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Lección 5: Para el 2 de noviembre de 2024
EL TESTIMONIO DE LOS SAMARITANOS
Sábado 26 de octubre________________________________________________
LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Juan 4:1-42; 3:26-30; Jeremías 2:13; Zacarías 14:8; Ezequiel 36:25-27.
PARA MEMORIZAR:
“Y decían a la mujer: ‘Ya no creemos solo por tu palabra, sino porque nosotros mismos lo hemos oído, y sabemos que en verdad este es el Salvador del mundo’ ” (Juan 4:42).
¿Quiénes eran los samaritanos? Israel, el Reino del Norte, fue llevado cautivo por los asirios en el año 722 a.C. para crear estabilidad política. Los asirios dispersaron a sus cautivos por todo su imperio. Asimismo, cautivos de otras naciones fueron llevados a repoblar el Reino del Norte. La población mixta resultante fueron los samaritanos, quienes practicaban su propia forma de judaísmo.
Sin embargo, las relaciones entre ellos y los judíos no eran buenas. Por ejemplo, los samaritanos se opusieron a la reconstrucción del Templo cuando los judíos regresaron de Babilonia. Los samaritanos, mientras tanto, habían construido su propio templo en el monte Gerizim. Pero este templo fue destruido por el gobernante judío Juan Hircano en el año 128 a.C.
En la época de Cristo, esta animosidad continuaba. Los judíos evitaban Samaria en la medida de lo posible. Aunque las relaciones comerciales eran posibles, cualquier otro tipo de interacción era tabú. Los judíos no pedían nada prestado a los samaritanos ni recibían favores de ellos. En este contexto, Juan narra el encuentro entre Jesús, la mujer junto al pozo y los habitantes de la ciudad samaritana de Sicar.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Cristo fue el mayor Maestro que el mundo conoció jamás. Vino a esta tierra para difundir los brillantes rayos de la verdad, a fin de que los hombres pudiesen adquirir idoneidad para el cielo. «Para esto he venido al mundo —declaró—, para dar testimonio a la verdad». Juan 18:37. Vino para revelar el carácter del Padre, a fin de que los hombres pudiesen ser inducidos a adorarle en espíritu y en verdad.
El cielo sabía que el hombre necesitaba un maestro divino. La compasión v simpatía de Dios se despertaron en favor de los seres humanos, caídos y atados al carro de Satanás; y cuando llegó la plenitud del tiempo, él envió a su Hijo. El que había sido señalado en los concilios del cielo, vino a esta tierra como instructor del hombre. La rica benevolencia de Dios lo dio a nuestro mundo; y para satisfacer las necesidades de la naturaleza humana, se revistió de humanidad (Consejos para los maestros, p. 246).
En el templo de Jerusalén, una muralla baja separaba el atrio exterior de todas las demás porciones del edificio sagrado. En esta pared, había inscripciones en diferentes idiomas que declaraban que a nadie sino a los judíos se permitía pasar ese límite, Si un gentil hubiese querido entrar en el recinto interior, habría profanado el templo, y habría sufrido la pena de muerte. Pero Jesús, el que diera origen al templo y su ceremonial, atraía a los gentiles a sí por el vínculo de la simpatía humana, mientras que su gracia divina les presentaba la salvación que los judíos rechazaban (El Deseado de todas las gentes, p. 164).
Cerca de los israelitas que se habían dedicado a la tarea de reedificar el templo, moraban los samaritanos, raza mixta que provenía de los casamientos entre los colonos paganos oriundos de las provincias de Asiria y el residuo de las diez tribus que había quedado en Samaria y Galilea. En años ulteriores los samaritanos aseveraron que adoraban al verdadero Dios; pero en su corazón y en la práctica eran idólatras…
Durante la época de la restauración, estos samaritanos se dieron a conocer como «enemigos de Judá y de Benjamín». Oyendo «que los venidos de la cautividad edificaban el templo de Jehová Dios de Israel, llegáronse a Zorobabel, y a los cabezas de los padres», y expresaron el deseo de participar con ellos en esa construcción. Propusieron: «Edificaremos con vosotros…» Pero lo que solicitaban, les fue negado. «No nos conviene edificar con vosotros casa a nuestro Dios —declararon los dirigentes israelitas—, sino que nosotros solos la edificaremos a Jehová Dios de Israel, como nos mandó el rey Ciro, rey de Persia». Esdras 4:1-3…
[S]i los caudillos judíos hubiesen aceptado este ofrecimiento de ayuda, habrían abierto la puerta a la idolatría. Supieron discernir la falta de sinceridad de los samaritanos. Comprendieron que la ayuda obtenida por una alianza con aquellos hombres sería insignificante, comparada con la bendición que podían esperar si seguían las claras órdenes de Jehová (Profetas y reyes, pp. 415, 416).
Domingo 27 de octubre______________________________________________
EL ESCENARIO DEL ENCUENTRO
Lee Juan 4:1 al 4. ¿Cuál fue el trasfondo que llevó a Jesús a pasar por Samaria?
Juan 4:1-4
1 Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan 2 (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), 3 salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea. 4 Y le era necesario pasar por Samaria.
Los fariseos descubrieron que los discípulos de Jesús bautizaban más gente que los de Juan el Bautista. Esta situación podía crear tensiones entre los seguidores de Juan y los de Jesús. Los discípulos de Juan, como es natural, eran celosos de la reputación y el estatus de su maestro (comparar con Juan 3:26-30). La impresionante respuesta de Juan fue que él debía disminuir, pero que Jesús debía aumentar (Juan 3:30). Probablemente para evitar la confrontación, Jesús abandonó Judea para dirigirse a Galilea. Samaria ofrecía la ruta más directa entre esos dos lugares, pero no era la única posible. Los judíos devotos tomaban el camino más largo, yendo al este a través de Perea. Pero Jesús tenía una misión en Samaria.
Lee Juan 4:5 al 9. ¿Cómo aprovechó Jesús esta oportunidad para entablar un diálogo con la mujer samaritana?
Juan 4:5-9
5 Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. 6 Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. 7 Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. 8 Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. 9 La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.
El pozo de Jacob estaba situado justo al lado de Siquem, mientras que Sicar, de donde era la mujer, estaba a un kilómetro y medio de allí. Jesús se sentó junto al pozo mientras sus discípulos iban a la ciudad a comprar comida. No tenía acceso al agua fresca del pozo. Cuando la mujer vino a sacar agua, Jesús le pidió de beber.
En Juan 3, fue sorprendente que Nicodemo, un dirigente de los judíos y rabino, se rebajara a ir a Jesús. Fue de noche para no ser visto por la gente. Pero en Juan 4, la samaritana se esconde a plena luz del día, quizá para evitar el contacto con otras mujeres que venían al pozo temprano o al atardecer, cuando hacía menos calor. De no ser así, ¿por qué recorrer un camino tan largo para buscar agua en pleno día, cuando hacía más calor? Sea cual fuere la razón de su presencia allí, el encuentro con Jesús cambiaría su vida.
¿Qué escena se desarrolla a continuación? Un maestro judío es contrastado con una mujer samaritana de mala reputación. ¡Qué diferencia! Sin embargo, es en este contexto donde se produce un encuentro extraordinario.
¿Cuáles son algunos prejuicios de tu propia cultura que podrían obstaculizar tu testimonio en favor de los demás? ¿Cómo es posible aprender a superarlos? Comparte tu respuesta en la clase el sábado.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Cristo no admitía distinción alguna de nacionalidad, jerarquía social, ni credo. Los escribas y fariseos deseaban hacer de los dones del cielo un beneficio local y nacional, y excluir de Dios al resto de la familia humana. Pero Cristo vino para derribar toda valla divisoria. Vino para manifestar que su don de misericordia y amor es tan ilimitado como el aire, la luz o las lluvias que refrigeran la tierra.
La vida de Cristo fundó una religión sin castas; en la que judíos y gentiles, libres y esclavos, unidos por los lazos de fraternidad, son iguales ante Dios. Nada hubo de artificioso en sus procedimientos. Ninguna diferencia hacía entre vecinos y extraños, amigos y enemigos. Lo que conmovía el corazón de Jesús era el alma sedienta del agua de vida.
Nunca despreció a nadie por inútil, sino que procuraba aplicar a toda alma su remedio curativo. Cualesquiera que fueran las personas con quienes se encontrase, siempre sabía darles alguna lección adecuada al tiempo y a las circunstancias. Cada descuido o insulto del hombre para con el hombre le hacía sentir tanto más la necesidad que la humanidad tenía de su simpatía divina y humana. Procuraba infundir esperanza en los más rudos y en los que menos prometían, presentándoles la seguridad de que podían llegar a ser sin tacha y sencillos, poseedores de un carácter que los diera a conocer como hijos de Dios (El ministerio de curación, pp. 15, 16).
El Salvador anhelaba exponer a sus discípulos la verdad concerniente al derribamiento de la «pared intermedia de separación» entre Israel y las otras naciones —la verdad de que «los Gentiles sean juntamente herederos» con los judíos, y «consortes de su promesa en Cristo por el evangelio». Efesios 2: 14; 3:6. Esta verdad fue revelada en parte cuando recompensó la fe del centurión de Capernaum, y también cuando predicó el evangelio a los habitantes de Sicar. Fue revelada todavía más claramente en ocasión de su visita a Fenicia, cuando sanó a la hija de la mujer cananea. Estos incidentes ayudaron a sus discípulos a comprender que entre aquellos a quienes muchos consideraban indignos de la salvación, había almas ansiosas de la luz de la verdad (Los hechos de los apóstoles, pp. 16, 17).
En los tiempos de Cristo, el orgullo, el egoísmo y el prejuicio habían levantado una muralla de separación sólida y alta entre los que habían sido designados custodios de los oráculos sagrados y las demás naciones del mundo. Cristo vino a cambiar todo esto. Las palabras que el pueblo oía de sus labios eran distintas de cuantas había escuchado de sacerdotes o rabinos. Cristo derribó la muralla de separación, el amor propio, y el prejuicio divisor del nacionalismo egoísta; enseñó a amar a toda la familia humana. Elevó al hombre por encima del círculo limitado que les prescribía su propio egoísmo; anuló toda frontera territorial y toda distinción artificial de las capas sociales. Para él no había diferencia entre vecinos y extranjeros ni entre amigos y enemigos. Nos enseña a considerar a cada alma necesitada como nuestro prójimo y al mundo como nuestro campo (El discurso maestro de Jesucristo, p. 38).
Lunes 28 de octubre________________________________________________
LA MUJER JUNTO AL POZO
Lee Juan 4:7 al 15. ¿Cómo aprovecha Jesús este encuentro para empezar a dar testimonio a esta mujer?
Juan 4:7-15
7 Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. 8 Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. 9 La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. 10 Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. 11 La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? 12 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? 13 Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; 14 mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. 15 La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.
“El odio que reinaba entre los judíos y los samaritanos impidió a la mujer ofrecer un favor a Jesús; pero el Salvador estaba tratando de hallar la llave de su corazón, y con el tacto nacido del amor divino él no ofreció un favor, sino que lo pidió. El ofrecimiento de un favor podría haber sido rechazado; pero la confianza despierta confianza” (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 155, 156).
Como en su encuentro con Nicodemo, Jesús sabe lo que hay en el corazón de los demás. En respuesta a la sorpresa de la mujer de que un judío pidiera tal favor a un samaritano, Jesús va directamente al grano: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva” (Juan 4:10).
La respuesta de la mujer fue como la de Nicodemo en el contexto de un nuevo nacimiento: “¿Cómo puede suceder esto?” (Juan 3:9). Preguntó: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde tienes agua viva?” (Juan 4:11). En ambos casos, Jesús les estaba indicando (a un prominente maestro judío y a una mujer samaritana de dudosa reputación) las verdades espirituales trascendentes que cada uno necesitaba oír y entender. En cada caso, Jesús les estaba diciendo básicamente lo mismo: necesitan una experiencia de conversión.
¿Cuál es el trasfondo veterotestamentario de la afirmación de Jesús acerca del agua viva? (Jer. 2:13; Zac. 14:8).
Jeremías 2:13
13 Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.
Zacarias 14:8
8 Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalén aguas vivas, la mitad de ellas hacia el mar oriental, y la otra mitad hacia el mar occidental, en verano y en invierno.
El agua es necesaria para la vida, los seres humanos no podemos existir sin ella; por lo que también puede ser una imagen poderosa y apropiada de la vida eterna. Por eso dice Jesús: “El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él un manantial que brotará para vida eterna” (Juan 4:14).
Lee Juan 7:37 y 38. ¿Qué nos dice Jesús en estos versículos y cómo podemos experimentar lo que nos promete?
Juan 7:37-38
37 En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. 38 El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Cristo no despreciaba oportunidad alguna para proclamar el evangelio de salvación. Escuchad las admirables palabras que dirigiera a la samaritana. Estaba sentado junto al pozo de Jacob, cuando vino la mujer a sacar agua. Con sorpresa de ella, Jesús le pidió un favor. «Dame de beber», le dijo. Deseaba él beber algo refrescante, y al mismo tiempo ofrecerle a ella el agua de vida. Dijo la mujer: «¿Cómo tú, siendo Judío, me pides a mí de beber, que soy mujer Samaritana? porque los Judíos no se tratan con los Samaritanos». Respondió Jesús: «Si conocieses el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber: tú pedirías de él, y él te daría agua viva… Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, para siempre no tendrá sed: mas el agua que yo le daré, será en él una fuente de agua que salte para vida eterna». Juan 4:6-14 (El ministerio de curación, p. 17).
¡Cuán vivo interés manifestó Cristo en esta sola mujer! ¡Cuán fervorosas y elocuentes fueron sus palabras! Al oírlas la mujer dejó el cántaro y se fue a la ciudad para decir a sus amigos: «Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿si quizás es este el Cristo?» Leemos que «muchos de los Samaritanos de aquella ciudad creyeron en él». Vers. 29, 39. ¿Quién puede apreciar la influencia que semejantes palabras ejercieron para la salvación de almas desde entonces hasta hoy?
Doquiera haya corazones abiertos para recibir la verdad, Cristo está dispuesto a enseñársela, revelándoles al Padre y el servicio que agrada a Aquel que lee en los corazones. Con los tales no se vale de parábolas, sino que, como a la mujer junto al pozo, les dice claramente: «Yo soy, que hablo contigo» (El ministerio de curación, p. 28).
Debéis procurar tener un Salvador que viva en vosotros, que os sea como un manantial de agua que brote para vida eterna. El agua de la vida que fluye del corazón siempre riega el corazón de otros.
El agua a la que se refería Cristo era la revelación de su gracia en su Palabra. Su Espíritu, su enseñanza, es una fuente que satisface a toda alma… En Cristo está la plenitud de gozo para siempre… La bondadosa presencia de Cristo en su Palabra siempre habla al alma, lo representa como el manantial de agua viviente que vivifica al sediento. Tenemos el privilegio de contar con un Salvador viviente y permanente. Él es la fuente de poder espiritual implantada dentro de nosotros, y su influencia fluirá en palabras y acciones que vivifiquen a todos los que estén dentro de la esfera de nuestra influencia, creando en ellos deseos y aspiraciones de fortaleza y pureza, de santidad y paz, y de aquel gozo que no causa dolor. Este es el resultado de un Salvador que mora interiormente (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 5, p. 1108).
Martes 29 de octubre________________________________________________
“SEÑOR, DAME DE ESA AGUA”
“Esparciré sobre ustedes agua limpia, y serán limpiados de todas sus inmundicias y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré mi Espíritu dentro de ustedes, y haré que anden en mis mandamientos, que guarden mis normas, y las cumplan” (Eze. 36:25-27).
¿De qué manera refleja Ezequiel 36:25 al 27 las verdades que Jesús trataba de comunicar a Nicodemo y a la mujer junto al pozo?
Ezequiel 36:25-27
25 Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. 26 Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. 27 Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.
En ambos casos, Jesús procuraba alcanzar a estas personas con verdades espirituales, aunque usó ilustraciones del mundo natural para hacerlo.
Ninguna de las dos personas entendió en un principio lo que Jesús quería decir. ¿Cómo puede un hombre nacer de nuevo?, preguntó Nicodemo. Es decir, ¿cómo puede volver al vientre de su madre? Nicodemo pensaba en términos mundanos, terrenales, aunque Jesús le estaba señalando claramente la verdad espiritual. La mujer interpretó también las palabras de Jesús acerca del agua en un sentido literal, a pesar de que Jesús estaba hablando claramente de algo espiritual.
La respuesta de la mujer al ofrecimiento de agua viva por parte de Jesús fue: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed ni venga aquí a sacarla” (Juan 4:15). Razonó que el agua que Jesús ofrecía le evitaría los viajes al pozo, reduciendo así el riesgo de enfrentarse a otros. Llama la atención el rápido giro de la conversación desde el pedido de agua por parte de Jesús hasta la solicitud de ella.
Lee Juan 4:16. ¿Cómo respondió Jesús a la petición de la mujer?
Juan 4:16
16 Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.
Jesús cambia súbitamente el tema de la conversación y pide a la mujer que vaya a llamar a su marido y vuelva. ¿A qué se debe este repentino cambio de tema? Las acciones de la mujer denotaban evasión. Jesús pudo leer su corazón. Ella debía afrontar su situación para ser sanada de su condición. “Antes de que esa alma pudiese recibir el don que él anhelaba concederle, debía ser inducida a reconocer su pecado y su Salvador” (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 157).
ESPÍRITU DE PROFECÍA
La gran diferencia que había entre los judíos y los samaritanos se relacionaba con ciertas creencias religiosas, respecto a qué constituye el verdadero culto. Los fariseos no acostumbraban decir nada bueno de los samaritanos, sino que echaban sobre ellos sus más amargas maldiciones. Tan fuerte era la antipatía entre los judíos y los samaritanos, que a la mujer samaritana le pareció una cosa extraña que Cristo le pidiera de beber (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 313, 314).
El Príncipe de los maestros procuraba llegar al pueblo por medio de las cosas que le resultaban más familiares. Presentaba la verdad de un modo que la dejaba para siempre entretejida con los más santos recuerdos y simpatías de sus oyentes. Enseñaba de tal manera que les hacía sentir cuán completamente se identificaba con los intereses y la felicidad de ellos. Tan directa era su enseñanza, tan adecuadas sus ilustraciones, y sus palabras tan impregnadas de simpatía y alegría, que sus oyentes se quedaban embelesados. La sencillez y el fervor con que se dirigía a los necesitados santificaban cada una de sus palabras.
¡Qué vida atareada era la suya! Día tras día se le podía ver entrando en las humildes viviendas de los menesterosos y afligidos para dar esperanza al abatido y paz al angustiado. Henchido de misericordia, ternura y compasión, levantaba al agobiado y consolaba al afligido. Por doquiera iba, llevaba la bendición (El ministerio de curación, pp. 14, 15).
Jesús vino para impartir el Espíritu Santo al alma humana. Mediante ese Espíritu, el amor de Dios es difundido en el corazón, pero es imposible conceder el Espíritu Santo a los hombres que están cristalizados en sus ideas, cuyas doctrinas son todas estereotipadas e inmutables, que caminan de acuerdo con las tradiciones y mandamientos de los hombres, como lo hicieron los judíos en el tiempo de Cristo. Ellos eran muy minuciosos en los ritos de la iglesia, muy rigurosos en seguir sus formas, pero estaban destituidos de vitalidad y consagración religiosa.
Fueron representados por Cristo como los cueros secos que entonces se usaban como recipientes. El evangelio de Cristo no podía ser colocado en sus corazones, pues no había lugar para recibirlo. No podían ser los nuevos odres en los cuales él pudiera derramar su vino nuevo. Cristo estuvo obligado a buscar odres para su doctrina de verdad y vida entre otras personas que no eran los escribas y los fariseos. Tuvo que buscar hombres que estuvieran dispuestos a recibir la regeneración del corazón. Vino a dar nuevos corazones a los hombres. Él dijo: «Os daré corazón nuevo». Pero los que tenían justicia propia en aquellos días y los de estos días, no sentían ni sienten la necesidad de tener un corazón nuevo. Jesús pasó por alto a los escribas y fariseos porque no sentían la necesidad de un Salvador (Mensajes selectos, t. 1, pp. 452, 453).
Miércoles 30 de octubre______________________________________________
LA REVELACIÓN DE JESÚS
Lee Juan 4:16 al 24. ¿Qué hizo Jesús para mostrar a esta mujer que conocía sus secretos más profundos, y cómo respondió ella?
Juan 4:16-24
16 Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. 17 Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; 18 porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. 19 Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. 20 Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. 21 Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. 23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. 24 Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
La luz era demasiado cegadora para mirarla directamente. Aunque reconoce a Jesús como profeta, la mujer vuelve a practicar la evasión. Plantea a Jesús una cuestión de controversia religiosa entre judíos y samaritanos: el lugar adecuado para el culto.
En respuesta, Jesús señaló que los samaritanos no sabían lo que adoraban. Su culto era una síntesis de judaísmo y paganismo. Los judíos adoraban al Dios que se revela a sí mismo, otra admisión importante para un samaritano.
El culto al Dios verdadero no está ligado a un lugar. La discusión, por lo tanto, acerca del lugar de adoración era irrelevante. Puesto que Dios es espíritu, quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad. La mujer aceptó la pura verdad transmitida por Jesús y estuvo dispuesta a recibir más luz.
Lee Juan 4:25 y 26. ¿Cómo le reveló Jesús su identidad?
Juan 4:25-26
25 Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. 26 Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.
Este es el único pasaje en los cuatro evangelios donde Jesús dijo claramente a alguien que él era el Mesías antes de su juicio. No lo hizo a una gran multitud o a un personaje importante, sino a una anónima y solitaria mujer samaritana junto al pozo de Jacob. Él se interesa por cualquier alma que se siente apartada y sola.
Así, Jesús revela abiertamente quién es a esta mujer extranjera y de condición moral cuestionable. Y, tras mostrarle que conoce sus secretos más oscuros, le dio una gran razón para creer en él.
¿Qué debería decirnos esta historia acerca de por qué el evangelio debe derribar las barreras que los humanos creamos entre nosotros?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Jesús había empezado a derribar el muro de separación existente entre judíos y gentiles, y a predicar la salvación al mundo. Aunque era judío, trataba libremente con los samaritanos, y anulaba así las costumbres farisaicas de su nación. Frente a sus prejuicios, aceptaba la hospitalidad de este pueblo despreciado. Dormía bajo sus techos, comía en sus mesas —participando de los alimentos preparados y servidos por sus manos— enseñaba en sus calles, y lo trataba con la mayor bondad y cortesía (El Deseado de todas las gentes, p. 164).
La estada de Jesús en Samaria estaba destinada a ser una bendición para sus discípulos, que estaban todavía bajo la influencia del fanatismo judío. Creían que la lealtad a su propia nación requería de ellos que albergasen enemistad hacia los samaritanos. Les admiraba la conducta de Jesús. No podían negarse a seguir su ejemplo, y durante los dos días que pasaron en Samaria, la fidelidad a él dominó sus prejuicios; pero en su corazón no se conformaban. Tardaron mucho en aprender que su desprecio y odio debían ser reemplazados por la piedad y la simpatía. Pero después de la ascensión del Señor, recordaron sus lecciones con nuevo significado. Después del derramamiento del Espíritu Santo, recordaron la mirada del Salvador, sus palabras, el respeto y la ternura de su conducta hacia estos extraños despreciados. Cuando Pedro fue a predicar en Samaria, manifestó el mismo espíritu en su obra. Cuando Juan fue llamado a Éfeso y Esmirna, recordó el incidente de Siquem, y se llenó de gratitud hacia el divino Maestro, quien, previendo las dificultades que deberían arrostrar, les había ayudado por su propio ejemplo (El Deseado de todas las gentes, pp. 164, 165).
Tan pronto como halló al Salvador, la mujer samaritana trajo otros a él. Demostró ser una misionera más eficaz que los propios discípulos. Ellos no vieron en Samaria indicios de que era un campo alentador. Tenían sus pensamientos fijos en una gran obra futura, y no vieron que en derredor de sí había una mies que segar. Pero por medio de la mujer a quien ellos despreciaron, toda una ciudad llegó a oír del Salvador. Ella llevó enseguida la luz a sus compatriotas.
Esta mujer representa la obra de una fe práctica en Cristo. Cada verdadero discípulo nace en el reino de Dios como misionero. El que bebe del agua viva, llega a ser una fuente de vida. El que recibe llega a ser un dador. La gracia de Cristo en el alma es como un manantial en el desierto, cuyas aguas surgen para refrescar a todos, y da a quienes están por perecer avidez de beber el agua de la vida (El Deseado de todas las gentes, p. 166).
Jueves 31 de octubre________________________________________________
EL TESTIMONIO DE LOS SAMARITANOS
Lee Juan 4:2 al 29. ¿Qué medida sorprendente tomó la mujer?
Juan 4:2-29
2 (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), 3 salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea. 4 Y le era necesario pasar por Samaria. 5 Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. 6 Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. 7 Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. 8 Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. 9 La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. 10 Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. 11 La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? 12 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? 13 Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; 14 mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. 15 La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla. 16 Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. 17 Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; 18 porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. 19 Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. 20 Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. 21 Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. 23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. 24 Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. 25 Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. 26 Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo. 27 En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella? 28 Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: 29 Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será este el Cristo?
La conversación de Jesús con la mujer se ve interrumpida por la llegada de los discípulos. Aunque les sorprende que hable con una mujer, no le preguntan la razón. Lo instan a comer.
La mujer, mientras tanto, dejó su cántaro de agua y corrió a la ciudad para compartir con otros lo que acababa de experimentar con Jesús.
Lee Juan 4:30 al 42. ¿Qué sucedió después de este encuentro y qué enseña acerca de cómo se puede difundir el evangelio?
Juan 4:30-42
30 Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él. 31 Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. 32 Él les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. 33 Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? 34 Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra. 35 ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega. 36 Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega. 37 Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega. 38 Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores. 39 Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho. 40 Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. 41 Y creyeron muchos más por la palabra de él, 42 y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo, el Cristo.
Parece extraño que la narración de Jesús acerca de una cosecha interrumpa el relato de la conversión de muchos en la ciudad. Pero Juan quiere que veamos cómo entendió Jesús lo que estaba sucediendo. Compartir el Plan de Salvación con una mujer samaritana era mucho más importante para él que comer. Llevar a las almas a la salvación era su propósito, y aprovechó esta ocasión para ense- ñar a sus discípulos la urgencia de compartir el evangelio con todas las personas, incluso con las que no eran como ellos.
Hay muchos puntos culminantes en el Evangelio de Juan. Sin duda, Juan 4:39 al 42 está entre ellos. Muchos de los samaritanos creyeron debido al testimonio de la mujer, que afirmó: “Me dijo todo lo que hice” (Juan 4:39).
Los samaritanos pidieron a Jesús que se quedara con ellos. El resultado fue que muchos más creyeron gracias a la palabra de Jesús. “Y decían a la mujer: ‘Ya no creemos solo por tu palabra, sino porque nosotros mismos lo hemos oído, y sabemos que en verdad este es el Salvador del mundo’ ” (Juan 4:42).
¿Qué nos dice esta historia acerca de cuán poderoso puede ser el testimonio de una sola persona? ¿Cuán poderoso es tu testimonio acerca de lo que Jesús hizo en tu vida?
ESPÍRITU DE PROFECÍA
Los fariseos despreciaban la sencillez de Jesús. Desconocían sus milagros, y pedían una señal de que era el Hijo de Dios. Pero los samaritanos no pidieron señal, y Jesús no hizo milagros entre ellos, fuera del que consistió en revelar los secretos de su vida a la mujer que estaba al lado del pozo. Sin embargo, muchos le recibieron. En su nuevo gozo, decían a la mujer: «Ya no creemos por tu dicho; porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo, el Cristo».
Los samaritanos creían que el Mesías había de venir como Redentor, no solo de los judíos, sino del mundo. El Espíritu Santo, por medio de Moisés, lo había anunciado como profeta enviado de Dios. Por medio de Jacob, se había declarado que todas las gentes se congregarían alrededor suyo; y por medio de Abraham, que todas las naciones de la tierra serían benditas en él. En estos pasajes basaba su fe en el Mesías la gente de Samaria. El hecho de que los judíos habían interpretado erróneamente a los profetas ulteriores, atribuyendo al primer advenimiento la gloria de la segunda venida de Cristo, había inducido a los samaritanos a descartar todos los escritos sagrados excepto aquellos que habían sido dados por medio de Moisés. Pero como el Salvador desechaba estas falsas interpretaciones, muchos aceptaron las profecías ulteriores y las palabras de Cristo mismo acerca del reino de Dios (El Deseado de todas las gentes, pp. 163, 164).
El Salvador continúa realizando hoy la misma obra que cuando ofreció el agua de vida a la mujer samaritana. Los que se llaman sus discípulos pueden despreciar y rehuir a los parias; pero el amor de él hacia los hombres no se deja desviar por ninguna circunstancia de nacimiento, nacionalidad, o condición de vida. A toda alma, por pecaminosa que sea, Jesús dice: Si me pidieras, yo te daría el agua de la vida.
No debemos estrechar la invitación del evangelio y presentarla solamente a unos pocos elegidos, que, suponemos nosotros, nos honrarán aceptándola. El mensaje ha de proclamarse a todos. Doquiera haya corazones abiertos para recibir la verdad, Cristo está listo para instruirlos. El les revela al Padre y la adoración que es aceptable para Aquel que lee el corazón. Para los tales no usa parábolas. A ellos, como a la mujer samaritana al lado del pozo, dice: «Yo soy, que hablo contigo» (El Deseado de todas las gentes, p. 165).
Cuando Jesús se sentó para descansar junto al pozo de Jacob, venía de Judea, donde su ministerio había producido poco fruto. Había sido rechazado por los sacerdotes y rabinos, y aun los que profesaban ser discípulos suyos no habían percibido su carácter divino. Se sentía débil y cansado, pero no descuidó la oportunidad de hablar a una mujer sola, aunque era una extraña, enemiga de Israel y vivía en pecado.
El Salvador no aguardaba a que se reuniesen congregaciones. Muchas veces, empezaba sus lecciones con unos pocos reunidos en derredor suyo. Pero uno a uno los transeúntes se detenían para escuchar, hasta que una multitud oía con asombro y reverencia las palabras de Dios pronunciadas por el Maestro enviado del cielo. El que trabaja para Cristo no debe pensar que no puede hablar con el mismo fervor a unos pocos oyentes que a una gran compañía. Tal vez haya uno solo para oír el mensaje; pero, ¿quién puede decir cuán abarcante será su influencia? Parecía asunto sin importancia, aun para los discípulos, que el Salvador dedicase su tiempo a una mujer de Samaria. Pero él razonó con ella con más fervor y elocuencia que con reyes, consejeros o pontífices. Las lecciones que le dio han sido repetidas hasta los confines más remotos de la tierra (El Deseado de todas las gentes, pp. 165, 166).
Viernes 1 de noviembre______________________________________________
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:
Lee en El Deseado de todas las gentes, de Elena G. de White, el capítulo “Junto al pozo de Jacob” (pp. 155-166).
“Tan pronto como halló al Salvador, la mujer samaritana trajo otros a él. Demostró ser una misionera más eficaz que los propios discípulos. Ellos no vieron en Samaria indicios de que era un campo alentador. Tenían sus pensamientos fijos en una gran obra futura, y no vieron que en derredor de sí había una mies que segar. Pero, por medio de la mujer a quien ellos despreciaron, toda una ciudad llegó a oír del Salvador. Ella llevó enseguida la luz a sus compatriotas.
“Esta mujer representa la obra de una fe práctica en Cristo. Cada verdadero discípulo nace en el Reino de Dios como misionero. El que bebe del Agua viva llega a ser una fuente de vida. El que recibe llega a ser un dador. La gracia de Cristo en el alma es como un manantial en el desierto, cuyas aguas brotan para refrescar a todos, y da, a quienes están por perecer, avidez de beber el Agua de la vida” (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 166).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
- Repasen en clase sus respuestas a la pregunta final del domingo. Sean muy sinceros al respecto. ¿Cuáles son los prejuicios de tu cultura que podrían obstaculizar tu testimonio en favor de los demás?
- ¿Por qué crees que Jesús fue tan cálidamente acogido entre los samaritanos, a diferencia de lo que le ocurrió entre algunos de los suyos?
- Ponte en el lugar de esa mujer samaritana. Un completo extraño viene y te hace saber que está al tanto de tus más profundos secretos. ¿Cómo podría alguien, mucho menos un extraño, saber estas cosas? No es de extrañar que Jesús la impresionara. ¿Qué debería decirnos esta historia acerca del conocimiento total que el Señor tiene de nosotros, incluso de los secretos más profundos y oscuros que no quisiéramos que nadie supiera? Sin embargo, ¿qué nos dice el modo en que la trató acerca de cómo desea tratarnos a pesar de conocer nuestros secretos? ¿Qué consuelo obtienes de esta verdad?
- ¿Qué temas del Evangelio de Juan que hemos estudiado hasta aquí se encuentran en el ministerio de Jesús en favor de la mujer samaritana junto al pozo?