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Lección 11 – Mayordomía y misión · Escuela Sabática Maestros
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Lección 11 · 3er Trimestre 2026

Mayordomía y misión

Para el Sábado 12 de septiembre de 2026
Lee para el estudio de esta semana

2 Corintios 8-9; Juan 3: 16; 17: 5; Lucas 9: 58; Apocalipsis 13: 8; Romanos 12: 8; 15: 26-27.

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Para memorizar
«Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos»
— 2 Corintios 8:9
Sábado 5 de septiembre

Mayordomía y misión

Los capítulos 8 y 9 de 2 Corintios muestran que Pablo dio a los corintios la oportunidad de servir a sus hermanos y hermanas en Judea. Este pasaje muestra que dar es un privilegio que Dios nos concede para que imitemos el carácter abnegado de Cristo. La dadivosidad es el lenguaje del cielo. Nota cuán significativas son las siguientes palabras: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único» (Juan 3: 16; énfasis añadido).

Además, Juan 3: 16 expresa claramente el propósito de Dios al dar a Jesús: «Para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». La mayordomía y la misión van de la mano en este pasaje. Son tan inseparables como las dos caras de una moneda. No es de extrañar que Pablo se identificara a sí mismo y a sus compañeros de trabajo como «administradores de los secretos de Dios» (1 Cor. 4: 1). Nosotros también somos mayordomos en el mismo sentido.

Esta semana veremos que los conceptos de mayordomía y misión están profundamente arraigados en el ejemplo de Jesús. De hecho, son inseparables. La mayordomía proporciona a la iglesia los recursos financieros y humanos para cumplir la misión de Dios.

Espíritu de Profecía

En cada acto de la vida, el verdadero cristiano es solo lo que desea que piensen que es los que lo rodean. Se guía por la verdad y la rectitud… Puede ser criticado, probado, pero a través de todo, su inflexible integridad resplandece como oro puro. Es un amigo y un benefactor de todos los que están relacionados con él, y sus semejantes tienen puesta su confianza en él porque es digno de crédito. ¿Emplea obreros para recoger su cosecha? No les escatima el dinero duramente ganado. ¿Tiene medios que no necesita ocupar de inmediato? Alivia las necesidades de sus hermanos menos afortunados.

No trata de agrandar sus posesiones aprovechándose de las circunstancias adversas de sus vecinos. Acepta solo el precio justo de lo que vende. Si hay defectos en los artículos vendidos, habla francamente al comprador, aun cuando con ello pueda parecerle que obra contra sus propios intereses pecuniarios…

Satanás conoce muy bien qué poder para bien hay en la vida de un hombre de integridad inflexible, y hace ingentes esfuerzos para impedir que esos hombres vivan tales vidas. Se les acerca con seductoras tentaciones, prometiéndoles salud, posición, honor mundanal, si tan solo flaquean en los principios de justicia. Y tiene mucho éxito… En la triste historia de muchos que han caído aprendemos el peligro de la prosperidad. No son los que han perdido sus bienes los que están en mayor peligro sino aquellos que han conseguido una fortuna… La oración es a menudo pedida por hombres y mujeres que están en aflicción; y eso es correcto. Pero los que están en prosperidad tienen mayor necesidad de la oración de los siervos de Dios, porque están en mayor peligro de perder la salvación. En el valle de la humillación los hombres caminan seguros mientras reverencian a Dios y hacen de él su confianza. Sobre el alto pináculo, donde se escucha la alabanza, necesitan la ayuda del poder especial de lo alto.— In Heavenly Places, p. 243; parcialmente en En los lugares celestiales, 24 de agosto, p. 245


La obra de Dios debe ser sustentada mediante diezmos, donaciones y ofrendas. El Señor pide ahora los medios que ha confiado a sus mayordomos. Debiera fluir una corriente constante a la tesorería, a fin de que la obra no se vea obstaculizada. A algunos. Dios les ha confiado riquezas terrenales para ser tenidas en custodia y devueltas a él a medida que las requiera para llevar adelante su obra en la tierra. Requiere de sus mayordomos un diezmo fiel de todo su capital, y en adición al diezmo pide donaciones y ofrendas.

El Señor no requiere de sus seguidores nada más que lo que él realizó. Aquellos que practican la abnegación y se sacrifican por la causa de Dios, no están sino siguiendo su ejemplo. Él puso a un lado su manto real y su regia corona, y descendiendo de su alto puesto se hizo pobre, a fin de que mediante su pobreza pudiéramos llegar a estar en posesión de los tesoros eternos. Dio no solamente sus riquezas, sino su propia vida en abnegación y sacrificio, a fin de eliminar todo obstáculo a los que buscan entrar en el reino de Dios…

El Señor Jesús nos invita a ser obreros juntamente con él. Es el dueño de todo lo que poseemos y tiene derecho sobre ello. Mediante nuestra disposición de ayudar en su obra podemos mostrar ahora nuestro amor por él.— Alza tus ojos, 9 de abril, p. 111

Domingo 6 de septiembre

El ejemplo de Jesús

Lee 2 Corintios 8: 9. ¿Qué nos dice este pasaje acerca del ejemplo de Jesús?
2 Corintios 8:9 — RV60 9 Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.

La declaración de Pablo en 2 Corintios 8: 9 es una de las más sorprendentes, poderosas y profundas de toda la Biblia. Él narra la historia de la misión de Jesús, pero con una increíble economía de palabras. Hay mucha teología aquí. Esta es la historia de la redención, pero en un solo versículo.

Aún más impresionante es que esta historia se relata usando lenguaje financiero. Sí, Jesús era rico. Su riqueza se refiere a su preexistencia en el cielo (Juan 17: 5). Sin embargo, decidió hacerse pobre: renunció a la gloria celestial y vino a este mundo de aflicciones. Se hizo literalmente pobre (Luc. 9: 58). Aunque era igual a Dios, «se despojó de sí mismo, tomó la condición de siervo y se hizo semejante a los hombres» (Fil. 2: 7) y «al tomar la condición de hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil. 2: 8).

Jesús dio su propia vida para que pudiéramos vivir para siempre con él. Su ofrenda tenía como propósito nuestra salvación.

La mayordomía y la misión van de la mano. Los capítulos 8 y 9 de la segunda Carta a los Corintios cuentan la historia de una ofrenda monetaria en particular, pero esta historia se basa en Jesús. Durante esta semana, veremos los principios teológicos relacionados con la dadivosidad basados en la ofrenda que Cristo hizo de sí mismo.

Reflexiona sobre el nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús. Cuando te das cuenta de que todo esto lo hizo por ti, para que puedas tener esperanza en algo que trasciende la miserable existencia presente, ¿cuál es tu reacción?
Espíritu de Profecía

Los que al final sean recibidos en el cielo como miembros de la familia real, deben aquí entregarse a sí mismos en cuerpo, alma y espíritu al servicio de Aquel que pagó el precio de su redención. Todo lo que tenemos y somos pertenece al Señor. “No sois vuestros”, declara el apóstol; “porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”. 1 Corintios 6:19, 20…

¿Te has consagrado totalmente al Señor? ¿Puede él usarte como un vaso para honra? ¿Estás realizando tu parte fielmente en su causa? A cada hombre le ha asignado Dios su tarea. Espera que cada creyente coopere con él en la obra de salvar almas. Cuando su causa sufre por falta de recursos, ¿cómo puede alguien poner precio a sus servicios, negándose a tomar su cruz diariamente y a practicar la abnegación por Cristo?

El cumplimiento de la promesa de que seremos coherederos con el Señor radica en nuestra disposición a negamos a nosotros mismos. Cuando Cristo tome posesión de su reino, serán los que en esta tierra lo siguieron con renunciamiento y sacrificio los que recibirán la recompensa de la vida eterna.

El llamado de Cristo al sacrificio y a una entrega sin reservas significa la crucifixión del yo. Para obedecer este llamado debemos tener una fe incondicional en él como Ejemplo perfecto, y una clara comprensión de que hemos de representarlo ante el mundo. Quienes trabajen para Cristo han de hacerlo a la manera de él. Han de vivir su vida. Su invitación a una entrega incondicional ha de ser suprema para ellos. No han de permitir que vínculo o interés terrenal alguno les impida rendirle el homenaje de sus corazones y el servicio de sus vidas. Perseverante e incansablemente han de trabajar con Dios para salvar las almas que perecen del poder del tentador.

Los que están así relacionados con Cristo aprenden constantemente de él, al pasar por las etapas sucesivas de progreso en la experiencia cristiana. Se les presentan dificultades y perplejidades para que puedan conocer más perfectamente la voluntad y el camino de Cristo. Pero oran y creen, y por la práctica su fe aumenta.

“Llevad mi yugo sobre vosotros”, dijo Cristo, mientras con una naturaleza humana vivió y trabajó en esta tierra. Constantemente cargó el yugo de la sumisión, haciendo frente a las dificultades que los seres humanos deben enfrentar, soportando las pruebas que ellos deben soportar. El enemigo nos atacará permanentemente como lo atacó a Cristo, induciéndonos a grandes tentaciones. Pero hay una vía de escape para cada uno.— Alza tus ojos, 9 de agosto, p. 233

Lunes 7 de septiembre

La motivación

Lee 2 Corintios 8: 1, 5 y, también, 2 Corintios 9: 7, 9, 13, 15. ¿Cuál es el mensaje central de estos pasajes?
2 Corintios 8:1,5 — RV60 1 Asimismo, hermanos, os hacemos saber la gracia de Dios que se ha dado a las iglesias de Macedonia; 5 Y no como lo esperábamos, sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios;
2 Corintios 9: 7, 9, 13, 15 — RV60 7 Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre. 9 como está escrito: Repartió, dio a los pobres; Su justicia permanece para siempre. 13 pues por la experiencia de esta ministración glorifican a Dios por la obediencia que profesáis al evangelio de Cristo, y por la liberalidad de vuestra contribución para ellos y para todos; 15 ¡Gracias a Dios por su don inefable!

El lenguaje de la generosidad impregna 2 Corintios 8 y 9: «La gracia que Dios ha concedido» (2 Cor. 8: 1); «se dieron a sí mismos» (2 Cor. 8: 5); «cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza, ni por necesidad; porque Dios ama al que da con alegría» (2 Cor. 9: 7); «repartió, dio a los pobres» (2 Cor. 9: 9); «ellos glorifican a Dios [...] por la bondad [de ustedes] de contribuir para ellos» (2 Cor. 9: 13); «¡gracias a Dios por su don inefable!» (2 Cor. 9: 15). El texto de 2 Corintios 8-9 comienza y termina con lenguaje de dadivosidad (2 Cor. 8: 1; 9: 15). Debemos leer estos dos capítulos con la idea de dar en mente. Ellos presentan al menos cuatro razones principales para dar nuestras ofrendas.

Gratitud por la gracia de Dios (2 Cor. 8: 1; 9: 14-15). Los capítulos 8 y 9 de 2 Corintios comienza con una referencia a la gracia de Dios (2 Cor. 8: 1). Un poco más adelante, Pablo dice: «Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo» (2 Cor. 8: 9). La gracia de Dios y de Cristo se presenta aquí como la razón principal para la práctica de entregar ofrendas. Dios hizo mucho por nosotros al darnos a Cristo. Al entregar nuestras ofrendas en respuesta a ello, reconocemos la gracia de Dios en nuestras vidas.

Al igual que con el concepto de dar, el término «gracia» (griego jaris) también aparece repetidamente en 2 Corintios 8-9, y tanto al comienzo como al final de esa sección (2 Cor. 8: 1; 9: 14-15). En este pasaje, Pablo aplica este término con diferentes significados para enfatizar que la gracia de Cristo en nuestras vidas da como resultado la gracia para los demás y la acción de gracias.

Deseo de seguir el ejemplo de Jesús (2 Cor. 8: 9). Jesús era rico y se hizo pobre (recuerda que estas son metáforas de su preexistencia eterna y su posterior encarnación, respectivamente). Eso significa que lo dio todo. En cuanto a nosotros, al compartir nuestras ofrendas, proveemos los medios para que otros conozcan a Cristo.

Deseo de compartir las bendiciones de Dios (2 Cor. 9: 10-11). Damos a los demás porque primero recibimos de Dios. Él nos enriquece para que podamos ser generosos.

Amor sincero (2 Cor. 8: 8, 24). La dadivosidad es la demostración del amor sincero y genuino, la evidencia más sustancial de que el amor habita en el corazón de una persona (ver Mat. 6: 21).

¿Cuán generoso eres? A la luz de la cruz, ¿cuánto das en comparación con lo que podrías dar?
Espíritu de Profecía

La vida de Cristo era de una influencia siempre creciente, sin límites; una influencia que lo ligaba a Dios y a toda la familia humana. Por medio de Cristo, Dios ha investido al hombre de una influencia que le hace imposible vivir para sí. Estamos individualmente vinculados con nuestros semejantes, somos una parte del gran todo de Dios y nos hallamos bajo obligaciones mutuas. Ningún hombre puede ser independiente de sus prójimos, pues el bienestar de cada uno afecta a los demás. Es el propósito de Dios que cada uno se sienta necesario para el bienestar de los otros y trate de promover su felicidad…

Toda persona con la cual nos relacionamos queda, consciente o inconscientemente, afectada por la atmósfera que nos rodea…

Nuestras palabras, nuestros actos, nuestro vestido, nuestra conducta, hasta la expresión de nuestro rostro, tienen influencia… Si por nuestro ejemplo ayudamos a otros a desarrollar buenos principios, les damos poder para hacer el bien. Ellos a su vez ejercen la misma influencia sobre otros, y estos sobre otros más. De este modo, miles pueden ser bendecidos por nuestra influencia inconsciente…

El carácter es poder. El testimonio silencioso de una vida sincera, abnegada y piadosa, tiene una influencia casi irresistible. Al revelar en nuestra propia vida el carácter de Cristo, cooperamos con él en la obra de salvar almas. Solamente revelando en nuestra vida su carácter, podemos cooperar con él. Y cuanto más amplia es la esfera de nuestra influencia, mayor bien podemos hacer. Cuando los que profesan servir a Dios sigan el ejemplo de Cristo practicando los principios de la ley en su vida diaria; cuando cada acto dé testimonio de que aman a Dios más que todas las cosas y a su prójimo como a sí mismos, entonces la iglesia tendrá poder para conmover al mundo. Pero nunca ha de olvidarse que la influencia no ejerce menos poder para el mal. Perder la propia alma es algo terrible, pero ser la causa de la pérdida de otras almas es más terrible aún… Solamente por la gracia de Dios podemos emplear debidamente este don.— God’s Amazing Grace, p. 231; parcialmente en La maravillosa gracia de Dios, 11 de agosto, p. 231


La religión de Jesucristo obra una reforma en la vida y el carácter. El verdadero cristiano busca constantemente la gracia que cambia los rasgos objetables del carácter natural. En vez de hablar palabras cortantes y dictatoriales, habla las palabras de ánimo que Cristo hablaría si estuviera en su lugar. Muestra benevolencia hacia todos, y no solamente a los pocos que alaban y exaltan su sabiduría. La pureza y santidad que se revelaron en la vida de Cristo irradian de la vida del verdadero cristiano.

Los cristianos han de ser portadores de luz en el mundo, que brillen en medio de las tinieblas del pecado y el crimen. En el reino de este mundo deben enfrentar constantemente los principados y poderes que eligen a Satanás como su jefe. Son hijos de Dios los que reciben a Cristo y siguen su ejemplo al llevar la cruz y negarse a sí mismos. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Juan 1:12. Ellos son los vencedores en la batalla de la vida, porque se han revestido del nuevo hombre “el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno”. Colosenses 3:10.— Alza tus ojos, 2 de marzo, p. 73

Martes 8 de septiembre

Planificación

Lee 2 Corintios 9: 7. ¿Qué dice este pasaje acerca del acto de dar?
2 Corintios 9: 7 — RV60 7 Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.

La decisión de Dios de salvar al mundo tuvo lugar incluso antes de que este cayera en pecado. La venida de Cristo para morir por nosotros era parte de un plan antiguo (Apoc. 13: 8). Dios no fue tomado por sorpresa. Él había planificado entregarse a sí mismo a través de Jesús. En 2 Corintios 8-9, la planificación es un principio teológico esencial que se refiere al acto de dar. Esto se puede ver al menos de dos maneras:

En primer lugar, la planificación implica una decisión previa. Pablo dice que «cada uno dé como propuso en su corazón» (2 Cor. 9: 7). La palabra griega traducida como «propuso» es el verbo proaireō, que consta de la partícula pro («antes», o «por adelantado») y del término aireō, que significa «decidir», en este contexto. Por lo tanto, proaireō apunta a una decisión tomada de antemano. Además, al comenzar su declaración con «cada uno», Pablo indica que la cantidad dada no será la misma en el caso de todos. Su punto era simplemente que, independientemente de la suma que las personas decidan dar, deben hacerlo tras una reflexión cuidadosa. Deben dar lo que creen que es la cantidad adecuada para ellos.

En segundo lugar, la planificación implica el principio de proporcionalidad. Pablo informa que los macedonios «dieron según su fuerza» (2 Cor. 8: 3). El apóstol aplica luego este principio de proporcionalidad también a los corintios. Los anima a terminar la tarea que ya se habían comprometido a realizar instándolos a completar ese proyecto utilizando los recursos que poseen (2 Cor. 8: 11). Pablo concluye este pensamiento diciendo que la ofrenda debe concordar con lo que se posee (2 Cor. 8: 12). Mientras que la Biblia define la proporcionalidad de los diezmos —es decir, el diez por ciento de una suma— lo mismo no se aplica a las ofrendas. «Cada uno dé como propuso en su corazón» (2 Cor. 9: 7) aplicando el principio de proporcionalidad. En otras palabras, cada uno decide qué proporción de sus ingresos dará como ofrenda, lo cual requiere planificación.

¿Cuán fiel eres con los diezmos y las ofrendas, independientemente de tu condición económica? ¿Utilizas excusas para abstenerte de dar aunque puedes hacer más?
Espíritu de Profecía

Aquellos que reciben a Cristo por fe, serán considerados por el cielo como perlas preciosas, por las cuales el mercader ha pagado un precio infinito, y los seres humanos que encuentren a Cristo, comprenderán que han encontrado un tesoro celestial. Estarán ansiosos por vender todo lo que poseen a fin de comprar el campo que contiene ese tesoro. Cuando contemplen el amor de Dios, cuando el plan de salvación se despliegue ante su vista, a medida que el misterio de la condescendencia de Cristo se haga más claro para ellos, a medida que contemplen el sacrificio que él hizo por ellos, no considerarán ninguna cosa demasiado cara para entregarla, por amor a él. Cuanto más se espacien en el admirable amor de Dios, tanto más vastas se harán sus proporciones, y el brillo de la gloria de Dios se hará deslumbrador para la visión de los mortales.

El Señor Dios del cielo reunió todas las riquezas del universo y las entregó, a fin de comprar la perla de la inmortalidad perdida. El Padre dio todos sus recursos divinos, y los puso en las manos de Cristo, a fin de que las bendiciones más ricas del cielo pudieran ser derramadas sobre la humanidad caída. Dios no podía expresar un amor mayor del que ha expresado al dar al Hijo de su predilección a este mundo. Este don fue dado al hombre para convencerlo de que Dios no ha dejado sin hacer nada que pudiera haber hecho, que no queda nada en reserva, sino que todo el cielo ha sido derramado en un solo don inconmensurable. La felicidad presente y eterna del hombre, consiste en recibir el amor de Dios y en guardar los mandamientos divinos.

Cristo es nuestro Redentor. Él es el Verbo que se hizo carne y moró entre nosotros. Él es la fuente en la cual podemos ser lavados y limpiados de toda impureza. Él es el costoso sacrificio que ha sido dado para la reconciliación del hombre. El universo del cielo, los mundos que no han caído, el mundo caído y la confederación del mal, no pueden decir que Dios habría podido hacer más por la salvación del hombre. Su don nunca podrá ser sobrepasado, nunca podrá Dios manifestar una profundidad de amor más rica. El Calvario representa su obra cumbre.… El Señor quiere que sus seguidores se extasíen con Dios a través del conocimiento de su carácter paternal.— Nuestra elevada vocación, 7 de enero, p. 15


Cuandoquiera que los hijos de Dios, en cualquier época de la historia del mundo, ejecutaron alegre y voluntariamente el plan de la benevolencia sistemática y de los dones y ofrendas, han visto cumplirse la permanente promesa de que la prosperidad acompañaría todas sus labores en la misma proporción en que le obedeciesen. Siempre que reconocieron los derechos de Dios y cumplieron con sus requerimientos, honrándole con su sustancia, sus alfolíes rebosaron.— Consejos sobre la mayordomía, pp. 361, 362

Miércoles 9 de septiembre

Actitud

Lee 2 Corintios 8: 1-5. ¿Qué razón podría haber detrás de la disposición de los macedonios a dar sus ofrendas con tanta generosidad?
2 Corintios 8:1-5 — RV60 1 Asimismo, hermanos, os hacemos saber la gracia de Dios que se ha dado a las iglesias de Macedonia; 2 que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad. 3 Pues doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas, 4 pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos. 5 Y no como lo esperábamos, sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios;

La actitud positiva de los macedonios se pone de manifiesto de varias maneras.

En primer lugar, dieron con gran alegría (2 Cor. 8: 2). Pablo dice que «su rebosante gozo y su extrema pobreza desbordaron en riquezas de generosidad» (2 Cor. 8: 2). Más adelante menciona que «Dios ama al que da con alegría» (2 Cor. 9: 7). La palabra griega traducida como «alegría» solo aparece aquí en el Nuevo Testamento. Un término de la misma familia es usado en otro lugar: «El que muestra misericordia, [hágalo] con alegría» (Rom. 12: 8, LBLA). Los términos de esta familia de palabras aparecen a veces en la literatura extrabíblica con un sentido de felicidad. En 2 Corintios 9: 7, ser un dador alegre significa dar sin renuencia.

En segundo lugar, dieron con generosidad (2 Cor. 8: 2). Antes de mencionar la generosidad de los macedonios, Pablo se refirió a su «extrema pobreza». La palabra «generosidad» (griego, haplotētos) aparece dos veces más en 2 Corintios 8-9. El apóstol dice: «Ustedes serán enriquecidos en todo sentido para que en toda ocasión puedan ser generosos» (2 Cor. 9: 11, NVI, énfasis añadido), lo que significa que Dios nos da para que podamos dar. Un poco más adelante, menciona «su generosa solidaridad» (2 Cor. 9: 13, NVI, énfasis añadido). En este pasaje, la generosidad al contribuir es una forma de confesar el evangelio de Cristo.

En tercer lugar, dieron «con agrado» (2 Cor. 8: 3). Esto significa que dieron voluntariamente, lo cual resulta aún más admirable cuando se ve que no dieron de lo que les sobraba, pues sus recursos eran extremadamente limitados. Pablo utiliza la misma idea para caracterizar la disposición de Tito a visitar a los corintios. Él fue a Corinto voluntariamente (2 Cor. 8: 16-17).

Cuarto, dieron con la convicción de que dar es un privilegio. Esta actitud es perceptible en la petición de los macedonios de participar en la colecta: «Nos pidieron con insistencia que les concediéramos el privilegio de participar en este servicio para los santos» (2 Cor. 8: 4).

Por último, participaron en la colecta como un acto de consagración total. Pablo dice: «Se dieron a sí mismos primero al Señor y a nosotros por la voluntad de Dios» (2 Cor. 8: 5). Entregarse al Señor da como resultado la entrega en favor de los demás. Los macedonios ampliaron su participación en la misión más allá de la ayuda financiera. Es decir, dar y ser generoso no se limita solo al dinero.

Espíritu de Profecía

Las palabras del salmista: “Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y plata” declaran algo que es cierto desde otros puntos de vista, fuera del religioso. Declaran una verdad absoluta, reconocida en el mundo de los negocios. Hasta en esta época de pasión por la acumulación de dinero, en que hay tanta competencia, y los métodos son tan poco escrupulosos, se reconoce ampliamente que, para el joven que se inicia en la vida, la integridad, la diligencia, la temperancia, la economía y la pureza constituyen un capital mejor que el formado meramente por una suma de dinero…

El cimiento de la integridad comercial y del verdadero éxito es el reconocimiento del derecho de propiedad de Dios. El Creador de todas las cosas es el propietario original. Nosotros somos sus mayordomos. Todo lo que tenemos es depósito suyo para ser usado de acuerdo con sus indicaciones.

Es esta una obligación que pesa sobre cada ser humano. Tiene que ver con toda la esfera de la actividad humana. Reconozcámoslo o no, somos mayordomos provistos por Dios de talentos y facilidades y colocados en el mundo para hacer una obra asignada por él.

A cada hombre se le asigna “su propio oficio” (Marcos 13:34), la obra para la cual lo adaptan sus aptitudes, la que tendrá como resultado el mayor bien para sí mismo y sus semejantes, y el mayor honor para Dios.

De modo que nuestro negocio o vocación constituye una parte del gran plan de Dios, y, mientras sea dirigido de acuerdo con su voluntad, él será responsable de los resultados. Como “colaboradores de Dios” (1 Corintios 3:9), la parte que nos toca es obedecer fielmente sus instrucciones. No hay, por lo tanto, lugar para la preocupación ansiosa. Se requieren diligencia, fidelidad, cuidado, economía, y discreción. Cada facultad debe ser ejercitada hasta lo sumo. Pero la confianza no ha de ser puesta en el resultado feliz de nuestros esfuerzos, sino en la promesa de Dios. La Palabra que alimentó a Israel en el desierto, y mantuvo a Elías durante la época de hambre, tiene hoy el mismo poder que entonces. “No os afanéis diciendo: ¿Qué comeremos? ¿o qué beberemos?” (Mateo 6:31)…

El que da a los hombres poder para conseguir riquezas, ha unido al don, una obligación. Reclama una porción determinada de todo lo que adquirimos. El diezmo pertenece al Señor… “Traed todo el diezmo al granero” (Malaquías 3:10), es la orden de Dios. No se hace ningún llamado a la gratitud o generosidad. Es una cuestión de simple honradez. El diezmo pertenece al Señor, y él nos ordena que le devolvamos lo que le pertenece.

“Se requiere en los dispensadores que cada uno sea hallado fiel”. 1 Corintios 4:2. Si la honradez es un principio esencial de la vida de negocios, ¿no hemos de reconocer nuestra obligación para con Dios, obligación básica de todas las demás?— Exaltad a Jesús, 17 de octubre, p. 298

Jueves 10 de septiembre

Unidad

Hemos visto que Pablo animó a los miembros de Corinto a participar en una colecta para las iglesias empobrecidas de Judea. Uno de sus propósitos era despertar un sentido de unidad. Quería que participaran, que formaran parte de la misión. Deseaba mostrar que las iglesias gentiles formaban parte de la misma familia de Dios que los creyentes judíos de Jerusalén. Es decir, quienes antes eran sus oponentes ahora formaban parte junto con ellos del remanente del nuevo pacto de Dios. Pablo quería ver a toda la familia cristiana, judíos y gentiles, unida de una manera poderosa que diera testimonio y ejemplo a la iglesia en las generaciones venideras.

Tito y otros dos hermanos estaban a cargo de los fondos. Dios puso este cuidado por la iglesia en el corazón del joven ayudante de Pablo (2 Cor. 8: 16). Dios también eligió, por medio de las iglesias, a los otros dos hermanos (2 Cor. 8: 18-23). Se los llama «mensajeros de las iglesias y gloria de Cristo» (2 Cor. 8: 23). Ya sea que la expresión «gloria de Cristo» se refiera a estos dos fieles hermanos o a las iglesias mismas, lo importante es que la dadivosidad expresada en la entrega de ofrendas es, en última instancia, una señal de lealtad a Cristo, la Cabeza de la iglesia (Efe. 4: 15).

Los capítulos 8 y 9 de 2 Corintios indican que las ofrendas deben ser entregadas a personas designadas por Dios a través de la iglesia. Las expresiones «todas las iglesias» (2 Cor. 8: 18), «elegido por las iglesias» (vers. 19) y «mensajeros de las iglesias» (vers. 23) sugieren precisamente eso. Por lo tanto, no es de extrañar la siguiente exhortación: «Muestren, pues, hacia ellos ante las iglesias, la prueba de su amor» (vers. 24).

Llevar ofrendas a la iglesia, el instrumento designado por Dios en la tierra, promueve la unidad y, al mismo tiempo, es el resultado de un sentido de unidad (2 Cor. 8: 13-14). El dinero puede ser un gran unificador. Por el contrario, si los ojos de las personas no están fijos en la gloria de Dios, el dinero también puede crear división.

¿Cómo revela Romanos 15: 26-27 el deseo de Pablo por la unidad?
Romanos 15:26-27 — RV60 26 Porque Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una ofrenda para los pobres que hay entre los santos que están en Jerusalén. 27 Pues les pareció bueno, y son deudores a ellos; porque si los gentiles han sido hechos participantes de sus bienes espirituales, deben también ellos ministrarles de los materiales.

Por último, Pablo describe la colecta como un servicio o ministerio, como un acto de gracia, como una bendición, como un acto de adoración y también como comunión. ¡Todo eso a partir de una ofrenda! Medita en ello.

¿Cómo contribuyen las ofrendas que damos para otras iglesias y misiones en el extranjero, a menudo en lugares muy lejanos, a la unidad de nuestra iglesia a nivel mundial?
Espíritu de Profecía

Donde hay vida hay crecimiento; en el reino de Dios hay constante intercambio: se recibe y se da; se recibe, y se le devuelve al Señor lo que es suyo. Dios obra por medio de cada verdadero creyente, y la luz y las bendiciones son dadas de vuelta en la obra que el creyente realiza. De este modo aumenta la capacidad de recibir. Al impartir los dones celestiales, el creyente deja espacio para que frescas corrientes de gracia y verdad fluyan al alma desde la fuente viva. Mayor luz, conocimiento y bendiciones más amplios llegan a pertenecerle. En esta obra, que se realiza en torno de cada miembro de iglesia, se halla la vida y el crecimiento de la iglesia. Aquel cuya vida consiste en recibir siempre sin dar jamás, pronto pierde las bendiciones. Si la verdad no fluye de él hacia los demás, pierde su capacidad de recibir. Debemos impartir las bondades del cielo si queremos bendiciones frescas. Al impartir el conocimiento de la verdad, este aumentará. Todos los que reciben el mensaje del evangelio en su corazón anhelarán proclamarlo. El amor de Cristo ha de expresarse. Aquellos que se han vestido de Cristo relatarán su experiencia, reproduciendo paso a paso la dirección del Espíritu Santo: su hambre y sed por el conocimiento de Dios y de Cristo Jesús, a quien él ha enviado; el resultado de escudriñar las Escrituras; sus oraciones, la agonía de su alma, y las palabras de Cristo a ellos dirigidas, “Tus pecados te son perdonados”.

No es natural que alguien mantenga secretas estas cosas, y aquellos que están llenos del amor de Cristo no lo harán. Su deseo de que otros reciban las mismas bendiciones estará en proporción con el grado en que el Señor los haya hecho depositarios de la verdad sagrada. Y a medida que hagan conocer los ricos tesoros de la gracia de Dios, les será impartida cada vez más la gracia de Cristo. Tendrán el corazón de un niñito en lo que se refiere a su sencillez y obediencia sin reservas. Sus almas suspirarán por la santidad, y cada vez les serán revelados más tesoros de verdad y de gracia para ser transmitidos al mundo.— La maravillosa gracia de Dios, p. 63


Las gracias del Espíritu de Cristo deben ser grandemente apreciadas y reveladas por los hijos e hijas de Dios. Mediante su humildad, su penitencia, su deseo de ser semejantes a Jesús, de ser amoldados a su voluntad mediante la práctica de sus lecciones en la vida diaria, lo honrarán.

“Vosotros labranza de Dios sois”. 1 Corintios 3:9. Tal como uno se complace en cultivar un jardín, Dios se deleita en sus hijos que crecen. Un jardín exige constante trabajo. Es necesario arrancar las malas hierbas; es necesario cultivar nuevas plantas; hay que podar las ramas que se desarrollan con demasiada rapidez. Así trabaja el Señor por su jardín; así cuida sus plantas. No puede gozarse en ningún desarrollo que no revela las virtudes del carácter de Cristo. La sangre de Jesús ha logrado que los seres humanos sean el tesoro de Dios. Por lo tanto, ¡cuán cuidadosos debiéramos ser en no manifestar demasiada libertad en arrancar las plantas que Dios ha colocado en su jardín! Algunas plantas son tan débiles que apenas tienen vida, y a estas Dios dedica especial Cuidado.

En vuestro trato con los demás seres humanos, no olvidéis nunca que aquellos son propiedad de Dios. Sed bondadosos; sed compasivos; sed corteses. Respetad lo que Dios ha adquirido. Trataos unos a otros con amabilidad y cortesía. Ejercitad toda facultad dada por Dios para ser ejemplo a los demás.— La maravillosa gracia de Dios, 26 de febrero, p. 65

Viernes 11 de septiembre

Para estudiar y meditar

Lee el capítulo «Una iglesia generosa», en Los hechos de los apóstoles (pp. 249-256), de Elena G. de White.
Espíritu de Profecía

«Aquellos cuyo corazón está lleno del amor de Cristo, seguirán el ejemplo de Aquel que por amor a nosotros se hizo pobre a fin de que por su pobreza seamos enriquecidos. El dinero, el tiempo, la influencia, todos los dones que han recibido de la mano de Dios, los estimarán solamente como un recurso para promover la obra del evangelio. Así sucedía en la iglesia primitiva; y cuando en la iglesia de hoy se vea que por el poder del Espíritu los miembros han apartado sus afectos de las cosas del mundo, y que están dispuestos a hacer sacrificios a fin de que sus semejantes puedan escuchar el evangelio, las verdades proclamadas tendrán una influencia poderosa sobre los oyentes»— Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles, p. 56


«El Señor no necesita nuestras ofrendas. No podemos enriquecerlo con nuestros donativos. El salmista dice: "Todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos" (1 Crón. 29: 14). Dios nos permite manifestar nuestro aprecio de sus mercedes por medio de esfuerzos abnegados realizados para compartir las mismas con otras personas. Esta es la única manera posible como podemos manifestar nuestra gratitud y nuestro amor a Dios, porque él no ha provisto ninguna otra»— Elena G. de White, Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 20


«¡Cuán grande fue el regalo de Dios al hombre, y cuán propio de nuestro Dios hacerlo! Con una generosidad que nunca podrá ser superada, él dio para salvar a los rebeldes hijos de los hombres y hacerles ver su propósito y discernir su amor. ¿Demostrarás, con tus dones y ofrendas, que nada es demasiado bueno para aquel que “dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”?»— Elena G. de White, «God loveth a cheerful giver», Review and Herald, 15 de mayo de 1900, p. 306

Preguntas para dialogar
  • 1Reflexionemos más acerca de 2 Corintios 8: 9. ¿Por qué es tan importante el ejemplo de Jesús respecto de la mayordomía?
  • 2Juan 3: 16 implica que la dadivosidad es el idioma del cielo. Lee Juan 15: 13; Efesios 5: 2, 25; Gálatas 2: 19-20 y 1 Juan 3: 16. ¿Qué tienen en común estos pasajes con Juan 3: 16, y qué mensaje podemos extraer de ellos?
  • 3Sobre la base de tu lectura de 2 Corintios 8-9, ¿cuáles son los beneficios personales de dar?
  • 4Además de dar ofrendas sistemáticas, ¿qué otras cosas puedes hacer para imitar el ejemplo de entrega de Jesús?
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