Profetas del Antiguo Testamento
Santiago 5:17-18; 1 Reyes 19:1-16; 22:1-14; Éxodo 15:20; 2 Reyes 22:11-14; Jeremías 14:1-15.
Profetas del Antiguo Testamento
El Sistema de Posicionamiento Global (GPS, por sus siglas en inglés) ayuda a los viajeros a saber dónde están, hacia dónde se dirigen, e incluso les advierte de los peligros durante el recorrido. Los viajeros espirituales que se dirigen al cielo también necesitan orientación de un «GPS» celestial para el presente y para el futuro. Una forma en que Dios orientó a su pueblo fue el ministerio de los profetas del Antiguo Testamento. En sus narraciones, consejos, profecías, poesía y expresiones de alabanza descubrimos mucho acerca de las docenas de profetas que presentaron los mensajes de Dios al pueblo.
La lección de esta semana explora las descripciones de los profetas mencionados en el Antiguo Testamento, descripciones que nos ayudan a comprender el don profético y cómo se manifestó en algunos de estos siervos de Dios.
Como veremos, eran personas como nosotros, seres humanos frágiles que sentían temor, ira y desánimo. La vida no era fácil para ellos, sino que estaba, como la nuestra, repleta de desafíos y dificultades.
En vista de ello, ¿qué podemos aprender al observar a algunos de estos siervos de Dios especialmente llamados al ministerio profético?
Nacido entre los descendientes de Aarón, Esdras recibió preparación sacerdotal. Se familiarizó, además, con los escritos de los magos, astrólogos y sabios del reino medo-persa. Pero no estaba satisfecho con su condición espiritual. Anhelaba estar en completa armonía con Dios; deseaba tener sabiduría para cumplir la voluntad divina. De manera que “había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla”.
Esto le indujo a estudiar diligentemente la historia del pueblo de Dios, según estaba registrada en los escritos de los profetas y reyes. Fue impresionado por el Espíritu de Dios a escudriñar. Escudriñó los libros históricos y poéticos de la Biblia, con el fin de aprender por qué había permitido el Señor que Jerusalén fuese destruida y su pueblo llevado cautivo a tierra pagana.
Esdras meditó en forma especial en lo experimentado por Israel desde el tiempo en que fuera hecha la promesa a Abraham, hasta la liberación de la esclavitud egipcia y el éxodo. Estudió las instrucciones dadas en el monte Sinaí y durante el largo plazo de las peregrinaciones por el desierto. A medida que aprendía cada vez más acerca de cómo Dios había obrado con sus hijos, y comprendía mejor el carácter sagrado de la ley dada en el Sinaí, su corazón se conmovió como nunca antes. Experimentó una conversión nueva y cabal, y resolvió dominar los anales de la historia sagrada con el fin de utilizar ese conocimiento no para un propósito egoísta, sino para beneficiar e ilustrar a su pueblo. Algunas de las profecías estaban a punto de cumplirse; escudriñaría diligentemente en busca de la luz que había sido oscurecida.
Esdras se afanó en sus estudios. Se esforzó por obtener una preparación del corazón para la obra que creía que se le había señalado. Buscaba fervientemente a Dios con el fin de ser un obrero de quien el Señor no tuviera que avergonzarse. Escudriñaba las palabras que habían sido escritas con respecto a los deberes del pueblo llamado por Dios, y encontró la solemne promesa hecha por los israelitas de que obedecerían las palabras del Señor, y la promesa que Dios había hecho, a cambio, prometiéndoles sus bendiciones como una recompensa por su obediencia— Ser semejante a Jesús, 18 de abril, p. 115
El Antiguo Testamento derrama luz sobre el Nuevo, y el Nuevo sobre el Antiguo. Cada uno es una revelación de la gloria de Dios en Jesús. Cristo manifestado a los patriarcas, simbolizado en los servicios de los sacrificios, esbozado en la ley, y revelado por los profetas, constituye las riquezas del Antiguo Testamento. Cristo en su vida, en su muerte y su resurrección; Cristo manifestado por el Espíritu Santo, es el tesoro del Nuevo. Tanto el Nuevo como el Antiguo Testamento presentan verdades que revelan continuamente nuevas profundidades de significado al que las busca fervorosamente— Consejos para los maestros, p. 446
Cristo reprochó a sus discípulos por la lentitud de su comprensión… Después de su resurrección, mientras caminaba con dos de sus discípulos hacia Emaús, les abrió el entendimiento para que pudieran comprender las Escrituras, y les explicó el Antiguo Testamento de tal manera que percibieron en sus enseñanzas un significado que ni siquiera los mismos escritores habían visto— Exaltad a Jesús, 11 de abril, p. 109
La humanidad de los profetas
Como vimos la semana pasada, el Señor utilizó al profeta Elías para realizar una grandiosa obra en Israel a pesar de la feroz oposición que debió enfrentar. Lo que el Señor había logrado por medio de él era increíble. Sin embargo, lo que sucedió después es difícil de creer.
Elías tuvo un éxito notable en el monte Carmelo (1 Rey. 18), donde Dios obró de manera poderosa por medio de él y ocurrió uno de los milagros más asombrosos de la historia del Antiguo Testamento: en respuesta al clamor de Elías, ¡el fuego descendió del cielo! (1 Rey. 18:38). Se podría pensar que este hombre de Dios se sintió sumamente feliz después de algo así.
«Basta ya, Señor, quita mi vida, que no soy mejor que mis padres» (1 Rey. 19:4). ¿Cómo se explica ese aparente episodio de depresión? Lo que ocurrió en el monte Carmelo sería difícil de superar.
Quizá la clave del estado de ánimo de Elías se encuentre en sus palabras: «Sentí un vivo celo por el Señor Dios Todopoderoso, porque los israelitas han dejado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a tus profetas. Solo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida» (1 Rey. 19:10). Sus palabras parecen un lamento por lo que percibía como el fracaso en su ministerio. Es decir, la apostasía seguía presente a pesar de sus mejores esfuerzos. Sea lo que fuere que le estaba ocurriendo, resulta evidente la humanidad y fragilidad de este hombre de Dios. En otras palabras, Elías era un hombre que tenía una naturaleza como la nuestra (Sant. 5:17).
Parecería que, después de haber manifestado valor tan indómito y de haber triunfado tan completamente sobre el rey, los sacerdotes y el pueblo, Elías ya no podría ceder al desaliento ni verse acobardado por la timidez. Pero el que había sido bendecido con tantas evidencias del cuidado amante de Dios, no estaba exento de las debilidades humanas, y en esa hora sombría le abandonaron su fe y su valor… Si hubiese permanecido donde estaba, si hubiese hecho de Dios su refugio y fortaleza y quedado firme por la verdad, habría sido protegido de todo daño. El Señor le habría dado otra señalada victoria enviando sus castigos contra Jezabel…
A todos nos tocan a veces momentos de intensa desilusión y profundo desaliento, días en que nos embarga la tristeza y es difícil creer que Dios sigue siendo el bondadoso benefactor de sus hijos terrenales; días en que las dificultades acosan al alma, en que la muerte parece preferible a la vida. Entonces es cuando muchos pierden su confianza en Dios… Si en tales momentos pudiésemos discernir con percepción espiritual el significado de las providencias de Dios, veríamos ángeles que procuran salvarnos de nosotros mismos y luchan para asentar nuestros pies en un fundamento más firme que las colinas eternas; y nuestro ser se compenetraría de una nueva fe y una nueva vida…
Para los desalentados hay un remedio seguro en la fe, la oración y el trabajo. La fe y la actividad impartirán una seguridad y una satisfacción que aumentarán de día en día… En los días más sombríos, cuando en apariencia hay más peligro, no temáis. Tened fe en Dios. Él conoce vuestra necesidad. Tiene toda potestad. Su compasión y amor infinitos son incansables… Y otorgará a sus fieles siervos la medida de eficiencia que su necesidad exige…
¿Desamparó Dios a Elías en su hora de prueba? ¡Oh, no! Amaba a su siervo, tanto cuando Elías se sentía abandonado de Dios y de los hombres como cuando, en respuesta a su oración, el fuego descendió del cielo e iluminó la cumbre de la montaña— Conflicto y valor, 26 de julio, p. 213
Aunque el lugar del monte Horeb al cual Elías se había retirado era un sitio oculto para los hombres, era conocido por Dios; y el profeta cansado y desalentado, no fue abandonado para que luchase solo con las potestades de las tinieblas que le apremiaban…
Dios preguntó a su siervo: “¿Qué haces aquí, Elías?” Te mandé al arroyo Querit, y después a la viuda de Sarepta. Te ordené que volvieses a Israel y te presentases ante los sacerdotes idólatras en el monte Carmelo; luego te ceñí de fortaleza para guiar el carro del rey hasta la puerta de Jezreel. Pero ¿quién te mandó huir apresuradamente al desierto? ¿Qué tienes que hacer aquí?…
Mucho depende de la actividad incesante de los que son fieles y leales; y por esta razón Satanás hace cuanto puede para impedir que el propósito divino sea realizado mediante los obedientes. Induce a algunos a olvidar su alta y santa misión y a hallar satisfacción en los placeres de esta vida… A otros los induce a huir de su deber, desalentados por la oposición o la persecución… A todo hijo de Dios cuya voz el enemigo de las almas ha logrado silenciar, se le dirige la pregunta: “¿Qué haces aquí?” Te ordené que fueses a todo el mundo y predicases el evangelio, a fin de preparar a un pueblo para el día de Dios. ¿Por qué estás aquí?— Conflicto y valor, 27 de julio, p. 214
Identificando a los verdaderos profetas
Hubo falsos profetas en la etapa temprana de la historia de Israel (Deut. 18:20), pero Dios no dejó a su pueblo sin orientación acerca de quiénes eran sus verdaderos profetas.
Como receptores de la revelación y la inspiración de Dios, los verdaderos profetas transmitían fiel, precisa y honestamente los mensajes divinos, aunque a veces eso los hiciera impopulares entre los poderosos.
Que un rey diga de un profeta: «Lo aborrezco, porque nunca me profetiza el bien sino solo el mal» (1 Rey. 22:8) dice mucho de ese monarca, pero más aún del profeta, quien obviamente no temía decir la verdad, ni siquiera al propio rey, lo cual no era la mejor manera de obtener el favor real.
Micaías se enfrentó solo a cuatrocientos falsos profetas al presentar la verdad que se le había revelado. Pese a la presión para que alterara los mensajes negativos del Señor a fin de apaciguar así al malvado rey Acab y a su impía esposa Jezabel (1 Rey. 22:13-14), Micaías presentó la verdad de Dios sin importarle cómo fuera recibida.
La Biblia registra numerosos ejemplos del elevado concepto que las personas en general tenían de los profetas. En este caso, Saúl fue enviado por su padre, Cis, a buscar sus asnos perdidos. El siervo que viajaba con Saúl le sugirió que no abandonara la búsqueda, porque «en esta ciudad hay un hombre de Dios que es varón insigne» (1 Sam. 9:6). La descripción que se hace aquí del profeta Samuel refleja las cualidades que se esperan de los profetas de Dios. Los verdaderos profetas bíblicos eran reconocidos como «hombres de Dios», elegidos en parte para ejemplificar el carácter divino. Al mismo tiempo, el hecho de que algunos de los «hombres de Dios» fueran profetas no los convertía en seres humanos perfectos.
Los siervos de Dios deben trabajar por las clases más altas, pero esto no significa que deben atarse con los grandes de la tierra, dependiendo de ellos para obtener fortaleza, influencia y éxito. El Señor muchas veces inclinará los corazones de los que están en posiciones de responsabilidad para otorgar favores al pueblo que guarda los mandamientos de Dios. Pero cuando los siervos de Dios lo abandonan para buscar el reconocimiento de los hombres de la tierra, cambian el poder por la debilidad.
Tenemos una obra muy solemne delante de nosotros, cuya importancia solo podemos entender por medio de la luz que brilla desde la Palabra de Dios sobre el pasado y el presente. ¿Quién, en medio de los gritos: “Miren, aquí está” y “Miren, allá”, está mostrando una confianza inconmovible en la Palabra de Dios? La fe del presente nos conecta con el pasado y nos señala el futuro.
Podemos aprender lecciones valiosas de la vida del profeta Eliseo. Eliseo fue elegido por el Señor como ayudante de Elías y, por medio de pruebas, demostró que era fiel y digno de confianza. Estaba dispuesto a ser y a hacer todo lo que el Señor indicara. No rehuyó el servicio más humilde, sino que fue fiel tanto en las tareas pequeñas como en las responsabilidades mayores. Estaba siempre dispuesto a servir en cualquier lugar que el Señor le señalara, aunque fuera desagradable a sus inclinaciones naturales. Y a cada paso aprendía lecciones de humildad y servicio…
“Cuando habían pasado, Elías dijo a Eliseo: Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea quitado de ti. Y dijo Eliseo: Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí”. 2 Reyes 2:9. No pidió honores del mundo, ni un lugar elevado entre los grandes de la tierra. Lo que ansiaba era una doble porción del espíritu dado a aquel a quien Dios estaba por honrar trasladándolo al cielo. Sabía que solamente una doble porción del espíritu que había estado sobre Elías lo prepararía para ocupar el lugar que este dejaba, porque Elías tenía la experiencia y la sabiduría de los años, que no puede ser impartida a los jóvenes por medio de ningún método.
Si se le hubiera hecho a usted esa pregunta, ¿qué habría contestado? ¿Cuál es el mayor deseo de su corazón al entregarse al servicio de Dios?— Alza tus ojos, 13 de noviembre, p. 329
Funciones de los profetas
Los profetas interactuaban con los reyes tanto en situaciones agradables como desagradables. Cuando Israel exigió un monarca (1 Sam. 8:4-22), dijeron que querían «un rey que nos gobierne, como todas las naciones» (1 Sam. 8:5). ¡Cuán triste y poderoso ejemplo del peligro al que se ha enfrentado el pueblo de Dios en todas las épocas: el deseo de ser como quienes los rodean! En este caso, no tenían idea de lo que esta petición acarrearía, a pesar de que Dios les había advertido de ello (1 Sam. 8:11-18) por medio de su profeta. Basándose en esos deseos, y a pesar de su advertencia, Samuel pronto ungió a Saúl, el primer rey de Israel.
Los dos libros de Reyes y de Crónicas registran el tipo y la calidad del gobierno de los reyes de Israel y Judá. La historia sagrada muestra que los reyes que hicieron el mal superaron en número a los que hicieron el bien a los ojos de Dios. Una de las funciones principales de los profetas era ayudar a los reyes infieles a retornar a la obediencia de la ley de Dios. Como resultado, esos voceros del Señor se enfrentaron a amenazas, y algunos incluso fueron heridos y asesinados por reyes que alejaron de Dios a su pueblo (1 Rey. 18:4-19; 2 Crón. 24:20-22).
Los profetas también interactuaban con los sacerdotes. Moisés, profeta de Dios, ungió a Aarón y a sus hijos, los primeros sacerdotes israelitas (Lev. 8:10‑13). Hubo ocasiones en que los sacerdotes recibieron palabras de reprensión de Dios por medio de los profetas (Ose. 6:9; Mal. 2:1-3). Un ejemplo llamativo de esto es toda la familia de Elí, que fue confrontada por sus prácticas corruptas (1 Sam. 2:27-36). Estas fueron reprimendas muy severas contra la corrupción rampante de quienes gozaban de privilegios especiales.
Además, los profetas eran maestros del pueblo (2 Crón. 34). Como tales, presentaban mensajes de Dios a los sacerdotes, a los reyes y a la nación (Jer. 5:31; Eze. 22:26). Los profetas también comunicaban a las naciones vecinas el plan de Dios para ellas, un tema que se repite varias veces en los mensajes proféticos del Antiguo Testamento (Isa. 60:1-3; 62:1-2). Se esperaba que los profetas no solo comunicaran fielmente los mensajes que Dios les confiaba, sino que a veces debían ponerlos por escrito y conservarlos (2 Crón. 13:22). Como se dijo anteriormente, por muy humanos e imperfectos que fueran, eran hombres y mujeres de oración, fieles a la Palabra, y servidores de Dios y de su pueblo (Jer. 42:4; 2 Rey. 22:15-17).
Elías había pensado que él era el único que adoraba al verdadero Dios en Israel; pero el que lee en todos los corazones reveló al profeta que eran muchos los que a través de los largos años de apostasía le habían permanecido fieles…
Son muchas las lecciones que se pueden sacar de lo que experimentó Elías durante aquellos días de desaliento y derrota aparente, y son lecciones inestimables para los siervos de Dios en esta época, que se distingue por una desviación general de lo correcto. La apostasía que prevalece hoy es similar a la que se extendió en Israel en tiempos del profeta. Multitudes siguen hoy a Baal al exaltar lo humano sobre lo divino, al alabar a los dirigentes populares, al rendir culto a Mammón y al colocar las enseñanzas de la ciencia sobre las verdades de la revelación. La duda y la incredulidad están ejerciendo su influencia nefasta sobre las mentes y los corazones, y muchos están reemplazando los oráculos de Dios por las teorías de los hombres. Se enseña públicamente que hemos llegado a un tiempo en que la razón humana debe ser exaltada sobre las enseñanzas de la Palabra. La ley de Dios, divina norma de la justicia, se declara anulada. El enemigo de toda verdad está obrando con poder engañoso para inducir a hombres y mujeres a poner las instituciones humanas donde Dios debiera estar, y a olvidar lo que fue ordenado para la felicidad y salvación de la humanidad.
Sin embargo, esta apostasía, por extensa que haya llegado a ser, no es universal. No todos los habitantes del mundo son inicuos y pecaminosos. No todos se han decidido en favor del enemigo. Dios tiene a muchos… que esperan contra toda esperanza que Jesús vendrá pronto para acabar con el reinado del pecado y de la muerte… Los tales necesitan la ayuda personal de quienes han aprendido a conocer a Dios y el poder de su Palabra… Mientras los que comprenden la verdad bíblica procuren descubrir a los hombres y mujeres que anhelan luz, los ángeles de Dios los acompañarán… Muchos cesarán de tributar homenaje a las instituciones humanas, y se pondrán intrépidamente de parte de Dios y de su ley— Conflicto y valor, 28 de julio, p. 215
El profeta Natán recibió órdenes de llevar un mensaje de reprensión a David. Era un mensaje terrible en su severidad. A pocos soberanos se les podría haber dirigido una reprensión sin que el mensajero perdiese la vida. Natán transmitió la sentencia divina sin vacilación, aunque con tal sabiduría celestial que despertó la simpatía y la conciencia del rey y le indujo a que con sus labios emitiera su propia sentencia de muerte…
Esta experiencia fue muy penosa para David, pero también muy benéfica. De no haber sido por el espejo que Natán sostuvo delante de él, en el cual reconoció tan claramente su propia semejanza, no hubiera llegado a la convicción de su pecado atroz, y la ruina lo habría alcanzado. La convicción de su culpa fue la salvación de su alma. Se vio bajo otra luz, como el Señor lo veía, y a lo largo del resto de su vida se arrepintió de su pecado— Conflicto y valor, 22 de junio, p. 179
Mujeres profetas
Hay abundante evidencia en las Escrituras de que Dios llamó a mujeres para que sirvieran como profetas (ver el uso de la palabra hebrea nevi’ah en Éxo. 15:20 y de la palabra griega profētis en Luc. 2:36). En Miqueas 6:4, María aparece junto a Moisés y Aarón como enviados por Dios al pueblo. María es presentada como una profetisa que entonó un canto de victoria cuando los israelitas cruzaron el Mar Rojo (Éxo. 15:20-21). Sin embargo, esta profetisa, al igual que sus colegas masculinos, no estaba exenta de culpa, como revela su vergonzosa actitud hacia Moisés y su esposa madianita, de tez más oscura, acciones por las que la profetisa fue debidamente disciplinada (ver Núm. 12:1-10).
Podemos ver la obra de otra profetisa en la historia de Débora, quien actuó como jueza en Israel (Juec. 4:1-4).
De hecho, hay pruebas claras de que Débora (Juec. 4:4) recibió una revelación de Dios (Juec. 4:4-9, 14-22). Su canto de victoria (Juec. 5:2-31) es un reconocimiento de la intervención de Dios y tuvo un profundo significado teológico para la nación en ese momento de la historia.
Los principales consejeros del rey Josías consultaron a Hulda «la profetisa» (2 Rey. 22:14; 2 Crón. 34:22) después de leer al rey las palabras del «libro de la ley» (2 Rey. 22:8) (que se cree que es Deuteronomio), quien, en respuesta, «rasgó su vestido» (2 Rey. 22:11).
Obviamente, se trataba de un asunto muy importante, y el rey lo tomó como tal, por lo que sus hombres acudieron directamente a Hulda. Ella había recibido un mensaje de Dios acerca del inminente juicio de Judá. Las reformas de Josías fueron el resultado de los mensajes proféticos de Hulda y evitaron que el juicio de Dios fuera ejecutado sobre su pueblo.
Ningún apóstol o profeta pretendió haber vivido sin pecado. Hombres que han vivido lo más cerca de Dios, hombres que sacrificaron sus vidas antes de cometer a sabiendas un acto pecaminoso, hombres a quienes Dios honró con luz divina y poder, confesaron su naturaleza pecaminosa. No pusieron su confianza en la carne, no pretendieron poseer una justicia propia, sino que confiaron completamente en la justicia de Cristo.
Así debe ser con todos los que contemplan a Jesús. Cuanto más nos acerquemos a él y cuanto más claramente discernamos la pureza de su carácter, tanto más claramente veremos la extraordinaria gravedad del pecado y tanto menos nos sentiremos tentados a exaltarnos a nosotros mismos. Habrá un continuo esfuerzo del alma para acercarse a Dios; una constante, ferviente y dolorosa confesión del pecado y una humillación del corazón ante él. En cada paso de avance que demos en la experiencia cristiana, nuestro arrepentimiento será más profundo. Conoceremos que la suficiencia solamente se encuentra en Cristo, y haremos la confesión del apóstol: “Y yo sé que en mí (es a saber, en mi carne) no mora el bien”. “Mas lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. Romanos 7:18; Gálatas 6:14— Los hechos de los apóstoles, p. 448
Desde los comienzos en su vida madura, Josías había procurado aprovechar su posición como rey para exaltar los principios de la santa ley de Dios. Y ahora, mientras Safán el escriba le leía del libro de la ley, el rey descubrió en este tomo un tesoro de conocimiento y un poderoso aliado en la obra de reforma que él tanto había deseado realizar en su tierra. Resolvió andar a la luz de sus consejos, y también hacer todo lo que estuviera a su alcance para enseñar a su pueblo estas instrucciones, y, si era posible, conducirlo a cultivar reverencia y amor por la ley del cielo.
Pero, ¿sería posible producir la reforma necesaria? Por todo lo que podía captar de la lectura del libro que estaba ante él, Israel casi había llegado al límite de la paciencia divina; pronto Dios se levantaría para castigar a quienes habían arrojado deshonra a su nombre. La ira de Dios ya estaba encendida contra el pueblo. Abrumado de dolor y desánimo, Josías rompió sus vestiduras y se inclinó ante Dios con agonía de espíritu, procurando el perdón por los pecados de una nación impenitente.
En ese tiempo, la profetisa Hulda vivía en Jerusalén, cerca del templo. La mente del rey, llena de angustiosos presagios, se volvió hacia ella, y decidió consultar al Señor mediante su mensajera elegida, para averiguar si había algún medio a su alcance para salvar al errante Judá, ahora al borde de la ruina.
La gravedad de la situación, y el respeto que tenía por la profetisa, lo condujeron a elegir a los principales de su reino como sus mensajeros. “Id —les pidió—, y preguntad a Jehová por mí, y por el pueblo, y por todo Judá, acerca de las palabras de este libro que se ha hallado; porque grande es la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro, para hacer conforme a todo lo que nos fue escrito”. 2 Reyes 22:13— Recibiréis poder, 16 de septiembre, p. 270
Falsos profetas
Satanás falsifica todo lo que Dios hace. Eso incluye el ministerio profético. Israel tuvo ante sí a profetas verdaderos y falsos. La clave era saber distinguir entre unos y otros.
En Jeremías 14, Dios encomendó a Jeremías un mensaje de juicio para Judá; es decir, una medida disciplinaria que se concretaría en forma de espada (guerra), hambruna y pestilencia. Los falsos profetas de la época contradecían el mensaje de Jeremías, quien los describe en términos muy claros: «Entonces el Señor me dijo: “Los profetas profetizan mentiras en mi nombre. No los envié, ni los mandé, ni les hablé. De su corazón les profetizan visión mentirosa, adivinación, vanidad y engaño”» (Jer. 14:14).
Los falsos profetas eran corruptos porque la fuente de sus afirmaciones proféticas eran a menudo los falsos «dioses» a los que adoraban (Jer. 23:13‑14). Dios advierte: «No los envié, ni los mandé, ni les hablé» (Jer. 14:14). Son «profetas que profetizan mentira, que profetizan el engaño de su corazón» (Jer. 23:26). Ezequiel recibió la orden de profetizar contra «los profetas [...] que profetizan lo que hay en sus propios corazones» (Eze. 13:2, RVA-2015). Los falsos profetas suelen seguir las opiniones populares. Este fue el caso en 1 Reyes 22, cuando un grupo de cuatrocientos «profetas» se reunió por orden del rey Acab (1 Rey. 22:6) y le aconsejaron al unísono que luchara contra Ramot de Galaad. Acab consultó con Josafat, rey de Judá, después de escuchar ese consejo de los profetas de Asera. Josafat instó a Acab a consultar al profeta Micaías para saber si debían ir a la batalla o no. «Entonces el mensajero que había ido a llamar a Micaías le habló, diciendo: “Las palabras de los profetas a una anuncian el bien al rey. Sea ahora tu palabra como la de ellos y anuncia el bien”» (1 Rey. 22:13).
La presión que Micaías experimentó para que mintiera fue probablemente la misma que sintieron los falsos profetas de Asera, pero el hombre de Dios no acompañó la opinión popular, sino que esperó que Dios lo instruyera acerca de qué debía decir (1 Rey. 22:14).
Tanto en el caso de los profetas como en el de las personas en general, siempre es fácil concordar con lo que es popular. En vista de cuán corrupta puede ser la cultura, ¿por qué no es sabio proceder de esa manera?
¿Cómo distinguiremos a los verdaderos siervos de Dios de los falsos profetas que Cristo dijo que surgirían para engañar a muchos? Hay una sola prueba del carácter: la ley de Jehová.
Los israelitas colocaron sobre sus puertas una señal de sangre para mostrar que eran propiedad de Dios. Así también los hijos de Dios de esta época deberán llevar la señal que Dios ha provisto. Estarán en armonía con la ley de Dios. Sobre cada uno de los hijos de Dios se coloca una señal tan ciertamente como se colocó una señal en las puertas de las moradas hebreas para preservar de la ruina a sus miembros. Dios declara: “Y les di también mis sábados, para que fuesen por señal entre mí y ellos”. Ezequiel 20:12. No necesitamos ser engañados…
El gran conflicto que ahora se riñe no es meramente una contienda de hombre contra hombre. De un lado se halla el Príncipe de la vida, actuando como el sustituto y garantía del hombre; del otro, el príncipe de las tinieblas, con los ángeles caídos bajo sus órdenes…
Habrá un serio conflicto entre los que son leales a Dios y los que se burlan de su ley. La iglesia ha unido sus manos con las del mundo. La reverencia hacia la ley de Dios ha sido trastornada. Los dirigentes religiosos están enseñando como doctrina los mandamientos de los hombres. Como era en los días de Noé, así es en esta época. Pero la difusión de la deslealtad y la transgresión, ¿hará que los que respetan la ley de Dios la respeten menos y se unan con los poderes mundanos que procuran invalidarla? Los que son verdaderamente leales no serán arrastrados por la corriente del mal. No arrojarán burla y desprecio sobre lo que Dios ha apartado como santo. Cada uno es sometido a prueba. Hay solamente dos lados. ¿En cuál de ellos estáis vosotros?— A fin de conocerle, 24 de julio, p. 211
La voz de Dios nos habla por medio de su Palabra, y hay muchas voces que vamos a oír; pero Cristo nos advirtió que debemos cuidarnos de los que nos dijeren: “Aquí está el Cristo, o allí está”. Entonces, ¿cómo sabremos que los tales no tienen la verdad a menos que cotejemos cada cosa con las Escrituras? Cristo nos amonestó a que estemos alerta de los falsos profetas que vendrán a nosotros en su nombre diciendo que son el Cristo…
Se acerca el tiempo cuando Satanás obrará milagros directamente a la vista de ustedes, proclamando que él es el Cristo; y si sus pies no están firmemente establecidos en la verdad de Dios, entonces ustedes serán apartados de su fundamento. La única seguridad para ustedes es buscar la verdad como [se buscan los] tesoros escondidos. Excaven en busca de la verdad como lo harían para hallar tesoros en la tierra, y presenten la Palabra de Dios, la Biblia, delante de su Padre celestial, y digan: “Ilumíname, enséñame qué es verdad”. Y cuando el Espíritu Santo entre en su corazón, para grabar la verdad en el alma, no la dejarán desvanecerse fácilmente— Ser semejante a Jesús, 17 de abril, p. 114
Imperfectos pero dispuestos
Como hemos visto, la experiencia de los profetas del Antiguo Testamento demuestra que nunca ha sido fácil ser un mensajero de Dios. Elena de White experimentó las mismas inquietudes que los profetas bíblicos. Como aprendimos el viernes pasado, era joven, tímida y no gozaba de buena salud cuando recibió el llamado de Dios. Aunque una segunda visión confirmó su llamado, Elena seguía preocupada por el llamado de Dios y escribió lo siguiente: «Aproximadamente una semana después, el Señor me concedió otra visión en la que me mostró las pruebas por las que debía pasar; que debía ir y contar a otros lo que él me había revelado; que encontraría gran oposición y sufriría angustia espiritual. […]
»Esta visión me turbó enormemente. Mi salud era muy delicada y solo tenía diecisiete años. […] Oré fervientemente para que esa carga recayera sobre otra persona. Pero la respuesta que obtuve fue: “Da a conocer a los demás lo que te he revelado”. No estaba dispuesta a ir al mundo. Por naturaleza, tenía poca confianza en mí misma. […] Deseé morir. La muerte me parecía preferible a las responsabilidades que tendría que asumir» (Spiritual Gifts, t. 2, pp. 35-36).
La joven Elena habría preferido morir antes que aceptar su misión como vocera de Dios. Tras mucha oración y ánimo de sus compañeros creyentes, accedió y dedicó el resto de su vida a obedecer «los mandatos de Dios» (Elena de White, Spiritual Gifts, t. 2, p. 38).
Como resultado de ello, llegaría a ser la voz más influyente de la futura Iglesia Adventista del Séptimo Día y para esta. Sin embargo, Elena era humana y tenía sus propios defectos, problemas de salud, desafíos familiares y conflictos interpersonales. Sin embargo, y a pesar de su humanidad, la gran lección que su caso nos enseña es que Dios elige a personas imperfectas dispuestas a servir.
Bajo la guía del Espíritu Santo, el ministerio profético de Elena de White animaría a los creyentes y los conectaría con las verdades bíblicas. En 1860, ella había desempeñado un papel destacado en el desarrollo de la entonces incipiente confesión adventista del séptimo día y su misión de proclamar los mensajes de los tres ángeles al mundo. Dios orientó a estos creyentes para organizar la Iglesia Adventista del Séptimo Día en 1863. En décadas posteriores, la voz profética de Elena de White fue determinante en el establecimiento de los sistemas adventistas de salud y educación a nivel mundial. Sin embargo, la contribución más importante de su ministerio son las aproximadamente cien mil páginas de sus escritos inspirados, que continúan comunicando la instrucción divina en todo el mundo.
Para conocer más acerca de este tema, lee Elena de White, Mensajes selectos, t. 3, pp. 46-54; y Jiří Moskala, «La voz profética en el Antiguo Testamento», en El don de profecía en las Escrituras y en la historia, ed. por Dwain N. Esmond y Alberto R. Timm (Miami, FL: APIA, 2016), pp. 1-42.
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