¡Escuchen esto!
Números 13:26-30; Jeremías 36:20-26; 2 Crónicas 36:15-16; Mateo 23:30-35; 1 Corintios 10:6-12.
¡Escuchen esto!
Actualmente se anima a las personas a decir «su verdad»; es decir, sus experiencias, sus ideas, sus necesidades, sus límites y sus convicciones, sean cuales fueren. Según esa manera de pensar, toda «verdad» es válida y no debe ser silenciada. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando algunas de esas «verdades» profundamente arraigadas entran en conflicto con la Verdad: Jesucristo y su Palabra escrita?
Algunas personas aceptan las verdades bíblicas y se apartan de sus errores; otras se aferran al error. Algunas cambian su comportamiento en respuesta a la verdad; otras se rebelan contra ella. Así ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad.
Los profetas bíblicos a menudo eran llamados a comunicar mensajes que las personas no querían oír. Como resultado, muchos fueron criticados, condenados al ostracismo, incluso amenazados de muerte o hasta asesinados (Heb. 11:32-38). A pesar de todo esto, los profetas de Dios proclamaron fielmente sus mensajes porque el llamado divino al ministerio profético no era opcional para ellos. Habían recibido una instrucción para salvar la vida del pueblo de Dios. Por lo tanto, sus mensajes tenían que ser comunicados sin importar el costo personal.
Jeremías llamó su atención repetidas veces a los consejos dados en Deuteronomio. Más que cualquier otro de los profetas, recalcó las enseñanzas de la ley mosaica, y demostró cómo esas enseñanzas podían reportar las más altas bendiciones espirituales a la nación y a todo corazón individual. Suplicaba: “Preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma”. Jeremías 6:16.
En una ocasión, por orden de Jehová, el profeta se situó en una de las principales entradas de la ciudad, y allí insistió en lo importante que era santificar el sábado. Los habitantes de Jerusalén estaban en peligro de olvidar la santidad del sábado, y los amonestó solemnemente contra la costumbre de seguir con sus ocupaciones seculares en ese día. Les prometió una bendición a condición de que obedecieran. El Señor declaró: “Será empero, si vosotros me obedeciereis, dice Jehová, no metiendo carga por las puertas de esta ciudad en el día del sábado, sino que santificareis el día del sábado, no haciendo en él ninguna obra; que entrarán por las puertas de esta ciudad, en carros y en caballos, los reyes y los príncipes que se sientan sobre el trono de David, ellos y sus príncipes, los varones de Judá, y los moradores de Jerusalem: y esta ciudad será habitada para siempre”. Jeremías 17:24, 25.
Esta promesa de prosperidad como recompensa de la fidelidad iba acompañada por una profecía de los terribles castigos que caerían sobre la ciudad si sus habitantes eran desleales a Dios y a su ley. Si las amonestaciones a obedecer al Señor Dios de sus padres y a santificar sus sábados no eran escuchadas, la ciudad y sus palacios quedarían completamente destruídos por el fuego.
Así defendió el profeta firmemente los sanos principios de la vida justa tan claramente bosquejados en el libro de la ley. Pero las condiciones que prevalecían en la tierra de Judá eran tales que únicamente merced a las medidas más decididas podía producirse una mejoría; por lo tanto trabajó con el mayor fervor por los impenitentes. Rogaba: “Haced barbecho para vosotros, y no sembréis sobre espinas”. “Lava de la malicia tu corazón, oh Jerusalem, para que seas salva”. Jeremías 4:3, 14.
Pero la gran mayoría del pueblo no escuchó el llamamiento al arrepentimiento y a la reforma. Desde la muerte del buen rey Josías, los que gobernaban la nación habían sido infieles a su cometido, y habían estado extraviando a muchos. Joacaz, depuesto por la intervención del rey de Egipto, había sido seguido por Joaquim, hijo mayor de Josías. Desde el principio del reinado de Joaquim, Jeremías había tenido poca esperanza de salvar a su tierra amada de la destrucción y al pueblo del cautiverio. Sin embargo, no se le permitió callar mientras la ruina completa amenazaba al reino. Los que habían permanecido leales a Dios debían ser alentados a perseverar en el bien hacer, y si era posible los pecadores debían ser inducidos a apartarse de la iniquidad— Profetas y reyes, pp. 302, 303
Enojo contra el mensajero de Dios
Moisés, el líder elegido por Dios, conocía las alegrías y los pesares resultantes de conducir a una multitud heterogénea a través del desierto rumbo a la tierra prometida.
Una lectura atenta de estos pasajes revela que los hijos de Israel estaban enojados con Dios porque no confiaban en él. Moisés y Aarón, los representantes humanos del Dios supremo, eran blancos fáciles para la ira de la nación. Los seres humanos necesitamos sentirnos seguros física y mentalmente. Cuando nos sentimos amenazados en alguna de esas dos esferas, podemos enfurecernos o incluso volvernos irracionales.
Los israelitas albergaban temores legítimos en relación con los desafíos que les esperaban para poseer la tierra prometida, «pero cuando los hombres entregan su corazón a la incredulidad, se colocan bajo el dominio de Satanás, y nadie puede decir hasta dónde los llevará» (Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 409). Moisés tuvo que hacer frente a un desafío de liderazgo casi insuperable en ese momento. Los temores del pueblo pronto se convirtieron en ira contra Aarón y Moisés y en una rebelión abierta contra Dios. Cuando el pueblo buscó nuevos líderes para reemplazar al profeta/líder elegido por Dios (Deut. 34:10-12; Núm. 14:4), Josué y Caleb rasgaron sus vestiduras y suplicaron al pueblo que confiara en Dios a pesar de sus temores: «Si el Señor se agrada de nosotros, nos introducirá en esa tierra que mana leche y miel y nos la entregará. Por tanto, no sean rebeldes contra el Señor ni teman al pueblo de esa tierra, porque nosotros los comeremos como pan. Su amparo se apartó de ellos; pero con nosotros está el Señor. No les teman» (Núm. 14:8-9).
El Señor ordenó a Moisés que enviara hombres a explorar la tierra de Canaán, que él daría a los hijos de Israel… Después de haber alabado la fertilidad de la tierra, todos excepto dos hablaron en forma muy desalentadora acerca de su capacidad para poseerla… A medida que el pueblo escuchaba ese informe, expresaba su desilusión con amargos reproches y lamentos. No aguardaron para reflexionar y razonar que Dios, que los había traído hasta allí, les daría ciertamente la tierra…
Caleb se apresuró en adelantarse, y su voz clara y resonante se escuchó sobre el clamor de la multitud. Se opuso a la opinión cobarde de sus compañeros de exploración, que habían debilitado la fe y el ánimo de todo Israel. Llamó la atención del pueblo que acalló por un momento su lamento para escucharlo… Pero mientras hablaba, los espías desleales lo interrumpieron, gritando: “No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros”.
Esos hombres, al seguir su mala conducta, endurecieron sus corazones contra Dios, contra Moisés y Aarón y contra Caleb y Josué. Cada paso que avanzaban por esa dirección incorrecta los afirmaba en su propósito de desalentar cualquier intento de poseer la tierra de Canaán. Distorsionaron la verdad a fin de llevar a cabo su funesto propósito. Dijeron que el clima era insalubre y toda la gente de estatura gigante…
Este no era solamente un informe malo, sino además mentiroso. Era contradictorio; si la tierra era insalubre y devoraba a sus habitantes, ¿cómo era posible que estos tuvieran proporciones tan grandes? Cuando hombres que ocupan posiciones de responsabilidad se entregan a la incredulidad, no hay límites al avance que realizarán en la maldad… Si solo los dos hombres hubieran traído el mal informe, y los otros diez los hubieran alentado a poseer la tierra en el nombre de Jehová, ellos todavía hubiesen seguido el consejo de los dos en oposición a los diez, a causa de su perversa incredulidad— Conflicto y valor, 10 de abril, p. 106
Antes que comenzara la distribución de la tierra, Caleb, acompañado de los jefes de su tribu, presentó una petición especial. Con excepción de Josué, era Caleb el hombre más anciano de Israel. Ambos habían sido entre los espías los únicos que trajeron un buen informe acerca de la tierra de promisión, y animaron al pueblo a que subiera y la poseyera en nombre del Señor. Caleb le recordó ahora a Josué la promesa que se le hizo entonces como galardón por su fidelidad: “¡Ciertamente la tierra en que ha pisado tu pie ha de ser herencia tuya y de tus hijos para siempre! por cuanto has seguido cumplidamente a Jehová mi Dios”. Por consiguiente solicitó que se le diera Hebrón como posesión…
Lo que pedía le fue otorgado inmediatamente. A ningún otro podía confiarse con más seguridad la conquista de esa fortaleza de gigantes... La fe de Caleb era en esa época la misma que tenía cuando su testimonio contradijo el informe desfavorable de los espías. Él había creído en la promesa de Dios, de que pondría su pueblo en posesión de la tierra de Canaán, y en esto había seguido fielmente al Señor. Había sobrellevado con su pueblo la larga peregrinación por el desierto, y compartido las desilusiones y las cargas de los culpables; no obstante, no se quejó de esto, sino que ensalzó la misericordia de Dios que le había guardado en el desierto cuando sus hermanos eran eliminados... El valiente y viejo guerrero deseaba dar al pueblo un ejemplo que honrara a Dios, y alentar a las tribus para que subyugaran completamente la tierra que sus padres habían considerado inconquistable.
Caleb obtuvo la heredad que su corazón había anhelado durante cuarenta años, y confiado en que Dios le acompañaba, “echó de allí tres hijos de Anac”…
Los cobardes rebeldes habían perecido en el desierto; pero los espías íntegros comieron de las uvas de Escol. A cada uno se le dio de acuerdo con su fe. Los incrédulos habían visto sus temores cumplidos. No obstante la promesa de Dios, habían dicho que era imposible heredar la tierra de Canaán, y no la poseyeron. Pero los que confiaron en Dios y no consideraron tanto las dificultades que se habían de encontrar como la fuerza de su Ayudador todopoderoso, entraron en la buena tierra— Conflicto y valor, 27 de abril, p. 123
Destruyendo el mensaje: parte 1
Jeremías era la voz profética de Dios para la nación de Judá en una época de fatalidad inminente. Dios había estado advirtiendo a la nación durante años por medio de Jeremías acerca de su descontento con ellos y de que Babilonia los conquistaría y los llevaría al exilio (Jer. 6:8-19; 26). El Señor quería salvarlos, pero ellos debían obedecer.
Los pecados de Judá eran muchos, evidentes y profundamente arraigados. La idolatría, el sacrificio de niños, el adulterio y la tiranía eran la norma en la época de Jeremías, pero las advertencias y las súplicas del profeta no fueron escuchadas. A medida que el ministerio profético de Jeremías llegaba a su fin, las súplicas de Dios a sus hijos descarriados se hicieron más intensas, pero sus esfuerzos siempre fueron redentores. En Jeremías 32, por ejemplo, Dios ordena al profeta que compre un terreno y conserve la escritura «porque así dice el Señor Todopoderoso, Dios de Israel: “Aún se comprarán casas, heredades y viñas en esta tierra”» (Jer. 32:15).
Fue el amor lo que movió a Dios a hacer que Jeremías escribiera una especie de última exhortación al arrepentimiento y la reforma. La respuesta de Joacim a este mensaje fue de desprecio hacia Dios, su mensaje y su mensajero.
A veces tendemos a creer que es posible hacer desaparecer un mensaje divino simplemente rechazándolo, destruyéndolo o deshaciéndose del mensajero. Nuestra renuencia a prestar atención a la palabra profética de Dios no borra el mensaje que Dios tiene para nosotros. El desdén solo intensifica el daño resultante de la rebeldía.
La profecía de Jeremías acerca del fin del rey Joacim constituye una seria admonición para los seres humanos (Jer. 36:30-31): Si desoímos las advertencias de Dios, cosecharemos las consecuencias de nuestro pecado y maldad.
a crisis exigía un esfuerzo público y abarcante. El Señor ordenó a Jeremías que se pusiese de pie en el atrio del templo, y allí hablase a todo el pueblo de Judá que entrase y saliese. No debía quitar una sola palabra de los mensajes que se le daban, a fin de que los pecadores de Sión tuviesen las más amplias oportunidades de escuchar y apartarse de sus malos caminos.
El profeta obedeció; se situó a la puerta de la casa de Jehová, y allí alzó su voz en amonestación y súplica. Bajo la inspiración del Altísimo declaró:
“Oid palabra de Jehová, todo Judá, los que entráis por estas puertas para adorar a Jehová. Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y os haré morar en este lugar. No fiéis en palabras de mentira, diciendo: Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este. Mas si mejorareis cumplidamente vuestros caminos y vuestras obras; si con exactitud hiciereis derecho entre el hombre y su prójimo, ni oprimiereis al peregrino, al huérfano, y a la viuda, ni en este lugar derramareis la sangre inocente, ni anduviereis en pos de dioses ajenos para mal vuestro; os haré morar en este lugar, en la tierra que dí a vuestros padres para siempre”. Jeremías 7:2-7.
Estas palabras demuestran vívidamente la poca voluntad que tiene el Señor para castigar. Retiene sus juicios para suplicar a los impenitentes. El que ejerce “misericordia, juicio, y justicia en la tierra” (Jeremías 9:24), siente profundos anhelos por sus hijos errantes; y de toda manera posible procura enseñarles el camino de la vida eterna. Había sacado a los israelitas de la servidumbre para que le sirviesen a él, único Dios verdadero y viviente. Aunque durante mucho tiempo se habían extraviado en la idolatría y habían despreciado sus amonestaciones, les declara ahora su buena voluntad para postergar el castigo y para darles otra oportunidad de arrepentirse. Les indica claramente que tan solo mediante una reforma cabal del corazón podía evitarse la ruina inminente. Vana sería la confianza que pusiesen en el templo y sus servicios. Los ritos y las ceremonias no podían expiar el pecado. A pesar de su aserto de ser el pueblo escogido de Dios, únicamente la reforma del corazón y de las prácticas en la vida podía salvarlos del resultado inevitable de la continua transgresión.
De manera que “en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalem”, el mensaje que dirigía Jeremías a Judá era: “Oid las palabras de este pacto”, es decir los claros preceptos de Jehová como estaban registrados en las Sagradas Escrituras, “y ponedlas por obra”. Jeremías 11:6. Y este fue el mensaje que proclamó mientras estaba en los atrios del templo al comenzar el reinado de Joaquim— Profetas y reyes, pp. 303-305
Destruyendo el mensaje: parte 2
Las respuestas humanas al don profético son muy variadas. En el caso de Moisés, los hijos de Israel se rebelaron abiertamente contra él y Aarón, impulsados por el temor a los enemigos con los que se encontrarían al intentar entrar en la tierra prometida.
Años más tarde, el rey Joacim quemó el mensaje de Dios con la esperanza de destruir la palabra profética.
Sin embargo, estos no fueron casos aislados. La historia del antiguo Israel y Judá fue, con raras excepciones, una de rechazo a los profetas.
El ministerio profético de Jeremías abarcó los reinados de Josías, Joacaz, Joacim, Joaquín y Sedequías. El reino de Babilonia, liderado por Nabucodonosor, estaba ahora a las puertas de Judá. Las profecías de Jeremías se cumplieron casi por completo cuando un joven de 21 años llamado Sedequías subió al trono (2 Crón. 36:11). La Biblia dice: «Hizo lo malo ante el Señor, su Dios, y no se humilló ante el profeta Jeremías, que le hablaba de parte del Señor» (2 Crón. 36:12).
Nota cómo es descrito el don profético de Jeremías. Se lo considera un portavoz de Dios. Sin embargo, Sedequías no se humilló ante el profeta, quien, aunque era solo un hombre, un pecador como todos nosotros, era el representante del Señor, en cuyo nombre hablaba.
Jeremías fue uno de los muchos que desempeñaron ese papel. Durante siglos, Dios había estado enviando profetas a su pueblo (Éxo. 3:15; Sal. 105:26; Mal. 3:1; Isa. 6:8; Jer. 25:4; Mat. 11:13; Luc. 11:49; etc.), pues «no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Ped. 3:9). La historia del antiguo Israel y Judá es la de los incesantes intentos de Dios de llegar a su pueblo descarriado con sus promesas de salvación, si tan solo se arrepiente.
Pero, en esa última hora de la historia de Judá, la gracia extendida por Dios a la nación por medio de la guía y el consuelo de la voz profética de Jeremías fue recibida, no con humildad, fe y arrepentimiento, sino con burlas y escarnio.
El mensaje de Jeremías a los sacerdotes y al pueblo despertó el antagonismo de muchos. Le denunciaron ruidosamente clamando: “¿Por qué has profetizado en nombre de Jehová, diciendo: Esta casa será como Silo, y esta ciudad será asolada hasta no quedar morador? Y juntóse todo el pueblo contra Jeremías en la casa de Jehová”. Jeremías 26: 9. Sacerdotes, falsos profetas y pueblo se volvieron, airados, contra el que no quería decirles cosas agradables o profetizarles engaño. Así fue despreciado el mensaje de Dios, y su siervo, amenazado de muerte.
Se comunicaron las palabras de Jeremías a los príncipes de Judá, y ellos fueron apresuradamente del palacio real al templo, para conocer por sí mismos la verdad del asunto. “Entonces hablaron los sacerdotes y los profetas a los príncipes y a todo el pueblo, diciendo: En pena de muerte ha incurrido este hombre; porque profetizó contra esta ciudad, como vosotros habéis oído con vuestros oídos”. Vers. 11. Pero Jeremías hizo valientemente frente a los príncipes y al pueblo y declaró: “Jehová me envió a que profetizase contra esta casa y contra esta ciudad, todas las palabras que habéis oído. Y ahora, mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y oid la voz de Jehová vuestro Dios, y arrepentiráse Jehová del mal que ha hablado contra vosotros. En lo que a mí toca, he aquí estoy en vuestras manos: haced de mí como mejor y más recto os pareciere. Mas sabed de cierto que, si me matareis, sangre inocente echaréis sobre vosotros, y sobre esta ciudad, y sobre sus moradores: porque en verdad Jehová me envió a vosotros para que dijese todas estas palabras en vuestros oídos”. Vers. 12-15.
Si el profeta se hubiese dejado intimidar por la actitud amenazante de los que tenían gran autoridad, su mensaje habría quedado sin efecto, y él mismo habría perdido la vida; pero el valor con que comunicó la solemne advertencia le granjeó el respeto del pueblo, y dispuso a los príncipes de Israel en favor suyo. Razonaron con los sacerdotes y falsos profetas mostrándoles cuán imprudentes serían las medidas extremas que proponían, y sus palabras produjeron una reacción en el ánimo del pueblo. Así suscitó Dios defensores para su siervo…
Por la intercesión de estos hombres de influencia, se salvó la vida del profeta, aunque muchos de los sacerdotes y falsos profetas, no pudiendo soportar las verdades que él expresaba y que los condenaban, le habrían dado gustosamente la muerte acusándolo de sedición.
Desde el tiempo de su llamamiento hasta el fin de su ministerio, Jeremías se destacó ante Judá como “fortaleza” y “torre” contra la cual no podía prevalecer la ira del hombre. El Señor le había dicho de antemano: “Pelearán contra ti, y no te vencerán: porque yo estoy contigo para guardarte y para defenderte, dice Jehová. Y librarte he de la mano de los malos, y te redimiré de la mano de los fuertes”. Jeremías 6:27; 15:20, 21.
Siendo de naturaleza tímida y sosegada, Jeremías anhelaba la paz y la tranquilidad de una vida retraída, en la cual no necesitase presenciar la continua impenitencia de su amada nación. Su corazón quedaba desgarrado por la angustia que le ocasionaba la ruina producida por el pecado. Se lamentaba así: “¡Oh si mi cabeza se tornase aguas, y mis ojos fuentes de aguas, para que llore día y noche los muertos de la hija de mi pueblo! ¡Oh quién me diese en el desierto un mesón de caminantes, para que dejase mi pueblo y de ellos me apartase!” Jeremías 9:1, 2— Profetas y reyes, pp. 307-309
Hipocresía
¿Alguna vez pensaste, acerca de lo que otros hicieron: «Yo nunca habría hecho eso»? Sin embargo, si somos sinceros, puede que no hagamos exactamente lo mismo que los demás, pero a menudo nos comportamos de manera similar, repitiendo los mismos errores y, tal vez, cegándonos deliberadamente ante lo que realmente estamos haciendo.
A eso se refirió precisamente Jesús cuando dijo: «¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, entonces podrás ver para sacar la paja del ojo de tu hermano» (Mat. 7:5).
Jesús odiaba el comportamiento de los fariseos por la hipocresía de ellos y por su renuencia a cambiar. Jesús estaba harto de esa religión de las élites espirituales que vestían largas túnicas, pero no eran más que sepulcros blanqueados llenos de huesos de muertos (Mat. 23:27-28).
No confesaban ni abandonaban sus pecados, ni siquiera cuando Jesús se los señalaba y les daba una y otra vez la oportunidad de arrepentirse y ser salvos.
¡No es de extrañar que Jesús los llamara «hipócritas»!: «¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas!» (ver Mat. 23:14-15, 23, 25, 27).
Sus vidas se caracterizaban, en efecto, por decir una cosa y hacer otra. Por ejemplo, embellecían las tumbas de los profetas pensando que de esa manera honraban la fe, pero no se arrepentían en respuesta a los mensajes de ellos.
Querían que se los asociara con la autoridad y la solemnidad de los profetas, pero no con el contenido de sus mensajes. Al embellecer los sepulcros de los siervos de Dios, se convencían a sí mismos de que nunca habrían derramado la sangre de esos mensajeros. Sin embargo, planeaban en ese mismo momento el asesinato de alguien que era mucho más que un profeta: el Mesías mismo.
[Los fariseos] enseñaban muchas cosas contrarias a las Escrituras. Jesús dijo: “Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; mas ni aun con su dedo las quieren mover”. Los fariseos imponían una multitud de reglamentos fundados en la tradición, que restringían irracionalmente la libertad personal. Y explicaban ciertas porciones de la ley de tal manera que imponían al pueblo observancias que ellos mismos pasaban por alto en secreto, y de las cuales, cuando respondía a su propósito, hasta aseveraban estar exentos.
Su objeto constante consistía en hacer ostentación de su piedad. Para ellos, nada era demasiado sagrado para servir a este fin. Dios había dicho a Moisés acerca de sus leyes: “Has de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos”. Deuteronomio 6:8. Estas palabras tienen un significado profundo. A medida que se medite en la Palabra de Dios y se la practique, el ser entero quedará ennoblecido. Al obrar con justicia y misericordia, las manos revelarán, como señal, los principios de la ley de Dios. Se mantendrán libres de cohecho, y de todo lo que sea corrupto y engañoso. Serán activas en obras de amor y compasión. Los ojos, dirigidos hacia un propósito noble, serán claros y veraces. El semblante y los ojos expresivos atestiguarán el carácter inmaculado de aquel que ama y honra la Palabra de Dios. Pero los judíos del tiempo de Cristo no discernían todo eso. La orden dada a Moisés había sido torcida en el sentido de que los preceptos de la Escritura debían llevarse sobre la persona. Por consiguiente se escribían en tiras de pergamino o filacterias que se ataban en forma conspicua en derredor de la cabeza y de las muñecas. Pero esto no daba a la ley de Dios dominio más firme sobre la mente y el corazón. Se llevaban estos pergaminos simplemente como insignias para llamar la atención. Se creía que daban a quienes los llevasen un aire de devoción capaz de inspirar reverencia al pueblo…
“¡Ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si fuéramos en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus compañeros en la sangre de los profetas. Así que, testimonio dais a vosotros mismos, que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas”. A fin de manifestar su estima por los profetas muertos, los judíos eran muy celosos en hermosear sus tumbas; pero no aprovechaban sus enseñanzas, ni prestaban atención a sus reprensiones.
En los días de Cristo, se manifestaba consideración supersticiosa hacia los lugares de descanso de los muertos, y se prodigaban grandes sumas de dinero para adornarlos. A la vista de Dios, esto era idolatría. En su indebida consideración por los muertos, los hombres demostraban que no amaban a Dios sobre todas las cosas ni a su prójimo como a sí mismos. La misma idolatría se lleva a grados extremos hoy. Muchos son culpables de descuidar a la viuda y a los huérfanos, a los enfermos y a los pobres, para edificar costosos monumentos en honor a los muertos. Gastan pródigamente el tiempo, el dinero y el trabajo con este fin, mientras que no cumplen sus deberes para con los vivos, deberes que Cristo ordenó claramente.
Los fariseos construían las tumbas de los profetas, adornaban sus sepulcros y se decían unos a otros: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres no habríamos participado con ellos en el derramamiento de la sangre de los siervos de Dios. Al mismo tiempo, se proponían quitar la vida de su Hijo. Esto debiera ser una lección para nosotros. Debiera abrir nuestros ojos acerca del poder que tiene Satanás para engañar el intelecto que se aparta de la luz de la verdad. Muchos siguen en las huellas de los fariseos. Reverencian a aquellos que murieron por su fe. Se admiran de la ceguera de los judíos al rechazar a Cristo. Declaran: Si hubiésemos vivido en su tiempo, habríamos recibido gozosamente sus enseñanzas; nunca habríamos participado en la culpa de aquellos que rechazaron al Salvador. Pero cuando la obediencia a Dios requiere abnegación y humillación, estas mismas personas ahogan sus convicciones y se niegan a obedecer. Así manifiestan el mismo espíritu que los fariseos a quienes Cristo condenó— El Deseado de todas las gentes, pp. 563, 564, 570, 571
Para nuestra advertencia
Los sórdidos y tristes incidentes del Antiguo Testamento fueron registrados allí para que aprendiéramos de ellos qué sucede cuando nos rebelamos contra Dios.
En estos versículos, Pablo traza una línea que conecta el pasado y el presente, el antiguo Israel y la iglesia que integramos quienes hemos aceptado a Jesús como Señor y Salvador (Gál. 6:14-16).
Pablo deja claro que las experiencias de la humanidad con Dios, ya sean buenas o malas, no deben ser pasadas por alto ni menospreciadas. De hecho, Dios las consideró tan importantes que las incluyó en las Escrituras como ejemplos «para que no codiciemos cosas malas como ellos [nuestros antepasados] codiciaron» (1 Cor. 10:6). En otras palabras, el pasado es a menudo el prólogo del futuro y sirve a menudo como contexto de lo que está sucediendo en el presente y de lo que ocurrirá en el futuro.
En efecto, Dios está diciendo que no estamos condenados a repetir los errores de las generaciones pasadas si prestamos atención a las advertencias de las Escrituras y a los mensajes que él nos envía por medio de sus profetas. Si escuchamos, aprendemos y obedecemos, estaremos seguros y seremos prosperados (2 Crón. 20:20). Según algunos, incluso la prosperidad espiritual se mide por el hecho de tener hermosas casas y automóviles, buena vestimenta y otras posesiones materiales. Dios promete ocuparse de nuestras necesidades, pero desea que también nuestra vida espiritual prospere (3 Juan 1:2). La verdadera y duradera plenitud espiritual requiere obediencia a los mensajes de Dios.
Dios no desperdicia palabras. Cuando habla, sus mensajes son eternos. El poder y la eficacia de ellos nunca terminan (Isa. 40:8). Tienen como propósito «advertirnos a nosotros, a los que han llegado al fin del tiempo» (1 Cor. 10:11). Si eso era cierto entonces, ¡cuánto más se aplican esas palabras a nosotros hoy!
Dios trabajará con los que quieren escuchar su voz.
La Palabra de Dios debiera ser nuestra consejera, y debiera guiarnos en nuestra experiencia. Las lecciones de la historia del Antiguo Testamento, si se las estudia con fidelidad, nos mostrarán cómo se puede lograr esto. Cristo, envuelto en una columna de nube de día y en una columna de fuego de noche, era el Guía y la Luz de los hijos de Israel mientras peregrinaban por el desierto. Tenían un Guía infalible.
Mediante todas sus vicisitudes, Dios estaba enseñándoles a obedecer a su Guía celestial, y a que tuvieran fe en su poder libertador. Su liberación de las aflicciones de Egipto, y su paso a través del Mar Rojo, les manifestaron su poder para salvar. Cuando se revelaban contra él y desobedecían su voluntad, Dios los castigaba. Cuando persistían en su rebelión y se decidían a seguir su propio camino, Dios les daba lo que pedían, y de esa manera les mostraba que cuando los privaba de algo era para su propio bien. Todo juicio que les sobrevino como resultado de sus murmuraciones era una lección para esa vasta multitud que el pesar y el sufrimiento son siempre el resultado de la transgresión de las leyes de Dios.
La historia del Antiguo Testamento se registró en beneficio de las generaciones venideras. También son muy necesarias las lecciones del Nuevo Testamento. Aquí de nuevo Cristo es el Instructor, que conduce a su pueblo para que busque esa sabiduría que viene de lo alto, y para que obtenga esa instrucción acerca de la justicia que modelará el carácter de acuerdo con la semejanza divina. Las Escrituras, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo, nos enseñan los principios en que se basan tanto la obediencia a los mandamientos como los requisitos para obtener esa vida que se equipara con la de Dios, porque por medio de la obediencia llegamos a participar de la naturaleza divina, y aprendemos a huir de la corrupción que encontramos en el mundo debido a la concupiscencia. Por lo tanto, debemos estudiar sus máximas y obedecer sus mandamientos y principios, que son más preciosos que el oro, para incorporarlos a nuestro diario vivir— Cada día con Dios, 2 de septiembre, p. 252
La recepción y la comunicación de los mensajes de Elena de White
Arturo White, quien fue director del Patrimonio de los Escritos de Elena G. de White, así como nieto de ella y James White, estimó que su abuela recibió cientos de visiones y sueños proféticos durante su vida. Las visiones duraban desde unos minutos hasta varias horas y, en ocasiones, eran presenciadas por muchas personas. En algunas ocasiones, incluso quienes eran escépticos respecto de su don profético pudieron examinarla durante tales manifestaciones públicas.
Al igual que los profetas bíblicos, Elena de White experimentó fenómenos sobrenaturales mientras estaba en visión. En 1868, James White dio una descripción detallada del estado de su esposa Elena durante una visión. Ella estaba «completamente inconsciente de lo que sucedía a su alrededor»; no respiraba; sus músculos y sus articulaciones estaban «rígidos»; sus movimientos y sus gestos eran «distendidos y delicados» y tenía los ojos abiertos. Después de salir de la visión, perdía temporalmente la vista. Nadie podía controlar cuándo ni cuánto tiempo estaría en visión, ya que las visiones solían ser inesperadas incluso para ella misma (ver James White, Life Incidents, pp. 271-274).
Al igual que en los tiempos bíblicos, algunos aceptaban los consejos comunicados por Dios mediante la profeta, mientras que otros los rechazaban. Como dijo la señora de White: «Dios me puso para reprender a su pueblo, y […] considerará a todos aquellos a quienes se proclama este mensaje como responsables del modo en que lo traten. […] Yo no escogí esta desagradable tarea. No me trae la alabanza o el favor de los hombres. […] En nombre de mi Redentor y con su fuerza, haré cuanto pueda. Advertiré, aconsejaré, reprenderé y alentaré tal como dicta el Espíritu de Dios, tanto si se me escucha como si se me silencia. Mi deber no es complacerme, sino hacer la voluntad de mi Padre celestial, el cual me ha encargado la obra» (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 229).
Curiosamente, muchos de los que rechazaron sus mensajes proféticos lo hicieron debido a su propia incredulidad o a desacuerdos personales con Elena de White, más que por motivos teológicos. Elena de White se mostró muy amable con quienes expresaron escepticismo acerca de su don profético. De hecho, dejó claro que esas personas debían ser tratadas con «mucha paciencia y amor fraternal […] hasta que encuentren su lugar y adopten una posición en favor o en contra» (Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 294).
Elena de White estaba convencida de que la verdadera evidencia de su don profético eran los mensajes que Dios le había dado. Creía que si las personas buscaban sinceramente la verdad, llegarían a comprender que su don era genuino. Confiaba en que Dios las guiaría en su búsqueda de discernimiento, pero también escribió que Dios nos ha dado evidencias suficientes «para inclinar nuestra fe hacia el lado de la verdad» (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 228).
Para conocer más acerca de este tema, lee Elena de White, «Actitudes acerca de los Testimonios» y «Redacción y distribución de los Testimonios para la iglesia», en Mensajes selectos, t. 1, pp. 47-69.
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