con Dios. Si nos sentimos autosuficientes y no somos conscientes de nuestra necesidad de esta relación, simplemente no la buscaremos. En contraste, Jesús fue el Hombre más humilde y el ejemplo perfecto de cómo disfrutar de una relación estrecha con Dios.
Lección 3 – ORGULLO VERSUS HUMILDAD – Para el 18 de abril de 2026
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Lecciones Futuras de Escuela Sabática
| 1er Trimestre | Colosenses – Filipenses |
| 2do Trimestre | Relación con Dios |
| 3er Trimestre | 1 y 2 Corintios |
| 4to Trimestre | El Don de Profecía |
| 1er Trimestre | Mayordomía |
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| 3er Trimestre | Profecías Apocalípticas |
| 4to Trimestre | Hermenéutica |
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Lección 3: Para el 18 de abril de 2026
ORGULLO VERSUS HUMILDAD
Sábado 11 de abril
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: 1 Juan 2: 15-17; Lucas 18: 9-14; 1 Juan 1: 9; Hebreos 11: 24-26; Lucas 22: 24-27; Filipenses 2: 3-8.
PARA MEMORIZAR:
«El que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (Luc. 14: 11).
Todos hemos conocido a personas sumamente orgullosas y convencidas de que nunca se equivocan. O tal vez conozcas a alguien que quiere tener el control, que nunca está abierto a la instrucción o a la crítica constructiva. O alguien que parece estar constantemente en conflicto o que es un especialista en menospreciar a los demás. Podemos pensar inmediatamente en otros, pero la verdadera pregunta es: ¿Qué ocurre con cada uno de nosotros? Nos engañamos al señalar a los demás y al negarnos a reconocer el orgullo que existe en nuestra propia vida.
Todos hemos luchado alguna vez con el orgullo y nos hemos creído mejores que quienes nos rodean, al menos en algún aspecto. Alguien dijo en cierta ocasión que el orgullo surge del deseo de demostrar que somos valiosos. Sin embargo, ya deberíamos saber que lo somos, pues fuimos creados por Dios y porque Cristo murió por nosotros.
Esta semana exploraremos el impacto que el orgullo puede tener en nuestra relación con Dios y con los demás, y veremos qué enseña la Biblia acerca de la humildad en nuestras relaciones con los demás y, por supuesto, con Dios.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Satanás cayó porque ambicionó ser igual a Dios. Deseaba participar en los consejos y propósitos divinos, de los cuales estaba excluido, porque, como ser creado, era incapaz de comprender la sabiduría del Infinito. fue este orgullo ambicioso el que lo indujo a la rebelión, y por este mismo medio trata de causar la ruina del hombre.
El pecado tuvo su origen en el egoísmo. Lucifer, el querubín protector, deseó ser el primero en el cielo. Trató de dominar a los seres celestiales, apartándolos de su Creador, y granjearse para sí su homenaje. Para ello, representó falsamente a Dios, atribuyéndole el deseo de ensalzarse. Trató de investir al amante Creador con sus propias malas características.
Cuando quiera que se entreguen al orgullo y la ambición, su vida se mancilla; porque el orgulloso, ni sintiendo necesidad alguna, cierra su corazón a las bendiciones infinitas del cielo.
Si Lucifer hubiese deseado realmente ser como el Altísimo, nunca habría abandonado el puesto que le había sido señalado en el cielo; porque el espíritu del Altísimo se manifiesta en un ministerio abnegado. Lucifer deseaba el poder de Dios, pero no su carácter. Buscaba para sí el lugar más alto, y todo ser impulsado por su espíritu hará lo mismo.
El orgullo es un temible rasgo de carácter. ‘Antes del quebrantamiento es la soberbia’. Esto es verdad en la familia, en la iglesia y en la nación (La fe por la cual vivo, 3 de marzo, p. 70).
La dulce voz de la misericordia llega hoy a vuestros oídos. Hoy estáis recibiendo la invitación celestial. Hoy todo en el cielo dice: Venid. Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven.
Venid, porque todo está listo ahora. Todo el que quiera, que venga y beba del agua de la vida de balde. Ahora necesitamos sencillez infantil. Necesitamos que todo lo semejante al orgullo, la vanidad y la insensatez desaparezca. Estamos frente al juicio. Los hombres y las mujeres necesitarán apoyarse en una fortaleza superior a toda ayuda humana. Deben afirmarse del brazo poderoso de Jehová. Estamos frente al día cuando las obras de los hombres serán probadas; y deseamos que vosotros estéis listos. Os instamos en el nombre del Maestro a prepararos. Os llamamos para que os apartéis del orgullo del mundo, la soberbia, la vanidad y la insensatez de la vida. Jesús os ama. Jesús tiene compasión de vosotros. Se ha enviado a la hueste angélica para que os ayude. Y ahora, cuando todo el cielo está interesado en vosotros, ¿no os interesaréis en vosotros mismos?
Algunos temen confiar plenamente en la Palabra del Señor como si eso fuera presunción. Oran para que el Señor les enseñe y temen aferrarse a la palabra de la promesa de Dios y creer que han sido enseñados por él. Mientras comparezcamos ante nuestro Padre celestial con humildad y con un espíritu capaz de recibir enseñanza, dispuestos y ansiosos de aprender, ¿por qué habríamos de dudar del cumplimiento de la propia promesa de Dios?… Cuando usted busque descubrir sus designios, su parte en esta relación con Dios consiste en creer que será guiado y bendecido al hacer su voluntad… Es Cristo quien guía hoy a su pueblo, mostrándole dónde y cómo trabajar (Sons and Daughters of God, p. 67; parcialmente en Hijos e hijas de Dios, 10 de marzo, p. 69).
Domingo 12 de abril
LAS OPRESIVAS GARRAS DEL ORGULLO
La palabra «orgullo» tal vez te hace pensar en algún político arrogante, en una persona rica o famosa o en un pavo real. El orgullo consiste en considerarse más importante o mejor que los demás, y es un sentimiento en el que no se puede ni se debe confiar.
El orgullo comenzó con Lucifer, el querubín protector, quien estaba al servicio de Dios. No sabemos cuándo ni cómo surgió el orgullo en su corazón, pero sí sabemos que ese orgullo dio origen al gran conflicto cósmico entre el bien y el mal. Satanás es lo opuesto a Dios (compara Isa. 14: 12-14 con Fil. 2: 5-11). Nuestro mundo ha luchado contra las consecuencias del pecado desde que Satanás sembró la duda en las mentes de Adán y Eva y luego los tentó a amar y confiar en ellos mismos por encima de Dios.
Lee 1 Juan 2: 15 al 17. ¿Qué tres puntos principales enseña este pasaje acerca del orgullo y el amor al mundo?
1 Juan 2: 15-17
15 No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. 16 Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. 17 Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
¿Puede el orgullo ser positivo? Tal vez no en el contexto en que lo conocemos, aunque podemos utilizar la palabra positivamente; por ejemplo, cuando hablamos de los logros de una persona o en el contexto de una profunda satisfacción por algo que alguien ha hecho («¡Estoy muy orgulloso de ti!»). Es importante entender que la búsqueda de la excelencia y del reconocimiento, así como el aprecio por los dones y las habilidades que Dios te ha concedido, no es necesariamente un orgullo malsano. Según las Escrituras, existe un tipo adecuado de amor propio (piensa en el mandato de Jesús en Mar. 12: 31, donde se nos dice que debemos amar a los demás como a nosotros mismos), pero siempre se trata de un amor altruista. Las aspiraciones personales con miras al servicio a Dios y al prójimo tampoco deben considerarse como formas reprensibles de orgullo (ver 1 Tim. 3: 1). El orgullo consiste en no tributar a Dios la gloria por lo que él hace en nuestra vida.
Debemos tener cuidado de recordar que nuestras posesiones, habilidades y logros no determinan nuestro valor. En cambio, nuestro valor siempre proviene de Dios, pues todo lo que tenemos, incluso aquello que nos tienta a caer en el orgullo, proviene únicamente de él. Este es un punto que nunca debemos olvidar.
¿Hasta qué punto eres orgulloso? ¿Cómo puede tu orgullo afectar tu relación con Dios y con los demás?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
No hay nada que debilite la fortaleza de la iglesia como el orgullo y la pasión… Cristo nos ha dado un ejemplo de amor y humildad, y ha ordenado a sus seguidores que se amen mutuamente como él los ha amado. Con humildad, debemos estimar a otros superiores a nosotros. Debemos ser severos con nuestros propios defectos de carácter, prontos para discernir nuestros errores y equivocaciones, y tener menos en cuenta las faltas ajenas que las nuestras. Debemos sentir un interés especial en considerar las cosas ajenas, no para codiciarlas, no para encontrar faltas en ellas, no para hacer comentarios en cuanto a ellas y presentarlas en una luz dudosa, sino para hacer estricta justicia en todas las cosas a nuestros hermanos y a todos con quienes nos tratamos. Ofende a Dios el espíritu de hacer planes para nuestro interés egoísta, con el fin de obtener alguna ganancia, o para mostrar superioridad o rivalidad. El Espíritu de Cristo guiará a sus seguidores para que se preocupen, no solo por su éxito o ventajas, sino por tener también interés en el éxito y ventajas de sus hermanos. Esto será amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos…
Solo Jesús ha de ser exaltado. Cualquiera sea la habilidad o el éxito de alguno de nosotros, no es porque hayamos creado esas facultades nosotros mismos; son un depósito sagrado dado por Dios, para ser usadas sabiamente en su servicio para su gloria. Todo es un capital confiado por el Señor. ¿Por qué envanecernos, entonces? ¿Por qué habremos de llamar la atención hacia nuestro yo defectuoso? Todo lo que poseemos en talento y sabiduría lo recibimos de la Fuente de sabiduría, a fin de que podamos glorificar a Dios…
El orgullo del talento, el orgullo del intelecto, no pueden existir en el corazón que está oculto con Cristo en Dios… Humillémonos pues y adoremos a Jesús, pero nunca, nunca, nos exaltemos en lo mínimo… Si el motivo de toda nuestra vida es servir y honrar a Cristo y bendecir a la humanidad en el mundo, entonces el camino más sombrío del deber se convertirá en un camino resplandeciente, un camino trazado para que caminemos los redimidos del Señor (That I May Know Him, p. 176; parcialmente en A fin de conocerle, 19 de junio, p. 177).
Recuerden los que están en posiciones de responsabilidad que nos estamos acercando a los peligros de los últimos días. El Señor está pasando revista al mundo entero… Nadie deje que su guía sea un ser finito y propenso a errores. Dios es quien está detrás de los mortales, Uno de quien todos reciben la sabiduría y el conocimiento que los capacita para hacer el bien. Y Dios está dispuesto a ayudar a cada uno. El Señor no hace acepción de personas.
Todos aquellos a quienes el Señor ha investido con ricos dones han de guardarse no sea que el orgullo y la autosuficiencia obtengan el control. La persona que ejerza mayor influencia, aquella a quien el pueblo esté dispuesto a seguir, necesita estar abierta a las oraciones y admoniciones de otros obreros. Oren para ser guardados del orgullo y de la exaltación propia (El Cristo triunfante, 31 de mayo, p. 160).
Lunes 13 de abril
CONÓCETE A TI MISMO
Dos hombres asisten a la iglesia para orar. Uno de ellos, un dirigente respetado, se ubica en la entrada antes de que comience el servicio religioso para que los demás asistentes puedan verlo. Ora en voz alta, dando gracias a Dios por su propia bondad. El otro hombre, un marginado de la sociedad, tiene los ojos empañados por las lágrimas debido a la carga de su pecado y se postra en un rincón del templo mientras susurra con desesperación: «Señor, ten piedad de mí, porque soy un pecador».
Lee Lucas 18: 9 al 14. ¿Qué piensas de estos dos hombres? ¿Qué pensó Jesús? ¿Qué lección importante hay aquí para todos nosotros?
Lucas 18: 9-14
9 A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: 10 Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. 11 El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; 12 ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. 13 Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. 14 Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.
Nos resulta muy sencillo exaltarnos a nosotros mismos. Dar a conocer a los demás nuestros logros y cuán buenos somos se convierte a veces en una segunda naturaleza. Pero esto no marca ninguna diferencia en nuestra reputación a los ojos del Cielo. De hecho, y contrariamente a lo que podríamos pensar, «el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (Luc. 18: 14). Jesús también nos aconseja que ocupemos el último lugar y dejemos que el anfitrión sea quien nos ensalce si así lo desea (Luc. 14: 8-10). Este reino que enseña Jesús funciona a la inversa y rompe por completo nuestras expectativas. «Cristo puede salvar únicamente al que reconoce que es pecador» (Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 125).
Cuando percibimos y reconocemos nuestro verdadero estado de pecaminosidad y nuestra desesperada necesidad de Cristo, podemos acercarnos a él con la certeza de que «si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de todo mal» (1 Juan 1: 9).
Cuanto más nos acercamos a Cristo, más conscientes nos volvemos de nuestra pecaminosidad e indignidad. «Hay una sola forma en que podemos obtener un conocimiento verdadero de nosotros mismos. Debemos contemplar a Cristo. La ignorancia de su vida y su carácter induce a los mortales a exaltarse en su propia justicia» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 126).
¿Qué piensa Dios de los soberbios? El apóstol Pedro nos dice: «Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes» (1 Ped. 5: 5). No puede ser más claro.
¿Cuándo fue la última vez que experimentaste la gracia de Dios en tu vida? En verdad, deberíamos experimentar esta gracia a diario. También deberíamos mostrar gracia o misericordia a los demás. Dedica algún tiempo a la oración ahora mismo, pidiendo a Dios que te humille bajo su poderosa mano y sea solamente él quien te exalte a su debido tiempo.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Usted piensa que sus errores y transgresiones han sido tan gravosos al Señor, que él no… lo salvará. Cuanto más se acerque a Jesús, tanto más culpable aparecerá ante sus propios ojos, porque su visión será más clara, y sus imperfecciones serán vistas en un contraste más nítido con su perfecta naturaleza. Pero no se desanime. Esta es una evidencia de que los engaños de Satanás han perdido su poder; de que la influencia vivificante del Espíritu de Dios está surgiendo en usted, y que su indiferencia y despreocupación están desapareciendo.
Ningún amor profundo por Jesús puede morar en el corazón de aquellos que no ven ni comprenden su propia pecaminosidad. El alma que es transformada por la gracia, admirará su carácter divino; pero si no vemos nuestra propia deformidad moral, es una evidencia inequívoca de que no hemos tenido una visión de la belleza y excelencia de Cristo. Cuanto menos cosas de estima veamos en nosotros mismos, tanto más veremos para apreciar en la infinita pureza y amor de nuestro Salvador. Una visión de nuestra propia pecaminosidad nos conduce hacia Aquel que puede perdonar…
Dios no trata con nosotros de la manera en que un hombre finito trata con otro. Sus pensamientos son pensamientos de misericordia, amor y tierna compasión… El dice: «Yo deshice como a nube tus rebeliones…». Isaías 44:22.
Mire hacia arriba, Usted que está en dificultades, tentado y desanimado. Mire hacia arriba. Siempre es seguro mirar hacia arriba; mirar hacia abajo resulta fatal. Si Usted mira hacia abajo, la tierra vacila y se bambolea; debajo de Usted, ninguna cosa es segura. Pero el cielo, por encima de Usted, está en calma y firme, y hay ayuda divina para todo aquel que sube. La mano del Infinito se extiende desde las almenas del cielo para asir la suya en un fuerte apretón. El poderoso Ayudador está cerca para bendecir, levantar y animar a los que más yerran, a los más pecadores, si ellos quieren contemplarlo por fe. Pero el pecador debe contemplarlo (Nuestra elevada vocación, 21 de enero, p. 29).
«Dios… les dio la ley, con la promesa de grandes bendiciones siempre que obedecieran: ‘Ahora pues… si guardareis mi pacto… vosotros seréis mi reino de sacerdotes y gente santa’. Éxodo 19:5, 6. Los israelitas no percibían la pecaminosidad de su propio corazón, y no comprendían que sin Cristo les era imposible guardar la ley de Dios; y con excesiva premura concertaron su pacto con Dios… Declararon: ‘Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho y obedeceremos’ (Éxodo 24:7)… y sin embargo, apenas unas pocas semanas después, quebrantaron su pacto con Dios al postrarse a adorar una imagen fundida. No podían esperar el favor de Dios por medio de un pacto que ya habían roto; y entonces, viendo su pecaminosidad y su necesidad de perdón, llegaron a sentir la necesidad del Salvador revelado en el pacto de Abraham y simbolizado en los sacrificios (La fe por la cual vivo, 13 de marzo, p. 80).
Martes 14 de abril
MOISÉS, UN SIERVO HUMILDE
Los grandes salones del palacio egipcio presumían de opulencia, placer y comodidad. «Moisés fue enseñado en toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en palabras y hechos» (Hech. 7: 22). Una vida de poder, riqueza y popularidad eran suyas, pero Moisés eligió algo muy diferente. «No tiene par como historiador, poeta, filósofo, general y legislador. Con el mundo a su alcance, tuvo fuerza moral para rehusar las halagüeñas perspectivas de riqueza, grandeza y fama, “prefiriendo ser maltratado con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites temporales del pecado”» (Elena G. de White, Patriarcas y profetas, p. 224).
¿Qué dice Hebreos 11: 24 al 26 acerca de por qué Moisés eligió un rumbo diferente y se humilló?
Hebreos 11: 24-26
24 Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, 25 escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, 26 teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón.
La humildad posterior de Moisés es notable en vista de cuán poderoso era y de su distinguido origen. Sin embargo, por un acto pecaminoso e impulsivo (Éxo. 2: 12), perdió la confianza en sí mismo y su autosuficiencia. Con las montañas como las paredes de su aula y con su orgullo puesto a un lado, durante cuarenta años Moisés fue instruido por Dios acerca de lo que necesitaba saber para guiar a una nación fuera de la esclavitud y rumbo a la Tierra Prometida. El poder y las riquezas de lo que podría haber sido otra vida en Egipto perdieron su relativo brillo cuando Moisés consideró la Eternidad. Dios lo había llamado, y Moisés lo siguió.
Tal vez lo más significativo en relación con este tema es que «Moisés era un hombre muy manso, el más humilde de la tierra» (Núm. 12: 3). Moisés, uno de los grandes patriarcas de la Biblia, es conocido por su humildad y mansedumbre. Piensa en cuán diferentes habrían sido su vida y su liderazgo si el orgullo hubiera penetrado en cada uno de los grandes acontecimientos de su vida: la zarza ardiente, las plagas de Egipto, el cruce del Mar Rojo, la provisión celestial de maná, su comunicación directa con Dios, la recepción de los Diez Mandamientos y el hecho de escuchar las palabras de Dios después de que Moisés golpeó la roca.
Reflexiona acerca de tu vida. Si alguien tuviera que describirte, ¿diría que eres «humilde» o «manso»? ¿Por qué sí o por qué no? La verdad es que no podemos ser humildes por nosotros mismos. Necesitamos tanto a Jesús porque el pecado forma parte de nuestra vida.
Escucha o lee la letra del himno «Prefiero a mi Cristo» (Himnario adventista, Nº 269) y considera estas palabras en relación con la vida de Moisés y la tuya.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Moisés pasó cuarenta años en los desiertos de Madián, como pastor de ovejas. Aparentemente apartado para siempre de la misión de su vida, recibió la disciplina esencial para su realización.
Moisés había aprendido muchas cosas que debía olvidar. Las influencias que le habían rodeado en Egipto, el amor a su madre adoptiva, su propia elevada posición como nieto del rey, el libertinaje que reinaba por doquiera, el refinamiento, la sutileza y el misticismo de una falsa religión, el esplendor del culto idólatra, la solemne grandeza de la arquitectura y de la escultura; todo esto había dejado una profunda impresión en su mente entonces en desarrollo, y hasta cierto punto había amoldado sus hábitos y su carácter. El tiempo, el cambio de ambiente y la comunión con Dios podían hacer desaparecer estas impresiones. Exigiría de parte de Moisés mismo casi una lucha a muerte renunciar al error y aceptar la verdad; pero Dios sería su ayudador cuando el conflicto fuese demasiado severo para sus fuerzas humanas…
Para recibir ayuda de Dios, el hombre debe reconocer su debilidad y deficiencia; debe esforzarse por realizar el gran cambio que ha de verificarse en él… Muchos no llegan a la posición que podrían ocupar porque esperan que Dios haga por ellos lo que él les ha dado poder para hacer por sí mismos…
Enclaustrado dentro de los baluartes que formaban las montañas, Moisés estaba solo con Dios. Los magníficos templos de Egipto ya no le impresionaban con su falsedad y superstición. En la solemne grandeza de las colinas sempiternas percibía la majestad del Altísimo, y por contraste, comprendía cuán impotentes e insignificantes eran los dioses de Egipto. Por doquiera veía escrito el nombre del Creador. Moisés parecía encontrarse ante su presencia, eclipsado por su poder. Allí fueron barridos su orgullo y su confianza propia. En la austera sencillez de su vida del desierto, desaparecieron los resultados de la comodidad y el lujo de Egipto. Moisés llegó a ser paciente, reverente y humilde, «muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra» (Números 12:3), y sin embargo, era fuerte en su fe en el poderoso Dios de Jacob (Conflicto y valor, 21 de marzo, p. 86).
Moisés estaba capacitado para destacarse entre los grandes de la tierra, para brillar en las cortes del reino más glorioso, y para empuñar el centro de su poder. Su grandeza intelectual lo distingue entre los grandes de todas las edades, y no tiene par como historiador, poeta, filósofo, general y legislador. Con el mundo a su alcance, tuvo fuerza moral para rehusar las halagüeñas perspectivas de riqueza, grandeza y fama…
Moisés había sido instruido tocante al galardón final que será dado a los humildes y obedientes siervos de Dios, y en comparación con el cual la ganancia mundanal se hundía en su propia insignificancia. El magnífico palacio de Faraón y el trono del monarca fueron ofrecidos a Moisés para seducirle; pero él sabía que los placeres pecaminosos que hacen a los hombres olvidarse de Dios imperaban en sus cortes señoriales. Vio más allá del esplendoroso palacio, más allá de la corona de un monarca, los altos honores que se otorgarán a los santos del Altísimo en un reino que no tendrá mancha de pecado. Vio por la fe una corona imperecedera que el Rey del cielo colocará en la frente del vencedor (Conflicto y valor, 16 de marzo, p. 81).
Miércoles 15 de abril
LA MAYOR OFENSA
Imagina que eres uno de los discípulos de Jesús. Viajas con él, comes con él, duermes cerca de él y aprendes de él mientras transforma innumerables vidas, incluida la tuya. La gente clama por él y te das cuenta del privilegio que significa haber sido elegido para integrar el grupo de las doce personas más cercanas a él. Entonces empiezas a preguntarte: ¿Quién es el más importante de los discípulos?
Lee Lucas 22: 24 al 27 para considerar la respuesta de Jesús a la disputa de los discípulos sobre el significado de la verdadera grandeza. ¿Qué afirmación constituye el núcleo del mensaje de Jesús?
Lucas 22: 24-27
24 Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. 25 Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; 26 mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. 27 Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.
Después de todo el tiempo que habían pasado con Jesús, ese tipo de debate es lo último que alguien habría esperado.
En lugar de estar felices y agradecidos por su llamado, el orgullo se había apoderado de sus corazones y cada uno se creía superior a los demás. Es fácil permitir que tales pensamientos dominen nuestra mente. Pero se nos dice que «no hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el alma humana, como el orgullo y la suficiencia propia. De todos los pecados es el más pernicioso, el más incurable» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 122).
Esto es algo muy serio. Nuestro orgullo es lo que más ofende a Dios, y es un rasgo de carácter difícil de superar porque a menudo no percibimos su gravedad. En nuestro estado de suficiencia propia, decidimos no evaluarnos pues seguramente el orgullo ocupa en nuestra vida la posición de un monarca. Necesitamos detenernos, evaluarnos y pedir a Dios que abra nuestros ojos para que podamos percibir nuestra verdadera condición, ya que el orgullo puede ser el principal factor que nos impide tener una relación estrecha con Dios.
Si reconoces que solo Dios puede eliminar el orgullo y el egoísmo de tu vida, haz una pausa y eleva esta plegaria ahora mismo: «Señor, toma mi corazón; porque yo no puedo dártelo. Es tuyo, mantenlo puro, porque yo no puedo guardarlo por ti. Sálvame a pesar de mi yo, mi yo débil y que no se parece a Cristo. Modélame, fórmame, elévame a una atmósfera pura y santa, donde la rica corriente de tu amor pueda fluir por mi alma» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 127).
ESPÍRITU DE PROFECÍA
«El cambio de corazón representado por el nuevo nacimiento puede realizarse únicamente por la obra efectiva del Espíritu Santo… El orgullo y el amor propio resisten al espíritu de Dios; cada inclinación natural del alma se opone al cambio que transforma la altivez y el orgullo en la mansedumbre y humildad de Cristo. Pero si hemos de caminar en la senda de la vida eterna no debemos prestar oído al susurro del yo. Con humildad y contrición debemos suplicar a nuestro Padre celestial: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí». Salmo 51:10. Al recibir la luz divina y cooperar con las inteligencias celestiales, nacemos de nuevo, liberados de la corrupción del pecado por el poder de Cristo» (The Faith I Live By, p. 137; parcialmente en La fe por la cual vivo, 11 de mayo, p. 139).
Santiago y Juan presentaron, por medio de su madre, una petición a Cristo para solicitar que les fuera permitido ocupar los más altos puestos de honor en el reino. A pesar de las repetidas instrucciones de Cristo concernientes a la naturaleza de su reino, estos jóvenes discípulos aún abrigaban la esperanza de un Mesías que ascendería a su trono con majestuoso poder, de acuerdo con los deseos de los hombres…
Pero el Salvador contestó: «No sabéis lo que pedís: ¿podéis beber el vaso que yo he de beber, y ser bautizados del bautismo de que yo soy bautizado?» Sabiendo que sus palabras misteriosas señalaban pruebas y sufrimiento, con todo contestaron confiadamente: «Podemos». Deseaban atribuirse el supremo honor de demostrar su lealtad compartiendo todo lo que estaba por sobrevenir a su Señor.
«A la verdad mi vaso beberéis, y del bautismo de que yo soy bautizado, seréis bautizados», declaró Jesús… Santiago y Juan iban a ser partícipes con su Maestro en el sufrimiento —el uno destinado a una muerte prematura por la espada, el otro seguiría a su Maestro en trabajos, vituperio y persecución por más tiempo que todos los demás discípulos. «Mas el sentaros a mi mano derecha y a mi izquierda —continuó Jesús— no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está aparejado de mi Padre»…
En el reino de Dios no se obtiene un puesto por medio del favoritismo. No se gana ni es otorgado por medio de una gracia arbitraria. Es el resultado del carácter. La cruz y el trono son los símbolos de una condición alcanzada, los símbolos de la conquista propia por medio de la gracia de nuestro Señor Jesucristo…
Aquel que ocupe el lugar más cerca de Cristo, será el que haya bebido más profundamente de su espíritu de amor abnegado —amor que no hace sinrazón, no se ensancha… no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal» —amor que induce al discípulo, así como indujo a nuestro Señor, a darlo todo, a vivir y trabajar y sacrificarse aun hasta la muerte para la salvación de la humanidad (Conflicto y valor, 4 de noviembre, p. 314).
Jueves 16 de abril
FIJA TUS OJOS EN CRISTO
Lee nuevamente Lucas 22: 27. ¿Cuál es el mensaje clave de este texto para los seguidores de Cristo?
Lucas 22: 27
27 Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.
En marcado contraste con el deseo de superioridad de los discípulos y su creencia de que eran mejores que los demás, vemos a Jesús, el máximo ejemplo de humildad. Él dijo: «Yo soy entre ustedes como el que sirve» (Luc. 22: 27). Jesús satisfacía cada día las necesidades de quienes lo rodeaban porque estaba lleno de compasión y veía a las multitudes como ovejas sin pastor. Él sabía que la humanidad lo necesitaba más que ninguna otra cosa, aunque pocos se daban cuenta de ello. Jesús renunció al Cielo para morir por la humanidad con la esperanza de que comprendiéramos su acto de gracia y respondiéramos a su invitación a relacionarnos con él.
Lee Filipenses 2: 3 al 8. ¿Qué nos dice este texto acerca de cómo debemos vivir a la luz de la Cruz?
Filipenses 2: 3-8
3 Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; 4 no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. 5 Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Jesús lo hizo y lo soportó todo. Cuando nos detenemos a reflexionar acerca de ello, percibimos inevitablemente nuestra impureza y nuestra extrema necesidad de él.
Cuando lo contemplamos, todo lo demás, especialmente nosotros mismos y nuestra propia presunta grandeza, palidece hasta volverse completamente insignificante. Quién es Jesús, qué hizo y cuánto ama a su Creación se convierte en la portada y el centro de todo. El orgullo seguramente desaparecerá cuando lo contemplemos a él.
Jesús. Cuán hermoso y poderoso nombre. Él es la personificación de la humildad. Cuando nuestros corazones se abren de par en par para aprender acerca de él, cuando entendemos lo que ha hecho por nosotros, y cuando permitimos que sus palabras de vida penetren en nuestra mente, nos damos cuenta de cuán orgullosos y miserables somos. Si sus propios discípulos, quienes vivieron con él y aprendieron de él, lucharon contra el orgullo, no podemos engañarnos pensando que somos diferentes. Solo podemos crecer en nuestra relación con Jesús cuando somos humildes.
Dedica tiempo ahora mismo a tu relación con Dios. Toma tu Biblia, un bolígrafo y una hoja de papel, y busca un lugar tranquilo, quizás al aire libre. Invita a Dios a que enternezca tu corazón y hable a tu mente. Escribe el Salmo 138, palabra por palabra. Mientras lo haces, ¿qué palabras llaman especialmente tu atención?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Muchos son espiritualmente débiles porque se miran a sí mismos en lugar de mirar a Cristo… Cristo es el gran almacén del cual podemos extraer en cada ocasión fortaleza y felicidad. ¿Por qué, entonces, apartamos los ojos de su suficiencia para contemplar nuestra debilidad y lamentarnos por ella? ¿Por qué nos olvidamos de que él está listo para ayudarnos en todo momento de necesidad? Lo deshonramos cuando hablamos de nuestra ineficiencia. En lugar de mirarnos a nosotros mismos, contemplemos constantemente a Jesús, siendo cada día más semejantes a él, más y más capaces de hablar de él, mejor preparados para aprovecharnos de su bondad y su auxilio, y para recibir las bendiciones que nos ofrece. Al vivir así en comunión con él nos fortaleceremos con su fuerza, y seremos de ayuda y bendición para quienes nos rodean.
Cristo ha hecho toda provisión para que seamos fuertes. Nos ha dado su Espíritu Santo, cuyo oficio es recordarnos todas las promesas que Cristo ha hecho, para que tengamos paz y una dulce sensación de perdón. Si tan solo mantenemos los ojos fijos en el Salvador y confiamos en su poder, seremos llenados de una sensación de seguridad, pues la justicia de Cristo llegará a ser nuestra justicia…
Cuando las tentaciones os asalten, como ciertamente ocurrirá, cuando la preocupación y la perplejidad os rodeen, cuando, desanimados y angustiados, estéis a punto de entregaros a la desesperación, mirad, oh, mirad hacia donde visteis con el ojo de la fe por última vez la luz, y la oscuridad que os rodee se disipará a causa del brillo de su gloria. Cuando el pecado luche por enseñorearse de vuestra alma y abrume la conciencia, cuando la incredulidad nuble la mente, acudid al Salvador. Su gracia es suficiente para dominar el pecado. Él nos perdonará y nos hará gozosos en Dios.
Dios quiere que se expandan nuestras mentes… Hemos de ser uno con Cristo como él es uno con el Padre. Y el Padre nos amará como ama a su Hijo. Podemos tener la misma ayuda que tuvo Cristo, podemos tener fortaleza para cada emergencia, pues Dios será nuestra vanguardia y nuestra retaguardia. Nos protegerá por todos lados (La maravillosa gracia de Dios, 8 de septiembre, p. 259).
Dios ha hecho mucho para posibilitarnos la libertad en Cristo, para libertarnos de la esclavitud de los malos hábitos y de las malas inclinaciones. Queridos jóvenes amigos, ¿no os esforzaréis por ser libres en Cristo? Señaláis a este y a aquél cristiano profeso diciendo: «No tenemos confianza en ellos. Si sus vidas son ejemplos de cristianismo, no queremos nada de ellos». No miréis a los que os rodean. Mirad, en vez de a ellos, a nuestro ejemplo perfecto, el hombre Cristo Jesús. Contemplándolo seréis cambiados a su imagen (Nuestra elevada vocación, 23 de enero, p. 31).
Viernes 17 de abril
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:
«Cuanto más nos acerquemos a Jesús, y más claramente apreciemos la pureza de su carácter, con mayor claridad discerniremos la excesiva pecaminosidad del pecado, y nos sentiremos menos inclinados a ensalzarnos a nosotros mismos» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 127).
«Antes de la honra viene la humildad. Para ocupar un lugar elevado ante los hombres, el cielo elige al obrero que como Juan el Bautista, toma un lugar humilde delante de Dios. El discípulo que más se asemeja a un niño es el más eficiente en la labor para Dios. Los seres celestiales pueden cooperar con aquel que no trata de ensalzarse a sí mismo sino de salvar almas. […]
»Pero cuando los hombres se ensalzan a sí mismos, y se consideran necesarios para el éxito del gran plan de Dios, el Señor los hace poner a un lado. […] La sencillez, el olvido de sí mismo y el amor confiado del niñito son los atributos que el cielo aprecia. Son las características de la verdadera grandeza. […]
»El alma sincera y contrita es de gran valor a la vista de Dios. Él pone su señal sobre los hombres, no según su jerarquía ni su riqueza, ni por su grandeza intelectual, sino por su unión con Cristo» (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 411, 412).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
- ¿Qué ideas adicionales contienen los siguientes pasajes acerca del orgullo y la humildad? Mateo 23: 12; Salmo 25: 9; Salmo 149: 4; Santiago 4: 6 y 10.
- ¿Cuándo fue la última vez que te ensalzaste a ti mismo? ¿Cómo afectó eso tu relación con Dios o con aquellos ante quienes lo hiciste?
- ¿Qué cambios necesitas hacer en tu vida para humillarte ante Dios y fortalecer tu relación con él?
RESUMEN:
El orgullo puede ser uno de los mayores obstáculos para crecer en una relación con Dios. Si nos sentimos autosuficientes y no somos conscientes de nuestra necesidad de esta relación, simplemente no la buscaremos. En contraste, Jesús fue el Hombre más humilde y el ejemplo perfecto de cómo disfrutar de una relación estrecha con Dios.