El mensaje de la cruz
1 Corintios 1:17-31; Colosenses 1:20; 1 Pedro 2:24; Hechos 13:16-47; 1 Corintios 2:1-5.
El mensaje de la cruz
Cicerón, un escritor y orador romano pagano, había dicho al pueblo romano que mantuvieran lejos de sus mentes la idea de la cruz como método de ejecución. Aunque Cicerón murió aproximadamente medio siglo antes de que naciera Jesús, su declaración ilustra el desprecio que los romanos sentían por la cruz. Era para ellos algo tan detestable que ni siquiera debían pensar en ello.
Por el contrario, Pablo escribiría: «El mensaje de la cruz [...] es poder de Dios» (1 Cor. 1: 18). Para Pablo, la cruz es el instrumento de reconciliación entre Dios y el hombre (Efe. 2: 16; Col. 1: 20), el símbolo supremo de la humildad de Jesús (Fil. 2: 8) y el lugar donde se saldó nuestra inmensa deuda (Col. 2: 14).
La cruz es la respuesta de Pablo a los problemas de Corinto. No hay que leer mucho en 1 Corintios para darse cuenta de que le preocupa mucho el importante tema de las divisiones en la iglesia. Pablo está tan perplejo que, justo después de los saludos (1 Cor. 1: 1-3) y la sección de acción de gracias (1 Cor. 1: 4-9), este es el primer tema que aborda (1 Cor. 1: 10-17). Esta semana nos centraremos en el poderoso mensaje de la cruz como respuesta a este problema y a otras cuestiones en Corinto.
Dios me ha dado un mensaje para sus hijos… Habéis sido comprados por precio, y todo lo que tenéis y lo que sois ha de ser usado para la gloria de Dios y para el bien de vuestros semejantes. Cristo murió en la cruz para salvar al mundo que perece en el pecado. Él pide vuestra cooperación en esta obra. Habéis de ser su mano ayudadora. Con esfuerzo fervoroso e incansable habéis de tratar de salvar a los perdidos.
El poder transformador de la gracia de Cristo moldea a quien se entrega al servicio de Dios… Ya no puede ser indiferente a las almas que perecen alrededor suyo. Se eleva por encima del autoservicio. Cristo lo ha transformado en una nueva criatura y el egoísmo no haya lugar en su vida. Comprende que cada aspecto de su existencia pertenece a Cristo, quien lo ha redimido de la esclavitud del pecado; que cada momento de su vida futura ha sido comprado con la preciosa sangre del unigénito de Dios.
¿Apreciáis tan profundamente el sacrificio hecho en el Calvario que estáis dispuestos a subordinar todo otro interés a la obra de salvar almas? El mismo intenso anhelo de salvar a los pecadores que señaló la vida del Salvador se nota en la vida de su verdadero discípulo. El cristiano no desea vivir para sí. Se deleita en consagrar al servicio del Maestro todo lo que posee y es. Le impulsa el deseo inefable de ganar almas para Cristo.
¿Cómo puedo glorificar mejor a Aquel a quien pertenezco por creación y redención? Esta es la pregunta que deberíamos hacernos. La persona verdaderamente convertida tratará de rescatar con ansiosa solicitud a los que se hallan todavía bajo el poder de Satanás…
Ya nos queda muy poco tiempo para prepararnos para la eternidad… La gente necesita la verdad, y esta les ha de ser comunicada mediante esfuerzos fervientes y fieles. Hay que buscar a las almas, orar por ellas y trabajar en su favor.
Sobre nosotros descansa la pesada responsabilidad de amonestar al mundo acerca de su destrucción inminente… Dios pide a su iglesia que se levante y que se vista de poder. Deben ganarse las coronas inmortales, el reino de los cielos se debe conquistar; y ha de iluminarse un mundo que perece en la ignorancia.— Maranata: el Señor viene, 2 de abril, p. 103
Diga a la gente: "Conozcan la doctrina por ustedes mismos". No pronuncien sus labios ni una sentencia de duda. No se presente ante la gente con sonido incierto. Conozca qué es la verdad y proclámela. La enseñanza de Cristo siempre fue de naturaleza positiva. Nunca, nunca exprese sentimientos de duda. Comunique con voz certera un mensaje afirmativo. Eleve al Hombre del Calvario, alto, cada vez más alto. Hay poder en la exaltación de la cruz de Cristo.
La divinidad de Cristo debe ser constantemente sustentada. Cuando el Salvador preguntó a sus discípulos: "¿Y vosotros, quién decís que soy yo?" Respondiendo Simón Pedro, dijo: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente". Mateo 16:15, 16. Dijo Cristo "sobre esta roca", no sobre Pedro, sino sobre el Hijo de Dios, "edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella". Vers. 18.
Grande es el misterio de la piedad. Hay misterios en la vida de Cristo que deben ser creídos aun cuando no puedan ser explicados.— Alza tus ojos, 13 de febrero, p. 56
El evangelio de la cruz
Pablo dice que el mensaje de la cruz es poder de Dios para nosotros. No es de extrañar que «Jesucristo, y [...] él crucificado» fuera el centro de su predicación (1 Cor. 2: 2).
En 1 Corintios 1: 18-31, Pablo aborda el contraste entre la necedad humana y la sabiduría divina. La cruz tiene el poder de mostrar lo peor del hombre y lo mejor de Dios. Esta sección de 1 Corintios es introducida con la declaración de 1 Corintios 1: 17. Dado que la cruz de Cristo no debe ser despojada de su poder (1 Cor. 1: 17), el mensaje de la cruz debe ocupar el lugar central de nuestra predicación (ver también 1 Cor. 2: 2).
Pablo dice que fue enviado no para bautizar, sino para predicar el evangelio de la cruz. Esta afirmación requiere dos observaciones importantes. En primer lugar, el verbo griego traducido como «enviar» es apostellō, que proviene de la misma raíz que la palabra apóstol. Por lo tanto, la tarea apostólica fundamental de Pablo era la proclamación del evangelio. Segundo, las palabras de Pablo acerca del bautismo no significaban que este no fuera importante o menos importante que la predicación, sino que eran la respuesta a los que daban mucha importancia a quienes oficiaban el bautismo en detrimento de Jesús, en quien habían sido bautizados.
La expresión «sabiduría de palabras» (1 Cor. 1: 17) no significa que Pablo considerara los discursos elocuentes como malos en sí mismos, sino que la sabiduría humana no debe oscurecer el mensaje de la cruz. Estas palabras se refieren a la retórica grecorromana. En Atenas, Pablo utilizó la lógica, la ciencia y la filosofía, pero esto dio pocos frutos. Por lo tanto, «resolvió evitar todas las discusiones y argumentos complicados, y no "saber" entre los corintios, "sino a Jesucristo, y a este crucificado"» (Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles, p. 184).
La cruz del Calvario desafía a todo terreno e infernal, y por fin acabará con cada uno de ellos. La cruz es el centro de atracción; porque en ella Cristo entregó su vida por la raza humana. Este sacrificio fue ofrecido con el propósito de restaurar al hombre a su perfección original; sí, y más aún: fue ofrecido para concederle una completa transformación del carácter, y hacerlo más que vencedor. Los que por intermedio de la fuerza de Cristo vencen a un gran enemigo de Dios y el hombre, en las cortes celestiales ocuparán una posición superior a la de los ángeles que nunca han caído.
Cristo declaró: "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo". Juan 12:32. Si la cruz no encuentra una influencia en su favor, crea una influencia. De generación en generación la verdad para este tiempo es revelada como la verdad presente. Cristo en la cruz fue el instrumento mediante el cual se unieron la misericordia y la verdad, y la justicia y la paz se besaron. Este es el medio por el cual se moverá el mundo.
En el plan de Dios todas las riquezas del cielo están a la disposición de los seres humanos. En el tesoro de los recursos divinos no hay nada que se considere demasiado costoso como para no poder acompañar al gran don del Unigénito Hijo de Dios… Cristo recibió poder para alentar en la humanidad caída el hálito de la vida. Los que lo reciban, nunca tendrán hambre ni padecerán de sed; porque no puede haber mayor gozo que el que se encuentra en Cristo. Estudien las palabras pronunciadas por el Salvador desde el monte de las bendiciones. Cómo fulguraba la naturaleza divina a través de su humanidad mientras sus labios pronunciaban las bendiciones sobre los hombres y mujeres que eran objeto de su misericordia y amor. Los bendijo con tal plenitud que hizo evidente el hecho de que estaba sacando del almacén inagotable de los tesoros más ricos. Los tesoros de la eternidad se hallaban a su disposición. El Padre le había confiado a él las riquezas del cielo, y la repartición que les hizo de ellas no tuvo límites… A aquellos que lo acepten como su Salvador, su Redentor, el Príncipe de la vida, él lo reconoce ante los huestes celestiales, ante los mundos no caídos y ante el mundo caído, como su especial tesoro.
¿Qué es el cristianismo? Es el instrumento divino para la conversión de los pecadores. Jesús pedirá cuentas de cada persona que no se somete a su dirección, que no demuestra en vida la influencia de la cruz del Calvario. Cristo debería ser exaltado por todos los que lo redimió al padecer en la cruz una muerte de vergüenza. Los que han experimentado el poder de la gracia de Cristo tienen una historia que contar. El Señor trata de implementar métodos de trabajo que producirán la difusión del evangelio de Cristo. El ser humano, al recibir la eficacia de la gran fuente de sabiduría, llega a ser el instrumento, el agente de servicio mediante el cual el evangelio ejerce su poder transformador sobre la mente y el corazón.— Lift Him Up, p. 230; parcialmente en Exaltad a Jesús, 4 de agosto, p. 224
Necedad para los que perecen
Al contrastar la necedad humana con la sabiduría divina, Pablo afirma que «la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden» (1 Cor. 1: 18, LBLA). Esta es la primera de seis referencias a la necedad o lo necio en 1 Corintios 1: 18-31.
La palabra griega referida a la necedad en 1 Corintios 1: 18 es mōria, la cual aparece solo cinco veces en el Nuevo Testamento, todas ellas en 1 Corintios (1 Cor. 1: 18, 21, 23; 2: 14; 3: 19). Esta y otras palabras de la misma familia aparecen numerosas veces en el Nuevo Testamento, la mitad de ellas en las epístolas paulinas, sobre todo en 1 Corintios.
La necedad de la que habla Pablo en 1 Corintios 1: 18, 23 no está tan relacionada con las limitaciones intelectuales como con el comportamiento y el pensamiento inmorales, con la falta de discernimiento e incluso con la rebelión contra Dios. Esto explica por qué Pablo habló tanto de este tema en 1 Corintios.
Pensemos en la situación de Pablo en esta ciudad. Llegó a un lugar que se enorgullecía de su supuesto conocimiento, sabiduría y sofisticación cultural. En ese contexto, habló de un judío galileo, Jesús de Nazaret, quien había resucitado tras ser crucificado por los romanos, todo ello para hacer expiación por los pecados del mundo. ¿Estaba este hombre hablando en serio? ¿A quién quería engañar? Tampoco se trataba de un nuevo concepto filosófico profundo que pudiera ser analizado con herramientas racionales. Parecía, pues, una locura, un disparate, algo que ningún corintio inteligente y culto podía tomar en serio. Además, por muy absurdo que pareciera a los paganos, el mensaje de Pablo acerca de la cruz era algo mucho peor para numerosos judíos. ¿Qué judío esperaba que un Mesías fuera ejecutado por Roma? Se suponía que el Mesías debía derrocar a los romanos, no ser crucificado por ellos.
Por lo tanto, Pablo enfrentó desde el principio muchos obstáculos en Corinto. Sin embargo, y a pesar de ello, el evangelio fue aceptado allí por algunos judíos y gentiles.
¿Cuál es el mensaje aquí?
Sea cual fuere la oposición a la que nos enfrentemos, Dios tiene personas dispuestas a aceptar la verdad. Debemos, pues, estar preparados para ser utilizados por él para llegar a estas personas dondequiera que estén, incluso en lugares tan malos o incluso peores que Corinto.
Las palabras del apóstol y la descripción de su actitud y del ambiente que lo rodeaba, como las traza la pluma inspirada, habían de transmitirse a todas las generaciones venideras como testimonio de su firme confianza en la soledad y adversidad, así como de la victoria ganada en favor del cristianismo en el mismo corazón del paganismo.
Las palabras de Pablo contienen un tesoro de conocimiento para la iglesia.
Estaba en una posición desde donde hubiera podido fácilmente decir algo que irritara a sus orgullosos oyentes y los metiera en dificultad. Si su discurso hubiera sido un ataque directo contra sus dioses y los grandes hombres de la ciudad, hubiera estado expuesto a sufrir la suerte de Sócrates. Pero con un tacto nacido del amor divino, apartó cuidadosamente sus mentes de las deidades paganas, y les reveló a Dios verdadero, que era desconocido para ellos.
Hoy día las verdades de las Escrituras deben presentarse a los grandes hombres del mundo, a fin de que puedan escoger entre obedecer la ley de Dios y servir al príncipe del mal. Dios les presenta la verdad eterna, la verdad que les hará sabios para la salvación; pero no los obliga a aceptarla. Si se apartan de ella, la abandona a sus propios medios, para que se llenen con los frutos de sus propias obras.
«Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; mas los que se salvan, es a saber, a nosotros, es potencia de Dios. Porque está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé la inteligencia de los entendidos». «Antes lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es». 1 Corintios 1:18, 19, 27, 28. Muchos de los mayores eruditos y estadistas, los más eminentes hombres del mundo, se apartarán en estos últimos días de la luz, porque el mundo con toda su sabiduría no conoce a Dios. No obstante, los siervos de Dios han de aprovechar toda oportunidad para comunicar la verdad a estos hombres. Algunos reconocerán su ignorancia de las cosas divinas y ocuparán un lugar como humildes aprendices a los pies de Jesús, el gran Maestro.
En todo esfuerzo por alcanzar a las clases altas, el obrero de Dios necesita fe firme. Las apariencias pueden ser desalentadoras; pero en la hora más oscura se recibe la luz de lo alto. La fuerza de los que aman y sirven a Dios se renovará día tras día. El entendimiento del Infinito se coloca a su servicio, de modo que sus propósitos no yerren.
Mantengan firme estos obreros el principio de su confianza hasta el fin, recordando que la luz de la verdad de Dios ha de brillar en medio de las tinieblas que envuelven nuestro mundo. No debe haber desaliento en relación con el servicio de Dios. La fe de los obreros consagrados ha de soportar todas las pruebas que tenga que hacer frente. Dios quiere conceder a sus siervos toda la fuerza que necesitan, y darles la sabiduría que sus variadas necesidades demanden. Él hará más que cumplir las más altas expectativas de los que confían en él.— Los hechos de los apóstoles, pp. 195-197
Poder para quienes están siendo salvados
El sentido de 1 Corintios 1: 18 es demasiado claro como para no percibirlo; a saber, que el mensaje de la cruz depende de cómo se mire. Es una locura para quienes se rebelan contra Dios, pero es poder para quienes anhelan su salvación.
Como hemos visto, al predicar el evangelio, es necesario evitar «sabiduría de palabras, para no anular la eficacia de la cruz de Cristo» (1 Cor. 1: 17). A la luz de este texto, resulta más sencillo comprender por qué lo contrario de la necedad es el poder de Dios, y no la sabiduría humana (1 Cor. 1: 18). La cruz, que es tan contraria a la sabiduría humana, revela cuán necia es realmente la sabiduría humana.
El texto griego de 1 Corintios 1: 18 sugiere que «los que se pierden» están simplemente cosechando las consecuencias de sus acciones y puede, pues, ser parafraseado de la siguiente manera: «Porque el mensaje de la cruz es una locura para los que se destruyen a sí mismos». El verbo griego apollymi ('perecer') significa también «destruir» (Juan 10: 10). De hecho, apollymi es así traducido en 1 Corintios 1: 19.
Pablo proporciona una base bíblica para su afirmación acerca de la perdición de estas personas citando en el versículo 19 las palabras de Dios en Isaías 29: 14, según las cuales el Señor mismo es quien está detrás de la destrucción, lo que parece contradecir el orgullo autodestructivo mencionado justo antes. Sin embargo, no hay contradicción. La idea es que Dios destruirá lo que ya se está destruyendo a sí mismo desde el principio.
En contraste con los que se están destruyendo a sí mismos, la expresión «los que están siendo salvados» (traducción literal de 1 Cor. 1: 18) indica que la salvación solo proviene de Dios. Pablo está diciendo que estamos siendo salvados; es decir, no nos estamos salvando a nosotros mismos. Por supuesto, no podemos hacerlo. Nuestra salvación tiene una fuente externa. Mientras que la destrucción es autoinfligida, la salvación solo puede ser concedida como un regalo de gracia a los pecadores. Como queda claro en 1 Corintios 1: 21, Dios es quien salva a quienes creen. En este sentido, la necedad es el acto de rechazar lo que Dios ha ofrecido a la humanidad a través de la cruz de Cristo (1 Cor. 1: 30), y provocar así la propia destrucción.
La verdad, tal como es en Jesús, es la que ha de ser presentada delante de las mentes humanas después de que se les ha atendido bondadosamente y se ha suplido sus necesidades físicas. El Espíritu Santo está actuando y cooperando con los agentes humanos que están trabajando por tales personas y algunas apreciarán el fundamento [puesto] sobre una roca para su fe religiosa. No han de presentarse doctrinas que resulten chocantes a estos individuos a quienes Dios ama y compadece; pero cuando son ayudados físicamente por quienes realizan la obra médico-misionera, el Espíritu Santo coopera con la labor de los agentes humanos para despertar las facultades morales. Los poderes de la mente se despiertan a la actividad, y esas pobres vidas, muchas de ellas, serán salvas en el reino de Dios.
No hay, ni habrá jamás, nada comparable a la obra del buen samaritano para dar carácter a la misión de presentar la verdad que ayude a la gente, llegando hasta donde esté. Un trabajo adecuadamente conducido por los pobres pecadores que han sido pasados por alto por las iglesias, será una cuña metida por donde la verdad establecerá su morada. Un diferente orden de cosas necesita establecerse entre nosotros como pueblo, y si esta clase de obra se realiza, entonces se creará una atmósfera enteramente diferente alrededor de los obreros, porque el Espíritu Santo se comunicará a todos los que están haciendo el servicio de Dios, y aquellos que están obrando con el Espíritu Santo serán un poder de Dios para levantar, fortalecer y salvar a las personas que están próximas a perecer.— Recibiréis poder, 27 de mayo, p. 158
La fe en Cristo y la recepción de su gracia transformadora no es una cuestión de conjeturas, sino una obra que hace que las virtudes de Cristo se reflejen en la mente y el carácter. Cuando haya ganado esta experiencia podrá decir: "He probado y visto que el Señor es bueno. Mi porción eternamente". El poder de la cruz activará dentro de usted los misteriosos manantiales de la esperanza y el temor, la adoración y el amor. Los ángeles están a la expectativa, y darán testimonio acerca del hecho de que el mundo no los posee. El Señor Jesús los ha visto sentados a sus pies, para aprender de él, el Camino, la Verdad y la Vida. De aquí en adelante, al someter su voluntad a la de Cristo, entrarán en una región donde la cruz es el objeto central. El mundo se desvanece de su vista. La gloria que resplandece desde el vestíbulo del cielo es la influencia más atractiva. Las riquezas de la gracia de Cristo lo inducen a obedecer voluntariamente. Ahora experimenta la gran alegría de impartir a otros ese don que ha recibido.— Exaltad a Jesús, 26 de agosto, p. 246
Un Mesías crucificado
Pablo escribió que «los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría» (1 Cor. 1: 22). La cruz, la idea de que Dios, el Mesías, fuera crucificado, no era una señal que los judíos esperaran. Tampoco era el tipo de sabiduría que los griegos deseaban. Iba en contra de las expectativas de todos.
De hecho, basta con leer cómo reaccionaron los discípulos ante la idea de que Jesús fuera crucificado (ver Mar. 8: 31-32; 9: 30-32; 10: 32-34) para empezar a comprender cuán extraña y repulsiva era esa idea, especialmente para los judíos. Como se dijo anteriormente, estos esperaban que el Mesías conquistara a los romanos; eso no fue lo que ocurrió, al menos no en el sentido militar de «conquistar».
Durante siglos, la cruz ha sido para los cristianos un símbolo de fe. A los cristianos del siglo XXI les cuesta entender cuán descabellada era la idea de un Dios crucificado para la mentalidad del siglo I.
Sin embargo, es precisamente porque se trataba de un mensaje tan impactante por lo que merece nuestras más profundas reflexiones. La imagen de un Mesías crucificado deja totalmente claro a todo el universo hasta dónde estaba dispuesto a llegar Dios para completar el plan de redención. La idea de la cruz, y de la muerte del Señor en ella, es en sí misma sorprendente para nosotros, los pecadores aquí en la tierra. ¡Imagina, sin embargo, lo que debió significar para los seres sin pecado que conocían y adoraban al Señor Jesús en el cielo!
Pablo dice que Cristo lo envió a predicar el evangelio. Por eso proclamaba el mensaje de un Mesías crucificado (1 Cor. 1: 23). Él retoma estas ideas en 1 Corintios 2: 1-5. El apóstol fue fiel a la misión que Cristo le encomendó. Al proclamar el evangelio, no empleó «excelencia de palabra o de sabiduría» (1 Cor. 2: 1), sino que se centró únicamente en «Jesucristo, y él crucificado» (1 Cor. 2: 2). Su discurso y su mensaje no consistieron en «palabras persuasivas de humana sabiduría, sino [en] demostración del Espíritu y de poder» (1 Cor. 2: 4), porque, de hecho, «la sabiduría de los hombres» contrasta visiblemente con «el poder de Dios» (1 Cor. 2: 5).
Temerosos y casi cegados por la intensidad de la luz, los compañeros de Saulo oían la voz, pero no veían a nadie. Sin embargo, Saulo comprendió que se le decía, y se le reveló claramente que quien hablaba era el Hijo de Dios. En el glorioso Ser que estaba ante él, reconoció al Crucificado. La imagen del Salvador quedó para siempre grabada en el alma del humillado judío. Las palabras oídas conmovieron su corazón con irresistible fuerza. Su mente se iluminó con un torrente de luz que esclareció la ignorancia y el error de su pasada vida, y le demostró la necesidad que tenía de la iluminación del Espíritu Santo.
Saulo vio ahora que al perseguir a los seguidores de Jesús, había en realidad hecho la obra de Satanás. Vio que sus convicciones de lo recto y de su propio deber se habían basado mayormente en su implícita confianza en los sacerdotes y los magistrados. Los había creído cuando dijeron que el relato de la resurrección era una ingeniosa creación de los discípulos. Cuando Jesús mismo se reveló, Saulo se convenció de la veracidad de las aseveraciones de los discípulos.
En aquel momento de celestial iluminación, la mente de Saulo actuó con notable rapidez. Las profecías de la Sagrada Escritura se abrieron a su comprensión. Vio que el rechazo de Jesús por los judíos, su crucifixión, resurrección y ascensión habían sido predichos por los profetas y le demostraron que era el Mesías prometido. El discurso de Esteban en ocasión de su martirio le vino vívidamente a la memoria, y Saulo comprendió que el mártir había contemplado en verdad la "gloria de Dios" cuando dijo: "He aquí veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios". Hechos 7:55, 56. Los sacerdotes habían declarado blasfemas esas palabras, pero ahora Saulo sabía que eran verdad.
¡Qué revelación fue esto para el perseguidor! Ahora Saulo sabía con toda seguridad que el prometido Mesías había venido a la tierra en la persona de Jesús de Nazaret, y que aquellos a quienes había venido a salvar le habían rechazado y crucificado. También sabía que el Salvador había resucitado triunfante de la tumba y ascendido a los cielos. En aquel momento de divina revelación, recordó Saulo, aterrorizado, que con su consentimiento había sido sacrificado Esteban por dar testimonio del Salvador crucificado y resucitado, y que después fue instrumento para que muchos otros dignos discípulos de Jesús encontraran la muerte con cruel persecución.
El Salvador había hablado a Saulo mediante Esteban, cuyo claro razonamiento no podía ser refutado. El erudito judío vio el rostro del mártir reflejando la luz de la gloria de Cristo, de modo que parecía "como el rostro de un ángel". Hechos 6:15. Presenció la longanimidad de Esteban para con sus enemigos y el perdón que les concedió. Presenció también la fortaleza y la alegre resignación de muchos a quienes había hecho atormentar y afligir. Hasta vio a algunos entregar la vida con regocijo por causa de su fe.
Todas estas cosas impresionaron mucho a Saulo, y a veces casi abrumaban su mente con la convicción de que Jesús era el Mesías prometido. En esas ocasiones luchó noches enteras con esta convicción, y siempre terminó por creer que Jesús no era el Mesías y que sus seguidores eran ilusos fanáticos.
Ahora Cristo le hablaba con su propia voz, diciendo: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Y a la pregunta: "¿Quién eres, Señor?" fue contestada por la misma voz: "Yo soy Jesús a quien tú persigues". Cristo se identifica aquí con su pueblo. Al perseguir a los seguidores de Jesús, Saulo había atacado directamente al Señor del cielo. Al acusarlos y al testificar falsamente contra ellos, lo hacía también contra el Salvador del mundo.
No dudó Saulo de que quien le hablaba era Jesús de Nazaret, el Mesías por tanto tiempo esperado, la Consolación y el Redentor de Israel.— Los hechos de los apóstoles, pp. 94-96
Cristo, poder y sabiduría de Dios
En 1 Corintios 1: 19, 20, 30 y 31, Pablo habla de cómo la sabiduría de Dios y la sabiduría humana son increíblemente diferentes y, por lo tanto, mutuamente excluyentes. Nota que Pablo no rechaza la sabiduría como tal, sino el tipo de sabiduría humana que trata de competir con Dios. La sabiduría humana es incapaz de liberar del pecado a los seres humanos. Solo Cristo, la sabiduría de Dios, puede realizar esta obra. Observa la tabla que aparece a continuación.
| Referencia | Declaración |
|---|---|
| Pero para los que se salvan (literalmente: «quienes están siendo salvados») | [el mensaje de la cruz] es poder de Dios — 1 Corintios 1: 18 |
| Pero para los llamados | Cristo es el poder de Dios — 1 Corintios 1: 24 |
Tanto 1 Corintios 1: 18 como 1 Corintios 1: 24 muestran que Cristo es el poder de Dios en el sentido de que él tiene el poder de salvar a las personas de sus pecados. De hecho, «agradó a Dios salvar a los que creen mediante la necedad de la predicación» (1 Cor. 1: 21). Las expresiones «para los que se salvan» (1 Cor. 1: 18), «los que creen» (1 Cor. 1: 21) y «los llamados» (1 Cor. 1: 24) se refieren al mismo grupo; es decir, a las personas que viven la experiencia de la salvación por medio de la fe. «El evangelio [...] es poder de Dios para salvación a todo el que cree» (Rom. 1: 16).
Cristo no solo es el poder, sino también la sabiduría de Dios. Esto significa que, a través de él, Dios enfrentó y resolvió el problema del pecado, un problema que la sabiduría humana era incapaz de resolver. La sabiduría de este mundo es incapaz de hacer que las personas conozcan a Dios (1 Cor. 1: 21). Por el contrario, a través de Cristo nos hacemos sabios para la salvación (2 Tim. 3: 15).
Al leer 1 Corintios 1: 24-29, es necesario detenerse en los términos «insensato» y «débil». La sabiduría humana puede considerar que el mensaje de la cruz es necedad y debilidad. Sin embargo, «lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor. 1: 25). Esto no significa que Dios sea débil o necio, sino que es simplemente una expresión que muestra cómo el poder y la sabiduría de Dios superan con creces todo lo humano.
Los discípulos cumplieron la comisión que Cristo les dio. A medida que esos mensajeros de la cruz salían a proclamar el evangelio, se manifestaba tal revelación de la gloria de Dios como nunca antes habían visto los mortales. Por medio de la cooperación del Espíritu divino, los apóstoles realizaron una obra que conmovió al mundo. El evangelio fue llevado a toda nación en una sola generación.
Gloriosos fueron los resultados que acompañaron al ministerio de los apóstoles escogidos por Cristo. Al principio, algunos de ellos eran hombres sin letras, pero su consagración a la causa de su Maestro y su instrucción consiguieron una preparación para la gran obra que les fue encomendada. La gracia y la verdad reinaban en sus corazones, inspiraban sus motivos y dirigían sus acciones. Sus vidas estaban escondidas con Cristo en Dios, el yo se perdía de vista, sumergidos en las profundidades del amor infinito… Jesucristo, sabiduría y poder de Dios, era el tema de todo discurso… A medida que proclamaban un Salvador todopoderoso, resucitado, sus palabras conmovían los corazones y hombres y mujeres eran ganados para el evangelio. Multitudes que habían vilipendiado el nombre del Salvador y despreciado su poder, ahora se confesaban discípulos del Crucificado.
Los apóstoles no cumplían su misión por su propio poder, sino con el del Dios viviente… El sentido de la responsabilidad que descansaba sobre ellos purificaba y enriquecía sus vidas; y la gracia del cielo se revelaba en las conquistas que lograron con Cristo. Con el poder de la omnipotencia, Dios obraba por intermedio de ellos para hacer triunfar el evangelio.
Así como Cristo envió a sus discípulos, envía hoy a los miembros de su iglesia. El mismo poder que los apóstoles tuvieron es para ellos. Si desean hacer de Dios su fuerza, él obrará con ellos, y no trabajarán en vano. Comprendan que la obra en la cual están empeñados es una sobre la cual el Señor ha puesto su sello… Nos envía a seguir anunciando las palabras que nos ha dado, sintiendo su toque santo sobre nuestros labios.— La maravillosa gracia de Dios, 24 de septiembre, p. 275
Necesitamos aferrarnos al poder de Cristo y no soltarlo hasta verificar que el poder de su gracia transformadora se manifiesta en nosotros. Debemos tener fe en Cristo si queremos reflejar el carácter divino.
Cristo revistió de humanidad su divinidad, y vivió una vida de plegaria y abnegación, y de diaria lucha contra la tentación, para poder ayudar a los que esta asalta en la actualidad. Él es nuestra eficiencia y nuestro poder. Desea que al apropiarnos de su gracia la humanidad participe de la naturaleza divina…
Cuando se estudia fielmente la Palabra de Dios, que se encuentra en el Antiguo Testamento y en el Nuevo, y se recibe en la vida, proporciona sabiduría y vida espiritual. Hay que atesorar su Palabra como algo sagrado. La fe en la Palabra de Dios y en el poder de Cristo para transformar la vida, capacitará al creyente para hacer las obras del Señor, y para vivir una vida de regocijo en Dios.— Cada día con Dios, 3 de octubre, p. 283
Para estudiar y meditar
«En el pensamiento de las multitudes que viven, hoy la cruz del Calvario está rodeada de sagrados recuerdos. Se relacionan con las escenas de la crucifixión sagradas asociaciones. Pero en los días de Pablo, la cruz se consideraba con sentimientos de repulsión y horror. El exaltar como Salvador de la humanidad a uno que había muerto en la cruz provocaría naturalmente el ridículo y la oposición.
»Pablo sabía bien cómo sería considerado su mensaje tanto por los judíos como por los griegos de Corinto. [...] Entre sus oyentes judíos había muchos a quienes encolerizaría el mensaje que él estaba por proclamar. Y, a juicio de los griegos, sus palabras serían absurda locura. Sería considerado mentalmente débil por tratar de mostrar cómo la cruz podría tener alguna relación con la elevación del género humano o la salvación de la humanidad.
»Pero, para Pablo, la cruz era el único objeto de supremo interés. Desde que fuera contenido en su carrera de persecución contra los seguidores del crucificado Nazareno, no había cesado de gloriarse en la cruz. En aquel entonces se le había dado una revelación del infinito amor de Dios, según se revelaba en la muerte de Cristo; y se había producido en su vida una maravillosa transformación que había puesto todos sus planes y propósitos en armonía con el cielo. Desde aquella hora había sido un nuevo hombre en Cristo. Sabía por experiencia personal que una vez que un pecador contempla el amor del Padre, como se lo ve en el sacrificio de su Hijo, y se entrega a la influencia divina, se produce un cambio de corazón, y Cristo es desde entonces todo en todo».— Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles, pp. 184-185
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1En el huerto de Getsemaní, Jesús dijo: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa» (Mat. 26: 39). ¿Qué nos dice esta oración acerca del inmenso precio que Jesús pagó en la cruz?
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2Pablo dice: «Lo insensato de Dios es más sabio que los hombres» (1 Cor. 1: 25). ¿En qué aspectos es la sabiduría de Dios tan diferente de la humana?
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3El mensaje de un Cristo crucificado era un escándalo para los judíos y una locura para los griegos. ¿Qué temas bíblicos que predicamos hoy pueden producir el mismo efecto en el público moderno y por qué?
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4Pablo dice que «el hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios» (1 Cor. 2: 14). ¿Cómo podemos, entonces, hablar de Jesús a estas personas de una manera que pueda tocar sus corazones? ¿O tal vez solo nuestras acciones pueden lograrlo?
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