El ministerio de Pablo en Corinto
1 Corintios 1:1; Gálatas 1:1; Hechos 17:16-34; 1 Corintios 5:9-11; Hechos 18:4-10; 2 Corintios 2:4.
El ministerio de Pablo en Corinto
El gran misionero inglés William Carey solía decir que reparaba zapatos para pagar sus gastos, pero que su verdadera ocupación era ganar almas. Del mismo modo, Pablo fabricaba tiendas de campaña para ganarse la vida (Hech. 18:1-3), pero su verdadera ocupación era, por supuesto, ganar personas para Cristo.
Esta semana analizaremos el ministerio de Pablo en favor de la comunidad cristiana de Corinto. La iglesia, como veremos, estaba repleta de problemas, muchos de los cuales no eran muy diferentes de los que enfrentan nuestras iglesias hoy, casi dos mil años después. De hecho, cualquier persona que haya sido cristiana durante algún tiempo sabe por experiencia que no existe un grupo cristiano que no tenga algún problema.
Pablo se enfrenta a desafíos en Corinto, pero lo hace con el mensaje de la cruz (1 Cor. 2:2). La fidelidad a este mensaje es también la forma de afrontar hoy nuestros desafíos. Como veremos esta semana y a lo largo de este trimestre, el mensaje de 1 y 2 Corintios se aplica también a nosotros.
Aunque Pablo se sentó como diligente alumno a los pies de Gamaliel, también aprendió un oficio. Era un educado fabricante de tiendas. Era costumbre entre los judíos, tanto ricos como pobres, preparar a sus hijos e hijas en un empleo útil, de manera que si sobrevenían circunstancias adversas no necesitaban depender de los demás, sino que disponían de capacidad y preparación a fin de proveer lo necesario para la satisfacción de sus propias necesidades. Debían ser instruidos en algún ramo literario, pero también debían ser preparados para desempeñar un oficio. Se consideraba que esto era parte indispensable de su educación.
El testimonio de Pablo y Aquila nos revela que su ocupación consistía en hacer tiendas. Mientras predicaban el evangelio, Pablo y sus compañeros se dedicaban a su oficio de fabricantes de tiendas, y al hacerlo podían impartir un conocimiento más cabal de Cristo a sus oyentes. Trabajaban a fin de obtener dinero para ganarse la vida…
En Corinto [Pablo] vivió y trabajó con Aquila y Priscila y les dio instrucción más definida acerca de la verdad. El gran apóstol no estaba avergonzado de su trabajo ni le tenía miedo, y no trató el asunto como si de alguna manera rebajara su labor en el ministerio…
La costumbre de sostener a hombres y mujeres que permanecen ociosos mediante donativos o dinero proveniente de la iglesia, promueve hábitos pecaminosos y debiera ser evitada concienzudamente. Todo hombre, mujer y niño deberían ser educados para desempeñar tareas prácticas y útiles. Todos deberían aprender algún oficio. Este podría ser fabricar tiendas o cualquier otro trabajo; pero todos deberían ser educados para usar los miembros de su cuerpo con algún propósito, y Dios está dispuesto a aumentar la adaptabilidad de los que quieran desarrollar hábitos de trabajo.
Si un hombre goza de buena salud física y dispone de bienes, de manera que no necesita emplearse para ganarse la vida, debería trabajar para obtener medios que le permitan promover el progreso de la causa y la obra de Dios. No deben ser "perezosos" sino "fervientes en espíritu, sirviendo al Señor" (Romanos 12:11). Dios bendecirá a todos los que ejerzan influencia en este sentido sobre los demás.— Cada día con Dios, 13 de julio, p. 201
Durante su estada en Corinto tuvo Pablo tiempo para vislumbrar nuevos y más dilatados campos de servicio. Pensaba especialmente en su proyectado viaje a Roma. Una de sus más caras esperanzas y acariciados planes era ver firmemente establecida la fe cristiana en la gran capital del mundo conocido. Ya había una iglesia en Roma y el apóstol deseaba obtener la cooperación de sus miembros para la obra que debía hacerse en Italia y otros países. A fin de preparar el camino para sus labores entre aquellos hermanos, muchos de los cuales le eran todavía desconocidos, les escribió una carta anunciándoles su propósito de visitar a Roma y su esperanza de enarbolar el estandarte de la cruz en España.— Los hechos de los apóstoles, p. 299
Pablo, apóstol de Jesús llamado por Dios
Pablo comienza su carta a los corintios identificándose como apóstol de Jesús, llamado «por la voluntad de Dios» (1 Cor. 1:1; comparar con 2 Cor. 1:1). Su convicción acerca de quién es él en relación con Jesús es tan firme que, con pocas excepciones, así es como comienza todas sus cartas.
Pablo habla de su llamado y apostolado como el cumplimiento de la voluntad de Dios. Está convencido de que su llamado no proviene de los hombres, sino de Dios (Gál. 1:1). Al igual que Jeremías (Jer. 1:5), Pablo fue llamado por Dios desde el vientre de su madre como un acto de la gracia de Dios (Gál. 1:15), y sucedió para que proclamara el evangelio de Cristo entre los gentiles.
En 1 Corintios 15:8, Pablo se incluye entre aquellos a quienes Cristo se apareció después de la resurrección (1 Cor. 15:5-7). Unos versículos más adelante, da a entender que su vocación como apóstol fue el resultado de ese encuentro con Jesús (1 Cor. 15:9-11).
El título «apóstol de Jesucristo» abarca una serie de conceptos. En primer lugar, transmite la idea de alguien enviado por Jesús. Sin embargo, Pablo también utiliza esta expresión para identificarse a sí mismo como siervo de Cristo (Rom. 1:1; Gál. 1:10; Tito 1:1), así como predicador y maestro (1 Tim. 2:7; 2 Tim. 1:11). Cristo está siempre presente en su tarea como predicador y maestro. En resumen, Pablo es un apóstol de Jesús, quien es no solo el centro del apostolado de Pablo, sino de su vida. Los pensamientos y sentimientos del apóstol estaban llenos de la presencia de Jesús. Prueba de ello es que se refiere a él repetidamente en la introducción y en la sección de acción de gracias de 1 Corintios (nueve veces en nueve versículos). Pablo amaba tanto a Jesús que no podía dejar de pensar y hablar de él. Quería compartir a Jesús con aquellos que estaban bajo su cuidado para que la vida de ellos también estuviera centrada en Cristo. Mientras que él fue llamado a ser apóstol, ellos fueron llamados a ser fieles seguidores de Jesús en cualquier tarea a la que el Señor los llamara.
La solemne comisión dada a Pablo, en ocasión de su entrevista con Ananías, descansaba con creciente peso sobre su corazón. Cuando, en respuesta a la invitación: "Hermano Saulo, recibe la vista", Pablo miró por primera vez el rostro de este hombre devoto, Ananías, bajo la inspiración del Espíritu Santo, dijo: "El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de su boca. Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre". Hechos 22:13-16.
Estas palabras estaban en armonía con las de Jesús mismo, quien, cuando detuvo a Saulo en el viaje a Damasco, declaró: "Para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados". Hechos 26:16-18.
Al meditar en estas cosas, Pablo comprendió más y más el significado de su llamamiento para ser "apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios". Efesios 1:1. Este le había venido "no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre". Gálatas 1:1. La grandeza de la tarea lo condujo a estudiar profundamente las Sagradas Escrituras, a fin de predicar el evangelio "no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo" (1 Corintios 1:17), "sino con demostración del Espíritu y de poder", para que la fe de todos los que lo oyeran no estuviera fundada "en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios" 1 Corintios 2:4, 5.— Recibiréis poder, 27 de septiembre, p. 281
En la historia de aquellos que han obrado y sufrido por el nombre de Jesús, no hay ninguno que brille con un esplendor más puro y refulgente que el nombre de Pablo, el apóstol a los gentiles. El amor de Jesús, brillando en su corazón, lo hizo olvidarse de sí mismo y ser abnegado. Había visto al Cristo resucitado, y la imagen del Salvador se había impreso en su alma y brillaba en su vida. Con fe, valor y fortaleza, para no ser amedrentado por el peligro o retrasado por los obstáculos, anduvo de un país a otro difundiendo el conocimiento de la cruz.— Dios nos cuida, 20 de abril, p. 119
De Atenas a Corinto
Hechos 17:16-34 describe la predicación de Pablo a los atenienses antes de ir a Corinto. Al parecer, el apóstol no tenía previsto visitar Atenas en ese momento, pero fue allí con la ayuda de algunos amigos debido a la oposición que encontró en Berea (Hech. 17:13-15).
Quienes acompañaron a Pablo a Atenas regresaron a Berea con el pedido de que Timoteo y Silas se unieran a él lo antes posible (Hech. 17:15). El texto bíblico registra lo que Pablo hizo mientras los esperaba. Habló de Jesús en la sinagoga, en el mercado y en el Areópago. No podía dejar de hablar de Jesús y aprovechaba cada oportunidad para hacerlo.
Pablo fue a Corinto durante su segundo viaje misionero y permaneció allí un año y medio, según Lucas.
Como de costumbre, el apóstol comenzó su actividad misionera en la sinagoga (Hech. 18:4-6). Hechos 17:1 y 2 menciona que esa era su costumbre. Siguió la estrategia de «primero al judío» (Rom. 1:16; Hech. 13:46), tal como Jesús había ordenado a sus apóstoles (ver Hech. 1:8).
Cuando Silas y Timoteo se unieron finalmente a él en Corinto, Pablo «se dedicó enteramente a la predicación de la palabra, dando testimonio a los judíos de que Jesús era el Cristo» (Hech. 18:5). Durante su permanencia en Corinto, se dedicó a enseñar la Palabra de Dios (Hech. 18:11). Fue también en este contexto donde expresó su famosa decisión de que estaba resuelto a «no saber nada» entre los corintios «sino a Jesucristo, y a él crucificado» (1 Cor. 2:2).
Durante el primer siglo de la era cristiana, Corinto era una de las ciudades principales, no solo de Grecia, sino del mundo. Griegos, judíos, romanos y viajeros de todos los países, llenaban las calles, empeñados afanosamente en los negocios y los placeres. Era un gran centro comercial, situado a fácil acceso de todas partes del Imperio Romano, un lugar importante donde establecer monumentos para Dios y su verdad.
Entre los judíos que se habían establecido en Corinto, se contaban Aquila y Priscila, quienes más tarde se distinguieron como fervientes obreros de Cristo. Al reconocer el carácter de esas personas, Pablo "posó con ellos".
En el mismo comienzo de sus labores en este centro de tránsito, Pablo vio por doquiera serios obstáculos al progreso de su obra. La ciudad estaba casi completamente entregada a la idolatría. Venus era la deidad favorita; y con el culto de Venus se asociaban muchos ritos y ceremonias desmoralizadores. Los corintios habían llegado a destacarse, aun entre los paganos, por su grosera inmoralidad. Parecían pensar o preocuparse poco fuera de los placeres y alegrías frívolas de la hora.
Al predicar el evangelio en Corinto, el apóstol siguió un plan diferente que en Atenas. Mientras estuvo en ese lugar, trató de adaptar su estilo al carácter de su auditorio; trató de hacer frente a la lógica con la lógica, a la ciencia con la ciencia, a la filosofía con la filosofía. Al pensar en el tiempo así usado, y darse cuenta de que su enseñanza en Atenas había producido solo poco fruto, decidió seguir otro plan de acción en Corinto, en sus esfuerzos por cautivar la atención de los despreocupados e indiferentes. Resolvió evitar todas las discusiones y argumentos complicados, y no "saber algo" entre los corintios, "sino a Jesucristo, y a este crucificado". Iba a predicarles, no "con palabras persuasivas de humana sabiduría, mas con demostración del Espíritu y de poder". 1 Corintios 2:2, 4.— Los hechos de los apóstoles, pp. 198, 199
Había sido la costumbre de Pablo adoptar un estilo retórico en su predicación. Era un hombre preparado para hablar ante reyes, ante los hombres más grandes y doctos de Atenas y sus conocimientos intelectuales eran a menudo de valor al preparar el camino para el evangelio. Trató de hacer esto en Atenas, enfrentando la elocuencia con elocuencia, la filosofía con filosofía y la lógica con lógica, pero no encontró el éxito que esperaba. Su perspicacia lo llevó a comprender que necesitaba algo que estaba más allá de la sabiduría humana…
Debía recibir su poder de una fuente superior. A fin de convencer y convertir a los pecadores, el Espíritu de Dios debía intervenir en su obra y santificar todo proceso espiritual.
Para Pablo, la cruz era el único objeto de supremo interés. Desde que fuera contenido en su carrera de persecución contra los seguidores del crucificado Nazareno, no había cesado de gloriarse en la cruz… Sabía por experiencia personal que una vez que un pecador contempla el amor del Padre, como se lo ve en el sacrificio de su Hijo, y se entrega a la influencia divina, se produce un cambio de corazón, y Cristo es desde entonces todo en todo.
En ocasión de su conversión, Pablo se llenó de un vehemente deseo de ayudar a sus semejantes a contemplar a Jesús de Nazaret como el Hijo del Dios vivo, poderoso para transformar y salvar. Desde entonces dedicó enteramente su vida al esfuerzo de pintar el amor y el poder del Crucificado… Los esfuerzos del apóstol no se limitaban a la predicación pública; había muchos que no podrían ser alcanzados de esa manera… Visitaba a los enfermos y tristes, consolaba a los afligidos y animaba a los oprimidos. En todo lo que decía y hacía, magnificaba el nombre de Jesús…
Pablo comprendía que su suficiencia no estaba en él, sino en la presencia del Espíritu Santo, cuya misericordiosa influencia llenaba su corazón… El yo estaba escondido; Cristo era revelado y ensalzado.— Conflicto y valor, 1° de diciembre, p. 341
La ciudad de Corinto
Corinto era un importante centro del mundo antiguo, famoso por su próspero comercio. La ciudad fue destruida por Roma en el año 146 a. C. y reconstruida por Julio César como colonia romana en el año 44 a. C. Es esta Corinto romana la que aparece en el Nuevo Testamento. En la época de Pablo, Corinto era uno de los rivales de Atenas e incluso la había superado en varios aspectos. Corinto tenía dos puertos importantes que facilitaban el intercambio de mercancías y el desarrollo de su comercio.
De hecho, Pablo eligió Corinto por su importancia y su ventajosa ubicación geográfica. «Así se presentó una oportunidad para la difusión del evangelio. Una vez establecido en Corinto, se comunicaría fácilmente a todas las partes del mundo» (Elena G. de White, Sketches from the Life of Paul, p. 99).
Además, el floreciente comercio de Corinto facilitaría a Pablo su sustento mediante la fabricación y venta de tiendas de campaña mientras proclamaba el evangelio allí (Hech. 18:2-3). Obviamente, la labor misionera en una ciudad grande y rica no está exenta de desafíos. Corinto se caracterizaba por el pluralismo religioso (1 Cor. 8:5), evidente por sus numerosos santuarios construidos en homenaje a deidades como Apolo, Atenea y Afrodita entre otras, e incluso por el culto a dioses egipcios como Sérapis e Isis.
Además de esta confusión religiosa, Corinto también era conocida por su libertinaje sexual. Estrabón, geógrafo e historiador griego, menciona que había mil prostitutas sagradas dedicadas al culto de Afrodita en su templo de Corinto. Aunque muchos estudiosos ven esto con recelo y relacionan esta afirmación con la propaganda ateniense contra Corinto, la prostitución ritual era común en el mundo antiguo. La inmoralidad sexual era un problema en Corinto, como en otros lugares. La idolatría y la inmoralidad formaban parte de la vida cotidiana, y esta triste realidad explica gran parte del contenido de la primera y la segunda Carta a los corintios.
Pablo era fabricante de tiendas y se ganaba la vida trabajando en su oficio. Mientras trabajaba en eso hablaba del Evangelio con aquellos con los cuales tenía trato, y trajo a muchas almas del error a la verdad. No perdía oportunidad de hablar del Salvador o de ayudar a los que tenían problemas.
La historia del apóstol Pablo es un testimonio permanente de que el trabajo manual no puede ser degradante y de que no es incompatible con la verdadera grandeza y elevación del carácter humano o cristiano. Esas manos gastadas por el trabajo, creía él, no disminuían en nada la fuerza de sus exhortaciones patéticas, sensibles, inteligentes y elocuentes… Esas manos gastadas por el trabajo, presentadas ante la gente, daban testimonio de que no era una carga para nadie… A veces también mantenía a sus compañeros de trabajo, sufriendo él mismo hambre a fin de aliviar las necesidades de otros. Compartía sus ganancias con Lucas y ayudó a Timoteo a obtener el equipo necesario para su viaje.
Pablo dio un ejemplo contra el sentimiento, que estaba entonces adquiriendo influencia en la iglesia, de que el Evangelio podía ser predicado con éxito solamente por quienes quedaran enteramente libres de la necesidad de hacer trabajo físico. Ilustró de una manera práctica lo que pueden hacer los laicos consagrados en muchos lugares donde la gente no está enterada de las verdades del Evangelio. Su costumbre inspiró en muchos humildes trabajadores el deseo de hacer lo que podían para el adelanto de la causa de Dios, mientras se sostenían al mismo tiempo con sus labores cotidianas…
Mientras algunos con talentos especiales son escogidos para dedicar todas sus energías a la obra de enseñar y predicar el Evangelio, muchos otros, a quienes nunca fueron impuestas las manos humanas para su ordenación, son llamados a realizar una parte importante en la salvación de las almas… El abnegado siervo de Dios que trabaja incansablemente en palabra y doctrina, lleva en su corazón una pesada carga. Su salario no influye en su labor… Recibió del cielo su comisión, y del cielo espera su recompensa cuando haya terminado el trabajo que se le ha confiado.— Conflicto y valor, 2 de diciembre, p. 342
La Biblia revela la verdadera filosofía de la historia. En las palabras de belleza inmaculada y ternura que el apóstol Pablo dirigió a los filósofos de Atenas, se expone el propósito que tenía Dios al crear y distribuir las razas y naciones. Él "de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle". Hechos 17:26, 27. Dios declara que cualquiera que lo desee puede "entrar en los vínculos del pacto". Ezequiel 20:37. Al crear la tierra, su propósito era que fuese habitada por seres cuya existencia fuese una bendición para sí mismos y para los demás, y un honor para su Creador. Todos los que quieran pueden identificarse con este propósito. De los tales se dirá: "Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará". Isaías 43:21.— La educación, pp. 173, 174
«Tengo mucho pueblo en esta ciudad»
La labor de Pablo entre los judíos de Corinto no fue tan fructífera como él hubiera deseado. Tuvo que enfrentar cierta hostilidad y odio. La Biblia dice que «se opusieron y blasfemaron» (Hech. 18:6). Cuando el objeto del verbo griego blasfēmeō ("blasfemar") es un ser humano, significa «insultar» o «difamar». En otras palabras, pretendían manchar la reputación de Pablo e impedir que tuviera éxito en sus esfuerzos misioneros.
Afortunadamente, la labor de Pablo en la sinagoga de Corinto no fue en vano pues Dios estaba al mando de su misión. Él prometió: «Mi palabra que sale de mi boca [...] no volverá a mí vacía» (Isa. 55:11). Algunos judíos no esperaban que Crispo, el jefe de la sinagoga, y su familia aceptaran a Jesús como el Mesías y se bautizaran (Hech. 18:8). No solo ellos, sino que «muchos corintios, al oír, creyeron y fueron bautizados» (Hech. 18:8), probablemente también por la influencia de Crispo.
Cuando salió de la sinagoga, Pablo tuvo una experiencia que lo animó. Cristo mismo se le apareció por la noche en una visión, con palabras que recuerdan Isaías 41:10: «No temas, que yo estoy contigo». De hecho, Pablo admite que estaba en Corinto «con debilidad, y mucho temor y temblor» (1 Cor. 2:3). Tuvo que partir de Berea a Atenas debido a la firme oposición enfrentada. Parece que pensó que tendría que abandonar Corinto por la misma razón. Pero no sería así esta vez. Jesús le dijo: «Tengo mucho pueblo en esta ciudad» (Hech. 18:10). Y Pablo fue su instrumento para comunicarles la buena noticia de la salvación.
Los ángeles de Dios están preparados y esperando para acompañar a hombres humildes que, con sus Biblias en la mano, vayan a aquellos que no tienen la luz a fin de leerles un "así dice el Señor".
Se necesita a los que tienen el don del canto. La melodía de la alabanza es la atmósfera del cielo. A menudo, mediante las palabras de los himnos sagrados se han abierto los manantiales del arrepentimiento y la fe. El canto es uno de los medios más efectivos para impresionar la verdad espiritual sobre el corazón.
Salgan pequeños grupos de obreros como misioneros del Señor y hagan lo que Cristo ordenó a los primeros discípulos que hicieran. Vayan a los diferentes lugares de nuestras ciudades, de dos en dos, y den el mensaje de advertencia del Señor. Cuenten a la gente la historia de la creación, y cómo al finalizar su obra el Señor descansó en el día sábado y lo bendijo, colocándolo aparte como un monumento conmemorativo de su obra.
Los miembros de iglesia, tanto jóvenes como adultos, debieran ser educados para salir a proclamar este último mensaje al mundo. Si lo hacen con humildad, los ángeles de Dios irán con ellos, enseñándoles cómo elevar su voz en oración, cómo entonar himnos y cómo proclamar el mensaje angélico para este tiempo. No tenemos un solo momento que perder…
¿Quién aceptará la obra de enseñar la verdad bíblica a los ancianos y jóvenes? ¿Quién llevará el mensaje, siguiendo el plan de trabajo de Cristo?… Hay muchos en todas las ciudades que necesitan de los pastores evangélicos. Necesitamos hombres que lean la verdad, que practiquen la verdad y expliquen la verdad.
Mis hermanos, Cristo os llama. ¿Quién escuchará su voz? ¿Llegarán a ser sus mensajeros? ¿Buscarán las ovejas perdidas? ¿Estarán dispuestos a enseñar la Palabra con toda humildad y fervor a los que la escuchen?
Jóvenes y señoritas, acepten la obra para la cual Dios los llama. Cuenten la maravillosa historia de la cruz. Cristo los guiará y les enseñará a usar sus habilidades con buenos propósitos. En la medida en que reciban la influencia vivificante del Espíritu Santo, y busquen enseñar a otros, sus mentes serán refrescadas y estarán capacitados para presentar palabras que resultarán nuevas y extrañamente hermosas a sus oyentes. Oren, canten y hablen la Palabra…
Gozarán de libertad espiritual quienes se consagren sin reservas, y la gracia vivificante de Cristo proporcionará luz, paz y gozo. La influencia salvadora de la verdad santificará el alma del receptor.— Alza tus ojos, 18 de marzo, p. 91
LAS CARTAS DE PABLO A LOS CORINTIOS
Lee 1 Corintios 1:11-13; 4:14; 5:11; 7:1; 14:37, 40; 2 Corintios 1:12; 2:9; 11:3; 13:10. ¿Cómo nos ayudan estos pasajes a comprender por qué Pablo escribió cartas a los corintios?
Pablo estaba en Éfeso cuando escribió 1 Corintios (1 Cor. 16:5-9). La familia de Cloé acudió a él con el informe de que las cosas no estaban demasiado bien en Corinto (1 Cor. 1:11). En 1 Corintios 1-6, Pablo aborda los problemas planteados por Cloé; a saber: las facciones, la inmoralidad sexual, los pleitos y la prostitución. Pablo también recibió una carta con preguntas específicas (1 Cor. 7:1). Su respuesta se extiende desde el capítulo 7 en adelante. Las preguntas estaban relacionadas con el matrimonio, el divorcio, el celibato, los alimentos sacrificados a los ídolos, la conducta en el culto, el uso de los dones espirituales y una comprensión incorrecta de la resurrección. La iglesia de Corinto era muy problemática e inmadura. Quizá tu iglesia local tenga muchos problemas, pero la de Corinto probablemente era peor.
La primera Carta de Pablo a los corintios también es muy relevante para nuestra época. Después de todo, ¿no nos enfrentamos hoy, en cierta medida, a algunos de los mismos problemas en muchas de nuestras iglesias? Esta Carta tiene mucho que decirnos. Es «una de las más ricas, más instructivas y más poderosas de todas sus cartas» (Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles, p. 225).
Es posible que Pablo haya escrito tres o cuatro cartas a los corintios (comparar con 2 Cor. 10:9), una de ellas antes de 1 Corintios (ver 1 Cor. 5:9), pero no ha llegado hasta nosotros. Antes de 2 Corintios, escribió una carta a la que los eruditos se refieren como la «carta severa» (2 Cor. 2:3, 4, 9; 7:8), pero también se ha perdido. Algunos piensan que se refiere a 1 Corintios, o que se conserva en parte en 2 Corintios.
A partir de 2 Corintios, resulta evidente que los cristianos de Corinto estaban influidos por la cultura circundante. Valoraban la competencia, el poder y la riqueza, cosas que pueden también representar un desafío para nuestra iglesia hoy. Por el contrario, Pablo buscaba crear una cultura centrada en Cristo, una forma de ver el mundo a través del prisma del evangelio. ¡Cuán importante es que nosotros también veamos nuestro mundo actual a través del prisma del evangelio!
Lee nuevamente 2 Corintios 2:4. ¿Qué nos dice eso sobre lo mucho que Pablo se preocupaba por estas personas? En contraste, ¿cuán insensibles pueden ser nuestros corazones para con los demás?
En esta carta a los corintios, Pablo se esforzó por mostrarles el poder de Cristo para guardarlos del mal. Sabía que si cumplieran con las condiciones expuestas serían revestidos de la fuerza del Poderoso. Como medio para ayudarles a librarse de la esclavitud del pecado y perfeccionar la santidad con el temor del Señor, Pablo les presentó con vehemencia los requerimientos de Aquel a quien habían dedicado sus vidas cuando se convirtieron. "Sois de Cristo" (V.M.), declaró. "No sois vuestros... Comprados sois por precio: glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios".
El apóstol bosquejó francamente el resultado de volver de la vida de pureza y santidad a las prácticas corruptas del paganismo. "No erréis —escribió—, que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los robadores, heredarán el reino de Dios". Les suplicó que dominaran las bajas pasiones y apetitos. "¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo —les preguntó—, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios?"
Aunque Pablo poseía elevadas facultades intelectuales, su vida revelaba el poder de una sabiduría aun menos común, que le daba rapidez de discernimiento y simpatía de corazón, y le ponía en estrecha comunión con otros, capacitándolo para despertar su mejor naturaleza e inspirarlos a luchar por una vida más elevada. Su corazón estaba lleno de ardiente amor por los creyentes corintios. Anhelaba verlos revelar una piedad interior que los fortaleciera contra la tentación. Sabía que a cada paso del camino cristiano se les opondría la sinagoga de Satanás, y que tendrían que empeñarse diariamente en conflictos. Tendrían que guardarse contra el acercamiento furtivo del enemigo, rechazar los viejos hábitos e inclinaciones naturales, y velar siempre en oración. Pablo sabía que las más valiosas conquistas cristianas pueden obtenerse solamente mediante mucha oración y constante vigilancia, y trató de inculcar esto en sus mentes. Pero sabía también que en Cristo crucificado se les ofrecía un poder suficiente para convertir el alma y divinamente adaptado para permitirles resistir todas las tentaciones al mal. Con la fe en Dios como su armadura, y con su Palabra como su arma de guerra, serían provistos de un poder interior que los capacitaría para desviar los ataques del enemigo.
Los creyentes corintios necesitaban una experiencia más profunda en las cosas de Dios. No sabían plenamente lo que significaba contemplar su gloria y ser cambiados de carácter en carácter. No habían visto sino los primeros rayos de la aurora de esa gloria. El deseo de Pablo para con ellos era que pudieran ser henchidos con toda la plenitud de Dios, que prosiguieran conociendo a Aquel cuya salida se prepara como la mañana, y continuaran aprendiendo de él hasta que llegaran a la plenitud del mediodía de una perfecta fe evangélica.— Los hechos de los apóstoles, pp. 247, 248
Para estudiar y meditar
«Al predicar el evangelio en Corinto, el apóstol siguió un plan diferente que en Atenas. [...] decidió seguir otro plan de acción en Corinto, en sus esfuerzos por cautivar la atención de los despreocupados e indiferentes. Resolvió evitar todas las discusiones y argumentos complicados, y no "saber" entre los corintios, "sino a Jesucristo, y a este crucificado"».— Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles, p. 184
«Pablo tuvo cierto éxito, pero dudaba de la conveniencia de edificar una iglesia con el material que allí encontró. Consideraba Corinto un campo de trabajo muy cuestionable y decidió abandonarlo. [...]
»Mientras contemplaba la posibilidad de abandonar la ciudad en busca de un campo más prometedor, [...] el Señor se le apareció en una visión nocturna y le dijo: "No temas, sino habla, [...] porque tengo mucho pueblo en esta ciudad". Pablo entendió que se trataba de una orden para permanecer en Corinto y una garantía de que el Señor haría crecer la semilla sembrada. [...] Una gran iglesia se inscribió bajo la bandera de Jesucristo».— Elena G. de White, Sketches from the life of Paul, pp. 106-107
«Se registra que Pablo trabajó durante un año y seis meses en Corinto. Sin embargo, sus esfuerzos no se limitaron exclusivamente a esa ciudad. [...] Hizo de Corinto su cuartel general. [...] Así se levantaron varias iglesias. [...] La ausencia de Pablo de las iglesias a su cargo se suplió en parte con comunicaciones importantes y poderosas, que fueron recibidas generalmente como la palabra de Dios. [...] Estas epístolas se leían en las iglesias».— Elena G. de White, Sketches from the Life of Paul, p. 109
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1Pablo estaba convencido de que era un apóstol de Jesús y que ese llamado provenía de Dios. ¿Por qué es tan importante saber quiénes somos y cuál es nuestro llamado?
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2Por un momento, Pablo sintió ganas de abandonar su labor misionera en Corinto y marcharse de la ciudad. ¿Qué le hizo cambiar de opinión? ¿Cómo nos puede ayudar esto cuando sentimos ganas de abandonar un proyecto misionero? Sin embargo, ¿podría haber ocasiones en las que debamos hacerlo?
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3Los miembros de la iglesia de Corinto estaban muy influenciados por la cultura circundante. Esta es también una cruda realidad entre nosotros hoy en día. ¿Cómo podemos estar en el mundo (Juan 17:11, 15) y no dejarnos influir por «lo que hay en el mundo —los deseos de la carne, la codicia de los ojos y la soberbia de la vida—» (1 Juan 2:16)? ¿De qué otras maneras nuestra iglesia está siendo influenciada negativamente por la cultura circundante?
Mejoras en progreso
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