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Escuela Sabática Para Maestros

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Uniendo el cielo y la tierra. Cristo en Filipenses y Colosenses

1er Trimestre de 2026

Lección 6: Para el 9 de mayo de 2026

GUERREROS DE ORACIÓN

Sábado 2 de mayo

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Daniel 2: 20–23; 6: 10, 11; Hechos 20: 36; Génesis 5: 22–24; Éxodo 33: 15–23; 32: 31, 32.

PARA MEMORIZAR:

«Amo al Señor, porque ha escuchado mi voz y mis súplicas, porque ha inclinado a mí su oído, por eso lo invocaré mientras yo viva» (Sal. 116: 1, 2).

Si casi no hablaras con tu mejor amigo o con tu cónyuge, tu relación con esa persona pronto se malograría y surgirían problemas. De la misma manera, la oración es esencial para tener una relación cercana con Dios, un hábito devocional crucial que cada uno de nosotros necesita y puede fortalecer. Si no oramos a menudo, tarde o temprano nos alejaremos del Señor.

La Biblia registra la experiencia de distintas personas que oraban de diferentes maneras. Al estudiar el ejemplo de ellas podemos vislumbrar cómo su comunión con Dios influyó en su relación con él, cómo sus oraciones influyeron positivamente en la vida de otras personas, y cómo podríamos orar también nosotros para nuestro bien y el de los demás.

Al igual que el estudio de la Biblia, el tema de la oración es importante y mucho más amplio de lo que se puede abarcar en solo dos semanas. En esta ocasión aprenderemos varias lecciones de algunos personajes de la Biblia que oraron y demostraron cuán importante es la oración para tener una relación sólida con Dios.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Dios nos habla por la naturaleza y por la revelación, por su providencia y por la influencia de su Espíritu. Pero esto no basta; necesitamos abrirle nuestro corazón. A fin de tener vida y energía espirituales debemos tener verdadero intercambio con nuestro Padre celestial. Nuestra mente puede ser atraída hacia él; podemos meditar en sus obras, sus misericordias, sus bendiciones; pero esto no es, en el sentido pleno de la palabra, estar en comunión con él. Para ponernos en comunión con Dios debemos tener algo que decirle tocante a nuestra vida real.

Orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo. No es que se necesite esto para que Dios sepa lo que somos, sino a fin de capacitarnos para recibirle. La oración no baja a Dios hacia nosotros, antes bien nos eleva a él.

Cuando Jesús estuvo sobre la tierra, enseñó a sus discípulos a orar. Les enseñó a presentar a Dios sus necesidades diarias y a confiarle toda su solicitud. Y la seguridad que les dio de que sus oraciones serían oídas nos es dada también a nosotros.

El Señor Jesús mismo, cuando habitó entre los hombres, oraba frecuentemente. Nuestro Salvador se identificó con nuestras necesidades y flaquezas al convertirse en un suplicante que imploraba de su Padre nueva provisión de fuerza, para avanzar vigorizado para el deber y la prueba. Él es nuestro ejemplo en todas las cosas. Es un hermano en nuestras debilidades, “tentado en todo así como nosotros”, pero como ser inmaculado, rehuyó el mal; su alma sufrió las luchas y torturas de un mundo de pecado. Como humano, la oración fue para él una necesidad y un privilegio. Encontraba consuelo y gozo en la comunión con su Padre. Y si el Salvador de los hombres, el Hijo de Dios, sintió la necesidad de orar, ¡cuánto más nosotros, débiles mortales, manchados por el pecado, no debemos sentir la necesidad de orar con fervor y Constancia!

Nuestro Padre celestial está esperando para derramar sobre nosotros la plenitud de sus bendiciones. Es privilegio nuestro beber abundantemente en la fuente del amor infinito. ¡Cuán extraño es que oremos tan poco! Dios está pronto y dispuesto a oír la oración de sus hijos, y no obstante hay de nuestra parte mucha vacilación para presentar nuestras necesidades delante de Dios. ¿Qué pueden los ángeles del cielo pensar de unos seres humanos pobres y sin fuerza, sujetos a la tentación, y que sin embargo oran tan poco y tienen tan poca fe, cuando el gran Dios lleno de infinito amor se compadece de ellos y está pronto para darles más de lo que pueden pedir o pensar? Los ángeles se deleitan en postrarse delante de Dios y en estar cerca de él. Es su mayor delicia estar en comunión con Dios; y con todo, los hijos de los hombres, que tanto necesitan la ayuda que solo Dios puede dar, parecen satisfechos con andar privados de la luz de su Espíritu y de la compañía de su presencia (El camino a Cristo, pp. 93, 94).


Domingo 3 de mayo

EL FIEL DANIEL

Daniel es uno de los grandes héroes de la Biblia. Sin duda recordamos el comienzo de su historia (ver Dan. 1): «Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la comida ni con el vino del rey» (Dan. 1: 8). Él y sus tres amigos recibieron de Dios «conocimiento e inteligencia en todas las letras y ciencias. Además, Daniel tuvo entendimiento en toda visión y sueños» (Dan. 1: 17). La Biblia dice que Daniel era sabio (Dan. 1: 20; 2: 14, 21, 23, 48) porque el Espíritu de Dios estaba en él (Dan. 4: 9, 18; 5: 14; 6: 3), y que era muy amado por el Cielo (Dan. 9: 23; 10: 11). Estos son algunos de los rasgos de un hombre que tenía una conexión sólida y constante con Dios.

Cuando el rey Nabucodonosor decretó la muerte de todos los sabios de Babilonia, Daniel pidió misericordia a Dios y que le revelara el sueño del rey y su significado (Dan. 2: 18). Cuando el Señor lo hizo, Daniel oró inmediatamente.

Lee Daniel 2: 20 al 23. ¿Por qué oró Daniel y qué podemos aprender de su oración?

Daniel 2: 20-23

20 Y Daniel habló y dijo: Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría. 21 Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos. 22 Él revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz. 23 A ti, oh Dios de mis padres, te doy gracias y te alabo, porque me has dado sabiduría y fuerza, y ahora me has revelado lo que te pedimos; pues nos has dado a conocer el asunto del rey.

Los años pasaron y distintos reyes ocuparon el trono, pero Daniel siguió siendo un valorado consejero de la corte y, «debido a la gran destreza administrativa de Daniel, el rey hizo planes para ponerlo frente al gobierno de todo el imperio» (Dan. 6: 3, NVI). «Era fiel y ningún vicio ni falta había en él» (Dan. 6: 4). A pesar de la envidia de sus colegas y las conspiraciones malvadas en su contra (Dan. 6: 5-9), Daniel mantuvo su constante vida de oración.

Lee Daniel 6: 10 y 11. ¿Qué nos dicen estos versículos acerca de Daniel?

Daniel 6: 10-11

10 Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes. 11 Entonces se juntaron aquellos hombres, y hallaron a Daniel orando y rogando en presencia de su Dios.

Ante las dificultades, Daniel oró. Aunque la amenaza iba directamente contra su vida, él se mantuvo firme y constante en la oración: tres veces al día, como era su costumbre. Además, era predecible; abría su ventana y oraba mirando hacia Jerusalén. Su oración incluía una acción concreta —se arrodillaba— y se centraba en la acción de gracias y la súplica.

A la luz de una historia como esta, ¿cuán fundadas son tus excusas para no orar?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Los enemigos del profeta contaban con la firme adhesión de Daniel a los buenos principios para que su plan tuviese éxito. Y no se habían equivocado en su manera de estimar su carácter. Él reconoció prestamente el propósito maligno que habían tenido al fraguar el decreto, pero no cambió su conducta en un solo detalle. ¿Por qué dejaría de orar ahora, cuando más necesitaba hacerlo? Antes renunciaría a la vida misma que a la esperanza de ayuda que hallaba en Dios. Cumplía con calma sus deberes como presidente de los príncipes; y a la hora de la oración entraba en su cámara, y con las ventanas abiertas hacia Jerusalén, según su costumbre, ofrecía su petición al Dios del cielo. No procuraba ocultar su acto. Aunque conocía muy bien las consecuencias que tendría su fidelidad a Dios, su ánimo no vaciló. No permitiría que aquellos que maquinaban su ruina pudieran ver siquiera la menor apariencia de que su relación con el Cielo se hubiese cortado. En todos los casos en los cuales el rey tuviese derecho a ordenar, Daniel le obedecería; pero ni el rey ni su decreto podían desviarle de su lealtad al Rey de reyes.

Así declaró el profeta con osadía serena y humilde que ninguna potencia terrenal tiene derecho a interponerse entre el alma y Dios. Rodeado de idólatras, atestiguó fielmente esta verdad. Su adhesión indómita a lo recto fue una luz que brilló en las tinieblas morales de aquella corte pagana. Daniel se destaca hoy ante el mundo como digno ejemplo de intrepidez y fidelidad cristianas.

Durante todo un día los príncipes vigilaron a Daniel. Tres veces le vieron ir a su cámara, y tres veces oyeron su voz elevarse en ferviente intercesión para con Dios. A la mañana siguiente, presentaron su queja al rey. Daniel, su estadista más honrado y fiel, había desafiado el decreto real. Recordaron al rey: “¿No has confirmado edicto que cualquiera que pidiere a cualquier dios u hombre en el espacio de treinta días, excepto a ti, oh rey, fuese echado en el foso de los leones?”

“Verdad es —contestó el rey—, conforme a la ley de Media y de Persia, la cual no se abroga”.

Triunfantemente informaron entonces a Darío acerca de la conducta de su consejero de más confianza. Clamaron: “Daniel que es de los hijos de la cautividad de los Judíos, no ha hecho cuenta de ti, oh rey, ni del edicto que confirmaste; antes tres veces al día hace su petición”…

Del relato de cómo fue librado Daniel, podemos aprender que en los momentos de prueba y lobreguez, los hijos de Dios deben ser precisamente lo que eran cuando las perspectivas eran halagüeñas y cuanto los rodeaba era todo lo que podían desear. En el foso de los leones Daniel fue el mismo que cuando actuaba delante del rey como presidente de los ministros de estado y como profeta del Altísimo. Un hombre cuyo corazón se apoya en Dios será en la hora de su prueba el mismo que en la prosperidad, cuando sobre él resplandece la luz y el favor de Dios y de los hombres. La fe extiende la mano hacia lo invisible y se ase de las realidades eternas.

El cielo está muy cerca de aquellos que sufren por causa de la justicia. Cristo identifica sus intereses con los de su pueblo fiel; sufre en la persona de sus santos; y cualquiera que toque a sus escogidos le toca a él. El poder que está cerca para librar del mal físico o de la angustia está también cerca para salvar del mal mayor, para hacer posible que el siervo de Dios mantenga su integridad en todas las circunstancias y triunfe por la gracia divina (Profetas y reyes, pp. 397, 398, 400).


Lunes 4 de mayo

LA POSTURA DURANTE LA ORACIÓN

Cuando tenemos algún problema serio, la mayoría de nosotros llamamos a un amigo íntimo para hablar con él acerca de ello. Cuando tenemos buenas noticias, buscamos a alguien con quien compartirlas. Podemos hacer lo mismo con Dios, ya que «orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo» (Elena G. de White, El camino a Cristo, p. 138).

La oración no solo nos mantiene conectados con Dios, sino también dice al Diablo a quién pertenecemos. Nuestra oración matutina de rodillas es una declaración que hacemos a los poderes de las tinieblas de que elegimos a Dios. Además, Dios responde a esa oración enviando a sus ángeles para que nos fortalezcan y nos resguarden de nuestro Enemigo, el Príncipe de las tinieblas (Sal. 91).

El hecho de arrodillarse en actitud de sumisión expresa una disposición humilde y se diferencia de orar sentado o reclinado, aunque también podemos orar de esta manera. Sin embargo, cuando nos arrodillamos ante Dios, nuestro corazón se rinde más fácilmente, ya que nuestro cuerpo y nuestras palabras declaran que él es soberano y que somos sus hijos creados.

Lee los siguientes pasajes bíblicos y considera la vida de estas personas que oraron de rodillas: Daniel 6: 10; Lucas 22: 41; Hechos 7: 60; 9: 40 y 20: 36.

Daniel 6: 10

10 Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes.

Lucas 22: 41

41 Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró,

Hechos 7: 60

60 Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió.

Hechos 9: 40

40 Entonces, sacando a todos, Pedro se puso de rodillas y oró; y volviéndose al cuerpo, dijo: Tabita, levántate. Y ella abrió los ojos, y al ver a Pedro, se incorporó.

Hechos 20: 36

36 Cuando hubo dicho estas cosas, se puso de rodillas, y oró con todos ellos.

Orar de pie era una práctica común en los tiempos bíblicos (2 Crón. 20: 5, 6, 13; 1 Sam. 1: 26; Job 30: 20; Luc. 18: 11). La Biblia también comparte ejemplos de personas que oraron sentadas (2 Sam. 7: 18; 2 Rey. 4: 38). Otros se postraban ante Dios, con el rostro en tierra, aunque esta postura estaba más bien asociada con la sumisión ante un superior (1 Rey. 1: 47; Mar. 14: 35).

¿Cuál es tu postura habitual cuando oras? La Biblia no exige una en particular, pero esta es importante, pues refleja nuestra reverencia, nuestros sentimientos y nuestro deseo de aceptar la soberanía de Dios en nuestra vida. Algunas personas están imposibilitadas de arrodillarse, pero lo que importa es la postura del corazón. Si puedes arrodillarte, pero normalmente no lo haces, hazlo la próxima vez que ores y nota cómo influye eso en la calidad de tu diálogo con Dios.

La Biblia nos invita a orar sin cesar (1 Tes. 5: 17), lo que implica perseverancia (Col. 4: 2) y constancia (Rom. 12: 12). Dirige ahora mismo tus pensamientos a Dios y háblale como a tu Amigo mientras estás de pie, sentado, reclinado o caminando.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

La seguridad es amplia e ilimitada, y fiel es el que ha prometido. Cuando no recibimos precisamente y al instante las cosas que pedimos, debemos seguir creyendo que el Señor oye y que contestará nuestras oraciones. Somos tan cortos de vista y propensos a errar, que algunas veces pedimos cosas que no serían una bendición para nosotros, y nuestro Padre celestial contesta con amor nuestras oraciones dándonos aquello que es para nuestro más alto bien, aquello que nosotros mismos desearíamos si, alumbrados de celestial saber, pudiéramos ver todas las cosas como realmente son. Cuando nos parezca que nuestras oraciones no son contestadas, debemos aferrarnos a la promesa; porque el tiempo de recibir contestación vendrá seguramente y recibiremos las bendiciones que más necesitamos. Por supuesto, pretender que nuestras oraciones sean siempre contestadas en la misma forma y según la cosa particular que pidamos, es presunción. Dios es demasiado sabio para equivocarse, y demasiado bueno para negar un bien a los que andan en integridad. Así que no temáis confiar en él, aunque no veáis la inmediata respuesta a vuestras oraciones. Confiad en la seguridad de su promesa: “Pedid, y se os dará”.

Si consultamos nuestras dudas y temores, o antes de tener fe procuramos resolver todo lo que no veamos claramente, las perplejidades no harán sino acrecentarse y ahondarse. Pero si nos allegamos a Dios sintiéndonos desamparados y necesitados, como realmente somos, y con fe humilde y confiada presentamos nuestras necesidades a Aquel cuyo conocimiento es infinito y que ve toda la creación y todo lo gobierna por su voluntad y palabra, él puede y quiere atender a nuestro clamor, y hará resplandecer la luz en nuestro corazón. Por la oración sincera nos ponemos en comunicación con la mente del Infinito. Quizás no tengamos al instante alguna prueba notable de que el rostro de nuestro Redentor se inclina hacia nosotros con compasión y amor; y sin embargo es así. Tal vez no sintamos su toque manifiesto, mas su mano se extiende sobre nosotros con amor y piadosa ternura (El camino a Cristo, pp. 96, 97).

Debemos orar también en el círculo de nuestra familia; y sobre todo no descuidar la oración privada, porque ella es la vida del alma. Es imposible que el alma florezca cuando se descuida la oración. La sola oración pública o con la familia no es suficiente. En medio de la soledad, abrid vuestra alma al ojo penetrante de Dios. La oración secreta solo debe ser oída por el Dios que oye las oraciones. Ningún oído curioso debe recibir el peso de tales peticiones. En la oración privada el alma está libre de las influencias del ambiente, libre de excitación. Tranquila pero fervientemente se elevará la oración hacia Dios. Dulce y permanente será la influencia que dimana de Aquel que ve en lo secreto, cuyo oído está abierto a la oración que brota del corazón. Por una fe sencilla y serena el alma se mantiene en comunión con Dios, y recoge los rayos de la luz divina para fortalecerse y sostenerse en la lucha contra Satanás. Dios es el castillo de nuestra fortaleza.

Orad en vuestro gabinete; mientras atendéis a vuestro trabajo cotidiano, levantad a menudo vuestro corazón a Dios. Así fue como anduvo Enoc con Dios. Esas oraciones silenciosas suben como precioso incienso ante el trono de la gracia.

Satanás no puede vencer a aquel cuyo corazón está así apoyado en Dios.

No hay tiempo o lugar en que sea impropio orar a Dios. No hay nada que pueda impedirnos elevar nuestro corazón en ferviente oración. En medio de las multitudes de las calles o en medio de una sesión de nuestros negocios, podemos elevar a Dios una oración e implorar la dirección divina, como lo hizo Nehemías cuando presentó una petición delante del rey Artajerjes. Dondequiera que estemos podemos estar en comunión con Dios. Debemos tener abierta de continuo la puerta del corazón e invitar siempre al Señor Jesús a venir y morar en nuestra alma como huésped celestial (El camino a Cristo, pp. 98, 99).


Martes 5 de mayo

ENOC PRACTICABA LO QUE PREDICABA

Lee Génesis 5: 22 al 24. ¿Qué sabemos, en verdad, acerca de Enoc?

Génesis 5: 22-24

22 Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. 23 Y fueron todos los días de Enoc trescientos sesenta y cinco años. 24 Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios.

La Biblia no dice mucho acerca de la vida de Enoc, pero sí que caminó con Dios durante trescientos años, hasta que Dios lo llevó al Cielo. ¡Cuán hermoso es que la devoción constante de una persona a Dios sea lo que defina su vida!

Enoc era «constante en la oración» (Rom. 12: 12) y se mantenía cada día cerca de Dios, por medio de la fe, en sus circunstancias y experiencias. El mundo se volvía cada vez más malvado en sus días, pero Enoc se mantenía ocupado sirviendo a Dios pues sabía que eso solamente era posible si permanecía en comunión con él.

«En medio de una vida de activa labor, Enoc mantenía fielmente su comunión con Dios. Cuanto más intensas y urgentes eran sus labores, tanto más constantes y fervorosas eran sus oraciones. […] Después de permanecer algún tiempo entre la gente, trabajando para beneficiarla mediante la instrucción y el ejemplo, se retiraba con el fin de estar solo, para satisfacer su sed y hambre de aquella divina sabiduría que únicamente Dios puede dar. Manteniéndose así en comunión con Dios, Enoc llegó a reflejar más y más la imagen divina. Tenía el rostro radiante de una santa luz, semejante a la que resplandece del rostro de Jesús. Cuando regresaba de estar en comunión con Dios, hasta los impíos miraban con reverencia ese sello del cielo en su semblante» (Elena G. de White, Patriarcas y profetas, p. 66).

Dios no nos pide que vivamos como ermitaños o monjes, tan separados del mundo que no seamos útiles en la Tierra. Como Enoc, podemos ser productivos y conscientes de las necesidades que nos rodean, pero Dios solamente puede reflejar su maravilloso carácter a través de nosotros si mantenemos una relación estable y duradera con él.

Podemos orar en cualquier momento y lugar. No hay ningún lugar en la Tierra donde Dios no nos vea u oiga (Sal. 139: 7-12). Él siempre escucha el clamor de nuestro corazón, sin importar dónde estemos (lee Lam. 3: 55-57). Sin embargo, hay una ventaja en el hecho de orar audiblemente, ya que cuando lo hacemos solo mentalmente es más factible que el pensamiento se desvíe hacia otros temas. A diferencia de ello, cuando oramos en voz audible, ya sea como un susurro o en nuestro tono habitual, ello sirve como una especie de recordatorio de que Dios es real, que nos está escuchando y que tenemos algo específico acerca de lo cual dialogar con él.

¿Dónde o cómo susurrarás hoy una oración como parte de tu comunión con Jesús?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Enoc fue representante de Cristo tan seguramente como el amado discípulo Juan. Enoc anduvo con Dios, y ya no fue hallado, porque Dios lo llevó consigo. A él se le confió el mensaje de la segunda venida de Cristo. “De los cuales también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, el Señor es venido con sus santos millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él”. El mensaje predicado por Enoc, y su traslado al cielo, fueron un argumento convincente para todos los que vivían en su tiempo; fueron un argumento que Matusalén y Noé pudieron usar con poder para demostrar que los justos serían trasladados.

El Dios que anduvo con Enoc era nuestro Dios y Salvador Jesucristo. Era la luz del mundo como lo es ahora. Los que vivían entonces no estuvieron sin maestros que los instruyesen en la senda de la vida; porque Noé y Enoc eran cristianos. El evangelio se da en preceptos en Levítico. Se requiere ahora obediencia implícita como entonces. ¡Cuán esencial es que comprendamos la importancia de esta palabra! Solo dos grupos se manifestarán en este mundo, los que son obedientes y los desobedientes. Esto se evidenciará en todas nuestras labores. Si solamente pudiéramos tener en mente que Cristo, en forma encubierta, está constantemente a nuestro lado. “Yo estoy a tu diestra para ayudarte”. Hemos de dar testimonio para convencer al pecador de su pecado. Nadie puede ser obligado contra su voluntad, sino que debe ser convencido. Cristo es el poder milagroso que realiza esta acción (El Cristo triunfante, 26 de febrero, p. 65).

De Enoc se ha escrito que vivió sesenta y cinco años y engendró un hijo. Luego, caminó con Dios por trescientos años. En el transcurso de estos primeros años,

Enoc amó y temió a Dios y guardó sus mandamientos… Pero después del nacimiento de su primer hijo, alcanzó una experiencia superior, estableció una relación más estrecha con Dios. Así comprendió más plenamente cuáles eran sus obligaciones y responsabilidades como hijo de Dios…

¡Qué bendición que hayamos tenido un Enoc!… A pesar de la corrupción que lo rodeaba, caminó con Dios, y su luz refulgió en medio de una era degenerada. Y si Enoc caminó con Dios en medio de la corrupción de esos días, ¿por qué los hombres y mujeres de nuestros días no podrían hacer lo mismo?

Muchos de nosotros sabemos algo de esta experiencia. Sabemos que en medio de la tristeza y la congoja nos sentimos débiles, pero también sabemos que Jesús está a nuestro lado, simpatiza con nosotros, y nos ayudará. Podemos mantener comunión con nuestro mejor Amigo, pues está a nuestro lado. No necesitamos ascender a los cielos para traerlo, él ya está aquí dispuesto a asistirnos.

Mientras transitamos por las calles con aquellos que no se interesan por Dios, por el cielo o por las cosas celestiales, podemos hablarles de Jesús. Tenemos algo más precioso que ellos donde fijar nuestros ojos: en Jesús. Él está con nosotros en medio de la oscuridad moral que reina en estos días. Podemos contarle las aflicciones de nuestra alma y de la maldad del mundo, y nada de esto nos apartará del camino. Podemos hablar con Jesús. Podemos hablar con Jesús como Enoc habló con Dios, y le contaba al Señor sus pruebas…

Enoc desarrolló un carácter recto y en consecuencia fue traspuesto al cielo sin ver la muerte. Cuando el Señor regrese por segunda vez, habrá algunos que serán traspuestos sin ver la muerte y deseamos saber si estaremos en ese grupo. Queremos saber si estaremos por completo del lado del Señor, siendo partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado a la corrupción que impera en el mundo por la concupiscencia, sin trazar nuestro trayecto en el que no tengamos que afrontar pruebas y dificultades, sino estableciendo una relación correcta con Dios y permitiendo que él se responsabilice de las consecuencias (El Cristo triunfante, 5 de febrero, p. 44).


Miércoles 6 de mayo

MOISÉS, UN LÍDER CONSAGRADO

Aunque está claro que Enoc tenía una relación muy cercana con Dios, la Biblia contiene más información acerca de la relación de Moisés con el Señor e, incluso, registra numerosos diálogos entre ambos. A medida que pasamos revista a los altibajos de la experiencia de este humilde líder, observamos que la parte más importante de su vida y el secreto de su éxito como dirigente piadoso fue su comunicación constante con Dios y su relación permanente con él.

Lee Éxodo 33: 15 al 23. ¿Cuál es el contenido y la forma del diálogo entre Moisés y el Señor?

Éxodo 33: 15-23

15 Y Moisés respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí. 16 ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra? 17 Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre. 18 Él entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria. 19 Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. 20 Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá. 21 Y dijo aún Jehová: He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; 22 y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. 23 Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro.

Imagina lo que significó, sin duda, hablar con Dios y oír claramente su voz. Es sorprendente que los israelitas no buscaran este tipo de comunión con Dios por sí mismos en lugar de rogar a Moisés que les hablara en nombre del Señor (Éxo. 20: 18-21). No obstante, Dios había preparado a Moisés para esto ya desde su interacción con el futuro líder en la zarza ardiente, en ese mismo monte. Aunque la Biblia registra otras oraciones de Moisés, lo cierto es que él estaba casi continuamente en presencia de Dios, pidiéndole orientación e intercediendo por el pueblo al que dirigía.

Moisés intercedió en dos ocasiones por algunos miembros de su familia. ¿Cuáles fueron las circunstancias que motivaron su mediación y qué habría sucedido si él no hubiera intervenido?

Aarón (Éxo. 32: 1-14, 31-34; Deut. 9: 20)

Éxodo 32: 1-14, 31-34

1 Viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte, se acercaron entonces a Aarón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido. Y Aarón les dijo: Apartad los zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas, y traédmelos. Entonces todo el pueblo apartó los zarcillos de oro que tenían en sus orejas, y los trajeron a Aarón; y él los tomó de las manos de ellos, y le dio forma con buril, e hizo de ello un becerro de fundición. Entonces dijeron: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto. Y viendo esto Aarón, edificó un altar delante del becerro; y pregonó Aarón, y dijo: Mañana será fiesta para Jehová. Y al día siguiente madrugaron, y ofrecieron holocaustos, y presentaron ofrendas de paz; y se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a regocijarse. Entonces Jehová dijo a Moisés: Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y le han ofrecido sacrificios, y han dicho: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto. Dijo más Jehová a Moisés: Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz. 10 Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande. 11 Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte? 12 ¿Por qué han de hablar los egipcios, diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la tierra? Vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu pueblo. 13 Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel tus siervos, a los cuales has jurado por ti mismo, y les has dicho: Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado, y la tomarán por heredad para siempre. 14 Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo.

31 Entonces volvió Moisés a Jehová, y dijo: Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, 32 que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito. 33 Y Jehová respondió a Moisés: Al que pecare contra mí, a este raeré yo de mi libro. 34 Ve, pues, ahora, lleva a este pueblo a donde te he dicho; he aquí mi ángel irá delante de ti; pero en el día del castigo, yo castigaré en ellos su pecado.

Deuteronomio 9: 20

20 Contra Aarón también se enojó Jehová en gran manera para destruirlo; y también oré por Aarón en aquel entonces.

María (Núm. 12: 13)

Números 12: 13

13 Entonces Moisés clamó a Jehová, diciendo: Te ruego, oh Dios, que la sanes ahora.

Lo más sorprendente de la interacción en favor de María es que Moisés fue el destinatario de su maltrato y envidia. Él pudo haber permitido que Dios diera a María y Aarón el castigo que merecían. En cambio, perdonó a su hermana e intercedió por ella. ¡Qué poderoso reflejo de la gracia perdonadora de Dios para con los pecadores se ve aquí en las acciones de Moisés!

Lee Mateo 5: 44 y Colosenses 3: 13. ¿Cómo puedes aprender a hacer lo que se te dice aquí? ¿Por qué es importante que lo hagas?

Mateo 5: 44

44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;

Colosenses 3: 13

13 soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Habían pasado solo unos pocos días desde que los hebreos habían hecho un pacto solemne con Dios, prometiendo obedecer su voz. Habían temblado de terror ante el monte, al escuchar las palabras del Señor: “No tendrás otros dioses delante de mí”. Éxodo 20:3 (V. TA). La gloria de Dios que aun cubría el Sinaí estaba a la vista de la congregación; pero ellos le dieron la espalda y pidieron otros dioses. “Hicieron becerro en Horeb, y encorváronse a un vaciadizo. Así trocaron su gloria por la imagen de un buey”. Salmo 106:19, 20. ¡Cómo podrían haber demostrado mayor ingratitud, o insultado más osadamente al que había sido para ellos un padre tierno y un rey todopoderoso!

Mientras Moisés estaba en el monte, se le comunicó la apostasía ocurrida en el campamento, y se le indicó que regresara inmediatamente. “Anda, desciende —fueron las palabras de Dios—, porque tu pueblo que sacaste de tierra de Egipto se ha corrompido: presto se han apartado del camino que yo les mandé, y se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y han sacrificado a él”. Dios hubiera podido detener el movimiento desde un principio; pero toleró que llegara hasta este punto para enseñar una lección mediante el castigo que iba a dar a la traición y la apostasía.

El pacto de Dios con su pueblo había sido anulado, y él declaró a Moisés: “Ahora pues, déjame que se encienda mi furor en ellos, y los consuma: y a ti yo te pondré sobre gran gente”.

El pueblo de Israel, especialmente la “multitud mixta”, estaba siempre dispuesto a rebelarse contra Dios. También murmuraban contra Moisés y le afligían con su incredulidad y testarudez, por lo cual iba a ser una obra laboriosa y aflictiva conducirlos hasta la tierra prometida. Sus pecados ya les habían hecho perder el favor de Dios, y la justicia exigía su destrucción. El Señor, por lo tanto, dispuso destruirlos, y hacer de Moisés una nación poderosa.

“Ahora pues, déjame que se encienda mi furor en ellos, y los consuma”, había dicho el Señor. Si Dios se había propuesto destruir a Israel, ¿quién podía interceder por ellos? ¡Cuántos hubieran abandonado a los pecadores a su suerte! ¡Cuántos hubieran cambiado de buena gana el trabajo, la carga y el sacrificio, compensados con ingratitud y murmuración, por una posición más cómoda y honorable, cuando era Dios mismo el que ofrecía cambiar la situación!

Pero Moisés vio una base de esperanza donde solo aparecían motivos de desaliento e ira. Las palabras de Dios: “Ahora pues, déjame”, las entendió, no como una prohibición, sino como un aliciente a interceder; entendió que nada excepto sus oraciones podía salvar a Israel, y que si él lo pedía, Dios perdonaría a su pueblo. “Oró a la faz de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor en tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran fortaleza, y con mano fuerte?” (Patriarcas y profetas, pp. 328, 329).


Jueves 7 de mayo

MOISÉS INTERCEDE POR LA NACIÓN

Lee Éxodo 32: 31 y 32. ¿Qué nos enseña este texto acerca de Moisés y la oración?

Éxodo 32: 31-32

31 Entonces volvió Moisés a Jehová, y dijo: Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, 32 que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito.

Moisés intercedió audazmente por el pueblo de Dios una y otra vez. Acudió al Señor cuando los israelitas tenían sed (Éxo. 15: 25; 17: 2-6) y hambre (Núm. 11: 21, 22), y expresó su desesperación (Núm. 11: 11-15).

Cuando el pueblo construyó el becerro de oro, inmediatamente después del pacto concertado con Dios, Moisés recordó: «Y temí el enojo y la ira que el Señor tenía contra ustedes para destruirlos. Pero el Señor me oyó aún esa vez» (Deut. 9: 19).

Cuando los espías regresaron de la Tierra Prometida, Moisés recordó: «Me postré ante el Señor. Cuarenta días y cuarenta noches estuve postrado, porque él había dicho que los iba a destruir» (Deut. 9: 25).

Cuando Leví fue separado de las demás tribus para servir en el Santuario, Moisés recordó: «Yo estuve en el monte como la primera vez, cuarenta días y cuarenta noches. Y el Señor me oyó también esta vez, y no quiso destruirte» (Deut. 10: 10). Dios escuchó la súplica de Moisés.

Podemos aprender mucho de la vida de Moisés en lo que se refiere a la oración y a aferrarnos a Dios:

  • Moisés sentía un profundo amor por Dios y tenía una idea clara del carácter divino. Dios se describió a sí mismo ante Moisés en Éxodo 34: 6: «¡Dios compasivo y bondadoso, lento para la ira, y grande en amor y fidelidad!».
  • Moisés fue valiente y fiel al aferrarse a Dios en los altibajos del extenuante viaje hacia la Tierra Prometida. Aunque tuvo luchas personales, como cada uno de nosotros, confió en el poder, la presencia y la dirección de Dios en su vida (Éxo. 33: 13).
  • Moisés recordó a Dios su pacto (Éxo. 32: 13), reclamó sus promesas en nombre de su pueblo (Deut. 7: 8) y trajo a la memoria cómo los había guiado en el pasado (Deut. 8: 2).
  • Moisés aceptó las respuestas de Dios a sus oraciones. Estar en estrecha relación con Dios no significa automáticamente que siempre obtendremos lo que deseamos (Deut. 3: 23-29), pero aun así debemos orar con persistencia (Luc. 18: 1-8).

¿Quién necesita tus oraciones intercesoras en este momento? ¿Qué te impide orar ahora mismo?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Después que los hijos de Israel hubieron escuchado en el Sinaí la promulgación de los Diez Mandamientos, se sumieron en la idolatría y el Señor se airó con ellos. Y le dijo a Moisés: “Déjame… que los consuma; y de ti yo haré una gran nación”. Pero no ocurrió de este modo, pues el hombre que había aprendido a buscar a las ovejas en el desierto; que había padecido el frío y las tormentas sin dejar que una sola oveja pereciera, no habría de abandonar a su pueblo. Apeló fervientemente a Dios para que no los abandonara, sino que perdonara su transgresión… Y su ferviente intercesión prevaleció.

Moisés dijo: “Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí”. Él no tenía confianza alguna en sí mismo. Su lema era: El Dios de Israel es mi fortaleza y mi dirección. No admitió adoración como lo habían hecho los soberanos de otras naciones. Repetidas veces les dijo a los hijos de Israel que solo era lo que el Dios de Israel había hecho de él. En todas las batallas en las que habían alcanzado la victoria, les aconsejó que no reclamaran el triunfo para ellos mismos, porque el Dios de Israel era quien había vencido por ellos.

Cuando el Señor le dijo a Moisés: “Mi presencia irá contigo”, podríamos pensar que este poderoso hombre de Dios se sintió satisfecho. Pero no fue así. Con insistencia suplicó: “Te ruego que me muestres tu gloria”. ¿Acaso Dios lo reprendió por su presunción?… El Señor tomó a ese gigante de la fe y lo colocó en la hendidura de una roca y allí le reveló su gloria…

Cuando Moisés volvió y se reencontró con su pueblo casi no pudieron contemplar su semblante porque había estado en comunión con Dios, y su rostro reflejaba la gloria que Dios le había revelado. “La piel de su rostro resplandecía”. Cuando habló con el pueblo no tuvo otra alternativa que cubrir su rostro con un velo.

No son las personas llenas de ostentación, pompa e incredulidad las que son grandes delante del Señor, sino las que son humildes y fieles. A fin de contestar las oraciones, el Señor desea que su pueblo alcance una experiencia individual. Cuanto más estrecha sea la relación con Jesús, más cerca estarán de su hermosura y de su vida, y tanto más humilde será la opinión que tengan de sí mismos. Cuanto menos estimen el yo, tanto mayor ha de ser la visión que tengan de la gloria y de la majestad de Dios. Cuando los hombres se proclamen puros y santos, no podrá haber mayor evidencia de que no lo son (El Cristo triunfante, 19 de abril, p. 118).


Viernes 8 de mayo

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:

En última instancia, debemos orar porque amamos mucho a Dios y porque no podemos evitar compartir con él todo lo que ocurre en nuestra vida: nuestras alegrías y victorias, nuestras cargas y preocupaciones, nuestras peticiones y necesidades cotidianas. «Podemos mantenernos tan cerca de Dios que en cualquier prueba inesperada, nuestros pensamientos se vuelvan hacia él tan naturalmente como la flor se vuelve hacia el sol.

»Presenta a Dios tus necesidades, tristezas, gozos, preocupaciones y temores; no puedes incomodarlo ni agobiarlo. El que tiene contados los cabellos de tu cabeza no es indiferente a las necesidades de sus hijos […]. Nuestras aflicciones conmueven su tierno corazón, especialmente cuando las compartimos con él. Llévale todo lo que confunde. No hay carga que resulte tan pesada que él no la pueda sobrellevar; pues él sostiene los mundos y rige el devenir del universo. Nada que de alguna manera afecte nuestra paz es tan pequeño que él no lo note. No hay en nuestra experiencia ningún episodio tan oculto que él no lo haya conocido, ni perplejidad tan grande que no la pueda solventar. Ninguna calamidad puede ocurrirle al más humilde de sus hijos, ninguna ansiedad puede asaltarlo, ningún gozo alegrarlo, ninguna oración sincera surgir de los labios, sin que el Padre celestial lo perciba y sin que él se tome en ello un interés inmediato. […] Las relaciones entre Dios y cada persona son tan especiales y únicas como si no hubiera habido otra de la que ocuparse ni por la cual haber entregado a su Hijo amado» (Elena G. de White, El camino a Cristo, pp. 148, 149).

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

  1. ¿Describirías la oración como algo hermoso o como una carga? ¿Qué ha contribuido a tu perspectiva?
  2. La cita anterior contiene muchos mensajes perspicaces. ¿Qué pensamiento resuena especialmente en ti después de leerla?
  3. ¿Con cuál de las tres vidas de oración estudiadas esta semana (Daniel, Enoc y Moisés) te sientes más identificado?

RESUMEN:

Cuando leemos en la Biblia acerca de los gigantes de la oración, es fácil pensar que no podemos tener una relación tan estrecha con Dios o estar tan comprometidos con él. Pero sí podemos. Como Daniel, podemos ser firmes y fieles en arrodillarnos cada día a pesar de la oposición. Como Enoc, podemos decidir caminar y hablar con Dios, recurriendo a él antes de hacer el trabajo para el que nos ha llamado. Como Moisés, podemos guiar a quienes se encuentran en nuestra esfera de influencia e interceder por nuestras familias y por los miembros de nuestras comunidades si decidimos permanecer bajo la sombra protectora del Todopoderoso, nuestro Líder y Amigo.

Lección 6 – GUERREROS DE ORACIÓN – Para el 9 de mayo de 2026

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Usualmente el video es subido a internet, el sábado por la noche o el domingo.

Lecciones Futuras de Escuela Sabática

1er Trimestre Colosenses – Filipenses
2do Trimestre Relación con Dios
3er Trimestre 1 y 2 Corintios
4to Trimestre El Don de Profecía
1er Trimestre Mayordomía
2do Trimestre Vida de Jesús
3er Trimestre Profecías Apocalípticas
4to Trimestre Hermenéutica

Lecciones Futuras de Escuela Sabática

Año 1er Trimestre 2do Trimestre 3er Trimestre 4to Trimestre
2026 Colosenses – Filipenses Relación con Dios 1 y 2 Corintos El Don de Profecía
2027 Mayordomía Vida de Jesús Profecías Apocalípticas Hermenéutica

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Lección 6: Para el 9 de mayo de 2026

GUERREROS DE ORACIÓN

Sábado 2 de mayo

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Daniel 2: 20–23; 6: 10, 11; Hechos 20: 36; Génesis 5: 22–24; Éxodo 33: 15–23; 32: 31, 32.

PARA MEMORIZAR:

«Amo al Señor, porque ha escuchado mi voz y mis súplicas, porque ha inclinado a mí su oído, por eso lo invocaré mientras yo viva» (Sal. 116: 1, 2).

Si casi no hablaras con tu mejor amigo o con tu cónyuge, tu relación con esa persona pronto se malograría y surgirían problemas. De la misma manera, la oración es esencial para tener una relación cercana con Dios, un hábito devocional crucial que cada uno de nosotros necesita y puede fortalecer. Si no oramos a menudo, tarde o temprano nos alejaremos del Señor.

La Biblia registra la experiencia de distintas personas que oraban de diferentes maneras. Al estudiar el ejemplo de ellas podemos vislumbrar cómo su comunión con Dios influyó en su relación con él, cómo sus oraciones influyeron positivamente en la vida de otras personas, y cómo podríamos orar también nosotros para nuestro bien y el de los demás.

Al igual que el estudio de la Biblia, el tema de la oración es importante y mucho más amplio de lo que se puede abarcar en solo dos semanas. En esta ocasión aprenderemos varias lecciones de algunos personajes de la Biblia que oraron y demostraron cuán importante es la oración para tener una relación sólida con Dios.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Dios nos habla por la naturaleza y por la revelación, por su providencia y por la influencia de su Espíritu. Pero esto no basta; necesitamos abrirle nuestro corazón. A fin de tener vida y energía espirituales debemos tener verdadero intercambio con nuestro Padre celestial. Nuestra mente puede ser atraída hacia él; podemos meditar en sus obras, sus misericordias, sus bendiciones; pero esto no es, en el sentido pleno de la palabra, estar en comunión con él. Para ponernos en comunión con Dios debemos tener algo que decirle tocante a nuestra vida real.

Orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo. No es que se necesite esto para que Dios sepa lo que somos, sino a fin de capacitarnos para recibirle. La oración no baja a Dios hacia nosotros, antes bien nos eleva a él.

Cuando Jesús estuvo sobre la tierra, enseñó a sus discípulos a orar. Les enseñó a presentar a Dios sus necesidades diarias y a confiarle toda su solicitud. Y la seguridad que les dio de que sus oraciones serían oídas nos es dada también a nosotros.

El Señor Jesús mismo, cuando habitó entre los hombres, oraba frecuentemente. Nuestro Salvador se identificó con nuestras necesidades y flaquezas al convertirse en un suplicante que imploraba de su Padre nueva provisión de fuerza, para avanzar vigorizado para el deber y la prueba. Él es nuestro ejemplo en todas las cosas. Es un hermano en nuestras debilidades, “tentado en todo así como nosotros”, pero como ser inmaculado, rehuyó el mal; su alma sufrió las luchas y torturas de un mundo de pecado. Como humano, la oración fue para él una necesidad y un privilegio. Encontraba consuelo y gozo en la comunión con su Padre. Y si el Salvador de los hombres, el Hijo de Dios, sintió la necesidad de orar, ¡cuánto más nosotros, débiles mortales, manchados por el pecado, no debemos sentir la necesidad de orar con fervor y Constancia!

Nuestro Padre celestial está esperando para derramar sobre nosotros la plenitud de sus bendiciones. Es privilegio nuestro beber abundantemente en la fuente del amor infinito. ¡Cuán extraño es que oremos tan poco! Dios está pronto y dispuesto a oír la oración de sus hijos, y no obstante hay de nuestra parte mucha vacilación para presentar nuestras necesidades delante de Dios. ¿Qué pueden los ángeles del cielo pensar de unos seres humanos pobres y sin fuerza, sujetos a la tentación, y que sin embargo oran tan poco y tienen tan poca fe, cuando el gran Dios lleno de infinito amor se compadece de ellos y está pronto para darles más de lo que pueden pedir o pensar? Los ángeles se deleitan en postrarse delante de Dios y en estar cerca de él. Es su mayor delicia estar en comunión con Dios; y con todo, los hijos de los hombres, que tanto necesitan la ayuda que solo Dios puede dar, parecen satisfechos con andar privados de la luz de su Espíritu y de la compañía de su presencia (El camino a Cristo, pp. 93, 94).


Domingo 3 de mayo

EL FIEL DANIEL

Daniel es uno de los grandes héroes de la Biblia. Sin duda recordamos el comienzo de su historia (ver Dan. 1): «Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la comida ni con el vino del rey» (Dan. 1: 8). Él y sus tres amigos recibieron de Dios «conocimiento e inteligencia en todas las letras y ciencias. Además, Daniel tuvo entendimiento en toda visión y sueños» (Dan. 1: 17). La Biblia dice que Daniel era sabio (Dan. 1: 20; 2: 14, 21, 23, 48) porque el Espíritu de Dios estaba en él (Dan. 4: 9, 18; 5: 14; 6: 3), y que era muy amado por el Cielo (Dan. 9: 23; 10: 11). Estos son algunos de los rasgos de un hombre que tenía una conexión sólida y constante con Dios.

Cuando el rey Nabucodonosor decretó la muerte de todos los sabios de Babilonia, Daniel pidió misericordia a Dios y que le revelara el sueño del rey y su significado (Dan. 2: 18). Cuando el Señor lo hizo, Daniel oró inmediatamente.

Lee Daniel 2: 20 al 23. ¿Por qué oró Daniel y qué podemos aprender de su oración?

Daniel 2: 20-23

20 Y Daniel habló y dijo: Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría. 21 Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos. 22 Él revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz. 23 A ti, oh Dios de mis padres, te doy gracias y te alabo, porque me has dado sabiduría y fuerza, y ahora me has revelado lo que te pedimos; pues nos has dado a conocer el asunto del rey.

Los años pasaron y distintos reyes ocuparon el trono, pero Daniel siguió siendo un valorado consejero de la corte y, «debido a la gran destreza administrativa de Daniel, el rey hizo planes para ponerlo frente al gobierno de todo el imperio» (Dan. 6: 3, NVI). «Era fiel y ningún vicio ni falta había en él» (Dan. 6: 4). A pesar de la envidia de sus colegas y las conspiraciones malvadas en su contra (Dan. 6: 5-9), Daniel mantuvo su constante vida de oración.

Lee Daniel 6: 10 y 11. ¿Qué nos dicen estos versículos acerca de Daniel?

Daniel 6: 10-11

10 Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes. 11 Entonces se juntaron aquellos hombres, y hallaron a Daniel orando y rogando en presencia de su Dios.

Ante las dificultades, Daniel oró. Aunque la amenaza iba directamente contra su vida, él se mantuvo firme y constante en la oración: tres veces al día, como era su costumbre. Además, era predecible; abría su ventana y oraba mirando hacia Jerusalén. Su oración incluía una acción concreta —se arrodillaba— y se centraba en la acción de gracias y la súplica.

A la luz de una historia como esta, ¿cuán fundadas son tus excusas para no orar?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Los enemigos del profeta contaban con la firme adhesión de Daniel a los buenos principios para que su plan tuviese éxito. Y no se habían equivocado en su manera de estimar su carácter. Él reconoció prestamente el propósito maligno que habían tenido al fraguar el decreto, pero no cambió su conducta en un solo detalle. ¿Por qué dejaría de orar ahora, cuando más necesitaba hacerlo? Antes renunciaría a la vida misma que a la esperanza de ayuda que hallaba en Dios. Cumplía con calma sus deberes como presidente de los príncipes; y a la hora de la oración entraba en su cámara, y con las ventanas abiertas hacia Jerusalén, según su costumbre, ofrecía su petición al Dios del cielo. No procuraba ocultar su acto. Aunque conocía muy bien las consecuencias que tendría su fidelidad a Dios, su ánimo no vaciló. No permitiría que aquellos que maquinaban su ruina pudieran ver siquiera la menor apariencia de que su relación con el Cielo se hubiese cortado. En todos los casos en los cuales el rey tuviese derecho a ordenar, Daniel le obedecería; pero ni el rey ni su decreto podían desviarle de su lealtad al Rey de reyes.

Así declaró el profeta con osadía serena y humilde que ninguna potencia terrenal tiene derecho a interponerse entre el alma y Dios. Rodeado de idólatras, atestiguó fielmente esta verdad. Su adhesión indómita a lo recto fue una luz que brilló en las tinieblas morales de aquella corte pagana. Daniel se destaca hoy ante el mundo como digno ejemplo de intrepidez y fidelidad cristianas.

Durante todo un día los príncipes vigilaron a Daniel. Tres veces le vieron ir a su cámara, y tres veces oyeron su voz elevarse en ferviente intercesión para con Dios. A la mañana siguiente, presentaron su queja al rey. Daniel, su estadista más honrado y fiel, había desafiado el decreto real. Recordaron al rey: “¿No has confirmado edicto que cualquiera que pidiere a cualquier dios u hombre en el espacio de treinta días, excepto a ti, oh rey, fuese echado en el foso de los leones?”

“Verdad es —contestó el rey—, conforme a la ley de Media y de Persia, la cual no se abroga”.

Triunfantemente informaron entonces a Darío acerca de la conducta de su consejero de más confianza. Clamaron: “Daniel que es de los hijos de la cautividad de los Judíos, no ha hecho cuenta de ti, oh rey, ni del edicto que confirmaste; antes tres veces al día hace su petición”…

Del relato de cómo fue librado Daniel, podemos aprender que en los momentos de prueba y lobreguez, los hijos de Dios deben ser precisamente lo que eran cuando las perspectivas eran halagüeñas y cuanto los rodeaba era todo lo que podían desear. En el foso de los leones Daniel fue el mismo que cuando actuaba delante del rey como presidente de los ministros de estado y como profeta del Altísimo. Un hombre cuyo corazón se apoya en Dios será en la hora de su prueba el mismo que en la prosperidad, cuando sobre él resplandece la luz y el favor de Dios y de los hombres. La fe extiende la mano hacia lo invisible y se ase de las realidades eternas.

El cielo está muy cerca de aquellos que sufren por causa de la justicia. Cristo identifica sus intereses con los de su pueblo fiel; sufre en la persona de sus santos; y cualquiera que toque a sus escogidos le toca a él. El poder que está cerca para librar del mal físico o de la angustia está también cerca para salvar del mal mayor, para hacer posible que el siervo de Dios mantenga su integridad en todas las circunstancias y triunfe por la gracia divina (Profetas y reyes, pp. 397, 398, 400).


Lunes 4 de mayo

LA POSTURA DURANTE LA ORACIÓN

Cuando tenemos algún problema serio, la mayoría de nosotros llamamos a un amigo íntimo para hablar con él acerca de ello. Cuando tenemos buenas noticias, buscamos a alguien con quien compartirlas. Podemos hacer lo mismo con Dios, ya que «orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo» (Elena G. de White, El camino a Cristo, p. 138).

La oración no solo nos mantiene conectados con Dios, sino también dice al Diablo a quién pertenecemos. Nuestra oración matutina de rodillas es una declaración que hacemos a los poderes de las tinieblas de que elegimos a Dios. Además, Dios responde a esa oración enviando a sus ángeles para que nos fortalezcan y nos resguarden de nuestro Enemigo, el Príncipe de las tinieblas (Sal. 91).

El hecho de arrodillarse en actitud de sumisión expresa una disposición humilde y se diferencia de orar sentado o reclinado, aunque también podemos orar de esta manera. Sin embargo, cuando nos arrodillamos ante Dios, nuestro corazón se rinde más fácilmente, ya que nuestro cuerpo y nuestras palabras declaran que él es soberano y que somos sus hijos creados.

Lee los siguientes pasajes bíblicos y considera la vida de estas personas que oraron de rodillas: Daniel 6: 10; Lucas 22: 41; Hechos 7: 60; 9: 40 y 20: 36.

Daniel 6: 10

10 Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes.

Lucas 22: 41

41 Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró,

Hechos 7: 60

60 Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió.

Hechos 9: 40

40 Entonces, sacando a todos, Pedro se puso de rodillas y oró; y volviéndose al cuerpo, dijo: Tabita, levántate. Y ella abrió los ojos, y al ver a Pedro, se incorporó.

Hechos 20: 36

36 Cuando hubo dicho estas cosas, se puso de rodillas, y oró con todos ellos.

Orar de pie era una práctica común en los tiempos bíblicos (2 Crón. 20: 5, 6, 13; 1 Sam. 1: 26; Job 30: 20; Luc. 18: 11). La Biblia también comparte ejemplos de personas que oraron sentadas (2 Sam. 7: 18; 2 Rey. 4: 38). Otros se postraban ante Dios, con el rostro en tierra, aunque esta postura estaba más bien asociada con la sumisión ante un superior (1 Rey. 1: 47; Mar. 14: 35).

¿Cuál es tu postura habitual cuando oras? La Biblia no exige una en particular, pero esta es importante, pues refleja nuestra reverencia, nuestros sentimientos y nuestro deseo de aceptar la soberanía de Dios en nuestra vida. Algunas personas están imposibilitadas de arrodillarse, pero lo que importa es la postura del corazón. Si puedes arrodillarte, pero normalmente no lo haces, hazlo la próxima vez que ores y nota cómo influye eso en la calidad de tu diálogo con Dios.

La Biblia nos invita a orar sin cesar (1 Tes. 5: 17), lo que implica perseverancia (Col. 4: 2) y constancia (Rom. 12: 12). Dirige ahora mismo tus pensamientos a Dios y háblale como a tu Amigo mientras estás de pie, sentado, reclinado o caminando.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

La seguridad es amplia e ilimitada, y fiel es el que ha prometido. Cuando no recibimos precisamente y al instante las cosas que pedimos, debemos seguir creyendo que el Señor oye y que contestará nuestras oraciones. Somos tan cortos de vista y propensos a errar, que algunas veces pedimos cosas que no serían una bendición para nosotros, y nuestro Padre celestial contesta con amor nuestras oraciones dándonos aquello que es para nuestro más alto bien, aquello que nosotros mismos desearíamos si, alumbrados de celestial saber, pudiéramos ver todas las cosas como realmente son. Cuando nos parezca que nuestras oraciones no son contestadas, debemos aferrarnos a la promesa; porque el tiempo de recibir contestación vendrá seguramente y recibiremos las bendiciones que más necesitamos. Por supuesto, pretender que nuestras oraciones sean siempre contestadas en la misma forma y según la cosa particular que pidamos, es presunción. Dios es demasiado sabio para equivocarse, y demasiado bueno para negar un bien a los que andan en integridad. Así que no temáis confiar en él, aunque no veáis la inmediata respuesta a vuestras oraciones. Confiad en la seguridad de su promesa: “Pedid, y se os dará”.

Si consultamos nuestras dudas y temores, o antes de tener fe procuramos resolver todo lo que no veamos claramente, las perplejidades no harán sino acrecentarse y ahondarse. Pero si nos allegamos a Dios sintiéndonos desamparados y necesitados, como realmente somos, y con fe humilde y confiada presentamos nuestras necesidades a Aquel cuyo conocimiento es infinito y que ve toda la creación y todo lo gobierna por su voluntad y palabra, él puede y quiere atender a nuestro clamor, y hará resplandecer la luz en nuestro corazón. Por la oración sincera nos ponemos en comunicación con la mente del Infinito. Quizás no tengamos al instante alguna prueba notable de que el rostro de nuestro Redentor se inclina hacia nosotros con compasión y amor; y sin embargo es así. Tal vez no sintamos su toque manifiesto, mas su mano se extiende sobre nosotros con amor y piadosa ternura (El camino a Cristo, pp. 96, 97).

Debemos orar también en el círculo de nuestra familia; y sobre todo no descuidar la oración privada, porque ella es la vida del alma. Es imposible que el alma florezca cuando se descuida la oración. La sola oración pública o con la familia no es suficiente. En medio de la soledad, abrid vuestra alma al ojo penetrante de Dios. La oración secreta solo debe ser oída por el Dios que oye las oraciones. Ningún oído curioso debe recibir el peso de tales peticiones. En la oración privada el alma está libre de las influencias del ambiente, libre de excitación. Tranquila pero fervientemente se elevará la oración hacia Dios. Dulce y permanente será la influencia que dimana de Aquel que ve en lo secreto, cuyo oído está abierto a la oración que brota del corazón. Por una fe sencilla y serena el alma se mantiene en comunión con Dios, y recoge los rayos de la luz divina para fortalecerse y sostenerse en la lucha contra Satanás. Dios es el castillo de nuestra fortaleza.

Orad en vuestro gabinete; mientras atendéis a vuestro trabajo cotidiano, levantad a menudo vuestro corazón a Dios. Así fue como anduvo Enoc con Dios. Esas oraciones silenciosas suben como precioso incienso ante el trono de la gracia.

Satanás no puede vencer a aquel cuyo corazón está así apoyado en Dios.

No hay tiempo o lugar en que sea impropio orar a Dios. No hay nada que pueda impedirnos elevar nuestro corazón en ferviente oración. En medio de las multitudes de las calles o en medio de una sesión de nuestros negocios, podemos elevar a Dios una oración e implorar la dirección divina, como lo hizo Nehemías cuando presentó una petición delante del rey Artajerjes. Dondequiera que estemos podemos estar en comunión con Dios. Debemos tener abierta de continuo la puerta del corazón e invitar siempre al Señor Jesús a venir y morar en nuestra alma como huésped celestial (El camino a Cristo, pp. 98, 99).


Martes 5 de mayo

ENOC PRACTICABA LO QUE PREDICABA

Lee Génesis 5: 22 al 24. ¿Qué sabemos, en verdad, acerca de Enoc?

Génesis 5: 22-24

22 Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. 23 Y fueron todos los días de Enoc trescientos sesenta y cinco años. 24 Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios.

La Biblia no dice mucho acerca de la vida de Enoc, pero sí que caminó con Dios durante trescientos años, hasta que Dios lo llevó al Cielo. ¡Cuán hermoso es que la devoción constante de una persona a Dios sea lo que defina su vida!

Enoc era «constante en la oración» (Rom. 12: 12) y se mantenía cada día cerca de Dios, por medio de la fe, en sus circunstancias y experiencias. El mundo se volvía cada vez más malvado en sus días, pero Enoc se mantenía ocupado sirviendo a Dios pues sabía que eso solamente era posible si permanecía en comunión con él.

«En medio de una vida de activa labor, Enoc mantenía fielmente su comunión con Dios. Cuanto más intensas y urgentes eran sus labores, tanto más constantes y fervorosas eran sus oraciones. […] Después de permanecer algún tiempo entre la gente, trabajando para beneficiarla mediante la instrucción y el ejemplo, se retiraba con el fin de estar solo, para satisfacer su sed y hambre de aquella divina sabiduría que únicamente Dios puede dar. Manteniéndose así en comunión con Dios, Enoc llegó a reflejar más y más la imagen divina. Tenía el rostro radiante de una santa luz, semejante a la que resplandece del rostro de Jesús. Cuando regresaba de estar en comunión con Dios, hasta los impíos miraban con reverencia ese sello del cielo en su semblante» (Elena G. de White, Patriarcas y profetas, p. 66).

Dios no nos pide que vivamos como ermitaños o monjes, tan separados del mundo que no seamos útiles en la Tierra. Como Enoc, podemos ser productivos y conscientes de las necesidades que nos rodean, pero Dios solamente puede reflejar su maravilloso carácter a través de nosotros si mantenemos una relación estable y duradera con él.

Podemos orar en cualquier momento y lugar. No hay ningún lugar en la Tierra donde Dios no nos vea u oiga (Sal. 139: 7-12). Él siempre escucha el clamor de nuestro corazón, sin importar dónde estemos (lee Lam. 3: 55-57). Sin embargo, hay una ventaja en el hecho de orar audiblemente, ya que cuando lo hacemos solo mentalmente es más factible que el pensamiento se desvíe hacia otros temas. A diferencia de ello, cuando oramos en voz audible, ya sea como un susurro o en nuestro tono habitual, ello sirve como una especie de recordatorio de que Dios es real, que nos está escuchando y que tenemos algo específico acerca de lo cual dialogar con él.

¿Dónde o cómo susurrarás hoy una oración como parte de tu comunión con Jesús?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Enoc fue representante de Cristo tan seguramente como el amado discípulo Juan. Enoc anduvo con Dios, y ya no fue hallado, porque Dios lo llevó consigo. A él se le confió el mensaje de la segunda venida de Cristo. “De los cuales también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, el Señor es venido con sus santos millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él”. El mensaje predicado por Enoc, y su traslado al cielo, fueron un argumento convincente para todos los que vivían en su tiempo; fueron un argumento que Matusalén y Noé pudieron usar con poder para demostrar que los justos serían trasladados.

El Dios que anduvo con Enoc era nuestro Dios y Salvador Jesucristo. Era la luz del mundo como lo es ahora. Los que vivían entonces no estuvieron sin maestros que los instruyesen en la senda de la vida; porque Noé y Enoc eran cristianos. El evangelio se da en preceptos en Levítico. Se requiere ahora obediencia implícita como entonces. ¡Cuán esencial es que comprendamos la importancia de esta palabra! Solo dos grupos se manifestarán en este mundo, los que son obedientes y los desobedientes. Esto se evidenciará en todas nuestras labores. Si solamente pudiéramos tener en mente que Cristo, en forma encubierta, está constantemente a nuestro lado. “Yo estoy a tu diestra para ayudarte”. Hemos de dar testimonio para convencer al pecador de su pecado. Nadie puede ser obligado contra su voluntad, sino que debe ser convencido. Cristo es el poder milagroso que realiza esta acción (El Cristo triunfante, 26 de febrero, p. 65).

De Enoc se ha escrito que vivió sesenta y cinco años y engendró un hijo. Luego, caminó con Dios por trescientos años. En el transcurso de estos primeros años,

Enoc amó y temió a Dios y guardó sus mandamientos… Pero después del nacimiento de su primer hijo, alcanzó una experiencia superior, estableció una relación más estrecha con Dios. Así comprendió más plenamente cuáles eran sus obligaciones y responsabilidades como hijo de Dios…

¡Qué bendición que hayamos tenido un Enoc!… A pesar de la corrupción que lo rodeaba, caminó con Dios, y su luz refulgió en medio de una era degenerada. Y si Enoc caminó con Dios en medio de la corrupción de esos días, ¿por qué los hombres y mujeres de nuestros días no podrían hacer lo mismo?

Muchos de nosotros sabemos algo de esta experiencia. Sabemos que en medio de la tristeza y la congoja nos sentimos débiles, pero también sabemos que Jesús está a nuestro lado, simpatiza con nosotros, y nos ayudará. Podemos mantener comunión con nuestro mejor Amigo, pues está a nuestro lado. No necesitamos ascender a los cielos para traerlo, él ya está aquí dispuesto a asistirnos.

Mientras transitamos por las calles con aquellos que no se interesan por Dios, por el cielo o por las cosas celestiales, podemos hablarles de Jesús. Tenemos algo más precioso que ellos donde fijar nuestros ojos: en Jesús. Él está con nosotros en medio de la oscuridad moral que reina en estos días. Podemos contarle las aflicciones de nuestra alma y de la maldad del mundo, y nada de esto nos apartará del camino. Podemos hablar con Jesús. Podemos hablar con Jesús como Enoc habló con Dios, y le contaba al Señor sus pruebas…

Enoc desarrolló un carácter recto y en consecuencia fue traspuesto al cielo sin ver la muerte. Cuando el Señor regrese por segunda vez, habrá algunos que serán traspuestos sin ver la muerte y deseamos saber si estaremos en ese grupo. Queremos saber si estaremos por completo del lado del Señor, siendo partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado a la corrupción que impera en el mundo por la concupiscencia, sin trazar nuestro trayecto en el que no tengamos que afrontar pruebas y dificultades, sino estableciendo una relación correcta con Dios y permitiendo que él se responsabilice de las consecuencias (El Cristo triunfante, 5 de febrero, p. 44).


Miércoles 6 de mayo

MOISÉS, UN LÍDER CONSAGRADO

Aunque está claro que Enoc tenía una relación muy cercana con Dios, la Biblia contiene más información acerca de la relación de Moisés con el Señor e, incluso, registra numerosos diálogos entre ambos. A medida que pasamos revista a los altibajos de la experiencia de este humilde líder, observamos que la parte más importante de su vida y el secreto de su éxito como dirigente piadoso fue su comunicación constante con Dios y su relación permanente con él.

Lee Éxodo 33: 15 al 23. ¿Cuál es el contenido y la forma del diálogo entre Moisés y el Señor?

Éxodo 33: 15-23

15 Y Moisés respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí. 16 ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra? 17 Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre. 18 Él entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria. 19 Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. 20 Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá. 21 Y dijo aún Jehová: He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; 22 y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. 23 Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro.

Imagina lo que significó, sin duda, hablar con Dios y oír claramente su voz. Es sorprendente que los israelitas no buscaran este tipo de comunión con Dios por sí mismos en lugar de rogar a Moisés que les hablara en nombre del Señor (Éxo. 20: 18-21). No obstante, Dios había preparado a Moisés para esto ya desde su interacción con el futuro líder en la zarza ardiente, en ese mismo monte. Aunque la Biblia registra otras oraciones de Moisés, lo cierto es que él estaba casi continuamente en presencia de Dios, pidiéndole orientación e intercediendo por el pueblo al que dirigía.

Moisés intercedió en dos ocasiones por algunos miembros de su familia. ¿Cuáles fueron las circunstancias que motivaron su mediación y qué habría sucedido si él no hubiera intervenido?

Aarón (Éxo. 32: 1-14, 31-34; Deut. 9: 20)

Éxodo 32: 1-14, 31-34

1 Viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte, se acercaron entonces a Aarón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido. Y Aarón les dijo: Apartad los zarcillos de oro que están en las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestras hijas, y traédmelos. Entonces todo el pueblo apartó los zarcillos de oro que tenían en sus orejas, y los trajeron a Aarón; y él los tomó de las manos de ellos, y le dio forma con buril, e hizo de ello un becerro de fundición. Entonces dijeron: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto. Y viendo esto Aarón, edificó un altar delante del becerro; y pregonó Aarón, y dijo: Mañana será fiesta para Jehová. Y al día siguiente madrugaron, y ofrecieron holocaustos, y presentaron ofrendas de paz; y se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a regocijarse. Entonces Jehová dijo a Moisés: Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y le han ofrecido sacrificios, y han dicho: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto. Dijo más Jehová a Moisés: Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz. 10 Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande. 11 Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte? 12 ¿Por qué han de hablar los egipcios, diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la tierra? Vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu pueblo. 13 Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Israel tus siervos, a los cuales has jurado por ti mismo, y les has dicho: Yo multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo; y daré a vuestra descendencia toda esta tierra de que he hablado, y la tomarán por heredad para siempre. 14 Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo.

31 Entonces volvió Moisés a Jehová, y dijo: Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, 32 que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito. 33 Y Jehová respondió a Moisés: Al que pecare contra mí, a este raeré yo de mi libro. 34 Ve, pues, ahora, lleva a este pueblo a donde te he dicho; he aquí mi ángel irá delante de ti; pero en el día del castigo, yo castigaré en ellos su pecado.

Deuteronomio 9: 20

20 Contra Aarón también se enojó Jehová en gran manera para destruirlo; y también oré por Aarón en aquel entonces.

María (Núm. 12: 13)

Números 12: 13

13 Entonces Moisés clamó a Jehová, diciendo: Te ruego, oh Dios, que la sanes ahora.

Lo más sorprendente de la interacción en favor de María es que Moisés fue el destinatario de su maltrato y envidia. Él pudo haber permitido que Dios diera a María y Aarón el castigo que merecían. En cambio, perdonó a su hermana e intercedió por ella. ¡Qué poderoso reflejo de la gracia perdonadora de Dios para con los pecadores se ve aquí en las acciones de Moisés!

Lee Mateo 5: 44 y Colosenses 3: 13. ¿Cómo puedes aprender a hacer lo que se te dice aquí? ¿Por qué es importante que lo hagas?

Mateo 5: 44

44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;

Colosenses 3: 13

13 soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Habían pasado solo unos pocos días desde que los hebreos habían hecho un pacto solemne con Dios, prometiendo obedecer su voz. Habían temblado de terror ante el monte, al escuchar las palabras del Señor: “No tendrás otros dioses delante de mí”. Éxodo 20:3 (V. TA). La gloria de Dios que aun cubría el Sinaí estaba a la vista de la congregación; pero ellos le dieron la espalda y pidieron otros dioses. “Hicieron becerro en Horeb, y encorváronse a un vaciadizo. Así trocaron su gloria por la imagen de un buey”. Salmo 106:19, 20. ¡Cómo podrían haber demostrado mayor ingratitud, o insultado más osadamente al que había sido para ellos un padre tierno y un rey todopoderoso!

Mientras Moisés estaba en el monte, se le comunicó la apostasía ocurrida en el campamento, y se le indicó que regresara inmediatamente. “Anda, desciende —fueron las palabras de Dios—, porque tu pueblo que sacaste de tierra de Egipto se ha corrompido: presto se han apartado del camino que yo les mandé, y se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y han sacrificado a él”. Dios hubiera podido detener el movimiento desde un principio; pero toleró que llegara hasta este punto para enseñar una lección mediante el castigo que iba a dar a la traición y la apostasía.

El pacto de Dios con su pueblo había sido anulado, y él declaró a Moisés: “Ahora pues, déjame que se encienda mi furor en ellos, y los consuma: y a ti yo te pondré sobre gran gente”.

El pueblo de Israel, especialmente la “multitud mixta”, estaba siempre dispuesto a rebelarse contra Dios. También murmuraban contra Moisés y le afligían con su incredulidad y testarudez, por lo cual iba a ser una obra laboriosa y aflictiva conducirlos hasta la tierra prometida. Sus pecados ya les habían hecho perder el favor de Dios, y la justicia exigía su destrucción. El Señor, por lo tanto, dispuso destruirlos, y hacer de Moisés una nación poderosa.

“Ahora pues, déjame que se encienda mi furor en ellos, y los consuma”, había dicho el Señor. Si Dios se había propuesto destruir a Israel, ¿quién podía interceder por ellos? ¡Cuántos hubieran abandonado a los pecadores a su suerte! ¡Cuántos hubieran cambiado de buena gana el trabajo, la carga y el sacrificio, compensados con ingratitud y murmuración, por una posición más cómoda y honorable, cuando era Dios mismo el que ofrecía cambiar la situación!

Pero Moisés vio una base de esperanza donde solo aparecían motivos de desaliento e ira. Las palabras de Dios: “Ahora pues, déjame”, las entendió, no como una prohibición, sino como un aliciente a interceder; entendió que nada excepto sus oraciones podía salvar a Israel, y que si él lo pedía, Dios perdonaría a su pueblo. “Oró a la faz de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor en tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran fortaleza, y con mano fuerte?” (Patriarcas y profetas, pp. 328, 329).


Jueves 7 de mayo

MOISÉS INTERCEDE POR LA NACIÓN

Lee Éxodo 32: 31 y 32. ¿Qué nos enseña este texto acerca de Moisés y la oración?

Éxodo 32: 31-32

31 Entonces volvió Moisés a Jehová, y dijo: Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, 32 que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito.

Moisés intercedió audazmente por el pueblo de Dios una y otra vez. Acudió al Señor cuando los israelitas tenían sed (Éxo. 15: 25; 17: 2-6) y hambre (Núm. 11: 21, 22), y expresó su desesperación (Núm. 11: 11-15).

Cuando el pueblo construyó el becerro de oro, inmediatamente después del pacto concertado con Dios, Moisés recordó: «Y temí el enojo y la ira que el Señor tenía contra ustedes para destruirlos. Pero el Señor me oyó aún esa vez» (Deut. 9: 19).

Cuando los espías regresaron de la Tierra Prometida, Moisés recordó: «Me postré ante el Señor. Cuarenta días y cuarenta noches estuve postrado, porque él había dicho que los iba a destruir» (Deut. 9: 25).

Cuando Leví fue separado de las demás tribus para servir en el Santuario, Moisés recordó: «Yo estuve en el monte como la primera vez, cuarenta días y cuarenta noches. Y el Señor me oyó también esta vez, y no quiso destruirte» (Deut. 10: 10). Dios escuchó la súplica de Moisés.

Podemos aprender mucho de la vida de Moisés en lo que se refiere a la oración y a aferrarnos a Dios:

  • Moisés sentía un profundo amor por Dios y tenía una idea clara del carácter divino. Dios se describió a sí mismo ante Moisés en Éxodo 34: 6: «¡Dios compasivo y bondadoso, lento para la ira, y grande en amor y fidelidad!».
  • Moisés fue valiente y fiel al aferrarse a Dios en los altibajos del extenuante viaje hacia la Tierra Prometida. Aunque tuvo luchas personales, como cada uno de nosotros, confió en el poder, la presencia y la dirección de Dios en su vida (Éxo. 33: 13).
  • Moisés recordó a Dios su pacto (Éxo. 32: 13), reclamó sus promesas en nombre de su pueblo (Deut. 7: 8) y trajo a la memoria cómo los había guiado en el pasado (Deut. 8: 2).
  • Moisés aceptó las respuestas de Dios a sus oraciones. Estar en estrecha relación con Dios no significa automáticamente que siempre obtendremos lo que deseamos (Deut. 3: 23-29), pero aun así debemos orar con persistencia (Luc. 18: 1-8).

¿Quién necesita tus oraciones intercesoras en este momento? ¿Qué te impide orar ahora mismo?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Después que los hijos de Israel hubieron escuchado en el Sinaí la promulgación de los Diez Mandamientos, se sumieron en la idolatría y el Señor se airó con ellos. Y le dijo a Moisés: “Déjame… que los consuma; y de ti yo haré una gran nación”. Pero no ocurrió de este modo, pues el hombre que había aprendido a buscar a las ovejas en el desierto; que había padecido el frío y las tormentas sin dejar que una sola oveja pereciera, no habría de abandonar a su pueblo. Apeló fervientemente a Dios para que no los abandonara, sino que perdonara su transgresión… Y su ferviente intercesión prevaleció.

Moisés dijo: “Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí”. Él no tenía confianza alguna en sí mismo. Su lema era: El Dios de Israel es mi fortaleza y mi dirección. No admitió adoración como lo habían hecho los soberanos de otras naciones. Repetidas veces les dijo a los hijos de Israel que solo era lo que el Dios de Israel había hecho de él. En todas las batallas en las que habían alcanzado la victoria, les aconsejó que no reclamaran el triunfo para ellos mismos, porque el Dios de Israel era quien había vencido por ellos.

Cuando el Señor le dijo a Moisés: “Mi presencia irá contigo”, podríamos pensar que este poderoso hombre de Dios se sintió satisfecho. Pero no fue así. Con insistencia suplicó: “Te ruego que me muestres tu gloria”. ¿Acaso Dios lo reprendió por su presunción?… El Señor tomó a ese gigante de la fe y lo colocó en la hendidura de una roca y allí le reveló su gloria…

Cuando Moisés volvió y se reencontró con su pueblo casi no pudieron contemplar su semblante porque había estado en comunión con Dios, y su rostro reflejaba la gloria que Dios le había revelado. “La piel de su rostro resplandecía”. Cuando habló con el pueblo no tuvo otra alternativa que cubrir su rostro con un velo.

No son las personas llenas de ostentación, pompa e incredulidad las que son grandes delante del Señor, sino las que son humildes y fieles. A fin de contestar las oraciones, el Señor desea que su pueblo alcance una experiencia individual. Cuanto más estrecha sea la relación con Jesús, más cerca estarán de su hermosura y de su vida, y tanto más humilde será la opinión que tengan de sí mismos. Cuanto menos estimen el yo, tanto mayor ha de ser la visión que tengan de la gloria y de la majestad de Dios. Cuando los hombres se proclamen puros y santos, no podrá haber mayor evidencia de que no lo son (El Cristo triunfante, 19 de abril, p. 118).


Viernes 8 de mayo

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:

En última instancia, debemos orar porque amamos mucho a Dios y porque no podemos evitar compartir con él todo lo que ocurre en nuestra vida: nuestras alegrías y victorias, nuestras cargas y preocupaciones, nuestras peticiones y necesidades cotidianas. «Podemos mantenernos tan cerca de Dios que en cualquier prueba inesperada, nuestros pensamientos se vuelvan hacia él tan naturalmente como la flor se vuelve hacia el sol.

»Presenta a Dios tus necesidades, tristezas, gozos, preocupaciones y temores; no puedes incomodarlo ni agobiarlo. El que tiene contados los cabellos de tu cabeza no es indiferente a las necesidades de sus hijos […]. Nuestras aflicciones conmueven su tierno corazón, especialmente cuando las compartimos con él. Llévale todo lo que confunde. No hay carga que resulte tan pesada que él no la pueda sobrellevar; pues él sostiene los mundos y rige el devenir del universo. Nada que de alguna manera afecte nuestra paz es tan pequeño que él no lo note. No hay en nuestra experiencia ningún episodio tan oculto que él no lo haya conocido, ni perplejidad tan grande que no la pueda solventar. Ninguna calamidad puede ocurrirle al más humilde de sus hijos, ninguna ansiedad puede asaltarlo, ningún gozo alegrarlo, ninguna oración sincera surgir de los labios, sin que el Padre celestial lo perciba y sin que él se tome en ello un interés inmediato. […] Las relaciones entre Dios y cada persona son tan especiales y únicas como si no hubiera habido otra de la que ocuparse ni por la cual haber entregado a su Hijo amado» (Elena G. de White, El camino a Cristo, pp. 148, 149).

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

  1. ¿Describirías la oración como algo hermoso o como una carga? ¿Qué ha contribuido a tu perspectiva?
  2. La cita anterior contiene muchos mensajes perspicaces. ¿Qué pensamiento resuena especialmente en ti después de leerla?
  3. ¿Con cuál de las tres vidas de oración estudiadas esta semana (Daniel, Enoc y Moisés) te sientes más identificado?

RESUMEN:

Cuando leemos en la Biblia acerca de los gigantes de la oración, es fácil pensar que no podemos tener una relación tan estrecha con Dios o estar tan comprometidos con él. Pero sí podemos. Como Daniel, podemos ser firmes y fieles en arrodillarnos cada día a pesar de la oposición. Como Enoc, podemos decidir caminar y hablar con Dios, recurriendo a él antes de hacer el trabajo para el que nos ha llamado. Como Moisés, podemos guiar a quienes se encuentran en nuestra esfera de influencia e interceder por nuestras familias y por los miembros de nuestras comunidades si decidimos permanecer bajo la sombra protectora del Todopoderoso, nuestro Líder y Amigo.

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