Lección 10: Para el 6 de junio de 2026
ARREPENTIMIENTO Y PERDÓN
Sábado 30 de mayo
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Isaías 61: 10; Oseas 6; Hechos 18, 19; Éxodo 34: 1–10; Romanos 6: 23; Mateo 22: 1–14.
PARA MEMORIZAR:
«Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de todo mal» (1 Juan 1: 9).
La Tierra Prometida parecía muy lejana a los israelitas que acampaban bajo la columna de nube en la llanura. Moisés había desaparecido muchos días antes en la densa oscuridad que cubría la cima de la montaña. Seguramente su líder ya había muerto, razonaron, por inanición o por el fuego consumidor de la presencia divina. La multitud mixta se sentía inquieta e impaciente, lista para pasar a la tierra que manaba leche y miel. Aunque este mismo pueblo había hecho pocos días antes un pacto solemne con Dios y se había comprometido a serle obediente, querían un ídolo que pudieran ver. Así que, se reunieron en torno a la tienda de Aarón y le exigieron que creara una imagen idolátrica para ellos. Temiendo por su propia seguridad, Aarón accedió. Esta triste historia es desarrollada en Éxodo 32 al 34.
Este relato es solo una de las historias bíblicas que nos instruyen acerca del arrepentimiento y el perdón, los temas de la lección de esta semana. Ten presente el contenido del versículo para memorizar mientras estudias la lección de cada día. Gracias a la Cruz y al Plan de Salvación, el perdón está disponible para el pecador que se arrepiente y confiesa su falta a Dios.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Aquel que tiene el manto inmaculado de justicia, tejido en el telar del cielo, en el cual no hay una hebra que pueda reclamar la humanidad pecaminosa, está a la diestra de Dios para revestir a sus hijos creyentes con el perfecto manto de su justicia. Los que estén salvados en el reino de Dios, no tendrán en sí mismos nada de qué jactarse; la alabanza y la gloria se dirigirán a Dios, el Dador de la salvación…
La obra del pecador no es hacer paz con Dios sino aceptar a Cristo como a su paz y justicia. Así el hombre se convierte en uno con Cristo y con Dios. No hay otra forma en la cual el corazón pueda ser santificado, a no ser por la fe en Cristo. Sin embargo, algunos piensan que el arrepentimiento es una especie de preparación que los hombres deben originar por sí mismos a fin de que Cristo sea mediador en favor de ellos. Es cierto que debe haber arrepentimiento antes de que haya perdón; pero el pecador debe ir a Cristo antes de que pueda haber arrepentimiento. La virtud de Cristo es la que fortalece y da luz al alma, de modo que el arrepentimiento pueda ser pío y aceptable… El arrepentimiento es tan ciertamente un don de Jesucristo como lo es el perdón de los pecados. No se puede experimentar el arrepentimiento sin Cristo; pues el arrepentimiento del cual él es el Autor es la base sobre la cual podemos pedir nuestro perdón. Mediante la obra del Espíritu Santo, los hombres son inducidos al arrepentimiento. De Cristo proviene la gracia de la contrición, tanto como el don del perdón, y el arrepentimiento así como el perdón de los pecados se consiguen solo mediante la sangre expiatoria de Cristo. Aquellos a quienes Dios perdona, primero hace que se arrepientan (A fin de conocerle, 13 de abril, p. 109).
Como Nicodemo, debemos estar dispuestos a entrar en la vida de la misma manera que el primero de los pecadores. Fuera de Cristo, «no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos». Hechos 4:12. Por la fe, recibimos la gracia de Dios; pero la fe no es nuestro Salvador. No nos gana nada. Es la mano por la cual nos asimos de Cristo y nos apropiamos sus méritos, el remedio por el pecado. Y ni siquiera podemos arrepentirnos sin la ayuda del Espíritu de Dios. La Escritura dice de Cristo: «A este ha Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados». Hechos 5:31. El arrepentimiento proviene de Cristo tan ciertamente como el perdón.
¿Cómo hemos de salvarnos entonces? «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto», así también el Hijo del hombre ha sido levantado, y todos los que han sido engañados y mordidos por la serpiente pueden mirar y vivir. «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Juan 1:29. La luz que resplandece de la cruz revela el amor de Dios. Su amor nos atrae a él. Si no resistimos esta atracción, seremos conducidos al pie de la cruz arrepentidos por los pecados que crucificaron al Salvador. Entonces el Espíritu de Dios produce por medio de la fe una nueva vida en el alma. Los pensamientos y los deseos se sujetan en obediencia a la voluntad de Cristo. El corazón y la mente son creados de nuevo a la imagen de Aquel que obra en nosotros para someter todas las cosas así. Entonces la ley de Dios queda escrita en la mente y el corazón, y podemos decir con Cristo: «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado». Salmo 40:8 (El Deseado de todas las gentes, pp. 147, 148).
Domingo 31 de mayo
LA PRISA DE LA VIDA
Había sido una semana muy ajetreada. Aunque sabía que había mucho que hacer antes del sábado, lo urgente prevalecía sobre lo importante y el sol se puso antes de que se diera cuenta. La familia compartió una cena especial el viernes por la noche y adoraron juntos a Dios.
Cuando llegó el sábado por la mañana y se levantó temprano, vio que el baño estaba sucio y lo limpió. Luego, notó que su hijo había mojado la cama, así que metió las sábanas en la lavadora con el resto de la ropa. Mientras preparaba el desayuno para su familia, se dio cuenta de que no había postre para el almuerzo, así que horneó rápidamente un pastel. Vio entonces que su marido necesitaba una camisa planchada para asistir a la iglesia, así que también hizo eso, además de doblar algo de ropa y sacar la basura.
Entonces se detuvo y pensó: «Es sábado, el día que más amo. Sin embargo, aquí estoy, haciendo todas estas tareas y permitiendo que estas cosas me distraigan de lo que el sábado es en realidad: la gran ocasión para acercarme a Dios».
Por un momento, su mente empezó a justificar sus acciones: eran cosas que había que hacer. ¿Lo eran realmente? Se dio cuenta de que estaba actuando como Marta, «atareada con muchos quehaceres» (Luc. 10: 40), y las palabras de Jesús resonaron en su mente: «Marta, Marta, estás preocupada y turbada por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria. Y María eligió la buena parte, que no le será quitada» (Luc. 10: 41, 42). La buena parte era sentarse a los pies de Jesús por el profundo amor que sentía por él, no solo el sábado, sino todos los días. Ella no había elegido la buena parte aquel sábado de mañana.
Amaba a Dios, pero era fácil olvidar que él le había dado el sábado como un regalo para fortalecer su relación mutua. Lágrimas silenciosas brotaban de sus ojos mientras permanecía de pie en la silenciosa cocina.
El propósito de este ejemplo no es centrarnos en lo que debemos o no debemos hacer en sábado. Es más bien un recordatorio de por qué es importante tomar consciencia de las cosas que debilitan u obstaculizan nuestra relación con Dios. Cuando clamamos a Jesús porque sentimos el dolor del pecado y la separación, él está muy cerca de nosotros (Sal. 53: 2). Sostiene un manto blanco en sus manos manchadas de sangre. Ve nuestras lágrimas de arrepentimiento y reemplaza nuestra ropa sucia por su manto puro de justicia. Su pureza cubre completa y perfectamente nuestro pecado. Podemos lavar nuestras manchadas vestiduras en su sangre (Apoc. 7: 14).
¿Cómo revelan Isaías 64: 6; Zacarías 3: 4 e Isaías 61: 10 esta importante verdad acerca de la justicia de Cristo? ¿Por qué debemos aferrarnos siempre con fervor a lo que aquí se promete?
Isaías 64: 6
6 Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento.
Zacarías 3: 4
4 Y habló el ángel, y mandó a los que estaban delante de él, diciendo: Quitadle esas vestiduras viles. Y a él le dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala.
Isaías 61: 10
10 En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
La parábola del vestido de bodas (Mateo 22:1-14) representa una lección del más alto significado… El vestido de boda de la parábola representa el carácter puro y sin mancha que poseerán los verdaderos seguidores de Cristo… El lino fino, dice la Escritura, «son las justificaciones de los santos». Apocalipsis 19:8. Es la justicia de Cristo, su propio carácter sin mancha, que por la fe se imparte a todos los que lo reciben como Salvador personal.
La ropa blanca de la inocencia era llevada por nuestros primeros padres cuando fueron colocados por Dios en el santo Edén. Ellos vivían en perfecta conformidad con la voluntad de Dios… Una hermosa y suave luz, la luz de Dios, envolvía a la santa pareja… Pero cuando entró el pecado, rompieron su relación con Dios, y la luz que los había circuido se apartó. Desnudos y avergonzados, procuraron suplir la falta de los mantos celestiales cosiendo hojas de higuera para cubrirse.
No podemos proveernos por nuestra cuenta del ropaje de la justicia, porque el profeta dice: «Todas nuestras justicias [son] como trapo de inmundicia». Isaías 64:6. No hay nada en nosotros con qué cubrir el alma para que no se vea su desnudez. Debemos recibir el ropaje de justicia tejido en el telar del cielo, el ropaje puro de la justicia de Cristo.
Dios ha hecho amplia provisión para que podamos comparecer perfectos en su gracia, sin que nos falte nada, aguardando la aparición de nuestro Señor. ¿Estás listo? ¿Estás ataviado con el vestido de bodas? Esa vestimenta nunca cubrirá el engaño, ni la impureza, ni la corrupción, ni la hipocresía. El ojo de Dios está sobre ti. Discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Podemos ocultar nuestros pecados de los ojos de los hombres, pero no podemos ocultar nada de nuestro Hacedor (La maravillosa gracia de Dios, 16 de enero, p. 24).
El Señor Jesucristo ha preparado una cobertura —el manto de su propia justicia— que pondrá sobre cada alma arrepentida que lo reciba por la fe. Dijo Juan: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Juan 1:29. El pecado es la transgresión de la ley. Cristo murió para que todos pudieran deshacerse del pecado.
Un delantal de hojas de higuera nunca cubrirá nuestra desnudez. El pecado debe ser quitado y el ropaje de la justicia de Cristo debe cubrir al transgresor de la Ley de Dios. Entonces, al mirar el Señor al pecador creyente, ve, no las hojas de higuera que lo cubren sino el manto de justicia de Cristo, que es la perfecta obediencia a la ley de Jehová. El hombre ha cubierto su desnudez, no bajo una cobertura de hojas de higuera, sino bajo el manto de la justicia de Cristo (Alza tus ojos, 30 de diciembre, p. 376).
Lunes 1° de junio
DIRECTIVAS DEL ESPÍRITU SANTO
Al pensar en el distanciamiento que se había producido entre su esposa y él, supo que se había equivocado. Había sido descortés con ella y había dicho algunas cosas de las que se arrepentía. Sin embargo, su siguiente pensamiento fue: «¿Acaso no se lo merecía, aunque solo fuera un poco?».
¿Te resulta familiar este proceso mental? Es fácil pasar de un sentimiento de remordimiento a una justificación de nuestros pensamientos y acciones. No siempre es fácil decir «perdóname» cuando hemos hecho algo malo, pero es esencial para reconstruir o fortalecer cualquier relación.
Lo mismo ocurre entre nosotros y Dios. El Espíritu Santo a menudo nos insta a pensar en los pecados que cometemos. Nuestros corazones se conmueven a causa de estos impulsos, pero puede resultar sencillo acallar esa voz apacible y tenue mientras justificamos por qué actuamos de cierta manera. Una de las funciones del Espíritu Santo es «convencer al mundo de pecado» (Juan 16: 7, 8). Esa convicción producida por el Espíritu es un maravilloso regalo divino (Luc. 11: 13) que necesitamos para resolver cualquier distanciamiento en nuestra relación con él.
Lee Oseas 6. ¿Qué notas específicamente aquí acerca de cómo Dios se describe a sí mismo en su llamado al arrepentimiento?
Oseas 6
1 Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará. 2 Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él. 3 Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová; como el alba está dispuesta su salida, y vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana a la tierra. 4 ¿Qué haré a ti, Efraín? ¿Qué haré a ti, oh Judá? La piedad vuestra es como nube de la mañana, y como el rocío de la madrugada, que se desvanece. 5 Por esta causa los corté por medio de los profetas, con las palabras de mi boca los maté; y tus juicios serán como luz que sale. 6 Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos. 7 Mas ellos, cual Adán, traspasaron el pacto; allí prevaricaron contra mí. 8 Galaad, ciudad de hacedores de iniquidad, manchada de sangre. 9 Y como ladrones que esperan a algún hombre, así una compañía de sacerdotes mata en el camino hacia Siquem; así cometieron abominación. 10 En la casa de Israel he visto inmundicia; allí fornicó Efraín, y se contaminó Israel. 11 Para ti también, oh Judá, está preparada una siega, cuando yo haga volver el cautiverio de mi pueblo.
Considera el papel del Espíritu Santo en el proceso de reimplantarnos en la Vid (Juan 15: 4). «A menudo nos apenamos porque nuestras malas acciones nos producen consecuencias desagradables, pero eso no es arrepentimiento. El verdadero pesar por el pecado es el resultado de la obra del Espíritu Santo. El Espíritu revela la ingratitud del corazón que ha despreciado y agraviado al Salvador, y nos trae contritos al pie de la Cruz. Cada pecado vuelve a herir a Jesús […], lloramos por los pecados que le produjeron angustia. Una tristeza tal nos inducirá a renunciar al pecado» (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 271, 272).
No podemos crecer en nuestra relación con Dios cuando el pecado elegido y acariciado se interpone entre nosotros y él. No podemos ser perfectos, pero podemos y debemos arrepentirnos de nuestros pecados cuando el Espíritu Santo nos los trae a la mente (Efe. 4: 30).
¿Cuándo fue la última vez que fuiste reprendido o llamado al arrepentimiento? ¿Cómo respondiste? Ora ahora mismo pidiendo a Dios que enternezca tu corazón y abra tus oídos a su voz por medio de su Palabra esta semana.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Dios inspirará a los que se hallan en posiciones humildes para que prediquen el mensaje de la verdad presente. Se verá que muchos de ellos se apresurarán de aquí para allá, constreñidos por el Espíritu de Dios, llevando la luz a los que se hallan en tinieblas. En ellos la verdad es como un fuego en sus huesos que los llena de un ardiente deseo de alumbrar a los que están en oscuridad. Muchos, aun entre los iletrados, proclamarán la Palabra del Señor. Aun los niños se sentirán impulsados por el Espíritu de Dios para salir a declarar el mensaje del cielo. El Espíritu será derramado sobre los que se sometan a sus indicaciones. Desechando los reglamentos humanos obligatorios y los movimientos prudentes, se unirán al ejército del Señor.
En el futuro, el Espíritu del Señor impresionará a personas que se dedican a los quehaceres comunes de la vida para que dejen sus empleos ordinarios y salgan a proclamar el último mensaje de misericordia. Se los debe preparar para el trabajo tan rápidamente como sea posible, para que sus esfuerzos sean coronados por el éxito. Colaboran con los ángeles celestiales, porque están dispuestos a gastarse y ser gastados en el servicio del Maestro. Nadie está autorizado a entorpecer a estos obreros. En cambio, se les debe desear la bendición de Dios cuando salen a cumplir la gran comisión. No debe hablarse de ellos ninguna palabra de mofa mientras siembran la semilla del evangelio en los lugares difíciles de la tierra.
Las cosas mejores de la vida: la sencillez, la honestidad, la veracidad, la pureza, la integridad intachable, no pueden comprarse ni venderse; son tan gratuitas para el ignorante como para el educado, para la persona de color como para el blanco, y para el humilde campesino como para el rey sobre su trono.
Los obreros humildes que no confían en sus propias fuerzas, pero que trabajan con sencillez, confiando siempre en Dios, compartirán el gozo del Salvador. Sus oraciones perseverantes conducirán almas a la cruz. En cooperación con sus esfuerzos abnegados, Jesús influirá en el corazón de la gente, obrando milagros en la conversión de las almas. Hombres y mujeres serán reunidos en la comunidad de la iglesia. Se edificarán templos y se establecerán escuelas. El corazón de los obreros se llenará de regocijo al ver la salvación de Dios (Ser semejante a Jesús, 31 de julio, p. 219).
Cuando un sincero deseo mueve a las personas a orar, no orarán en vano. El Señor cumplirá su palabra, y dará el Espíritu Santo para conducir al arrepentimiento hacia Dios y la fe hacia nuestro Señor Jesucristo. El pecador orará, velará y se apartará de sus pecados, haciendo manifiesta su sinceridad por medio del vigor de su esfuerzo para obedecer los mandamientos de Dios. Mezclará la fe con la oración, y no solo creerá en los preceptos de la ley sino que los obedecerá. Se declarará del lado de Cristo en esta controversia. Renunciará a todos los hábitos y las compañías que tiendan a desviar de Dios el corazón.
El que quiera llegar a ser hijo de Dios, debe recibir la verdad que enseña que el arrepentimiento y el perdón han de obtenerse nada menos que mediante la expiación de Cristo. Asegurado de esto, el pecador debe realizar un esfuerzo en armonía con la obra hecha en beneficio de él y, con una súplica incansable, debe acudir al trono de la gracia para que el poder renovador de Dios llegue hasta su alma.
Únicamente Cristo perdona al arrepentido, pero primero hace que se arrepienta aquel a quien perdona. La provisión hecha es completa y la justicia eterna de Cristo es acreditada a cada alma creyente. El manto costoso e inmaculado, tejido en el telar del cielo, ha sido provisto para el pecador arrepentido y creyente, y él puede decir: «En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia». Isaías 61:10 (Ser semejante a Jesús, 30 de diciembre, p. 371).
Martes 2 de junio
ARREPENTIMIENTO GENUINO
El mundo secular nos bombardea con mensajes que instan a la autonomía individualista, a la indulgencia y al ensalzamiento propio ante los demás, lo contrario de la invitación de Dios al servicio y la mansedumbre (Mat. 5: 5). Curiosamente, las primeras palabras registradas en la Biblia por Juan el Bautista y Jesús fueron similares. Juan dijo: «¡Arrepiéntanse, que el reino de los cielos se ha acercado!» (Mat. 3: 1, 2). Jesús dijo: «El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse, y crean al evangelio!» (Mar. 1: 14, 15; ver también Luc. 24: 46, 47). Tanto Jesús como Juan llamaron a sus oyentes a arrepentirse porque el Reino de los Cielos estaba cerca. ¿Es ese mensaje relevante para nosotros hoy?
Lee Hechos 3: 18 y 19. ¿Por qué es tan importante el arrepentimiento en el proceso de crecimiento espiritual? ¿Qué es un tiempo de «refrigerio», «consuelo» (RVR 95) o «descanso» (NVI)?
Hechos 3: 18-19
18 Pero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer. 19 Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,
La bondad de Dios nos lleva al arrepentimiento (Rom. 2: 4), que implica dos pasos: (1) el dolor sincero por las faltas cometidas; y (2) la decisión honesta de abandonar el pecado. En la Biblia, el arrepentimiento casi siempre está relacionado con el perdón. Dios nos perdona cuando nos arrepentimos genuinamente. Es así de sencillo (1 Juan 1: 9; Apoc. 3: 19). «El Señor no demora en cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que es paciente con nosotros, porque no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Ped. 3: 9). Mientras nos preparamos personalmente para la Segunda Venida, Dios nos da tiempo para poner nuestras cosas en orden con él.
Jesús sufrió, murió y resucitó para que su gracia pueda obrar un milagro en nuestra vida cuando nos arrepentimos. Contrariamente al mundo, que nos dice que no necesitamos hacer ningún cambio en nuestra vida, Dios nos pide que vayamos a él arrepentidos y con fe (Hech. 20: 21), y que nos pongamos en sus manos para que él pueda podar y hermosear nuestros caracteres haciéndolos semejantes al suyo a fin de que demos testimonio de él (Juan 15: 2, 8). Es así como crecemos y producimos el fruto resultante del arrepentimiento (Mat. 3: 8).
«Ningún arrepentimiento que no obre una reforma es genuino. La justicia de Cristo no es un manto para cubrir pecados que no han sido confesados ni abandonados; es un principio de vida que transforma el carácter y rige la conducta» (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 522).
El arrepentimiento conduce a la vida (Hech. 11: 18) y es una parte vital del crecimiento en la relación con Dios. ¿Cuál de los tres pasos del proceso divino de desarrollo (sumisión a Dios, arrepentimiento y autorización para ser podado) es el más desafiante para ti?
Hechos 11: 18
18 Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Hay muchos que tienen ideas erróneas con respecto a la naturaleza del arrepentimiento. Piensan que no pueden ir a Cristo a menos que se arrepientan primero, y que el arrepentimiento los prepara para el perdón de sus pecados. Es verdad que el arrepentimiento precede al perdón de los pecados; porque solo el corazón contrito y quebrantado es el que sentirá la necesidad de un Salvador.
Pero, ¿deben esperar los pecadores hasta que se arrepientan antes de que puedan ir a Jesús? ¿Debe ser el arrepentimiento un obstáculo entre el pecador y el Salvador? Dijo Jesús: «Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo». Juan 12:32. Cristo está constantemente atrayendo gente hacia sí mismo, mientras que Satanás está buscando con diligencia cada estratagema imaginable para alejarlos de su Redentor. Cristo debe ser revelado a los pecadores como el Salvador que muere por los pecados del mundo; y mientras contemplan al Cordero de Dios en la cruz del Calvario, los misterios de la redención comienzan a desplegarse a la mente, y la bondad de Dios los conduce al arrepentimiento.
Aunque el plan de salvación requiere el estudio más profundo del filósofo, no es demasiado profundo para la comprensión de un niño. Al morir por los pecadores, Cristo manifestó un amor que es incomprensible; y al contemplar este amor, el corazón queda impresionado, la conciencia se despierta y el alma es llevada a preguntarse: «¿Qué es el pecado, que requiere semejante sacrificio para la redención de su víctima)» El apóstol Pablo dio instrucciones con respecto al plan de salvación. Declaró: «Y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo». Hechos 20:20, 21. Juan, hablando del Salvador, dice: «Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él». 1 Juan 3:5.
Los pecadores deben ir a Cristo, porque lo ven como su Salvador, su único Ayudador, con el fin de que puedan ser capacitados para arrepentirse; porque si se pudieran arrepentir sin ir a Cristo, también podrían salvarse sin Cristo. Es la virtud que sale de Cristo la que los conduce al arrepentimiento verdadero… El arrepentimiento es tanto un don de Dios como el perdón, y no puede encontrarse en el corazón en el que no ha trabajado Jesús. No somos más capaces de arrepentirnos sin que el Espíritu de Cristo despierte la conciencia, de lo que podemos ser perdonados sin Cristo. Cristo atrae al pecador por medio de la manifestación de su amor en la cruz, y esto ablanda el corazón, impresiona la mente e inspira contrición y arrepentimiento en el alma (To Be Like Jesus, p. 372; parcialmente en Ser semejante a Jesús, 20 de diciembre, p. 361).
Miércoles 3 de junio
GRACIA SUFICIENTE
Cuando sentimos el peso de nuestro pecado y permitimos que el Espíritu Santo nos conduzca al pie de la Cruz, debemos pedir el perdón de Dios, pues «compasivo y clemente es el Señor, lento para enojarse y grande en amor» (Sal. 103: 8). Este mismo versículo fue pronunciado por Dios mismo (Éxo. 34: 6) después de que su nación elegida lo hizo entristecer.
Lee Éxodo 34: 1 al 10. ¿Qué verdad crucial se encuentra aquí?
Éxodo 34: 1-10
1 Y Jehová dijo a Moisés: Alísate dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré sobre esas tablas las palabras que estaban en las tablas primeras que quebraste. 2 Prepárate, pues, para mañana, y sube de mañana al monte de Sinaí, y preséntate ante mí sobre la cumbre del monte. 3 Y no suba hombre contigo, ni parezca alguno en todo el monte; ni ovejas ni bueyes pazcan delante del monte. 4 Y Moisés alisó dos tablas de piedra como las primeras; y se levantó de mañana y subió al monte Sinaí, como le mandó Jehová, y llevó en su mano las dos tablas de piedra. 5 Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová. 6 Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; 7 que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación. 8 Entonces Moisés, apresurándose, bajó la cabeza hacia el suelo y adoró. 9 Y dijo: Si ahora, Señor, he hallado gracia en tus ojos, vaya ahora el Señor en medio de nosotros; porque es un pueblo de dura cerviz; y perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y tómanos por tu heredad. 10 Y él contestó: He aquí, yo hago pacto delante de todo tu pueblo; haré maravillas que no han sido hechas en toda la tierra, ni en nación alguna, y verá todo el pueblo en medio del cual estás tú, la obra de Jehová; porque será cosa tremenda la que yo haré contigo.
El hecho de que el Señor sea bondadoso, lento en airarse y abundante en misericordia es también la razón por la que Jesús murió en la Cruz, para que nuestra relación con él pudiera restablecerse.
Cuando estamos dispuestos a reconocer y confesar nuestro pecado, y decimos: «Señor, aquí estoy de nuevo…» «Ten compasión de mí, que soy pecador» (Luc. 18: 13), Jesús, quien obra en nosotros y por nosotros mediante el Espíritu Santo antes de que se lo pidamos, quita de nosotros el peso que nos agobia. Nuestras cargas son aliviadas en el Calvario y Jesús está sin duda muy cerca cuando acudimos a él. Nos busca incluso antes, como el buen Pastor, y está a la puerta llamando (Apoc. 3: 20). No permanezcamos lejos de la Cruz, mirando a Dios desde lejos. Corramos hacia Jesús y permitamos que él reemplace nuestros pecados y cargas por su justicia (Zac. 3: 4).
Lee detenidamente los siguientes versículos y registra por escrito con tus propias palabras lo que te dicen acerca de la gracia de Dios disponible para ti:
- «Porque la paga del pecado es la muerte, pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom. 6: 23).
- «Pero donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así la gracia reine para vida eterna mediante la justicia de Jesucristo, Señor nuestro» (Rom. 5: 20, 21).
- «Pero Dios demuestra su amor hacia nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom. 5: 8).
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Espero que nadie se forme la idea de que está ganando el favor de Dios al confesar sus pecados o que hay una virtud especial en confesárselos a los seres humanos… El Señor querría que acudiéramos diariamente a él con todas nuestras cuitas y confesiones de pecado, y él nos puede dar descanso… Confesad vuestros pecados secretos únicamente delante de vuestro Dios. Reconoced las desviaciones de vuestro corazón delante del que conoce perfectamente cómo tratar vuestro caso. Si habéis perjudicado a vuestro vecino, reconoced vuestro pecado ante él y manifestad el fruto del arrepentimiento por medio de la restitución. Entonces pedid la bendición. Acudid a Dios tal como estáis y dejadlo curar vuestras debilidades. Presentad vuestro caso al trono de la gracia; dejad que se haga en vosotros una obra completa. Sed sinceros al tratar con Dios y con vuestra propia alma. Si acudís a él con corazón verdaderamente contrito, os dará la victoria. No os entenderá mal ni os juzgará mal tampoco.
Vuestros semejantes no pueden absolveros de pecado ni limpiaros de iniquidad. Jesús es el único que puede daros paz. Os amó y se entregó a sí mismo por vosotros. Su gran corazón de amor se compadece de «nuestras debilidades». Hebreos 4:15. ¿Qué pecados pueden ser demasiado grandes para su perdón? alma demasiado entenebrecida y oprimida por el pecado que él no pueda salvar? Él es lleno de gracia, no busca mérito en nosotros, sino que por su ilimitada bondad cura nuestras apostasías y nos ama ampliamente mientras somos aún pecadores. Es «tardo para la ira, y grande en misericordia». Nehemías 9:17.
Hay remedio para el alma enferma de pecado. Ese remedio es Jesús. ¡Precioso Salvador! Su gracia es suficiente para el más débil; y el más fuerte también debe tener su gracia o perecerá.
Vi cómo se podía obtener esta gracia. Id a vuestra cámara secreta y ahí suplicad solos con Dios. «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí». Salmo 51:10. Sed fervientes, sed sinceros. La oración fervorosa logra mucho. Luchad en oración tal como Jacob. Agonicen. En el huerto Jesús transpiró grandes gotas de sangre; deben hacer un esfuerzo. No abandonen su habitación hasta que se sientan fuertes en Dios; luego velen y, mientras velan y oran, podrán dominar los pecados que les asedian, y la gracia de Dios podrá manifestarse en ustedes; y lo hará (God’s Amazing Grace, p. 87; parcialmente en La maravillosa gracia de Dios, 20 de marzo, p. 87).
Jueves 4 de junio
LA VESTIDURA MÁS COSTOSA
La ropa costosa y elegante define con frecuencia a los ricos, según los criterios mundanos. Algunas personas dicen: «Me visto así para mostrar quién soy». Pero en el Cielo, solo nuestras relaciones permanecerán (Mat. 6: 19-21). Nuestra identidad personal debe estar envuelta en Jesús y en su perfecto manto de justicia.
Lee en Mateo 22: 1 al 14 la parábola que Jesús contó para explicar esto. ¿Qué mensajes puedes encontrar en ella?
Mateo 22: 1-14
1 Respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas, diciendo: 2 El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo; 3 y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas; mas estos no quisieron venir. 4 Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas. 5 Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios; 6 y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron. 7 Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad. 8 Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos. 9 Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis. 10 Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas de convidados. 11 Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. 12 Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. 13 Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. 14 Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.
Jesús llamó «amigo» al hombre que estaba sin la vestimenta adecuada para la fiesta de boda. A pesar del silencio de aquel hombre ante la observación, existía sin duda una relación entre ambos. El hombre conocía seguramente la vestimenta apropiada para la ocasión, pero había decidido no usarla. El carácter de Jesús es perfecto e inmaculado, y nos lo ofrece para que nos vistamos «de lino fino, limpio y resplandeciente» (Apoc. 19: 8), «sin mancha ni arruga ni cosa semejante» (Efe. 5: 27).
El lino blanco «es la justicia de Cristo, su propio carácter sin mancha, que por la fe se imparte a todos los que lo reciben como Salvador personal» (Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 256).
Adán y Eva vestían un manto blanco de tenue luz antes de pecar, después de lo cual se dieron cuenta de que estaban desnudos (Gén. 3: 7). Entonces Dios sustituyó la túnica de hojas de higuera hecha por ellos por una vestidura hecha con pieles de animales, lo que requirió un sacrificio. De manera semejante, aceptamos el sacrificio de Jesús al aceptar su manto de justicia. «Desnudos y avergonzados, procuraron suplir la falta de los mantos celestiales cosiendo hojas de higuera para cubrirse. […]
»Nadie puede fabricar alguna prenda que pueda ocupar el lugar de su perdido manto de inocencia. Ningún manto hecho de hojas de higuera, ningún vestido común a la costumbre mundana, podrán emplear aquellos que se sienten con Cristo y los ángeles en la cena de las bodas del Cordero.
»Únicamente el manto que Cristo mismo ha provisto puede hacernos dignos de aparecer ante la presencia de Dios. Cristo colocará ese manto, esa ropa de su propia justicia sobre cada alma arrepentida y creyente» (Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 257).
Debemos revestirnos diariamente con el manto de justicia de Jesús. ¿Qué significa esto y cómo podemos hacerlo?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Cuando un hombre se aparta de las imperfecciones humanas y contempla a Jesús, se realiza en su carácter una transformación divina. Fija sus ojos sobre Cristo como sobre un espejo que refleja la gloria de Dios y al contemplarlo, se transforma a la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor…
Apartad vuestros ojos de las imperfecciones de otros, y fijadlos firmemente en Cristo. Estudiad su vida y carácter con corazón contrito. Necesitáis no solo ser iluminados, sino vivificados para que podáis ver el banquete que está delante de vosotros y para que comáis y bebáis la carne y sangre del Hijo de Dios, que es su Palabra. Gustando la buena Palabra de vida, alimentándoos con el Pan de vida, podréis ver el poder de un mundo venidero y ser nuevas criaturas en Cristo Jesús. Si recibís sus dones, si sois renovados en santidad, su gracia producirá en vosotros frutos para gloria de Dios.
El Espíritu Santo revela a Cristo en la mente y la fe se posesiona de él. Si aceptáis a Cristo como a vuestro Salvador personal, conoceréis por experiencia el valor del gran sacrificio hecho en vuestro favor en la cruz del Calvario. El Espíritu de Cristo, al obrar sobre el corazón, lo conforma a su imagen; pues Cristo es el modelo sobre el cual trabaja el Espíritu. Mediante el ministerio de su Palabra, sus providencias, su obra interior, Dios estampa la semejanza de Cristo en el alma.
Poseer a Cristo es vuestra primera obra, y revelarlo como Aquel que puede salvar hasta lo sumo a todos los que se le allegan, es vuestra obra que le sigue en importancia. Servir al Señor de todo corazón es honrar y glorificar su nombre ocupándoos de cosas santas, teniendo la mente llena de las verdades vitales reveladas en su santa Palabra.
La bondad, la humildad, la mansedumbre y el amor son los atributos del carácter de Cristo. Si tenéis el espíritu de Cristo, vuestro carácter se modelará a semejanza del suyo (That I May Know Him, p. 94; parcialmente en A fin de conocerle, 29 de marzo, p. 94).
La verdadera santificación une a los creyentes a Cristo y a los unos con los otros mediante lazos de tierna simpatía. Esta unión permite que fluyan continuamente del corazón ricas corrientes de amor cristiano que vuelven a surgir en amor mutuo.
Las cualidades esenciales que todos debemos poseer son las que señalaron la perfección del carácter de Cristo: su amor, su paciencia, su generosidad y su bondad…
Es el mayor y más fatal de los engaños suponer que alguien tenga fe en la vida eterna sin manifestar un amor por sus hermanos que sea semejante al de Cristo. Quien ame a Dios y a su prójimo está lleno de luz y amor. Dios está en él al mismo tiempo que lo envuelve. Los cristianos aman a los que están en torno de ellos como almas preciosas por las cuales Cristo murió. El cristiano sin amor no existe; «porque Dios es amor» (Cada día con Dios, 20 de septiembre, p. 272).
Viernes 5 de junio
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:
La Biblia utiliza a menudo metáforas agrícolas para describir nuestra condición espiritual. Oseas 10: 12 es un ejemplo que capta lo que hemos analizado esta semana: «Siembren para ustedes en justicia, sieguen cosecha de amor. Aren su tierra sin labrar, porque es tiempo de buscar al Señor, hasta que venga y les enseñe justicia».
Hacemos surcos en la tierra dura, sembramos, cosechamos y buscamos a Dios para acercarnos a él. La tierra de nuestros corazones debe estar preparada para recibir la lluvia del Espíritu Santo. Dios puede darnos el deseo de hacer esa preparación para entablar una relación con él (ver Fil. 2: 12, 13). Tenemos que dirigirnos a Dios y aferrarnos a él. Él obrará entonces en nosotros para completar la tarea.
El siguiente texto contiene un gran ejemplo de lo que significa aferrarse a Dios: «Sus ojos vieron lo que el Señor hizo con motivo de Baal Peor, que destruyó a todo el que fue en pos de Baal Peor. Pero ustedes que fueron fieles al Señor su Dios, todos están vivos hoy» (Deut. 4: 3, 4).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
- «Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal» (Mat. 6: 13). Jesús enseñó específicamente a sus discípulos a orar de esta manera. ¿Mantenemos esta línea de pensamiento en nuestras oraciones diarias? ¿Oras con regularidad pidiendo protección contra la tentación y el pecado?
- ¿Cómo explicarías el precioso don del manto de justicia de Cristo a un no cristiano o a un nuevo creyente?
- ¿Cómo se relaciona el manto de justicia de Cristo con el mensaje del Santuario acerca del perdón divino y la purificación del pecador arrepentido? ¿En qué medida comprendes la belleza y la riqueza de este mensaje?
RESUMEN:
Identificar nuestros pecados en respuesta a los impulsos del Espíritu Santo y entregarnos a Dios con arrepentimiento son componentes vitales de una relación pujante con Dios. Saber que estamos completamente perdonados y cubiertos por el manto de justicia de Jesús es la experiencia más transformadora para un ser humano. No solo somos liberados del peso del pecado, sino también sentimos que el amor de Dios nos rodea y nos acerca a él. Esto nos une a Dios, nos fortalece espiritualmente y nos motiva a amarlo con cada fibra de nuestro ser.
Lección 10 – ARREPENTIMIENTO Y PERDÓN – Para el 6 de junio de 2026
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Lecciones Futuras de Escuela Sabática
| 1er Trimestre | Colosenses – Filipenses |
| 2do Trimestre | Relación con Dios |
| 3er Trimestre | 1 y 2 Corintios |
| 4to Trimestre | El Don de Profecía |
| 1er Trimestre | Mayordomía |
| 2do Trimestre | Vida de Jesús |
| 3er Trimestre | Profecías Apocalípticas |
| 4to Trimestre | Hermenéutica |
Lecciones Futuras de Escuela Sabática
| Año | 1er Trimestre | 2do Trimestre | 3er Trimestre | 4to Trimestre |
|---|---|---|---|---|
| 2026 | Colosenses – Filipenses | Relación con Dios | 1 y 2 Corintos | El Don de Profecía |
| 2027 | Mayordomía | Vida de Jesús | Profecías Apocalípticas | Hermenéutica |
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Lección 10: Para el 6 de junio de 2026
ARREPENTIMIENTO Y PERDÓN
Sábado 30 de mayo
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Isaías 61: 10; Oseas 6; Hechos 18, 19; Éxodo 34: 1–10; Romanos 6: 23; Mateo 22: 1–14.
PARA MEMORIZAR:
«Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de todo mal» (1 Juan 1: 9).
La Tierra Prometida parecía muy lejana a los israelitas que acampaban bajo la columna de nube en la llanura. Moisés había desaparecido muchos días antes en la densa oscuridad que cubría la cima de la montaña. Seguramente su líder ya había muerto, razonaron, por inanición o por el fuego consumidor de la presencia divina. La multitud mixta se sentía inquieta e impaciente, lista para pasar a la tierra que manaba leche y miel. Aunque este mismo pueblo había hecho pocos días antes un pacto solemne con Dios y se había comprometido a serle obediente, querían un ídolo que pudieran ver. Así que, se reunieron en torno a la tienda de Aarón y le exigieron que creara una imagen idolátrica para ellos. Temiendo por su propia seguridad, Aarón accedió. Esta triste historia es desarrollada en Éxodo 32 al 34.
Este relato es solo una de las historias bíblicas que nos instruyen acerca del arrepentimiento y el perdón, los temas de la lección de esta semana. Ten presente el contenido del versículo para memorizar mientras estudias la lección de cada día. Gracias a la Cruz y al Plan de Salvación, el perdón está disponible para el pecador que se arrepiente y confiesa su falta a Dios.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Aquel que tiene el manto inmaculado de justicia, tejido en el telar del cielo, en el cual no hay una hebra que pueda reclamar la humanidad pecaminosa, está a la diestra de Dios para revestir a sus hijos creyentes con el perfecto manto de su justicia. Los que estén salvados en el reino de Dios, no tendrán en sí mismos nada de qué jactarse; la alabanza y la gloria se dirigirán a Dios, el Dador de la salvación…
La obra del pecador no es hacer paz con Dios sino aceptar a Cristo como a su paz y justicia. Así el hombre se convierte en uno con Cristo y con Dios. No hay otra forma en la cual el corazón pueda ser santificado, a no ser por la fe en Cristo. Sin embargo, algunos piensan que el arrepentimiento es una especie de preparación que los hombres deben originar por sí mismos a fin de que Cristo sea mediador en favor de ellos. Es cierto que debe haber arrepentimiento antes de que haya perdón; pero el pecador debe ir a Cristo antes de que pueda haber arrepentimiento. La virtud de Cristo es la que fortalece y da luz al alma, de modo que el arrepentimiento pueda ser pío y aceptable… El arrepentimiento es tan ciertamente un don de Jesucristo como lo es el perdón de los pecados. No se puede experimentar el arrepentimiento sin Cristo; pues el arrepentimiento del cual él es el Autor es la base sobre la cual podemos pedir nuestro perdón. Mediante la obra del Espíritu Santo, los hombres son inducidos al arrepentimiento. De Cristo proviene la gracia de la contrición, tanto como el don del perdón, y el arrepentimiento así como el perdón de los pecados se consiguen solo mediante la sangre expiatoria de Cristo. Aquellos a quienes Dios perdona, primero hace que se arrepientan (A fin de conocerle, 13 de abril, p. 109).
Como Nicodemo, debemos estar dispuestos a entrar en la vida de la misma manera que el primero de los pecadores. Fuera de Cristo, «no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos». Hechos 4:12. Por la fe, recibimos la gracia de Dios; pero la fe no es nuestro Salvador. No nos gana nada. Es la mano por la cual nos asimos de Cristo y nos apropiamos sus méritos, el remedio por el pecado. Y ni siquiera podemos arrepentirnos sin la ayuda del Espíritu de Dios. La Escritura dice de Cristo: «A este ha Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados». Hechos 5:31. El arrepentimiento proviene de Cristo tan ciertamente como el perdón.
¿Cómo hemos de salvarnos entonces? «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto», así también el Hijo del hombre ha sido levantado, y todos los que han sido engañados y mordidos por la serpiente pueden mirar y vivir. «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Juan 1:29. La luz que resplandece de la cruz revela el amor de Dios. Su amor nos atrae a él. Si no resistimos esta atracción, seremos conducidos al pie de la cruz arrepentidos por los pecados que crucificaron al Salvador. Entonces el Espíritu de Dios produce por medio de la fe una nueva vida en el alma. Los pensamientos y los deseos se sujetan en obediencia a la voluntad de Cristo. El corazón y la mente son creados de nuevo a la imagen de Aquel que obra en nosotros para someter todas las cosas así. Entonces la ley de Dios queda escrita en la mente y el corazón, y podemos decir con Cristo: «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado». Salmo 40:8 (El Deseado de todas las gentes, pp. 147, 148).
Domingo 31 de mayo
LA PRISA DE LA VIDA
Había sido una semana muy ajetreada. Aunque sabía que había mucho que hacer antes del sábado, lo urgente prevalecía sobre lo importante y el sol se puso antes de que se diera cuenta. La familia compartió una cena especial el viernes por la noche y adoraron juntos a Dios.
Cuando llegó el sábado por la mañana y se levantó temprano, vio que el baño estaba sucio y lo limpió. Luego, notó que su hijo había mojado la cama, así que metió las sábanas en la lavadora con el resto de la ropa. Mientras preparaba el desayuno para su familia, se dio cuenta de que no había postre para el almuerzo, así que horneó rápidamente un pastel. Vio entonces que su marido necesitaba una camisa planchada para asistir a la iglesia, así que también hizo eso, además de doblar algo de ropa y sacar la basura.
Entonces se detuvo y pensó: «Es sábado, el día que más amo. Sin embargo, aquí estoy, haciendo todas estas tareas y permitiendo que estas cosas me distraigan de lo que el sábado es en realidad: la gran ocasión para acercarme a Dios».
Por un momento, su mente empezó a justificar sus acciones: eran cosas que había que hacer. ¿Lo eran realmente? Se dio cuenta de que estaba actuando como Marta, «atareada con muchos quehaceres» (Luc. 10: 40), y las palabras de Jesús resonaron en su mente: «Marta, Marta, estás preocupada y turbada por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria. Y María eligió la buena parte, que no le será quitada» (Luc. 10: 41, 42). La buena parte era sentarse a los pies de Jesús por el profundo amor que sentía por él, no solo el sábado, sino todos los días. Ella no había elegido la buena parte aquel sábado de mañana.
Amaba a Dios, pero era fácil olvidar que él le había dado el sábado como un regalo para fortalecer su relación mutua. Lágrimas silenciosas brotaban de sus ojos mientras permanecía de pie en la silenciosa cocina.
El propósito de este ejemplo no es centrarnos en lo que debemos o no debemos hacer en sábado. Es más bien un recordatorio de por qué es importante tomar consciencia de las cosas que debilitan u obstaculizan nuestra relación con Dios. Cuando clamamos a Jesús porque sentimos el dolor del pecado y la separación, él está muy cerca de nosotros (Sal. 53: 2). Sostiene un manto blanco en sus manos manchadas de sangre. Ve nuestras lágrimas de arrepentimiento y reemplaza nuestra ropa sucia por su manto puro de justicia. Su pureza cubre completa y perfectamente nuestro pecado. Podemos lavar nuestras manchadas vestiduras en su sangre (Apoc. 7: 14).
¿Cómo revelan Isaías 64: 6; Zacarías 3: 4 e Isaías 61: 10 esta importante verdad acerca de la justicia de Cristo? ¿Por qué debemos aferrarnos siempre con fervor a lo que aquí se promete?
Isaías 64: 6
6 Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento.
Zacarías 3: 4
4 Y habló el ángel, y mandó a los que estaban delante de él, diciendo: Quitadle esas vestiduras viles. Y a él le dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala.
Isaías 61: 10
10 En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
La parábola del vestido de bodas (Mateo 22:1-14) representa una lección del más alto significado… El vestido de boda de la parábola representa el carácter puro y sin mancha que poseerán los verdaderos seguidores de Cristo… El lino fino, dice la Escritura, «son las justificaciones de los santos». Apocalipsis 19:8. Es la justicia de Cristo, su propio carácter sin mancha, que por la fe se imparte a todos los que lo reciben como Salvador personal.
La ropa blanca de la inocencia era llevada por nuestros primeros padres cuando fueron colocados por Dios en el santo Edén. Ellos vivían en perfecta conformidad con la voluntad de Dios… Una hermosa y suave luz, la luz de Dios, envolvía a la santa pareja… Pero cuando entró el pecado, rompieron su relación con Dios, y la luz que los había circuido se apartó. Desnudos y avergonzados, procuraron suplir la falta de los mantos celestiales cosiendo hojas de higuera para cubrirse.
No podemos proveernos por nuestra cuenta del ropaje de la justicia, porque el profeta dice: «Todas nuestras justicias [son] como trapo de inmundicia». Isaías 64:6. No hay nada en nosotros con qué cubrir el alma para que no se vea su desnudez. Debemos recibir el ropaje de justicia tejido en el telar del cielo, el ropaje puro de la justicia de Cristo.
Dios ha hecho amplia provisión para que podamos comparecer perfectos en su gracia, sin que nos falte nada, aguardando la aparición de nuestro Señor. ¿Estás listo? ¿Estás ataviado con el vestido de bodas? Esa vestimenta nunca cubrirá el engaño, ni la impureza, ni la corrupción, ni la hipocresía. El ojo de Dios está sobre ti. Discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Podemos ocultar nuestros pecados de los ojos de los hombres, pero no podemos ocultar nada de nuestro Hacedor (La maravillosa gracia de Dios, 16 de enero, p. 24).
El Señor Jesucristo ha preparado una cobertura —el manto de su propia justicia— que pondrá sobre cada alma arrepentida que lo reciba por la fe. Dijo Juan: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Juan 1:29. El pecado es la transgresión de la ley. Cristo murió para que todos pudieran deshacerse del pecado.
Un delantal de hojas de higuera nunca cubrirá nuestra desnudez. El pecado debe ser quitado y el ropaje de la justicia de Cristo debe cubrir al transgresor de la Ley de Dios. Entonces, al mirar el Señor al pecador creyente, ve, no las hojas de higuera que lo cubren sino el manto de justicia de Cristo, que es la perfecta obediencia a la ley de Jehová. El hombre ha cubierto su desnudez, no bajo una cobertura de hojas de higuera, sino bajo el manto de la justicia de Cristo (Alza tus ojos, 30 de diciembre, p. 376).
Lunes 1° de junio
DIRECTIVAS DEL ESPÍRITU SANTO
Al pensar en el distanciamiento que se había producido entre su esposa y él, supo que se había equivocado. Había sido descortés con ella y había dicho algunas cosas de las que se arrepentía. Sin embargo, su siguiente pensamiento fue: «¿Acaso no se lo merecía, aunque solo fuera un poco?».
¿Te resulta familiar este proceso mental? Es fácil pasar de un sentimiento de remordimiento a una justificación de nuestros pensamientos y acciones. No siempre es fácil decir «perdóname» cuando hemos hecho algo malo, pero es esencial para reconstruir o fortalecer cualquier relación.
Lo mismo ocurre entre nosotros y Dios. El Espíritu Santo a menudo nos insta a pensar en los pecados que cometemos. Nuestros corazones se conmueven a causa de estos impulsos, pero puede resultar sencillo acallar esa voz apacible y tenue mientras justificamos por qué actuamos de cierta manera. Una de las funciones del Espíritu Santo es «convencer al mundo de pecado» (Juan 16: 7, 8). Esa convicción producida por el Espíritu es un maravilloso regalo divino (Luc. 11: 13) que necesitamos para resolver cualquier distanciamiento en nuestra relación con él.
Lee Oseas 6. ¿Qué notas específicamente aquí acerca de cómo Dios se describe a sí mismo en su llamado al arrepentimiento?
Oseas 6
1 Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará. 2 Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él. 3 Y conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová; como el alba está dispuesta su salida, y vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana a la tierra. 4 ¿Qué haré a ti, Efraín? ¿Qué haré a ti, oh Judá? La piedad vuestra es como nube de la mañana, y como el rocío de la madrugada, que se desvanece. 5 Por esta causa los corté por medio de los profetas, con las palabras de mi boca los maté; y tus juicios serán como luz que sale. 6 Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos. 7 Mas ellos, cual Adán, traspasaron el pacto; allí prevaricaron contra mí. 8 Galaad, ciudad de hacedores de iniquidad, manchada de sangre. 9 Y como ladrones que esperan a algún hombre, así una compañía de sacerdotes mata en el camino hacia Siquem; así cometieron abominación. 10 En la casa de Israel he visto inmundicia; allí fornicó Efraín, y se contaminó Israel. 11 Para ti también, oh Judá, está preparada una siega, cuando yo haga volver el cautiverio de mi pueblo.
Considera el papel del Espíritu Santo en el proceso de reimplantarnos en la Vid (Juan 15: 4). «A menudo nos apenamos porque nuestras malas acciones nos producen consecuencias desagradables, pero eso no es arrepentimiento. El verdadero pesar por el pecado es el resultado de la obra del Espíritu Santo. El Espíritu revela la ingratitud del corazón que ha despreciado y agraviado al Salvador, y nos trae contritos al pie de la Cruz. Cada pecado vuelve a herir a Jesús […], lloramos por los pecados que le produjeron angustia. Una tristeza tal nos inducirá a renunciar al pecado» (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 271, 272).
No podemos crecer en nuestra relación con Dios cuando el pecado elegido y acariciado se interpone entre nosotros y él. No podemos ser perfectos, pero podemos y debemos arrepentirnos de nuestros pecados cuando el Espíritu Santo nos los trae a la mente (Efe. 4: 30).
¿Cuándo fue la última vez que fuiste reprendido o llamado al arrepentimiento? ¿Cómo respondiste? Ora ahora mismo pidiendo a Dios que enternezca tu corazón y abra tus oídos a su voz por medio de su Palabra esta semana.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Dios inspirará a los que se hallan en posiciones humildes para que prediquen el mensaje de la verdad presente. Se verá que muchos de ellos se apresurarán de aquí para allá, constreñidos por el Espíritu de Dios, llevando la luz a los que se hallan en tinieblas. En ellos la verdad es como un fuego en sus huesos que los llena de un ardiente deseo de alumbrar a los que están en oscuridad. Muchos, aun entre los iletrados, proclamarán la Palabra del Señor. Aun los niños se sentirán impulsados por el Espíritu de Dios para salir a declarar el mensaje del cielo. El Espíritu será derramado sobre los que se sometan a sus indicaciones. Desechando los reglamentos humanos obligatorios y los movimientos prudentes, se unirán al ejército del Señor.
En el futuro, el Espíritu del Señor impresionará a personas que se dedican a los quehaceres comunes de la vida para que dejen sus empleos ordinarios y salgan a proclamar el último mensaje de misericordia. Se los debe preparar para el trabajo tan rápidamente como sea posible, para que sus esfuerzos sean coronados por el éxito. Colaboran con los ángeles celestiales, porque están dispuestos a gastarse y ser gastados en el servicio del Maestro. Nadie está autorizado a entorpecer a estos obreros. En cambio, se les debe desear la bendición de Dios cuando salen a cumplir la gran comisión. No debe hablarse de ellos ninguna palabra de mofa mientras siembran la semilla del evangelio en los lugares difíciles de la tierra.
Las cosas mejores de la vida: la sencillez, la honestidad, la veracidad, la pureza, la integridad intachable, no pueden comprarse ni venderse; son tan gratuitas para el ignorante como para el educado, para la persona de color como para el blanco, y para el humilde campesino como para el rey sobre su trono.
Los obreros humildes que no confían en sus propias fuerzas, pero que trabajan con sencillez, confiando siempre en Dios, compartirán el gozo del Salvador. Sus oraciones perseverantes conducirán almas a la cruz. En cooperación con sus esfuerzos abnegados, Jesús influirá en el corazón de la gente, obrando milagros en la conversión de las almas. Hombres y mujeres serán reunidos en la comunidad de la iglesia. Se edificarán templos y se establecerán escuelas. El corazón de los obreros se llenará de regocijo al ver la salvación de Dios (Ser semejante a Jesús, 31 de julio, p. 219).
Cuando un sincero deseo mueve a las personas a orar, no orarán en vano. El Señor cumplirá su palabra, y dará el Espíritu Santo para conducir al arrepentimiento hacia Dios y la fe hacia nuestro Señor Jesucristo. El pecador orará, velará y se apartará de sus pecados, haciendo manifiesta su sinceridad por medio del vigor de su esfuerzo para obedecer los mandamientos de Dios. Mezclará la fe con la oración, y no solo creerá en los preceptos de la ley sino que los obedecerá. Se declarará del lado de Cristo en esta controversia. Renunciará a todos los hábitos y las compañías que tiendan a desviar de Dios el corazón.
El que quiera llegar a ser hijo de Dios, debe recibir la verdad que enseña que el arrepentimiento y el perdón han de obtenerse nada menos que mediante la expiación de Cristo. Asegurado de esto, el pecador debe realizar un esfuerzo en armonía con la obra hecha en beneficio de él y, con una súplica incansable, debe acudir al trono de la gracia para que el poder renovador de Dios llegue hasta su alma.
Únicamente Cristo perdona al arrepentido, pero primero hace que se arrepienta aquel a quien perdona. La provisión hecha es completa y la justicia eterna de Cristo es acreditada a cada alma creyente. El manto costoso e inmaculado, tejido en el telar del cielo, ha sido provisto para el pecador arrepentido y creyente, y él puede decir: «En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia». Isaías 61:10 (Ser semejante a Jesús, 30 de diciembre, p. 371).
Martes 2 de junio
ARREPENTIMIENTO GENUINO
El mundo secular nos bombardea con mensajes que instan a la autonomía individualista, a la indulgencia y al ensalzamiento propio ante los demás, lo contrario de la invitación de Dios al servicio y la mansedumbre (Mat. 5: 5). Curiosamente, las primeras palabras registradas en la Biblia por Juan el Bautista y Jesús fueron similares. Juan dijo: «¡Arrepiéntanse, que el reino de los cielos se ha acercado!» (Mat. 3: 1, 2). Jesús dijo: «El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse, y crean al evangelio!» (Mar. 1: 14, 15; ver también Luc. 24: 46, 47). Tanto Jesús como Juan llamaron a sus oyentes a arrepentirse porque el Reino de los Cielos estaba cerca. ¿Es ese mensaje relevante para nosotros hoy?
Lee Hechos 3: 18 y 19. ¿Por qué es tan importante el arrepentimiento en el proceso de crecimiento espiritual? ¿Qué es un tiempo de «refrigerio», «consuelo» (RVR 95) o «descanso» (NVI)?
Hechos 3: 18-19
18 Pero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer. 19 Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,
La bondad de Dios nos lleva al arrepentimiento (Rom. 2: 4), que implica dos pasos: (1) el dolor sincero por las faltas cometidas; y (2) la decisión honesta de abandonar el pecado. En la Biblia, el arrepentimiento casi siempre está relacionado con el perdón. Dios nos perdona cuando nos arrepentimos genuinamente. Es así de sencillo (1 Juan 1: 9; Apoc. 3: 19). «El Señor no demora en cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que es paciente con nosotros, porque no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Ped. 3: 9). Mientras nos preparamos personalmente para la Segunda Venida, Dios nos da tiempo para poner nuestras cosas en orden con él.
Jesús sufrió, murió y resucitó para que su gracia pueda obrar un milagro en nuestra vida cuando nos arrepentimos. Contrariamente al mundo, que nos dice que no necesitamos hacer ningún cambio en nuestra vida, Dios nos pide que vayamos a él arrepentidos y con fe (Hech. 20: 21), y que nos pongamos en sus manos para que él pueda podar y hermosear nuestros caracteres haciéndolos semejantes al suyo a fin de que demos testimonio de él (Juan 15: 2, 8). Es así como crecemos y producimos el fruto resultante del arrepentimiento (Mat. 3: 8).
«Ningún arrepentimiento que no obre una reforma es genuino. La justicia de Cristo no es un manto para cubrir pecados que no han sido confesados ni abandonados; es un principio de vida que transforma el carácter y rige la conducta» (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 522).
El arrepentimiento conduce a la vida (Hech. 11: 18) y es una parte vital del crecimiento en la relación con Dios. ¿Cuál de los tres pasos del proceso divino de desarrollo (sumisión a Dios, arrepentimiento y autorización para ser podado) es el más desafiante para ti?
Hechos 11: 18
18 Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Hay muchos que tienen ideas erróneas con respecto a la naturaleza del arrepentimiento. Piensan que no pueden ir a Cristo a menos que se arrepientan primero, y que el arrepentimiento los prepara para el perdón de sus pecados. Es verdad que el arrepentimiento precede al perdón de los pecados; porque solo el corazón contrito y quebrantado es el que sentirá la necesidad de un Salvador.
Pero, ¿deben esperar los pecadores hasta que se arrepientan antes de que puedan ir a Jesús? ¿Debe ser el arrepentimiento un obstáculo entre el pecador y el Salvador? Dijo Jesús: «Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo». Juan 12:32. Cristo está constantemente atrayendo gente hacia sí mismo, mientras que Satanás está buscando con diligencia cada estratagema imaginable para alejarlos de su Redentor. Cristo debe ser revelado a los pecadores como el Salvador que muere por los pecados del mundo; y mientras contemplan al Cordero de Dios en la cruz del Calvario, los misterios de la redención comienzan a desplegarse a la mente, y la bondad de Dios los conduce al arrepentimiento.
Aunque el plan de salvación requiere el estudio más profundo del filósofo, no es demasiado profundo para la comprensión de un niño. Al morir por los pecadores, Cristo manifestó un amor que es incomprensible; y al contemplar este amor, el corazón queda impresionado, la conciencia se despierta y el alma es llevada a preguntarse: «¿Qué es el pecado, que requiere semejante sacrificio para la redención de su víctima)» El apóstol Pablo dio instrucciones con respecto al plan de salvación. Declaró: «Y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo». Hechos 20:20, 21. Juan, hablando del Salvador, dice: «Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él». 1 Juan 3:5.
Los pecadores deben ir a Cristo, porque lo ven como su Salvador, su único Ayudador, con el fin de que puedan ser capacitados para arrepentirse; porque si se pudieran arrepentir sin ir a Cristo, también podrían salvarse sin Cristo. Es la virtud que sale de Cristo la que los conduce al arrepentimiento verdadero… El arrepentimiento es tanto un don de Dios como el perdón, y no puede encontrarse en el corazón en el que no ha trabajado Jesús. No somos más capaces de arrepentirnos sin que el Espíritu de Cristo despierte la conciencia, de lo que podemos ser perdonados sin Cristo. Cristo atrae al pecador por medio de la manifestación de su amor en la cruz, y esto ablanda el corazón, impresiona la mente e inspira contrición y arrepentimiento en el alma (To Be Like Jesus, p. 372; parcialmente en Ser semejante a Jesús, 20 de diciembre, p. 361).
Miércoles 3 de junio
GRACIA SUFICIENTE
Cuando sentimos el peso de nuestro pecado y permitimos que el Espíritu Santo nos conduzca al pie de la Cruz, debemos pedir el perdón de Dios, pues «compasivo y clemente es el Señor, lento para enojarse y grande en amor» (Sal. 103: 8). Este mismo versículo fue pronunciado por Dios mismo (Éxo. 34: 6) después de que su nación elegida lo hizo entristecer.
Lee Éxodo 34: 1 al 10. ¿Qué verdad crucial se encuentra aquí?
Éxodo 34: 1-10
1 Y Jehová dijo a Moisés: Alísate dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré sobre esas tablas las palabras que estaban en las tablas primeras que quebraste. 2 Prepárate, pues, para mañana, y sube de mañana al monte de Sinaí, y preséntate ante mí sobre la cumbre del monte. 3 Y no suba hombre contigo, ni parezca alguno en todo el monte; ni ovejas ni bueyes pazcan delante del monte. 4 Y Moisés alisó dos tablas de piedra como las primeras; y se levantó de mañana y subió al monte Sinaí, como le mandó Jehová, y llevó en su mano las dos tablas de piedra. 5 Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová. 6 Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; 7 que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación. 8 Entonces Moisés, apresurándose, bajó la cabeza hacia el suelo y adoró. 9 Y dijo: Si ahora, Señor, he hallado gracia en tus ojos, vaya ahora el Señor en medio de nosotros; porque es un pueblo de dura cerviz; y perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y tómanos por tu heredad. 10 Y él contestó: He aquí, yo hago pacto delante de todo tu pueblo; haré maravillas que no han sido hechas en toda la tierra, ni en nación alguna, y verá todo el pueblo en medio del cual estás tú, la obra de Jehová; porque será cosa tremenda la que yo haré contigo.
El hecho de que el Señor sea bondadoso, lento en airarse y abundante en misericordia es también la razón por la que Jesús murió en la Cruz, para que nuestra relación con él pudiera restablecerse.
Cuando estamos dispuestos a reconocer y confesar nuestro pecado, y decimos: «Señor, aquí estoy de nuevo…» «Ten compasión de mí, que soy pecador» (Luc. 18: 13), Jesús, quien obra en nosotros y por nosotros mediante el Espíritu Santo antes de que se lo pidamos, quita de nosotros el peso que nos agobia. Nuestras cargas son aliviadas en el Calvario y Jesús está sin duda muy cerca cuando acudimos a él. Nos busca incluso antes, como el buen Pastor, y está a la puerta llamando (Apoc. 3: 20). No permanezcamos lejos de la Cruz, mirando a Dios desde lejos. Corramos hacia Jesús y permitamos que él reemplace nuestros pecados y cargas por su justicia (Zac. 3: 4).
Lee detenidamente los siguientes versículos y registra por escrito con tus propias palabras lo que te dicen acerca de la gracia de Dios disponible para ti:
- «Porque la paga del pecado es la muerte, pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom. 6: 23).
- «Pero donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así la gracia reine para vida eterna mediante la justicia de Jesucristo, Señor nuestro» (Rom. 5: 20, 21).
- «Pero Dios demuestra su amor hacia nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom. 5: 8).
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Espero que nadie se forme la idea de que está ganando el favor de Dios al confesar sus pecados o que hay una virtud especial en confesárselos a los seres humanos… El Señor querría que acudiéramos diariamente a él con todas nuestras cuitas y confesiones de pecado, y él nos puede dar descanso… Confesad vuestros pecados secretos únicamente delante de vuestro Dios. Reconoced las desviaciones de vuestro corazón delante del que conoce perfectamente cómo tratar vuestro caso. Si habéis perjudicado a vuestro vecino, reconoced vuestro pecado ante él y manifestad el fruto del arrepentimiento por medio de la restitución. Entonces pedid la bendición. Acudid a Dios tal como estáis y dejadlo curar vuestras debilidades. Presentad vuestro caso al trono de la gracia; dejad que se haga en vosotros una obra completa. Sed sinceros al tratar con Dios y con vuestra propia alma. Si acudís a él con corazón verdaderamente contrito, os dará la victoria. No os entenderá mal ni os juzgará mal tampoco.
Vuestros semejantes no pueden absolveros de pecado ni limpiaros de iniquidad. Jesús es el único que puede daros paz. Os amó y se entregó a sí mismo por vosotros. Su gran corazón de amor se compadece de «nuestras debilidades». Hebreos 4:15. ¿Qué pecados pueden ser demasiado grandes para su perdón? alma demasiado entenebrecida y oprimida por el pecado que él no pueda salvar? Él es lleno de gracia, no busca mérito en nosotros, sino que por su ilimitada bondad cura nuestras apostasías y nos ama ampliamente mientras somos aún pecadores. Es «tardo para la ira, y grande en misericordia». Nehemías 9:17.
Hay remedio para el alma enferma de pecado. Ese remedio es Jesús. ¡Precioso Salvador! Su gracia es suficiente para el más débil; y el más fuerte también debe tener su gracia o perecerá.
Vi cómo se podía obtener esta gracia. Id a vuestra cámara secreta y ahí suplicad solos con Dios. «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí». Salmo 51:10. Sed fervientes, sed sinceros. La oración fervorosa logra mucho. Luchad en oración tal como Jacob. Agonicen. En el huerto Jesús transpiró grandes gotas de sangre; deben hacer un esfuerzo. No abandonen su habitación hasta que se sientan fuertes en Dios; luego velen y, mientras velan y oran, podrán dominar los pecados que les asedian, y la gracia de Dios podrá manifestarse en ustedes; y lo hará (God’s Amazing Grace, p. 87; parcialmente en La maravillosa gracia de Dios, 20 de marzo, p. 87).
Jueves 4 de junio
LA VESTIDURA MÁS COSTOSA
La ropa costosa y elegante define con frecuencia a los ricos, según los criterios mundanos. Algunas personas dicen: «Me visto así para mostrar quién soy». Pero en el Cielo, solo nuestras relaciones permanecerán (Mat. 6: 19-21). Nuestra identidad personal debe estar envuelta en Jesús y en su perfecto manto de justicia.
Lee en Mateo 22: 1 al 14 la parábola que Jesús contó para explicar esto. ¿Qué mensajes puedes encontrar en ella?
Mateo 22: 1-14
1 Respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas, diciendo: 2 El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo; 3 y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas; mas estos no quisieron venir. 4 Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas. 5 Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios; 6 y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron. 7 Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad. 8 Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos. 9 Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis. 10 Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas de convidados. 11 Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. 12 Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. 13 Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. 14 Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.
Jesús llamó «amigo» al hombre que estaba sin la vestimenta adecuada para la fiesta de boda. A pesar del silencio de aquel hombre ante la observación, existía sin duda una relación entre ambos. El hombre conocía seguramente la vestimenta apropiada para la ocasión, pero había decidido no usarla. El carácter de Jesús es perfecto e inmaculado, y nos lo ofrece para que nos vistamos «de lino fino, limpio y resplandeciente» (Apoc. 19: 8), «sin mancha ni arruga ni cosa semejante» (Efe. 5: 27).
El lino blanco «es la justicia de Cristo, su propio carácter sin mancha, que por la fe se imparte a todos los que lo reciben como Salvador personal» (Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 256).
Adán y Eva vestían un manto blanco de tenue luz antes de pecar, después de lo cual se dieron cuenta de que estaban desnudos (Gén. 3: 7). Entonces Dios sustituyó la túnica de hojas de higuera hecha por ellos por una vestidura hecha con pieles de animales, lo que requirió un sacrificio. De manera semejante, aceptamos el sacrificio de Jesús al aceptar su manto de justicia. «Desnudos y avergonzados, procuraron suplir la falta de los mantos celestiales cosiendo hojas de higuera para cubrirse. […]
»Nadie puede fabricar alguna prenda que pueda ocupar el lugar de su perdido manto de inocencia. Ningún manto hecho de hojas de higuera, ningún vestido común a la costumbre mundana, podrán emplear aquellos que se sienten con Cristo y los ángeles en la cena de las bodas del Cordero.
»Únicamente el manto que Cristo mismo ha provisto puede hacernos dignos de aparecer ante la presencia de Dios. Cristo colocará ese manto, esa ropa de su propia justicia sobre cada alma arrepentida y creyente» (Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 257).
Debemos revestirnos diariamente con el manto de justicia de Jesús. ¿Qué significa esto y cómo podemos hacerlo?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Cuando un hombre se aparta de las imperfecciones humanas y contempla a Jesús, se realiza en su carácter una transformación divina. Fija sus ojos sobre Cristo como sobre un espejo que refleja la gloria de Dios y al contemplarlo, se transforma a la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor…
Apartad vuestros ojos de las imperfecciones de otros, y fijadlos firmemente en Cristo. Estudiad su vida y carácter con corazón contrito. Necesitáis no solo ser iluminados, sino vivificados para que podáis ver el banquete que está delante de vosotros y para que comáis y bebáis la carne y sangre del Hijo de Dios, que es su Palabra. Gustando la buena Palabra de vida, alimentándoos con el Pan de vida, podréis ver el poder de un mundo venidero y ser nuevas criaturas en Cristo Jesús. Si recibís sus dones, si sois renovados en santidad, su gracia producirá en vosotros frutos para gloria de Dios.
El Espíritu Santo revela a Cristo en la mente y la fe se posesiona de él. Si aceptáis a Cristo como a vuestro Salvador personal, conoceréis por experiencia el valor del gran sacrificio hecho en vuestro favor en la cruz del Calvario. El Espíritu de Cristo, al obrar sobre el corazón, lo conforma a su imagen; pues Cristo es el modelo sobre el cual trabaja el Espíritu. Mediante el ministerio de su Palabra, sus providencias, su obra interior, Dios estampa la semejanza de Cristo en el alma.
Poseer a Cristo es vuestra primera obra, y revelarlo como Aquel que puede salvar hasta lo sumo a todos los que se le allegan, es vuestra obra que le sigue en importancia. Servir al Señor de todo corazón es honrar y glorificar su nombre ocupándoos de cosas santas, teniendo la mente llena de las verdades vitales reveladas en su santa Palabra.
La bondad, la humildad, la mansedumbre y el amor son los atributos del carácter de Cristo. Si tenéis el espíritu de Cristo, vuestro carácter se modelará a semejanza del suyo (That I May Know Him, p. 94; parcialmente en A fin de conocerle, 29 de marzo, p. 94).
La verdadera santificación une a los creyentes a Cristo y a los unos con los otros mediante lazos de tierna simpatía. Esta unión permite que fluyan continuamente del corazón ricas corrientes de amor cristiano que vuelven a surgir en amor mutuo.
Las cualidades esenciales que todos debemos poseer son las que señalaron la perfección del carácter de Cristo: su amor, su paciencia, su generosidad y su bondad…
Es el mayor y más fatal de los engaños suponer que alguien tenga fe en la vida eterna sin manifestar un amor por sus hermanos que sea semejante al de Cristo. Quien ame a Dios y a su prójimo está lleno de luz y amor. Dios está en él al mismo tiempo que lo envuelve. Los cristianos aman a los que están en torno de ellos como almas preciosas por las cuales Cristo murió. El cristiano sin amor no existe; «porque Dios es amor» (Cada día con Dios, 20 de septiembre, p. 272).
Viernes 5 de junio
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:
La Biblia utiliza a menudo metáforas agrícolas para describir nuestra condición espiritual. Oseas 10: 12 es un ejemplo que capta lo que hemos analizado esta semana: «Siembren para ustedes en justicia, sieguen cosecha de amor. Aren su tierra sin labrar, porque es tiempo de buscar al Señor, hasta que venga y les enseñe justicia».
Hacemos surcos en la tierra dura, sembramos, cosechamos y buscamos a Dios para acercarnos a él. La tierra de nuestros corazones debe estar preparada para recibir la lluvia del Espíritu Santo. Dios puede darnos el deseo de hacer esa preparación para entablar una relación con él (ver Fil. 2: 12, 13). Tenemos que dirigirnos a Dios y aferrarnos a él. Él obrará entonces en nosotros para completar la tarea.
El siguiente texto contiene un gran ejemplo de lo que significa aferrarse a Dios: «Sus ojos vieron lo que el Señor hizo con motivo de Baal Peor, que destruyó a todo el que fue en pos de Baal Peor. Pero ustedes que fueron fieles al Señor su Dios, todos están vivos hoy» (Deut. 4: 3, 4).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
- «Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal» (Mat. 6: 13). Jesús enseñó específicamente a sus discípulos a orar de esta manera. ¿Mantenemos esta línea de pensamiento en nuestras oraciones diarias? ¿Oras con regularidad pidiendo protección contra la tentación y el pecado?
- ¿Cómo explicarías el precioso don del manto de justicia de Cristo a un no cristiano o a un nuevo creyente?
- ¿Cómo se relaciona el manto de justicia de Cristo con el mensaje del Santuario acerca del perdón divino y la purificación del pecador arrepentido? ¿En qué medida comprendes la belleza y la riqueza de este mensaje?
RESUMEN:
Identificar nuestros pecados en respuesta a los impulsos del Espíritu Santo y entregarnos a Dios con arrepentimiento son componentes vitales de una relación pujante con Dios. Saber que estamos completamente perdonados y cubiertos por el manto de justicia de Jesús es la experiencia más transformadora para un ser humano. No solo somos liberados del peso del pecado, sino también sentimos que el amor de Dios nos rodea y nos acerca a él. Esto nos une a Dios, nos fortalece espiritualmente y nos motiva a amarlo con cada fibra de nuestro ser.