El ministerio cristiano auténtico
2 Corintios 3: 1-9; 4: 7-18; 5: 11-15; Colosenses 1: 19-23; Efesios 2: 13-16; 2 Corintios 6: 11-7.
El ministerio cristiano auténtico
La semana pasada vimos que, al afirmar la pureza de sus motivaciones y su sinceridad, Pablo se defendió de las acusaciones de inconstancia y falta de amor para con los corintios. Siempre trabajó por el bien de sus hijos espirituales.
En 2 Corintios 2: 12-17, el apóstol comenzó una línea de pensamiento que llega hasta 2 Corintios 7 y en la que reflexiona acerca de las características de un ministerio cristiano auténtico. Podemos extraer muchas lecciones de los pensamientos de Pablo al respecto.
Esta semana estudiaremos 2 Corintios 3-7, donde Pablo habla de su ministerio como ganador de almas para Cristo. Elena G. de White dice: «La conversión de los pecadores y su santificación por la verdad es la prueba más poderosa que un ministro puede tener de que Dios lo ha llamado al ministerio. La evidencia de su apostolado está escrita en los corazones de sus conversos y testificada por sus vidas renovadas. Cristo se forma en ellos como la esperanza de gloria. Un ministro es fortalecido grandemente por estas pruebas de su ministerio» (Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles, p. 244).
Ministerio significa servicio, y a este ministerio somos llamados. Deshonra a Dios el que alguno escoja una vida de satisfacción propia. Mis hermanos y hermanas, ¿comprenden ustedes que cada año miles de almas están pereciendo, muriendo en sus pecados porque la luz de la verdad no alumbró su senda?…
Hay una gran obra que hacer en nuestro mundo. Los hombres y las mujeres han de ser convertidos, no por el don de lenguas ni por la operación de milagros, sino por la predicación de Cristo crucificado. ¿Por qué demorar el esfuerzo por mejorar el mundo? ¿Por qué esperar que se haga algo maravilloso, que se provea alguna estructura costosa? Por humilde que sea su esfera, por modesto que sea su trabajo, si usted trabaja en armonía con las enseñanzas del Salvador, él se revelará por intermedio de usted, y su influencia atraerá las almas a él. Él honrará a los mansos y humildes, los que sinceramente buscan servirle. En todo lo que hacemos, sea en el taller, en la chacra o en la oficina, hemos de esforzarnos por ganar almas.
Hemos de sembrar junto a todas las aguas, manteniendo nuestra alma en el amor de Dios, y trabajando mientras es de día, usando los medios confiados a nosotros en el servicio al Maestro. No importa qué encuentren nuestras manos para hacer, trabajando mientras es de día, hemos de hacerlo con alegría; cualquier sacrificio que seamos llamados a hacer, hemos de hacerlo alegremente. Al sembrar junto a todas las aguas, descubriremos la verdad de las palabras: “El que siembra generosamente, generosamente también segará”. Debemos todo a la gracia, a la gracia soberana. La gracia decretó nuestra redención, nuestra regeneración y nuestra adopción para ser herederos con Cristo Jesús. Revelemos esta gracia a otros.
El Salvador toma a los que encuentra que serán moldeados y los usa para la gloria de su propio nombre. Usa materiales que otros dejarían de lado, y trabaja en todos los que han de entregarse a él. Se goza en tomar material aparentemente inservible, aquellos que Satanás ha degradado y por medio de los cuales ha trabajado, y los somete a su gracia. Se goza en librarlos del sufrimiento, y de la ira que está a punto de caer sobre los desobedientes. Hace de sus hijos agentes para realizar esta obra, y en su éxito, aun en esta vida, encuentran una preciosa recompensa.
Pero ¿qué es esto comparado con el gozo que tendrán en el gran día de la revelación final?— Reflejemos a Jesús, 30 de agosto, p. 248
Los frutos de un ministerio auténtico
Las cartas de recomendación eran comunes en el mundo grecorromano. Sin embargo, Pablo no llevaba consigo tales cartas. El poder transformador del Espíritu en la vida de los corintios era la demostración de la autenticidad de su ministerio. Sin embargo, Pablo estaba seguro de que la iglesia de Corinto no era el resultado de su inteligencia o sus esfuerzos (2 Cor. 3: 4-6). Él no se exaltaba a sí mismo (2 Cor. 3: 5; 1 Cor. 2: 2).
Pablo habla de su ministerio comentando brevemente los dos Pactos: el Antiguo, representado por Moisés, y el Nuevo, representado por él y sus colegas. Un lector apresurado podría pensar erróneamente que el Antiguo Pacto no daba esperanza de salvación, pero la salvación estaba disponible tanto en el Antiguo como en el Nuevo Pacto. El Antiguo Pacto era el evangelio previsto. «La Escritura, previendo que por la fe Dios justificaría a los gentiles, de antemano anunció el evangelio a Abraham al decirle: "Por medio de ti serán benditas todas las naciones"» (Gál. 3: 8).
En 2 Corintios 3: 1-4: 6, el Antiguo Pacto es utilizado para simbolizar la experiencia legalista de quienes dependían de sus propias obras de obediencia para agradar a Dios. A diferencia de ello, el Nuevo Pacto representa la experiencia de quienes confían completamente en la gracia de Dios para hacer todo lo que él ha prometido hacer por ellos y en ellos.
Pablo se refiere a dos respuestas diferentes al evangelio, la de los creyentes y la de los incrédulos. No se refiere a evangelios diferentes, uno en el Antiguo Testamento y otro en el Nuevo, ya que solo hay un evangelio ofrecido por Dios, «quien nos salvó y nos llamó con santo llamado, no conforme a nuestras obras, sino según su propósito y su gracia, que nos dio en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos» (2 Tim. 1: 9).
Esto no niega que 2 Corintios 2: 14-4: 6 contenga algunos elementos históricos, pero Pablo está usando allí la historia para señalar que algunos de ellos estaban, literalmente, «siendo salvados», mientras que otros «estaban pereciendo» (2 Cor. 2: 15). Debido a la reacción, la incredulidad y la falta de fe para con la tarea de Moisés, el ministerio de este puede considerarse uno de condenación y muerte. Por el contrario, puesto que la iglesia de Corinto creyó, el ministerio de Pablo entre ellos resultó ser uno de justicia y del Espíritu que da vida.
Esta experiencia de salvación de la iglesia de Corinto es la evidencia de la autenticidad del ministerio de Pablo.
Cuando Jesús se sentó para descansar junto al pozo de Jacob, venía de Judea, donde su ministerio había producido poco fruto… Se sentía débil y cansado, pero no descuidó la oportunidad de hablar a una mujer sola, aunque era una extraña, enemiga de Israel y vivía en pecado.
Mientras la mujer hablaba con Jesús, le impresionaron sus palabras… Comprendió la sed de su alma, que las aguas del pozo de Sicar no podrían nunca satisfacer. Nada de todo lo que había conocido antes, le había hecho sentir así su gran necesidad. Jesús la había convencido de que leía los secretos de su vida; sin embargo, se daba cuenta de que era un amigo que la compadecía y la amaba. Aunque la misma pureza de su presencia condenaba el pecado de ella, no había pronunciado acusación alguna, sino que le había hablado de su gracia, que podía renovar el alma… Dejando su cántaro, volvió a la ciudad para llevar el mensaje a otros… Con corazón rebosante de alegría, se apresuró a impartir a otros la preciosa luz que había recibido.
"Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿si quizá es este el Cristo?" —dijo a los hombres de la ciudad. Sus palabras conmovieron los corazones. Había en su rostro una nueva expresión, un cambio en todo su aspecto. Se interesaron por ver a Jesús…
Tan pronto como halló al Salvador, la mujer samaritana trajo otros a él. Demostró ser una misionera más eficaz que los propios discípulos. Ellos… tenían sus pensamientos fijos en una gran obra futura, y no vieron que en derredor de sí había una mies que segar. Pero por medio de la mujer a quien ellos despreciaron, toda una ciudad llegó a oír del Salvador…
Esta mujer representa la obra de una fe práctica en Cristo. Cada verdadero discípulo nace en el reino de Dios como misionero. El que bebe del agua viva, llega a ser una fuente de vida. El que recibe llega a ser un dador.— Conflicto y valor, 15 de octubre, p. 294
Mientras dos discípulos estaban cerca, Juan volvió a ver a Jesús entre el pueblo. Otra vez se iluminó el rostro del profeta con la gloria del Invisible, mientras exclamaba: "He aquí el Cordero de Dios". Las palabras conmovieron el corazón de los discípulos. Ellos no las comprendían plenamente. ¿Qué significaba el nombre que Juan le había dado: "Cordero de Dios"? Juan mismo no lo había explicado.
Dejando a Juan, se fueron en pos de Jesús. Uno de ellos era Andrés, hermano de Simón; el otro Juan, el que iba a ser el evangelista. Estos fueron los primeros discípulos de Cristo. Movidos por un impulso irresistible, siguieron a Jesús, ansiosos de hablar con él, aunque asombrados y en silencio, abrumados por el significado del pensamiento: "¿Es este el Mesías?" Jesús sabía que los discípulos le seguían. Eran las primicias de su ministerio, y había gozo en el corazón del Maestro divino al ver a estas almas responder a su gracia. Sin embargo, volviéndose, les preguntó: "¿Qué buscáis?" Quería dejarlos libres para volver atrás, o para expresar su deseo
Ellos eran conscientes de un solo propósito. La presencia de Cristo llenaba su pensamiento. Exclamaron: "Rabbí… ¿dónde moras?" En una breve entrevista, a orillas del camino no podían recibir lo que anhelaban. Deseaban estar a solas con Jesús, sentarse a sus pies, y oír sus palabras…
Es la contrición, la fe y el amor lo que habilita al alma para recibir sabiduría del cielo. La fe obrando por el amor, es la llave del conocimiento, y todo aquel que ama "conoce a Dios".— Exaltad a Jesús, 3 de junio, p. 162
Sufrimiento y gloria
Juan Hus, el gran reformador de la antigua Bohemia, dijo una vez acerca de Jesús: «Él es el Dueño del mundo y nosotros somos viles mortales, ¡y sin embargo sufrió! ¿Por qué, entonces, no habríamos de padecer nosotros también, y más cuando sabemos que la tribulación purifica?» (Elena G. de White, El conflicto de los siglos, p. 98).
El apóstol Pablo manifestó siglos antes la misma disposición a sufrir por Cristo. Sabía que no era más que un frágil vaso de barro (2 Cor. 4: 7). Se sentía constantemente oprimido, perplejo, perseguido y abatido. Sin embargo, no estaba desesperado, abandonado ni destruido (vers. 8-9). Estaba dispuesto a llevar siempre en su cuerpo «la muerte de Jesús, para que también su vida» se manifestara en él (vers. 10-11).
Con la expresión «muerte de Jesús», Pablo probablemente se refería a los sufrimientos que mencionó en los versículos anteriores. A su vez, en un sentido inmediato, las palabras «vida de Jesús» probablemente se refieran a la liberación de la muerte o al poder espiritual para la vida presente. En última instancia, se trata de una referencia a la resurrección (2 Cor. 4: 12).
Curiosamente, el binomio «muerte y vida» aparece tres veces en 2 Corintios 4: 10-12. Esto nos recuerda que, en nuestra condición presente, la vida se mezcla con la muerte. Sin embargo, en la gloria futura ya no habrá muerte (Apoc. 20: 14; 21: 4).
Lo más importante es que 2 Corintios 4: 7-18 muestra que el evangelio es predicado por medio de seres humanos frágiles a fin de que la gloria sea solo para Dios (vers. 15). No es raro que los misioneros sufran en el curso de sus labores. Sin embargo, nuestra aflicción aquí es leve y momentánea en comparación con el peso eterno de la gloria que nos espera (vers. 17). El creyente vive por fe, no por vista (2 Cor. 4: 18; 5: 7).
Esta esperanza en la vida futura cautivó tanto la mente de Pablo que sigue hablando de ella a lo largo del pasaje (2 Cor. 5: 1-10), en el que se refiere a su cuerpo mortal mediante la metáfora de una casa terrenal. Por el contrario, «el edificio celestial» de Dios es una metáfora del cuerpo resucitado (vers. 1), la gran esperanza de los creyentes de todas las épocas.
Alabado sea el Señor porque tenemos un Sumo Sacerdote misericordioso y tierno que es sensible a nuestras flaquezas. No esperamos descansar aquí. No, no. El camino hacia el cielo es un camino en el que debemos cargar la cruz; es una senda recta y angosta, pero avanzaremos con gozo sabiendo que el Rey de gloria la transitó antes que nosotros.
No nos quejaremos de las asperezas del camino, sino que seremos mansos seguidores de Jesús, siguiendo sus huellas. Él fue varón de dolores, experimentado en quebranto. Por nuestro bien se hizo pobre para que por su pobreza pudiéramos ser enriquecidos. Nos regocijaremos en la tribulación y recordaremos que la recompensa del galardón "produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria".
No adoptaremos pensamientos de murmuración por causa de las pruebas. Los queridos hijos de Dios siempre las tuvieron, y cada prueba adecuadamente soportada aquí nos hará más ricos en gloria. Anhelo mi cuota de sufrimiento. Aunque pudiera no iría al cielo sin padecer sufrimientos, pues allí vería a Jesús quien sufrió tanto para compramos tan rica herencia; y también vería a los mártires que entregaron sus vidas por causa de la verdad y de Cristo. No, no. Déjeme [ser] perfeccionada mediante los sufrimientos. Anhelo participar con Cristo de sus sufrimientos, pues si lo hago sé que participaré con él en su gloria. Jesús es nuestro modelo. Procuremos que nuestras vidas sean tan semejantes a la de Cristo como sea posible.
Mi alma clama por el Dios vivo. Mi ser entero anhela al Señor. ¡Oh, si tan solo pudiera reflejar más perfectamente su imagen amorosa! ¡Oh, si pudiera consagrarme completamente a él! ¡Oh, cuán difícil le es morir al querido yo! Podemos regocijarnos en un Salvador completo; uno que nos salva de todo pecado. Debiéramos decirle a Dios diariamente: "Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí para obrar tanto el querer como el hacer su buena voluntad". A Dios sea la gloria. Sé que mi vida está escondida con Cristo en Dios.
El velo ha sido levantado. Contemplé el rico galardón reservado para los santos. He probado los gozos del mundo por venir, y me ha llevado a despreciar este mundo. Mis afectos, mis intereses, mis esperanzas, mi todo está en el cielo. Anhelo ver al Rey en su hermosura; a quien ama mi alma. Cielo, dulce cielo. Anhelo allí vivir; y el solo pensar cuán cerca está, me hace impacientar por ver a Cristo aparecer. Alabado sea el Señor por darnos esperanza de inmortalidad y de vida eterna a través de Cristo.— Reflejemos a Jesús, 2 de diciembre, p. 342
El ministerio de reconciliación enfocado en Cristo
Pablo sabía que debía rendir cuentas de su ministerio ante Cristo (2 Cor. 5: 10). Sentía un respeto profundo y reverente por el Señor y buscaba persuadir a las personas de que aceptaran el evangelio de Cristo (vers. 11). Ese respeto reverente y amor de Pablo para con Cristo estaban unidos a su confianza en el amor de Cristo para con él. En el Antiguo Testamento, temer al Señor significa andar en sus caminos, amarlo y servirlo de todo corazón (Deut. 10: 12).
El ministerio de Pablo no estaba centrado en él, sino en Cristo. Él no se alababa a sí mismo. La razón de su jactancia es Cristo (2 Cor. 12: 9). Él dijo: «Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál. 6: 14). Por lo tanto, la oportunidad que tenían los corintios de jactarse de él (2 Cor. 5: 12) se refería a estar orgullosos de su ministerio centrado en Cristo, en contraste con el ministerio de sus oponentes.
Cristo es el ministro de la reconciliación por excelencia. Como tal, «nos dio el ministerio de la reconciliación» (2 Cor. 5: 18). La idea de la reconciliación aparece una y otra vez a lo largo de 2 Corintios 5: 16-21. Este es un concepto esencial para Pablo, y también debe serlo para nosotros.
Dios ha reconciliado a la humanidad consigo mismo por medio de la muerte expiatoria de su Hijo. Quienes se reconciliaron con Dios son una nueva creación (2 Cor. 5: 17). Ahora, se supone que deben transmitir esta «palabra de la reconciliación» proclamando el evangelio de Cristo (vers. 19). En este sentido, «somos embajadores en nombre de Cristo. Como si Dios rogase por medio de nosotros» (vers. 20).
Tanto individualmente como también como pueblo tenemos ante nosotros la más solemne obra. Debemos preparar diariamente el corazón y la mente de modo que podamos estar capacitados para alcanzar los propósitos de Dios para con nosotros. Los peligros de los últimos días se ciernen sobre nosotros, y ahora estamos determinando cuál será nuestro destino eterno. Individualmente debemos forjar caracteres que soporten el juicio, y ofrecer en la iglesia a la que asistimos, un ejemplo de fidelidad y consagración. El ministerio de la Palabra debe preparar a un pueblo para que se mantenga firme en los tiempos de tentación en que vivimos; y los miembros de la iglesia han de colaborar con la obra del ministerio, revelando en sus vidas los principios de la verdad, para que no se pronuncie ninguna palabra, ni se realice acción alguna que conduzca a falsos senderos o cree un estado de cosas que Dios no pueda aprobar.
Me han sido revelados los serios riesgos que enfrentaremos en estos últimos días. Nuestra única luz y guía en la que podemos confiar en este tiempo se halla en la Palabra de Dios. Debemos considerarla nuestra consejera, y seguir sus instrucciones fielmente, o descubriremos que nos gobiernan nuestros rasgos de carácter, y nuestra vida pondrá de manifiesto una obra egoísta que será un obstáculo y no una bendición para nuestros semejantes…
Los que son guías y maestros del pueblo deben instruir a los miembros de iglesia en cuanto a cómo trabajar en actividades misioneras, y luego ver cómo avanza la importante obra de proclamar este mensaje que debe despertar a toda ciudad que no ha recibido la advertencia, antes que venga la crisis cuando, por medio de las artimañas de los agentes satánicos, las puertas ahora abiertas al mensaje del tercer ángel sean cerradas…
Los justos juicios del Señor y su decisión final están descendiendo a la tierra. No revoloteen sobre las iglesias para repetir las mismas verdades al pueblo, mientras se abandonan las ciudades en la ignorancia y el pecado, sin que se realice obra en ellas. Pronto el camino será cerrado y estas poblaciones no tendrán ya acceso al mensaje evangélico para que puedan unirse en la realización de una obra definida y abnegada…
El mundo se está preparando para la obra final del mensaje del tercer ángel. La verdad se ha de manifestar ahora con un poder que no se ha conocido durante años. El mensaje de la verdad presente ha de proclamarse en todas partes.— Alza tus ojos, 17 de septiembre, p. 272
Un llamado a la santidad
En 2 Corintios 6: 3-10, Pablo sigue animando a los corintios a reconciliarse con Dios. Presenta allí una larga lista de dificultades y triunfos para mostrar lo que significa ser seguidor de Cristo y ministro de Dios. En resumen, enumera situaciones difíciles (2 Cor. 6: 4-5), virtudes de carácter (vers. 6), equipamiento para el ministerio (vers. 7) y vicisitudes del ministerio (vers. 8-10). Después de instruir a los miembros de Corinto para que se reconciliaran con Dios, Pablo los exhorta a vivir una vida santa separándose de la influencia dañina de los incrédulos y de la impureza (vers. 14-17).
Pablo enfatiza en este pasaje la importancia del afecto y el amor dentro de la iglesia (1 Cor. 6: 11-13). La evidencia de que las personas se han reconciliado con Dios es que buscan la reconciliación entre sí. De hecho, se convierten, por así decirlo, en agentes de reconciliación horizontal.
A continuación, encontramos un llamamiento a la santidad mediante siete exhortaciones, a saber: (1) «No se unan en yugo desigual con los incrédulos» (2 Cor. 6: 14); (2) «Salgan de en medio de ellos» (vers. 17); (3) «Apártense» (vers. 17); (4) «No toquen lo impuro» (vers. 17); (5) «Yo los recibiré»; (6) «Y seré su Padre»; (7) «Ustedes serán mis hijos e hijas» (vers. 16, 17, 18).
Nota que las cuatro promesas de 2 Corintios 6: 16 son la base de los tres imperativos de 2 Corintios 6: 17 (ver la expresión «por lo cual» al principio de 2 Cor. 6: 17). Esto demuestra que la santidad no es el resultado de los esfuerzos propios, sino la obra del Espíritu Santo en el corazón. Aunque la santidad proviene de Dios, los creyentes deben hacer su parte y rechazar la idolatría y toda práctica impura.
Cristo elevará y refinará la mente del hombre, purificándola de toda escoria a fin de que pueda apreciar el amor incomparable.
Por medio del arrepentimiento, la fe y las buenas obras, él puede perfeccionar un carácter justo, y reclamar, por los méritos de Cristo, los privilegios de los hijos de Dios. Los principios de la verdad divina, recibidos y atesorados en el corazón, nos elevarán a alturas de excelencia moral que no nos hubiera sido posible pensar que alcanzaríamos… "Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro".
La santidad de corazón y la pureza de vida eran los grandes temas de las enseñanzas de Cristo. En su Sermón del Monte, después de especificar lo que se debe hacer a fin de ser benditos, y lo que no se debe hacer, dice: "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto". La perfección, la santidad, nada menos que eso, les otorgará el éxito en la aplicación de los principios que les ha dado. Sin la santidad, el corazón humano es egoísta, pecaminoso y vicioso. La santidad hará que su poseedor sea fructífero y que abunde en buenas obras. Nunca se cansará del bien hacer, ni tratará de escalar posiciones en este mundo, sino que esperará ser elevado por la Majestad del cielo cuando exalte a sus santificados en su trono… La santidad de corazón producirá actos rectos.
Así como Dios es puro en su esfera, el hombre ha de ser puro en la suya. Y será puro si Cristo se forma en su interior, la esperanza de gloria; porque imitará la vida de Cristo y reflejará su carácter.
La dignidad principesca del carácter cristiano brillará como el sol y los rayos de luz del rostro de Cristo se reflejarán sobre aquellos que se han purificado a sí mismos como él es puro. La pureza del corazón conducirá a la pureza de vida.— Dios nos cuida, 2 de enero, p. 10
Nuestro corazón es malo y no lo podemos cambiar… La educación, la cultura, el ejercicio de la voluntad, el esfuerzo humano, todos tienen su propia esfera, pero para esto no tienen ningún poder. Pueden producir una corrección externa de la conducta, pero no pueden cambiar el corazón; no pueden purificar las fuentes de la vida. Debe haber un poder que obre en el interior, una vida nueva de lo alto, antes de que el hombre pueda convertirse del pecado a la santidad.
Nadie recibe la santidad como derecho de primogenitura o como obsequio de parte de algún otro ser humano. La santidad es el don de Dios por medio de Cristo. Los que reciben al Salvador llegan a ser hijos de Dios. Son sus hijos espirituales, nacidos de nuevo, renovados en justicia y verdadera santidad. Sus mentes son cambiadas. Con visión más clara contemplan las realidades eternas. Son adoptados en la familia de Dios, y llegan a adquirir su semejanza, transformados por su Espíritu de gloria en gloria. Después de albergar un amor supremo por sí mismos, llegan a albergar un amor supremo por Dios y por Cristo… Aceptar a Cristo como Salvador personal y seguir su ejemplo de abnegación, he aquí el secreto de la santidad.— La maravillosa gracia de Dios, 22 de abril, p. 120
Consuelo y alegría
¡Cuánto amor fluye de las palabras «están en nuestro corazón» (2 Cor. 7: 3; ver también 2 Cor. 6: 11)! En su profundo deseo de que su amor fuera correspondido, Pablo también dice: «Hágannos lugar en su corazón» (2 Cor. 7: 2). Aunque la expresión «en su corazón» no aparece en el texto en griego, numerosas versiones de la Biblia en español la añaden, lo cual es correcto porque el contexto lo respalda.
De hecho, los corintios abrieron sus corazones a Pablo y a sus compañeros de trabajo. Por eso el versículo 4 es un estallido de alegría. Las palabras de Pablo expresan cuán positivos eran sus sentimientos en ese momento: «Mucha confianza les tengo, mucha gloria de ustedes. Estoy lleno de consuelo, abundo en gozo en todas nuestras tribulaciones» (2 Cor. 7: 4). Pablo está lleno de consuelo y alegría. ¡Cuánto consuelo y alegría pueden traer nuestras iglesias a los corazones de sus ministros al comprometerse fielmente con Cristo!
En 2 Corintios 7: 5-16, Pablo expone más detalladamente el motivo de su consuelo y alegría. Estos dos conceptos dominan el pasaje. El verbo parámale («consolar») o el sustantivo paralasis («consuelo») aparecen juntos siete veces en 2 Corintios 7. Esta sección de la Carta termina como comenzó; es decir, con mucho consuelo de parte de Dios (2 Cor. 1: 3-7). El consuelo de Pablo en 2 Corintios 7 proviene del alivio que experimentó porque su severa carta produjo el efecto que él pretendía.
Aunque este alivio es el resultado del informe positivo de Tito, Dios es, en última instancia, el agente del consuelo que Pablo experimentó (2 Cor. 7: 6). Dios es, en efecto, el «Dios de todo consuelo. Él nos consuela en toda tribulación» (2 Cor. 1: 3-4).
Curiosamente, aunque Pablo está «lleno de consuelo», dice que abunda en gozo (2 Cor. 7: 4, 7, 13). Aunque su dolorosa carta había causado mucha tristeza, era una tristeza acorde con la voluntad de Dios, con la intención de que se produjera el arrepentimiento (vers. 9-11). Los corintios experimentaron profunda tristeza (vers. 11), pero esta fue un dolor que produjo «un arrepentimiento saludable» para salvación (vers. 10). ¿Qué podría traer más alegría al corazón de un auténtico ministro de Dios?
Anoche [1 de diciembre] pasé por una gran experiencia. Me pareció estar en una reunión en la que había numerosas personas; muchos eran creyentes y algunos, incrédulos. En cierto momento los presentes se dividieron en varios grupos pequeños. Yo sentía una carga especial y había dirigido mis comentarios a unos pocos que estaban siendo tentados por el enemigo. Albergaban ideas que no eran correctas, y que los conducirían a negar la verdad. El tiempo en el cual vivimos es un período de gran tentación, en el cual existe el peligro de dar oído a sugerencias y sentimientos erróneos procedentes de espíritus seductores, de vincularnos con ángeles malos, y de presentar tales ideas como la verdad presente. Se manifestaba un profundo interés en el escudriñamiento de las Escrituras. Sentí una necesidad especial de orar; el peligro en que se hallaban estas almas representaba un peso demasiado grande para mí. Derramé la carga de mi alma delante del Señor, intercediendo fervientemente para que Dios quebrantara el poder del enemigo y nos liberara, a fin de que las mentes de los amados que estaban siendo tentados fueran libradas y la verdad preciosa brillara en medio de las tinieblas morales. Presenté mi ruego al Señor para que viniera en ayuda de su pueblo y magnificara la verdad, a fin de que los desaprensivos no fueran engañados durante este período de gran peligro. Presenté delante del Señor nuestra gran necesidad: que fuera otorgada a su pueblo una ayuda especial, en armonía con la estabilidad de sus atributos [de Dios], para que obrara en nuestro favor y contestara nuestras oraciones para gloria de su propio nombre.
Me sentía como que me elevaba cada vez a mayores alturas. Intercedí ante Dios para que accediera a nuestras fervientes súplicas y permitiera que su verdad para este tiempo apareciera en toda su dignidad, su belleza y su gracia salvadora; que así como a menudo había dado a conocer su amor y su poder especiales, y había hecho que la verdad apareciera en toda su fuerza y autoridad, hiciera conocer otra vez su verdad clara y sagrada, sin mezcla de paja… Seguí intercediendo, y sentí que el Señor se había comprometido consigo mismo. Se produjo la victoria y desperté pregonando audiblemente, con gozo, que el Señor nos había manifestado su gracia, su verdad y su salvación. Por lo que comentaron los miembros de mi familia supe que mi oración había sido pronunciada en voz alta mientras dormía.
La preciosa bondad y el amor de Dios para conmigo me dieron consuelo, fortaleza y gozo. Sentí que se renovaban en mí la esperanza y el ánimo porque llegaría la liberación para las almas. La Palabra de Dios permanecerá eternamente y para siempre.— Alza tus ojos, 2 de diciembre, p. 348
Para estudiar y meditar
La semana pasada leímos el pasaje citado anteriormente en Los hechos de los apóstoles. Vale la pena releerlo. Esta vez, detente un poco más en las partes que se refieren a la severa carta de Pablo, sus sentimientos al escribirla y su alegría al recibir la buena noticia del sincero arrepentimiento de los destinatarios. Luego, reflexiona sobre lo que esto nos dice acerca de la autenticidad del ministerio de Pablo y las lecciones que podemos aplicar a nuestra obra para Cristo.
Una vez reconciliadas con Dios, las personas deben buscar la santidad. Al comentar 2 Corintios 7: 1, Elena G. de White explica lo que Pablo quiso decir con «perfeccionar la santidad en la reverencia a Dios» (2 Cor. 7: 1). Ella dice que Pablo procuraba ayudar a los nuevos conversos «a ser cristianos que tuvieran confianza propia y creciesen, a ser fuertes en la fe, ardientes en celo, y cabales en su consagración a Dios y a la tarea de hacer progresar su reino» (Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles, p. 151).
Debemos revelar al universo, al mundo caído y a los mundos no caídos, que hay perdón en Dios y que a través de su amor podemos reconciliarnos con él. El hombre se arrepiente, se compunge su corazón, cree en Cristo como su sacrificio expiatorio y se da cuenta de que Dios se ha reconciliado con él.— Elena G. de White, Special Testimonies on Education, p. 223
Como iglesia, hemos recibido una gran luz. El Señor nos ha confiado esta luz para el beneficio y la bendición del mundo. Se nos ha dado el ministerio de la reconciliación. Con el poder de lo alto, debemos suplicar a los hombres que se reconcilien con Dios.— Elena G. de White, Carta 32, 1903
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1Pablo se refiere a nosotros como «vasos de barro» que contienen el tesoro del evangelio (2 Cor. 4: 7). La condición humana es débil, frágil y llena de limitaciones. ¿Cómo puede este hecho mejorar, en lugar de socavar, la proclamación del evangelio?
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2¿Qué significa ser «una nueva creación» (2 Cor. 5: 17)? ¿Cómo afecta esto nuestra vida cotidiana? ¿Cómo te ha convertido Cristo en una nueva criatura?
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3En 2 Corintios 6: 4-5, Pablo enumera una larga lista de dificultades resultantes de su proclamación del evangelio. ¿Cómo respondió él a sus sufrimientos (ver 2 Cor. 6: 6-7)? ¿Cómo te ayuda esto a responder a los tuyos?
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4Pablo contrasta el dolor piadoso con el dolor mundano (2 Cor. 7: 10). ¿De qué manera puede relacionarse el dolor con el arrepentimiento? ¿Cómo describirías el dolor piadoso en contraste con el dolor mundano?
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