Unidad en Cristo
1 Corintios 1:12-17; Romanos 1:29; 1 Corintios 1:10; 3:1-4; Filipenses 2:5-8; 2 Corintios 11:23-28; Colosenses 1:24.
Unidad en Cristo
Quienes observan la vida silvestre saben que algunas criaturas viven en grupos de diferentes tamaños. Desde los lobos hasta los delfines, e incluso las hormigas, estas criaturas permanecen juntas. Los chimpancés son especialmente conocidos por sus estrechos lazos sociales, y a veces viven en grupos de entre 15 y 150 individuos. Sin embargo, estas relaciones no siempre son armoniosas, y a veces los chimpancés luchan entre sí.
Los seres humanos también son un poco así; es decir, no solo tienden a vivir en grupos, sino que a veces luchan unos con otros dentro de esos grupos, lo cual también ocurre, incluso en nuestras iglesias, cuando se forman facciones, a menudo en torno a algún líder carismático.
¿Alguna vez has visto eso en tu iglesia?
Si es así, entonces tienes una idea del problema al que se enfrentó Pablo en Corinto. Esta semana veremos 1 Corintios 1-4, donde el apóstol Pablo aborda el problema de las disputas en la iglesia y cómo superarlas, concretamente, por medio de la unidad en Cristo.
Insto a nuestros hermanos a dejar de criticar y de hablar mal, y a acudir a Dios en ferviente oración, pidiéndole que ayude a los que se equivocan. Únanse unos con otros y con Cristo. Estudien el capítulo diecisiete de Juan, y aprendan cómo orar y cómo vivir la oración de Cristo. Él es el Consolador. Él morará en sus corazones, haciendo que su gozo sea cumplido. Sus palabras serán para ellos como el Pan de Vida, y con la fuerza así obtenida serán capacitados para desarrollar caracteres que serán una honra para Dios. Un perfecto compañerismo cristiano existirá entre ellos. Se verá en sus vidas el fruto que siempre aparece como resultado de la obediencia a la verdad.
Hagamos de la oración de Cristo la regla de nuestra vida, a fin de que podamos formar caracteres que revelen al mundo el poder de la gracia de Dios. Ha de haber menos charla acerca de pequeñas diferencias, y un estudio más diligente de lo que la oración de Cristo significa para quienes creen en su nombre. Hemos de orar por la unión, y entonces vivir de tal manera que Dios pueda responder nuestras oraciones.
Es la perfecta unidad —una unidad tan estrecha como la unión que existe entre el Padre y el Hijo—, lo que dará éxito a los esfuerzos de los obreros de Dios.
La completa unión con Cristo y unos con otros es absolutamente necesaria para la perfección de los creyentes. La presencia de Cristo por la fe en los corazones de los creyentes es su poder, su vida. Produce unión con Cristo. «Tú en mí». La unión con Dios por medio de Cristo hace perfecta a la iglesia.
A quien busque servir a los demás con abnegación y sacrificio le serán dados los atributos de carácter que lo recomendarán ante Dios, y desarrollará sabiduría, verdadera paciencia, clemencia, bondad, compasión. Esto le da un lugar privilegiado en el reino de Dios.
Nada puede perfeccionar la perfecta unidad en la iglesia, sino el espíritu de una paciencia semejante a la de Cristo. Satanás puede sembrar discordia; solo Cristo puede armonizar los elementos discordantes... Cuando como obreros individuales de la iglesia amamos a Dios por sobre todo y al prójimo como a uno mismo, entonces no habrá trabajosos esfuerzos para unirnos; habrá una unidad en Cristo, los oídos estarán cerrados a los informes, y nadie hará reproches contra su vecino. Los miembros de la iglesia apreciarán el amor y la unidad, y serán como una gran familia. Entonces portaremos ante el mundo las credenciales que darán testimonio de que Dios ha enviado a su Hijo al mundo. Cristo dijo: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros». Juan 13:35— Reflejemos a Jesús, 5 de julio, p. 192
El problema de los grupos cerrados en la iglesia
La exhortación de Pablo a que «no haya entre ustedes divisiones. Antes, estén perfectamente unidos en una misma mente y un mismo parecer» (1 Cor. 1: 10) domina los cuatro primeros capítulos de 1 Corintios. De hecho, la mayoría de los eruditos coinciden en que la unidad es el tema general que une todas las partes de la Carta.
Pablo emplea palabras severas para describir la falta de unidad entre los miembros de la iglesia de Corinto. Utiliza los términos griegos sjisma («división», 1 Cor. 1: 10) y eris («contienda», 1 Cor. 1: 11). El sustantivo sjisma (así como el verbo sjizō, que significa «dividir») es utilizado en otras partes del Nuevo Testamento para describir las diferencias de opinión que dan lugar a facciones. A su vez, el sustantivo eris aparece con frecuencia en las listas de conductas impropias que los cristianos deben evitar.
Los desacuerdos en la iglesia de Corinto salieron a la luz, incluso en forma de demandas judiciales entre unos y otros (1 Cor. 6: 1-3). «Para avergonzarlos lo digo», afirma Pablo (1 Cor. 6: 5) acerca de estas demandas entre los miembros de la iglesia. De hecho, ni siquiera dejaron a un lado sus diferencias cuando celebraban la Cena del Señor (1 Cor. 11: 17-22).
El problema de la falta de unidad entre los miembros de la iglesia es tan aterrador, y Pablo está tan preocupado por ello, que este es el primer tema que aborda en su Carta a los Corintios
La oración solemne y ferviente de Cristo... se extiende por los siglos y llega hasta nuestro tiempo. ¡Qué posición es esta para el hombre caído, alcanzar mediante la obediencia, la unidad con Dios a través de Jesucristo! ¡A qué alturas se nos permite elevarnos si queremos considerar la recompensa del premio! Recibiremos poder de Dios para que la naturaleza humana, bajo la obra divina, no siempre esté pervertida y no siempre esté bajo la influencia depravadora y corruptora del pecado. La naturaleza humana, a través de Jesucristo, se alía con los ángeles —sí, y aun con el gran Dios.
Aquellos que están verdaderamente relacionados con Dios no estarán en discrepancia unos con otros... Su Espíritu gobernando en sus corazones, creará armonía, amor y unidad. Lo opuesto a esto obra en los hijos de Satanás; en ellos hay una continua contradicción. Luchas, envidia y celos son los elementos imperantes. La característica del cristiano es la humildad de Cristo. La benevolencia, la bondad, la misericordia y el amor se originan en la Sabiduría Infinita, mientras lo opuesto es el fruto no santificado del corazón que no está en armonía con Jesucristo... En la unión está la fuerza. En la división hay debilidad y derrota.
El argumento más convincente de la misión de Cristo que podemos dar al mundo, debe encontrarse en la perfecta unidad... Nuestro poder para salvar las almas estará en proporción con nuestra unidad con Cristo.
Si alcanzamos la norma de la perfección, nuestros rasgos peculiares de disposición deben ser moldeados en armonía con la voluntad de Cristo. Entonces nos sentaremos juntos en los lugares celestiales en Cristo. Los hermanos trabajarán juntos sin un pensamiento de desacuerdo. Cuando se insiste en las pequeñas diferencias, esto conduce a acciones que destruyen el compañerismo cristiano... Mantengámonos acercándonos a Dios, y él se acercará a nosotros. Entonces, como uno, nos elevaremos hacia él. Las iglesias serán como jardines del Señor, bajo su cultivo. El pueblo de Dios será como árboles de justicia, plantados por el Señor y regados por el río de la vida— Nuestra elevada vocación, 13 de junio, p. 172
La cadena áurea del amor, que vincula los corazones de los creyentes en unidad, con lazos de compañerismo y amor, y en unión con Cristo y el Padre, establece la perfecta conexión y da al mundo un testimonio del poder del cristianismo que no puede ser controvertido...
Satanás comprende el poder de tal testimonio ante el mundo, y cuánto puede hacer en transformar el carácter... Pondrá en práctica cualquier medio concebible para romper esa cadena áurea que une corazón con corazón de los que creen la verdad y los une en íntima relación con el Padre y el Hijo.
Los que nunca experimentaron el tierno y persuasivo amor de Cristo, no pueden guiar a otros a la fuente de la vida. Su amor en el corazón es un poder competente, que induce a los hombres a revelarlo en su conversación, por un espíritu tierno y compasivo, y en la elevación de las vidas de aquellos con quienes se asocian...
En el corazón que ha sido renovado por la gracia divina, el amor es el principio dominante de acción. Modifica el carácter, gobierna los impulsos, controla las pasiones, y ennoblece los afectos. Ese amor, cuando uno lo alberga en el alma, endulza la vida, y esparce una influencia ennoblecedora en su derredor.
El que ama a Dios sobre todas las cosas y a su prójimo como a sí mismo, trabajará comprendiendo constantemente que es un espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres. Haciendo suya la voluntad de Dios, revelará en su vida el poder transformador de la gracia de Cristo. En todas las circunstancias de la vida, tomará el ejemplo de Cristo como guía.
Todo leal y abnegado obrero de Dios tiene la disposición de gastar y ser gastado por causa de otros... Mediante esfuerzos fervientes y reflexivos para ayudar donde sea necesario, el verdadero cristiano muestra su amor a Dios y a sus prójimos. Quizá pierda su vida en el servicio. Pero cuando venga Cristo para reunir sus joyas, la encontrará otra vez— La maravillosa gracia de Dios, 17 de agosto, p. 237
Centrados en Jesús
La formación de grupos constituía aquí una negación de la lealtad a Cristo (1 Cor. 1: 10). Dios nos llamó «a la comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor» (1 Cor. 1: 9). Nuestro Señor es Cristo, y debemos centrarnos en él. Por lo tanto, la respuesta a las preguntas retóricas: «¿Está Cristo dividido? ¿Fue Pablo crucificado por ustedes?» (1 Cor. 1: 13) es un rotundo «¡No!». Cristo no está dividido. Cristo es quien fue crucificado por nosotros. Fuimos bautizados «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mat. 28: 19).
Pablo menciona que somos «el cuerpo de Cristo, y cada uno de ustedes es parte de él» (1 Cor. 12: 27; énfasis añadido). Aunque el cuerpo tiene muchas partes, cada una con su función, sigue siendo un solo cuerpo. Para que el cuerpo funcione correctamente, cada parte debe cumplir su función de acuerdo con sus capacidades. Esta metáfora indica que Pablo pretende la unidad en la diversidad, no la uniformidad. Más aún, aspira a la unidad a pesar de la diversidad.
Sin embargo, todos los pensamientos y las opiniones deben estar sometidos a Cristo, nuestro Señor. El hecho de que Cristo sea nuestro Señor es un concepto tan importante para Pablo que recurre a él repetidamente en el comienzo de 1 Corintios (1 Cor. 1: 2, 7, 8, 9, 10). Por lo tanto, antes de abordar el tema de los grupos o facciones y los líderes humanos, Pablo enfatiza que todos tenemos a Jesús como nuestro Señor. La iglesia no se centra en los líderes humanos. Los cristianos se centran en Jesús.
El énfasis en el señorío de Jesús en los primeros versículos de 1 Corintios nos ayuda a comprender lo que Pablo quiso decir con las palabras: «Estén perfectamente unidos en una misma mente y un mismo parecer» (1 Cor. 1: 10). El término griego traducido como «unidos» proviene del verbo katartizō, que sugiere que algo debe ser restaurado a su condición adecuada. Cuando se forman camarillas en torno a líderes humanos, las relaciones dentro de la iglesia deben ser restauradas a su condición adecuada, y eso puede suceder por medio de la unidad en Cristo y la muerte del yo que ello implica.
Aquí el ojo de la fe es dirigido a Dios, para ver el invisible, no las cosas que ahora están a la vista. La fe vive en la expectación de un bien futuro; discierne ventajas inexpresables en el don celestial. La esperanza de la vida futura es una parte esencial de nuestra fe cristiana. Cuando permitimos que las atracciones del mundo se interpongan entre el alma y Dios, lo único que podemos ver es el mundo... Mirad más alto, fijad el ojo de la fe en las cosas invisibles y seréis fuertes en la fortaleza divina.
Nuestra fe aumenta al mirar a Jesús, que es el centro de todo lo atractivo y hermoso. Cuanto más contemplamos lo celestial, tanto menos vemos cosas deseables o atractivas en lo terreno. Cuanto más continuamente fijamos el ojo de la fe en Cristo en quien están centradas nuestras esperanzas de vida eterna, tanto más crece nuestra fe; nuestra esperanza se fortalece, nuestro amor se hace más intenso y ferviente, con la claridad de nuestra mirada interior espiritual, y nuestra inteligencia espiritual aumenta. Nos damos cuenta cada vez más de la realidad del llamado de Dios a purificarnos a nosotros mismos de las costumbres y prácticas de un mundo que no conoce a Dios ni a Jesucristo a quien envió.
Cuanto más contemplamos a Cristo, hablamos de sus méritos y relatamos su poder, tanto más plenamente reflejaremos su imagen en nuestros propios caracteres y tanto menos someteremos nuestras mentes y afectos a las influencias paralizadoras del mundo. Cuanto más nuestra mente se espacie en Jesús, tanto menos nos envolverá la neblina de la duda, y más fácilmente podremos colocar todas nuestras cargas sobre Aquel que las lleva todas...
Permitamos que la fe atraviese la sombra infernal de Satanás y se fije en Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, que ha entrado por nosotros tras el velo. Sean cuales sean las nubes que cubran el cielo, sean cuales sean las tormentas que azoten el alma, esta ancla se mantiene firme y podemos estar seguros de la victoria— In Heavenly Places, p. 127; parcialmente en En los lugares celestiales, 30 de abril, p. 127
¡Oh, cuán bondadoso es nuestro Señor! «No te desampararé, ni te dejaré». Hebreos 13:5. «He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida». Isaías 49:16. «No os dejaré huérfanos». Juan 14:18. El que pide, recibirá el Espíritu Santo. Pensemos que Dios está más dispuesto a darnos el Espíritu Santo, que los padres a conceder buenas dádivas a sus hijos. Entonces, alegrémonos y gocémonos. No miremos el trabajo infernal de los poderes de las tinieblas hasta que fallen la esperanza y el ánimo Jesús vive, y debemos dejar que nuestra fe penetre la oscuridad... repose en la luz y se regocije en la luz del Sol de Justicia. Jesús vive para interceder por nosotros. Mientras las tinieblas se cierran sobre el mundo, nuestra vida está segura únicamente cuando se oculta con Cristo en Dios. ¡Precioso Salvador! Solamente en él deben concentrarse nuestras esperanzas de vida eterna. Entonces hablaremos de la fe, de la esperanza, del valor, y difundiremos luz por todas partes. Cristo dijo: «Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Así alumbre vuestra luz... para que... glorifique a vuestro Padre». Mateo 5:14-16. La fe puede atravesar la nube más oscura. La confianza humilde y sincera en Dios glorificará su nombre, y en esa confianza podéis ser toda luz en el Señor. Alabado sea el Señor. Alabémos y glorifiquemos a Dios por su amor incomparable— That I May Know Him, p. 284; parcialmente en A fin de conocerle, 5 de octubre, p. 282
Sabiduría y madurez
En general, los grupos cerrados son el resultado de una sobrevaloración de los líderes humanos. Esto es muy peligroso para la unidad de la iglesia y para la salud espiritual de los miembros, ya que una visión distorsionada del ministerio cristiano puede llevar a una iglesia a dar una importancia excesiva a ciertos líderes en detrimento de otros. La consecuencia de tal comportamiento es una atmósfera de competencia o rivalidad que puede dividir a la iglesia. Más aún, si tratamos a los líderes humanos como el centro de nuestra identidad cristiana, corremos el riesgo de desplazar a Cristo de la posición correcta en nuestras vidas.
Pablo deja claro que la madurez espiritual conduce al creyente a apreciar la sabiduría de Dios (1 Cor. 2: 6-7), la cual nos es comunicada por medio del Espíritu (1 Cor. 2: 13) y contrasta con la sabiduría de este mundo (1 Cor. 2: 6) y la sabiduría humana (1 Cor. 2: 13). La sabiduría de Dios se revela en la cruz de Cristo (1 Cor. 2: 1-4) y, más precisamente, en el sufrimiento, la muerte y la resurrección de Cristo. Por lo tanto, antes de reanudar su exhortación a la unidad (1 Cor. 3: 1-17), Pablo quiere que sus lectores reconozcan la necesidad de la verdadera sabiduría y madurez en Cristo.
Los cristianos sabios y maduros son personas espirituales, no carnales. Tampoco son como niños (1 Cor. 3: 1). Comparan las cosas espirituales con las cosas espirituales, porque «las cosas del Espíritu de Dios [...] se han de discernir espiritualmente» (1 Cor. 2: 13-14). Los cristianos sabios y maduros se alimentan de comida sólida, no de leche (1 Cor. 3: 2; comparar con Heb. 5: 12). El creyente que «se nutre de leche es inexperto en la doctrina de la justificación, porque aún es niño. En cambio, el alimento sólido es para los adultos, para los que por la costumbre tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal» (Heb. 5: 13-14). Los cristianos sabios y maduros no dicen: «Yo soy de Pablo» o «yo soy de Apolo» (1 Cor. 3: 4), refiriéndose a diferentes personas.
Después de todo, estas personas son, como ellos, «colaboradores de Dios» (1 Cor. 3: 9). Nosotros, como iglesia, somos el campo, el edificio y el templo de Dios (1 Cor. 3: 9, 16-17). Todos pertenecemos a Dios por medio de Cristo (1 Cor. 3: 11).
La historia de Juan nos proporciona una notable ilustración de cómo Dios puede usar a los obreros de edad. Cuando Juan fue desterrado a la isla de Patmos, muchos le consideraban incapaz de continuar en el servicio, y como una caña vieja y quebrada, propensa a caer en cualquier momento. Pero el Señor juzgó conveniente usarle todavía. Aunque alejado de las escenas de su trabajo anterior, no dejó de ser un testigo de la verdad. Aun en Patmos se hizo de amigos y conversos. Su mensaje era de gozo, pues proclamaba un Salvador resucitado...
La más tierna consideración debe abrigarse hacia aquellos cuyos intereses durante toda la vida estuvieron ligados a la obra de Dios. Esos obreros ancianos han permanecido fieles en medio de tormentas y pruebas. Pueden tener achaques, pero aún poseen talentos que los hacen aptos para ocupar su lugar en la causa de Dios. Aunque gastados e imposibilitados de llevar las pesadas cargas que los más jóvenes pueden y deben llevar, el consejo que pueden dar es del más alto valor.
Pueden haber cometido equivocaciones, pero de sus fracasos aprendieron a evitar errores y peligros y, ¿no serán por lo tanto competentes para dar sabios consejos? Sufrieron pruebas y dificultades y aun cuando perdieron parte de su vigor, el Señor no los pone a un lado. Les da gracia especial y sabiduría... El Señor desea que los obreros más jóvenes logren sabiduría, fuerza y madurez por su asociación con esos hombres fieles...
A medida que los que han gastado su vida en el servicio de Cristo se acercan al fin de su ministerio terrenal, serán impresionados por el Espíritu Santo a recordar los incidentes por los cuales han pasado en relación con la obra de Dios. El relato de su maravilloso trato con su pueblo, su gran bondad al librarlos de las pruebas, debe repetirse a los que son nuevos en la fe. Dios desea que los obreros ancianos y probados ocupen su lugar y hagan su parte para impedir que los hombres y mujeres sean arrastrados hacia abajo por la poderosa corriente del mal; desea que tengan puesta su armadura hasta que él les mande deponerla— Conflicto y valor, 23 de diciembre, p. 363
Cuando se comience a sentir desanimado, mire a Jesús y tenga comunión con él. Cuando piense que sus hermanos no lo comprenden, recuerde que Jesús, su Hermano Mayor, nunca se equivoca. Él lo juzgará justamente. Las palabras que Cristo pronunció en el día grande de la fiesta tienen un significado y poder extraordinarios. Levantando su voz dijo: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba». Juan 7:37. Nadie tiene que ser empujado hacia Cristo. A nosotros nos corresponde acudir a él, la fuente de vida, y hacerlo por propia elección. ¿Por qué no habríamos de acudir a Cristo, en quien se centra nuestra esperanza de vida eterna? Las lecciones que Cristo nos ha hecho llegar no son máximas trilladas; están llenas de pensamiento vital. Pero a nosotros nos corresponde apropiarnos de la verdad divina. El apóstol Pablo nos exhorta a echar mano de la esperanza que nos ofrece el evangelio. Debemos apropiarnos de las promesas de Dios por medio de la fe, y aprovechar las abundantes bendiciones que Cristo Jesús ha obtenido para nosotros. Delante de nosotros ha sido colocada una esperanza, la esperanza de la vida eterna. Nuestro Redentor no quedará satisfecho con darnos nada menos que esta bendición; pero es deber nuestro asirnos de esta esperanza por medio de la fe en Aquel que la prometió. Podemos esperar que sufriremos; porque únicamente los que participen con él de sus sufrimientos, también participarán con él de su gloria. Él ha comprado el perdón y la inmortalidad para las almas pecadoras de los hombres que perecen; pero a nosotros nos corresponde recibir estos dones por medio de la fe. Al creer en él, recibimos esta esperanza como un ancla segura e inamovible para el alma. En vista de que pagó un precio tan elevado por nuestra salvación, debemos entender que podemos esperar confiadamente el favor divino, no solo en este mundo, sino también en el mundo celestial. La fe en el sacrificio expiatorio y la intercesión de Cristo nos mantendrá seguros e inamovibles en medio de las tentaciones que nos oprimen en la iglesia militante. Contemplemos la gloriosa esperanza que tenemos por delante, y por la fe aferrémonos de ella...— Exaltad a Jesús, 13 de noviembre, p. 325
Un servicio como el de Cristo
En 1 Corintios 3: 1-4, Pablo insinúa que las camarillas son el resultado de una falta de madurez espiritual. Sin embargo, antes de abordar este tema, afirma: «Tenemos el pensar de Cristo» (1 Cor. 2: 16). Es probable que esta frase se refiera a la forma de pensar y actuar de Cristo. En otras palabras, el creyente tiene la mente, o «pensar de Cristo», cuando piensa y actúa como él. Sin embargo, poner en práctica esto en todos los aspectos de la vida no es tan fácil. En el mundo grecorromano existía mucha competencia entre los políticos, los filósofos, los pensadores y los líderes religiosos. Al parecer, el anhelo de aprobación cultural llevó a la iglesia de Corinto a seguir los estándares seculares. Esto también puede ser un peligro para la iglesia actual.
Al igual que en Corinto, también se estaban produciendo divisiones en la iglesia de Filipos (Fil. 2: 1-4), aunque quizá en menor medida. Filipenses 2: 1-8 nos enseña que un servicio cristiano requiere morir a uno mismo y a las ambiciones egoístas, y buscar en cambio bendecir a los demás por encima de nosotros mismos, como hizo Jesús.
La expresión «servidores de Cristo» (1 Cor. 4: 1) se refiere al servicio cristiano. Estas palabras pueden transmitir la idea de que los creyentes sirven a Cristo como ayudantes o subordinados. Está claro que una visión correcta de los líderes humanos se basa en el ejemplo de liderazgo de Cristo. Los siervos son también descritos como «administradores» (1 Cor. 4: 1-2); es decir, personas a las que les ha sido confiada la administración de los bienes de otra persona. En tal sentido, todo lo que tenemos pertenece a Cristo.
¿Cómo iba Cristo a llevar a estas pobres almas adonde Satanás no pudiese ganar sobre ellas una victoria decisiva? ¿Cómo podría mostrarles que el mero profesar ser discípulos no los hacía discípulos, ni les aseguraba un lugar en su reino? ¿Cómo podría mostrarles que es el servicio amante y la verdadera humildad lo que constituye la verdadera grandeza? ¿Cómo habría de encender el amor en su corazón y habilitarlos para entender lo que anhelaba explicarles?
Los discípulos no hacían ningún ademán de servirse unos a otros. Jesús aguardó un rato para ver lo que iban a hacer. Luego él, el Maestro divino, se levantó de la mesa. Poniendo a un lado el manto exterior que habría impedido sus movimientos, tomó una toalla y se ciñó. Con sorprendido interés, los discípulos miraban, y en silencio esperaban para ver lo que iba a seguir. «Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a limpiarlos con la toalla con que estaba ceñido». Esta acción abrió los ojos de los discípulos. Amarga vergüenza y humillación llenaron su corazón. Comprendieron el mudo reproche, y se vieron desde un punto de vista completamente nuevo.
Así expresó Cristo su amor por sus discípulos. El espíritu egoísta de ellos le llenó de tristeza, pero no entró en controversia con ellos acerca de la dificultad. En vez de eso, les dio un ejemplo que nunca olvidarían. Su amor hacia ellos no se perturbaba ni se apagaba fácilmente. Sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos, y que él provenía de Dios e iba a Dios. Tenía plena conciencia de su divinidad; pero había puesto a un lado su corona y vestiduras reales, y había tomado forma de siervo. Uno de los últimos actos de su vida en la tierra consistió en ceñirse como siervo y cumplir la tarea de un siervo...
Para los que reciben el espíritu de este servicio, no puede nunca llegar a ser una mera ceremonia. Su constante lección será: «Servíos por amor los unos a los otros». Gálatas 5:13. Al lavar los pies a sus discípulos, Cristo dio evidencia de que haría, por humilde que fuera, cualquier servicio que los hiciese herederos con él de la eterna riqueza del tesoro del cielo. Sus discípulos, al cumplir el mismo rito, se comprometen asimismo a servir a sus hermanos. Dondequiera que este rito se celebra debidamente, los hijos de Dios se ponen en santa relación, para ayudarse y bendecirse unos a otros. Se comprometen a entregar su vida a un ministerio abnegado. Y esto no solo unos por otros. Su campo de labor es tan vasto como lo era el de su Maestro. El mundo está lleno de personas que necesitan nuestro ministerio. Por todos lados, hay pobres desamparados e ignorantes. Los que hayan tenido comunión con Cristo en el aposento alto, saldrán a servir como él sirvió.
Jesús, que era servido por todos, vino a ser siervo de todos. Y porque ministró a todos, volverá a ser servido y honrado por todos. Y los que quieren participar de sus atributos, y con él compartir el gozo de ver almas redimidas, deben seguir su ejemplo de ministerio abnegado.
Todo esto abarcaban las palabras de Cristo: «Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis». Tal era el propósito del rito que él estableció. Y dice: «Si sabéis estas cosas», si conocéis el propósito de sus lecciones, «bienaventurados seréis, si las hiciereis»— El Deseado de todas las gentes, pp. 600, 601, 606, 607
Un estilo de vida que refleja la cruz
El hecho de que no debamos formar grupos cerrados o camarillas, especialmente en torno a los líderes humanos, no significa que no debamos apoyar a nuestros dirigentes. Se supone que debemos apreciar y ayudar a quienes dirigen el trabajo de la iglesia. Dios encarga a las personas que cumplan su ministerio en la tierra. Los líderes de la iglesia que muestran un estilo de vida que refleja la sumisión representada por la cruz son dignos de ser escuchados y seguidos.
Esto es así porque solo la cruz tiene el poder de revertir cualquier forma manipuladora de control en favor de la sumisión a la Palabra de Dios. Los líderes cristianos atribuyen el éxito de su ministerio solo a Dios. En su ministerio terrenal, incluso Jesús, como ser humano, atribuyó la gloria a Dios (Juan 17: 4). Según Pablo, el ministerio cristiano fiel debe basarse en lo que podemos llamar una teología de la cruz. La cruz es la revelación de la sabiduría de Dios y de su poder para salvar. Al mismo tiempo, también muestra la sabiduría humana como necedad. En 1 Corintios 4: 1-13, Pablo deja claro en qué consiste esa teología de la cruz. En primer lugar, indica que es Dios quien establece la norma para el liderazgo cristiano (1 Cor. 4: 1-5). En segundo lugar, señala el hecho de que el sufrimiento por causa de Cristo es el sello distintivo del verdadero ministerio cristiano (1 Cor. 4: 9, 11-13). Este segundo punto merece ser desarrollado más a fondo.
Los líderes cristianos siguen las huellas de Jesús al estar dispuestos a sufrir por sus hermanos y hermanas, e incluso, si es necesario, a morir por su ministerio. Pablo se refiere a sí mismo y a Apolo como hombres «sentenciados a muerte» (1 Cor. 4: 9). Se los describe como personas que se enfrentan al «hambre, la sed y la desnudez», además de ser «abofeteados» y estar «sin hogar» (1 Cor. 4: 11). También fueron insultados, perseguidos, difamados y considerados «la hez del mundo, el desecho de todos» (1 Cor. 4: 12-13). Además, al referirse irónicamente a los corintios como ricos, reyes, sabios y distinguidos (1 Cor. 4: 8, 10), Pablo demuestra que el orgullo no debe tener cabida en el verdadero liderazgo cristiano, ya que es la raíz de la división en la iglesia (1 Cor. 4: 6).
Quitar la cruz al cristiano, es como borrar el sol que ilumina el día, y quitar la luna y las estrellas del firmamento por la noche. La cruz de Cristo nos conduce más cerca de Dios, reconcilia al hombre con Dios, y a Dios con el hombre. El Padre contempla la cruz, los sufrimientos que ha dado a su Hijo, a fin de salvar a la humanidad de su desesperada condición, y de conducir al hombre hacia sí mismo. La contempla con la tierna compasión del amor de un padre. Casi se ha perdido de vista la cruz, pero sin la cruz no hay relación con el Padre, no hay unidad con el Cordero en el medio del trono del cielo, no hay una recepción de bienvenida a los errantes que quieran volver al olvidado camino de la justicia y la verdad, no hay esperanza para el transgresor en el día del juicio. Sin la cruz no hay un medio provisto para vencer el poder de nuestro poderoso enemigo. Toda esperanza de la humanidad pende de la cruz.
Cuando el pecador alcanza la cruz, y contempla a Aquel que murió para salvarlo, debe regocijarse con plenitud de gozo; porque sus pecados son perdonados. Arrodillándose junto a la cruz, ha alcanzado el lugar más alto al que un hombre puede llegar. La luz del conocimiento de la gloria de Dios es revelada en el rostro de Jesucristo; y él pronuncia estas palabras de perdón: «Vivid, vosotros pecadores, vivid. Vuestro arrepentimiento es aceptado; porque yo he encontrado un rescate».
Mediante la cruz aprendemos que nuestro Padre celestial nos ama con un amor infinito y perdurable, y nos acerca hacia él con una simpatía mayor que la de una madre anhelosa por un hijo descarriado. ¿Puede extrañarnos el que Pablo haya exclamado: «Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo»? También es nuestro privilegio gloriarnos en la cruz del Calvario, es nuestro privilegio darnos plenamente a Aquel que se dio a sí mismo por nosotros. Entonces, con la luz del amor que brilla desde su rostro sobre nosotros, saldremos para reflejarla sobre aquellos que viven en tinieblas— Nuestra elevada vocación, 9 de febrero, p. 48
Hay que entrenar la mente para que se espacie en las cosas espirituales. La humildad será el resultado de comprender el carácter amoroso de Jesucristo. Al meditar en las excelencias del carácter de Cristo nos daremos cuenta de cuán ofensivo es el pecado, y nos aferraremos de la justicia de Jesucristo. Cultivaremos las virtudes que residen en Jesús para que podamos reflejar su carácter ante los demás. Si contempláramos la cruz del Calvario no exaltaríamos el yo, sino que mantendríamos constantemente delante de nosotros nuestra propia indignidad, y cuánto le costó al cielo nuestra salvación; percibiríamos el amor inmaculado de Cristo— Cada día con Dios, p. 259
Para estudiar y meditar
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1Hacia el final de su ministerio terrenal, Jesús oró por la unidad: «Para que todos sean uno [...] para que el mundo crea que tú me enviaste» (Juan 17: 21-23). ¿Por qué la unidad en Cristo es un argumento poderoso en favor de la verdad de que Dios envió a su Hijo para salvar al mundo? En relación con esto, ¿por qué la falta de unidad es un obstáculo para la misión de la iglesia?
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2Lee 1 Corintios 4: 9-13 y presta mucha atención a cómo son descritos los apóstoles en este pasaje. ¿Cómo contrasta esta descripción de los apóstoles con las características del liderazgo valoradas en nuestro mundo? ¿Qué nos enseña este pasaje acerca de cuánto pueden diferir los estándares de Dios y los de este mundo?
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3En 1 Corintios 4: 16, Pablo exhorta a los corintios a imitarlo. ¿Estarías dispuesto a imitar a los líderes humanos? ¿Qué diferencia existe entre imitar a un líder y exaltarlo indebidamente, incluso peligrosamente?
«La unidad del pueblo remanente que cree en Dios produce una poderosa convicción en el mundo de que tiene la verdad y de que es un pueblo diferente, elegido por Dios. Esta unidad desconcierta al enemigo, por lo que está decidido a eliminar su existencia. La verdad presente, creída en el corazón y puesta en práctica en la vida, proporciona unidad al pueblo de Dios y le da una poderosa influencia»— Elena G. de White, Testimonios para la iglesia, t. 1, p. 294
«Dios está conduciendo a un pueblo para que se coloque en perfecta unidad sobre la plataforma de la verdad eterna. Cristo se dio a sí mismo al mundo para que pudiese “limpiar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2: 14). Este proceso de refinamiento está destinado a purificar a la iglesia de toda injusticia y del espíritu de discordia y contención, para que sus miembros edifiquen en vez de derribar y concentren sus energías en la gran obra que está delante de ellos. Dios quiere que sus hijos lleguen todos a la unidad de la fe. La oración de Cristo, precisamente antes de su crucifixión, pedía que sus discípulos fuesen uno, como él era uno con el Padre, para que el mundo creyese que el Padre lo había enviado. En esta, la más conmovedora y admirable oración, extendida a través de los siglos hasta nuestros días, sus palabras son: “Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos” (Juan 17: 20)»— Elena G. de White, Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 21
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