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Escuela Sabática Para Maestros

Material Auxiliar Para Maestros de Escuela Sabatica

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Uniendo el cielo y la tierra. Cristo en Filipenses y Colosenses

1er Trimestre de 2026


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Enlace para el libro:

https://citasselectasdelespiritudeprofecia.com/


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LECCIONES FUTURAS DE ESCUELA SABÁTICA

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2024 Salmos El Gran Conflicto Marcos Juan
2025 Amor y Justicia en la Biblia Como Estudiar la Profecía y la Inspiración Éxodo Josué
2026 Colosenses – Filipenses Religión en el Mercado* Josué El Espíritu de Profecía
2027 1 & 2 de Corintios Mayordomía Eclesiología Ezequiel
2028

* Religion in the Market Place


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Lección 7: Para el 16 de noviembre de 2024

BIENAVENTURADOS LOS QUE CREEN

Sábado 9 de noviembre______________________________________________

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Juan 8:54-58; Génesis 12:3; Romanos 4:1-5; Juan 12:1-8; 19:4-22; 20:19-31; Daniel 2, 7.

PARA MEMORIZAR:

“Jesús le dijo: ‘Porque me has visto, Tomás, creíste. ¡Dichosos los que no vieron y creyeron!’ ” (Juan 20:29).

A lo largo de su Evangelio, Juan presenta una diversidad de personas con diferentes antecedentes, creencias y experiencias que dan testimonio de quién era Jesús.

“¡Este es el Cordero de Dios!” (Juan 1:36). “Hemos hallado al Mesías” (Juan 1:41). “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés” (Juan 1:45). “¡Rabí! ¡Tú eres el Hijo de Dios, el Rey de Israel!” (Juan 1:49). “¿No será el Cristo?” (Juan 4:29). “Nosotros mismos lo hemos oído, y sabemos que en verdad este es el Salvador del mundo” (Juan 4:42). “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68). “Yo era ciego y ahora veo” (Juan 9:25). “Yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” (Juan 11:27). “¡Aquí está su rey!” (Juan 19:14). “Yo no hallo delito en él” (Juan 19:6). “¡Señor mío y Dios mío!” (Juan 20:28).

¿Quiénes eran algunas de estas personas y por qué dieron testimonio acerca de la identidad de Jesús?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

En la fraternidad humana, se requiere toda clase de talento para hacer un perfecto conjunto; y la iglesia de Cristo está compuesta de hombres y mujeres de diversos talentos, y de todas clases. Dios no quiso nunca que el orgullo de los hombres abrogase lo que su sabiduría había ordenado, a saber: la combinación de mentes de toda clase, de todos los diversos talentos para formar un conjunto completo. Nadie debe menoscabar ninguna parte de la gran obra de Dios, sean los agentes encumbrados o humildes. Todos tienen que hacer su parte en cuanto a difundir la luz en diferentes grados.

No debe haber monopolio de lo que, en cierta medida, pertenece a todos, encumbrados y humildes, ricos y pobres, sabios e ignorantes. Ningún rayo de luz debe ser estimado en menos que su valor, ningún rayo debe ser cegado ni pasar inadvertido, ni siquiera ser reconocido de mala gana. Desempeñen todos su parte para la verdad y la justicia. Los intereses de las diferentes clases de la sociedad están indisolublemente unidos. Estamos todos entretejidos en la gran trama de la humanidad, y no podemos retirar nuestras simpatías unos de otros, sin que haya pérdida. Es imposible que se conserve una influencia sana en la iglesia cuando no existen esta simpatía y este interés recíprocos (Obreros evangélicos, p. 346).

Concuerda con lo ordenado por Dios que se asocien personas de diversos temperamentos. Cuando esto sucede, cada miembro de la familia debe considerar y respetar como sagrados los sentimientos y derechos ajenos. Así se cultivarán la consideración y la tolerancia mutuas, se subyugarán los prejuicios y se suavizarán los rasgos toscos del carácter. Se asegurará la armonía, y la fusión de los variados temperamentos beneficiará a cada uno (El hogar cristiano, pp. 386, 387).

Que la pregunta resuene hoy al corazón de todos los que profesan el nombre de Cristo: «¿Crees en el Hijo de Dios?»… Muchos aceptan a Jesús como un principio, una creencia, pero no tienen una fe salvadora en él como su sacrificio y Salvador. No se dan cuenta de que Cristo ha muerto para salvarlos del castigo de la ley que han transgredido, a fin de que puedan volver a ser leales a Dios. ¿Crees que Cristo, como vuestro sustituto, paga la deuda de vuestra transgresión? Pero no para que continuéis en el pecado, sino para que seáis salvados de vuestros pecados; para que, por los méritos de su justicia, seáis reintegrados al favor de Dios…

Podéis decir que creéis en Jesús, cuando tenéis una apreciación del coste de la salvación. Podéis hacer esta afirmación, cuando sentís que Jesús murió por vosotros en la cruenta cruz del Calvario; cuando tenéis una fe inteligente y comprensiva de que su muerte hace posible que dejéis de pecar, y que perfeccionéis un carácter justo por la gracia de Dios, otorgada a vosotros gracias al precio de la sangre de Cristo (The Review and Herald, 24 de julio, 1888, párrafo 4, 5).


Domingo 10 de noviembre____________________________________________

REMONTÁNDONOS A ABRAHAM

Jesús no tuvo reparos en declarar quién era, ni tampoco en llamar a testigos para que dieran testimonio de quién era, incluso a testigos que habían desaparecido hacía mucho tiempo; Abraham, entre ellos: “Abraham, el padre de ustedes, se gozó en que vería mi día. Y lo vio, y se gozó” (Juan 8:56).

¿Por qué fue el testimonio de Abraham tan importante como para ser incluido en el Evangelio de Juan? Génesis 12:3; 18:16-18; 26:4; Mateo 1:1; Hechos 3:25.

Génesis 12:3

Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.

Génesis 18:16-18

16 Y los varones se levantaron de allí, y miraron hacia Sodoma; y Abraham iba con ellos acompañándolos. 17 Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer, 18 habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte, y habiendo de ser benditas en él todas las naciones de la tierra?

Génesis 26:4

Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y daré a tu descendencia todas estas tierras; y todas las naciones de la tierra serán benditas en tu simiente,

Mateo 1:1

1 Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.

Hechos 3:25

25 Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra.

“A través de tipos y promesas, Dios ‘dio de antemano las buenas nuevas a Abraham’ (Gál. 3:8). Y la fe del patriarca se fijó en el Redentor que habría de venir. Cristo dijo a los judíos: ‘Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó’ (Juan 8:56). El carnero ofrecido en lugar de Isaac representaba al Hijo de Dios, que habría de ser sacrificado en nuestro lugar. Cuan- do el hombre estaba condenado a la muerte por su transgresión de la Ley de Dios, el Padre, mirando a su Hijo, dijo al pecador: ‘Vive: he hallado un rescate’ ” (Elena G. de White, Patriarcas y profetas, p. 150).

Abraham fue el padre de la nación judía. Recibió la promesa de que todas las naciones serían bendecidas por medio de él. Esta bendición llegó a través del Mesías, nacido de su linaje.

Fue también el padre de los que responden a Dios con fe (Heb. 11:8, 17-19). Su voluntad de sacrificar a su hijo Isaac (Gén. 22), el hijo de la promesa, no solo fue una prueba de fe, sino también una ventana al Plan de Salvación.

Cuando Jesús dijo: “Abraham, el padre de ustedes, se gozó en que vería mi día. Y lo vio, y se gozó” (Juan 8:56), los líderes respondieron: “Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?” (Juan 8:57).

La respuesta de Jesús fue asombrosa. “Les aseguro: Antes que Abraham existiera, yo soy” (Juan 8:58).

Jesús utiliza un lenguaje que recuerda el que Dios usó cuando se dirigió a Moisés en la zarza ardiente. Era una afirmación de divinidad, de existencia autónoma. Los dirigentes, sin duda, entendieron lo que eso implicaba en labios de Jesús, pues “tomaron piedras para apedrearlo” (Juan 8:59).

Lee Romanos 4:1 al 5. ¿Cómo utiliza Pablo esta historia de Abraham para revelar la gran verdad de la salvación solo por la fe, sin las obras de la Ley? ¿Cómo nos ayudan estos versículos a entender que Abraham es el padre de quienes viven por la fe?

Romanos 4:1-5

 1 ¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

[Abraham] elevó la más ferviente oración porque antes de su muerte pudiera contemplar al Mesías. Y vio a Cristo. Se le dio una comunicación sobrenatural, y reconoció el carácter divino de Cristo. Vio su día, y se gozó. Se le dio una visión del sacrificio divino por el pecado. Tuvo una ilustración de ese sacrificio en su propia vida. Recibió la orden: «Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas… y ofrécelo… en holocausto». Génesis 22:2. Sobre el altar del sacrificio, colocó al hijo de la promesa, el hijo en el cual se concentraban sus esperanzas. Entonces, mientras aguardaba junto al altar con el cuchillo levantado para obedecer a Dios, oyó una voz del cielo que le dijo: «No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; que ya conozco que temes a Dios, pues que no me rehusaste tu hijo, tu único». Génesis 22:12. Se le impuso esta terrible prueba a Abraham para que pudiera ver el día de Cristo y comprender el gran amor de Dios hacia el mundo, tan grande que para levantarlo de la degradación dio a su Hijo unigénito para que sufriera la muerte más ignominiosa (El Deseado de todas las gentes, p. 434).

«Abraham vuestro padre se gozó de que habría de ver mi día; y lo vio, y se gozó. Entonces le dijeron los judíos: aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham? Jesús les dijo: de cierto, de cierto os digo: antes que Abraham fuese yo soy». Juan 8:56-58.

Aquí Cristo les muestra que, aunque podían calcular que su edad no alcanzaba los cincuenta años, su vida divina no podía ser calculada por cómputos humanos. La existencia de Cristo antes de su encarnación no se puede medir con cifras.

«Antes que Abraham fuese, yo soy». Cristo es el Hijo de Dios, preexistente y autoexistente. El mensaje que le comunicó a Moisés para ser dado a los hijos de Israel fue: «Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros». Éxodo 3:14 (Exaltad a Jesús, p. 11).

El premio no se otorga por las obras, a fin de que nadie se alabe; mas es todo por gracia. «¿Qué, pues, diremos que halló Abraham nuestro padre según la carne? ¿Que si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse; mas no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Y creyó Abraham a Dios, y le fue atribuido a justicia. Empero al que obra, no se le cuenta el salario por merced, sino por deuda. Mas al que no obra, pero cree en aquel que justifica al impío, la fe le es contada por justicia». Romanos 4:1-5. Por lo tanto, no hay motivo para que uno se gloríe sobre otro o manifieste envidia hacia otro. Nadie obtiene un privilegio superior a otro, ni puede alguien reclamar la recompensa como un derecho (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 331, 332).


Lunes 11 de noviembre_______________________________________________

EL TESTIMONIO DE MARÍA

Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a visitar a María, Marta y su hermano Lázaro, a quien Jesús había resucitado. Simón, que había sido curado de la lepra, celebraba una fiesta en agradecimiento por lo que Jesús había hecho por él. Marta servía, y Lázaro estaba sentado a la mesa con los invitados (Juan 12:1-8).

¿Qué significado tenían aquí las acciones de María? ¿En qué sentido daban testimonio de quién era Jesús? Juan 12:1-3.

Juan 12:1-3

1 Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume.

El perfume era muy caro. Su valor equivalía aproximadamente al salario anual de un trabajador común. María probablemente trajo este regalo como expresión de gratitud al Salvador por el perdón de sus pecados y por la resurrección de su hermano. Su intención era que sirviera algún día para el entierro de Jesús. Pero, al enterarse de que pronto sería ungido Rey, decidió ser la primera en rendirle honores.

María probablemente no tenía intención de que se notara su gesto, pero Juan señala que “la casa se llenó de la fragancia del perfume” (Juan 12:3). Judas respondió con una rápida reprimenda, afirmando que el perfume debería haberse vendido para dar el dinero resultante a los pobres. Jesús tranquilizó inmediatamente a María, diciendo: “ ‘Déjala […]. Porque a los pobres siempre los tendrán con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán’ ” (Juan 12:7, 8).

Un tema recurrente en el Evangelio de Juan es que Jesús conoce el interior de las personas (Juan 2:24, 25; 6:70, 71; 13:11; 16:19). En este caso, en la fiesta de Simón, Jesús sabe lo que hay en el corazón de Judas. En tal sentido, Juan deja en claro quién era Judas: un ladrón egoísta (Juan 12:6).

“El don fragante que María había pensado prodigar al cuerpo muerto del Salvador lo derramó sobre él en vida. En el entierro, su dulzura solo hubiera llenado la tumba; pero ahora llenó su corazón con la seguridad de su fe y su amor. José de Arimatea y Nicodemo no ofrecieron su don de amor a Jesús durante su vida. Con lágrimas amargas, trajeron sus costosas especias para su cuerpo rígido e inconsciente. Las mujeres que llevaron sustancias aromáticas a la tumba hallaron que su diligencia era vana, porque él había resucitado. Pero María, al derramar su ofrenda sobre el Salvador, mientras él era consciente de su devoción, lo ungió para la sepultura. Y, cuando él penetró en las tinieblas de su gran prueba, llevó consigo el recuerdo de ese acto, un anticipo del amor que le tributarían para siempre los que redimiera” (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 514).

Jesús sabía lo que había en el corazón de María y en el de Judas. También sabe lo que hay en el nuestro. ¿Qué debería decirnos esto acerca de nuestra necesidad de Cristo como nuestra justicia, tanto imputada como transformadora?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Fui transportada al tiempo cuando Jesús comió la cena de pascua con sus discípulos. Satanás había engañado a Judas y le había inducido a considerarse como uno de los verdaderos discípulos de Cristo; pero su corazón había sido siempre carnal. Había visto las potentes obras de Jesús, había estado con él durante todo su ministerio, y se había rendido a la suprema evidencia de que era el Mesías; pero Judas era mezquino y codicioso. Amaba el dinero. Lamentóse con ira de lo mucho que había costado el ungüento que María derramó sobre Jesús. María amaba a su Señor. El le había perdonado sus pecados, que eran muchos, y había resucitado de entre los muertos a su muy querido hermano, por lo que nada le parecía demasiado caro en obsequio de Jesús. Cuanto más precioso fuese el ungüento, mejor podría ella manifestar su agradecimiento a su Salvador, dedicándoselo… Aquel acto de generosidad de parte de María fue un acerbo reproche contra la disposición avarienta de Judas. Estaba preparado el camino para que la tentación de Satanás hallara fácil acceso al corazón de Judas (Primeros escritos, p. 165).

A costa de gran sacrificio personal, había adquirido un vaso de alabastro de «nardo líquido de mucho precio» para ungir su cuerpo. Pero muchos declaraban ahora que él estaba a punto de ser coronado rey. Su pena se convirtió en gozo y ansiaba ser la primera en honrar a su Señor. Quebrando el vaso de ungüento, derramó su contenido sobre la cabeza y los pies de Jesús, y llorando postrada le humedecía los pies con sus lágrimas y se los secaba con su larga y flotante cabellera…

María no conocía el significado pleno de su acto de amor. No podía contestar a sus acusadores. No podía explicar por qué había escogido esa ocasión para ungir a Jesús. El Espíritu Santo había pensado en lugar suyo, y ella había obedecido sus impulsos. La Inspiración no se humilla a dar explicaciones. Una asistencia invisible habla a la mente y al alma, y mueve el corazón a la acción. Es su propia justificación.

Cristo le dijo a María el significado de su acción, y con ello le dio más de lo que había recibido. «Porque echando este ungüento sobre mi cuerpo —dijo él— para sepultarme lo ha hecho». De la manera en que el alabastro fue quebrado y se llenó la casa entera con su fragancia, así Cristo había de morir, su cuerpo había de ser quebrantado; pero él había de resucitar de la tumba y la fragancia de su vida llenaría la tierra. «Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor suave». Efesios 5:2 (El Deseado de todas las gentes, pp. 513-515).

[Dios] siempre conoce mucho mejor que nosotros lo que es necesario para el bien de sus hijos, y nos conduce como nosotros elegiríamos ser guiados si pudiéramos discernir nuestros propios corazones y ver nuestras necesidades y peligros tal como Dios las ve… Si confiamos en él, y le encomendamos nuestros caminos, él dirigirá nuestros pasos por la senda que nos conduzca a la victoria sobre toda pasión pecaminosa, sobre todo rasgo de carácter que no es semejante al carácter de nuestro Modelo divino (Nuestra elevada vocación, p. 3 18).


Martes 12 de noviembre______________________________________________

EL TESTIMONIO INVOLUNTARIO DE PILATO

Juan registra una y otra vez los intentos de los líderes religiosos de apresar a Jesús, llevarlo a juicio y sentenciarlo a muerte. Un tema característico del Evangelio de Juan, expuesto a menudo por Jesús, es que aún no había llegado su tiempo, o su hora; es decir, el momento de su crucifixión (Juan 2:4; 7:6, 8, 30; 12:7, 23, 27; 13:1; 17:1).

Ahora había llegado la hora. Jesús fue arrestado en el huerto de Getsemaní, llevado ante Anás, luego ante el sumo sacerdote Caifás y dos veces ante Pilato.

Juan ha llamado a muchos testigos de todas las clases sociales para que den testimonio de que Jesús era el Cristo. Ahora Juan llama a Pilato, el gobernador que juzgó a Jesús. Este fue un testimonio importante porque Pilato era romano, gobernador y juez; la mayoría de los otros testigos eran judíos y plebeyos.

¿Cómo se relaciona el veredicto de Pilato con el tema del Evangelio de Juan? Juan 18:38; 19:4-22.

Juan 18:38

38 Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos, y les dijo: Yo no hallo en él ningún delito.

Juan 19:4-22

Entonces Pilato salió otra vez, y les dijo: Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en él. Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre! Cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, dieron voces, diciendo: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: Tomadle vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo delito en él. Los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios. Cuando Pilato oyó decir esto, tuvo más miedo. Y entró otra vez en el pretorio, y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Mas Jesús no le dio respuesta. 10 Entonces le dijo Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? 11 Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene. 12 Desde entonces procuraba Pilato soltarle; pero los judíos daban voces, diciendo: Si a este sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone. 13 Entonces Pilato, oyendo esto, llevó fuera a Jesús, y se sentó en el tribunal en el lugar llamado el Enlosado, y en hebreo Gabata. 14 Era la preparación de la pascua, y como la hora sexta. Entonces dijo a los judíos: ¡He aquí vuestro Rey! 15 Pero ellos gritaron: ¡Fuera, fuera, crucifícale! Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que César. 16 Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y le llevaron. 17 Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; 18 y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. 19 Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS. 20 Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. 21 Dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos. 22 Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito.

Jesús fue llevado ante Pilato el viernes de mañana, temprano (Juan 18:28). El plan de los conspiradores era enviar rápidamente al prisionero a la cruz. Pero el comportamiento de Jesús llamó la atención de Pilato. El gobernador interrogó atentamente a Jesús y escuchó de sus labios: “ ‘Yo para esto he nacido, para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad oye mi voz’ ” (Juan 18:37).

Aunque el gobernador condenó finalmente a Jesús a muerte, proclamó tres veces su inocencia (Juan 18:38; 19:4, 6). Y sobre la cruz escribió las palabras: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos” (Juan 19:19), completando su testimonio acerca de quién era Jesús. Sin embargo, a pesar de su testimonio en favor de la inocencia de Cristo, lo condenó a muerte.

Pilato tenía ante sí a la Verdad misma. Sin embargo, dejó que la turba lo intimidara y condenó a muerte a Jesús. ¡Qué trágico ejemplo de lo que significa no seguir los dictados de la conciencia acerca de lo que es correcto!

¿Qué podemos aprender del ejemplo de Pilato sobre los peligros de permitir que el sentimiento popular y la presión grupal nos impidan hacer lo que creemos correcto?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Desde un principio se convenció Pilato de que Jesús no era un hombre como los demás. Lo consideraba un personaje de excelente carácter y de todo punto inocente de las acusaciones que se le imputaban. Los ángeles testigos de la escena observaban el convencimiento del gobernador romano, y para disuadirle de la horrible acción de entregar a Cristo para que lo crucificaran, fue enviado un ángel a la mujer de Pilato, para que le dijera en sueños que era el Hijo de Dios a quien estaba juzgando su esposo y que sufría inocentemente. Ella envió en seguida un recado a Pilato refiriéndole que había tenido un sueño muy penoso respecto a Jesús, y aconsejándole que no hiciese nada contra aquel santo varón. El mensajero, abriéndose apresuradamente paso por entre la multitud, entregó la carta en las propias manos de Pilato. Al leerla, este tembló, palideció y resolvió no hacer nada por su parte para condenar a muerte a Cristo. Si los judíos querían la sangre de Jesús, él no prestaría su influencia para ello, sino que se esforzaría por libertarlo (Primeros escritos, pp. 172, 173).

«Y viendo Pilato que nada adelantaba, antes se hacía más alboroto, tomando agua se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo: veréislo vosotros». Con temor y condenándose a sí mismo, Pilato miró al Salvador. En el vasto mar de rostros vueltos hacia arriba, el suyo era el único apacible. En derredor de su cabeza parecía resplandecer una suave luz. Pilato dijo en su corazón: Es un Dios. Volviéndose a la multitud, declaró: Limpio estoy de su sangre, tomadle y crucificadle. Pero notad, sacerdotes y príncipes, que yo lo declaro justo. Y Aquel a quien él llama su Padre os juzgue a vosotros y no a mí por la obra de este día. Luego dijo a Jesús: Perdóname por este acto; no puedo salvarte. Y cuando le hubo hecho azotar otra vez, le entregó para ser crucificado (El Deseado de todas las gentes, p. 687).

Pilato escribió entonces una inscripción en hebreo, griego y latín y la colocó sobre la cruz, más arriba que la cabeza de Jesús. Decía: «Jesús Nazareno, Rey de los judíos»…

Los sacerdotes vieron lo que habían hecho, y pidieron a Pilato que cambiase la inscripción. Dijeron: «No escribas, Rey de los Judíos: sino, que él dijo: Rey soy de los Judíos». Pero Pilato estaba airado consigo mismo por su debilidad anterior y despreciaba cabalmente a los celosos y arteros sacerdotes y príncipes. Respondió fríamente: «Lo que he escrito, he escrito».

Un poder superior a Pilato y a los judíos había dirigido la colocación de esa inscripción sobre la cabeza de Jesús. En la providencia de Dios, tenía que incitar a reflexionar e investigar las Escrituras. El lugar donde Cristo fue crucificado se hallaba cerca de la ciudad. Miles de personas de todos los países estaban entonces en Jerusalén, y la inscripción que declaraba Mesías a Jesús de Nazaret iba a llegar a su conocimiento. Era una verdad viva transcrita por una mano que Dios había guiado (El Deseado de todas las gentes, pp. 694, 695).


Miércoles 13 de noviembre____________________________________________

EL TESTIMONIO DE TOMÁS

Lee Juan 20:19 al 31. ¿Qué podemos aprender de la historia de Tomás acerca de la fe y la duda? ¿Qué grave error cometió él?

Juan 20:19-31

19 Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. 20 Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. 21 Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. 22 Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. 23 A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos. 24 Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. 25 Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. 26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. 27 Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. 28 Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! 29 Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron. 30 Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. 31 Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.

Cristo apareció a los discípulos tras su resurrección, cuando estaban a puertas cerradas por temor. Tomás no estaba con ellos. Más tarde, escuchó los informes de la Resurrección de labios de los otros discípulos, pero aun así se desanimó. Aquello no coincidía con su idea acerca del Reino. Y seguramente se preguntó por qué Jesús se reveló a los demás cuando él no estaba allí.

Tomás dijo: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en la señal de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:25).

Él estaba estableciendo sus propias condiciones para creer. Este planteamiento acerca de la fe en Jesús aparece con frecuencia en Juan. Nicodemo respondió a Jesús: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?” (Juan 3:4). La mujer del pozo preguntó: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde tienes agua viva?” (Juan 4:11). La multitud que había sido alimentada con los panes y los peces preguntó: “¿Qué señal haces tú para que veamos y te creamos?” (Juan 6:30).

El Evangelio de Juan se opone a la perspectiva “Ver para creer”. Cuando Jesús se encontró con Tomás después de la Resurrección, lo invitó a venir, ver y tocar su cuerpo resucitado. Pero luego dijo: “¡Dichosos los que no vieron y creyeron!” (Juan 20:29).

“Dios nunca nos exige que creamos sin darnos suficiente evidencia sobre la cual fundar nuestra fe. Su existencia, su carácter, la veracidad de su Palabra, todas estas cosas están establecidas por abundantes testimonios que apelan a nuestra razón. Sin embargo, Dios no ha quitado toda posibilidad de dudar. N uestra fe debe reposar sobre evidencias, no sobre demostraciones” (Elena G. de White, El camino a Cristo, p. 105).

A través de la Palabra de Dios, de la Creación y de la experiencia personal, se nos ha dado una asombrosa cantidad de evidencia para nuestra fe en Jesús.

Si alguien te preguntara por qué crees en Jesús, ¿qué responderías?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Cuando Cristo se encontró por primera vez con los discípulos en el aposento alto, Tomás no estaba con ellos. Oyó el informe de los demás y recibió abundantes pruebas de que Jesús había resucitado; pero la lobreguez y la incredulidad llenaban su alma. El oír a los discípulos hablar de las maravillosas manifestaciones del Salvador resucitado no hizo sino sumirlo en más profunda desesperación. Si Jesús hubiese resucitado realmente de los muertos no podía haber entonces otra esperanza de un reino terrenal. Y hería su vanidad el pensar que su Maestro se revelase a todos los discípulos excepto a él. Estaba resuelto a no creer, y por una semana entera reflexionó en su condición, que le parecía tanto más obscura en contraste con la esperanza y la fe de sus hermanos (El Deseado de todas las gentes, p. 747).

Nuestro Salvador no tiene palabras de encomio para los que, en estos últimos días, son de corazón lento para creer, como tampoco elogió al dudoso Tomás, quien alardeaba de que no creería en las pruebas que los discípulos referían, y a las que ellos daban crédito, de que Cristo se había ciertamente levantado de entre los muertos y se les había aparecido. Dijo Tomás: «Si no viere en sus manos la señal de los clavos»… «y metiere mi mano en su costado, no creeré». Juan 20:25. Cristo le brindó a Tomás la evidencia que había dicho que necesitaba; pero le reprochó: «No seas incrédulo, sino creyente». Tomás reconoció que había sido convencido. Jesús le dijo: «Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron» (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 613).

Muchos aficionados a la duda se disculpan diciendo que si tuviesen las pruebas que Tomás recibió de sus compañeros, creerían. No comprenden que no solamente tienen esa prueba, sino mucho más. Muchos que, como Tomás, esperan que sea suprimida toda causa de duda, no realizarán nunca su deseo. Quedan gradualmente confirmados en la incredulidad. Los que se acostumbran a mirar el lado sombrío, a murmurar y quejarse, no saben lo que hacen. Están sembrando las semillas de la duda, y segarán una cosecha de duda. En un tiempo en que la fe y la confianza son muy esenciales, muchos se hallarán así incapaces de esperar y creer.

En el trato que concedió a Tomás, Jesús dio una lección para sus seguidores. Su ejemplo demuestra cómo debemos tratar a aquellos cuya fe es débil y que dan realce a sus dudas. Jesús no abrumó a Tomás con reproches ni entró en controversia con él. Se reveló al que dudaba. Tomás había sido irrazonable al dictar las condiciones de su fe, pero Jesús, por su amor y consideración generosa, quebrantó todas las barreras. La incredulidad queda rara vez vencida por la controversia. Se pone más bien en guardia y halla nuevo apoyo y excusa. Pero revélese a Jesús en su amor y misericordia como el Salvador crucificado, y de muchos labios antes indiferentes se oirá el reconocimiento de Tomás: «¡Señor mío, y Dios mío!» (El Deseado de todas las gentes, p. 748).


Jueves 14 de noviembre______________________________________________

NUESTRO TESTIMONIO EN FAVOR DE JESÚS

Una y otra vez, cuando Juan presenta testigos de Jesús, su objetivo es llevarnos a una conclusión contundente: “También hizo Jesús muchas otras señales, en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro. Pero estas fueron escritas para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengan vida por medio de él” (Juan 20:30, 31).

Imagina lo que significó ser testigo presencial de los milagros de Jesús. De haber estado allí, estaríamos entre quienes creyeron, ¿verdad? Sin embargo, nuestras razones para creer en Jesús son mayores que las de quienes presenciaron sus milagros.

¿Por qué? ¿Con qué cosas contamos hoy que no tenían quienes vivieron en la época de Jesús y que deberían ayudarnos a creer? Ver, por ejemplo, Mateo 24:2, 6 al 8 y 14.

Mateo 24:2, 6-8 y 14

Respondiendo él, les dijo: ¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.

Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores.

14 Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.

No solo contamos con los poderosos relatos del Evangelio de Juan, sino también tenemos la gran ventaja de ver cómo se cumplió mucho de lo que Jesús y otros escritores bíblicos predijeron, como la destrucción del Templo (Mat. 24:2), la proclamación del evangelio a todo el mundo (Mat. 24:14), la gran apostasía (2 Tes. 2:3), y que el mundo continúa siendo un lugar caído y malvado (Mat. 24:6-8). Durante toda la vida y el ministerio de Jesús, sus seguidores siguieron siendo un pequeño y perseguido grupo de hombres y mujeres que, según todos los criterios humanos, deberían haber desaparecido de la historia hacía mucho tiempo. A diferencia de nosotros, ¿cómo podrían haber sabido que todas estas cosas sucederían? De hecho, nuestra propia fe es el cumplimiento de la profecía de Jesús según la cual el evangelio llegaría a todo el mundo.

Hoy, unos dos mil años después, también nosotros, como seguidores de Jesús, tenemos el privilegio de dar testimonio de Jesús y de lo que él ha hecho por nosotros. No es por los dichos de Natanael, Nicodemo, la mujer de Samaria o las enseñanzas de los fariseos que podemos conocer a Jesús como el Mesías. Es por la lectura de las Escrituras y la convicción producida por el Espíritu Santo que aceptamos a Jesús como el Salvador del mundo.

Cada uno de nosotros, a nuestra manera y a partir de nuestra propia relación con Dios, podemos tener una historia que contar. Puede ser que nuestra historia no sea tan espectacular como la resurrección de un muerto o la restauración de un ciego de nacimiento, pero lo que importa es que conozcamos a Jesús personalmente y demos testimonio de él como lo hicieron los testigos registrados en el Evangelio de Juan.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Contemplando el destino de la ciudad que tanto había amado, el alma de Jesús lamentaba la niña de sus cuidados. El amor no correspondido quebrantó el corazón del Hijo de Dios. Poco se imaginaba la multitud el dolor que embargaba el espíritu de Aquel a quien adoraban. Veían sus lágrimas y oían sus gemidos… pero no podían comprender el significado de su lamento por Jerusalén. Mientras tanto, los gobernantes de Jerusalén han recibido informes de que Jesús se aproxima a la ciudad con un gran concurso de gente. Salen con temor a su encuentro, esperando dispersar la multitud por causa de su propia autoridad.

Cuando la procesión está por descender del monte de las Olivas, los gobernantes la interceptan. Inquieren la causa del tumultuoso regocijo. Cuando preguntan: «¿Quién es este?» los discípulos, llenos de inspiración, contestan. En elocuentes acordes repiten las profecías concernientes a Cristo: Adán os dirá: Esta es la simiente de la mujer, que herirá la cabeza de la serpiente. Preguntadle a Abraham, quien os dirá: Es «Melquisedec, rey de Salem», rey de paz. Jacob os dirá: Es Shiloh, de la tribu de Judá… Daniel te dirá, Él es el Mesías. Oseas te dirá, Él es «Dios de los ejércitos; Jehová es su nombre.». Oseas 12:5. Juan el Bautista te dirá, Él es «el Cordero de Dios, quien quita el pecado del mundo». Juan 1:29. El gran Jehová ha proclamado desde Su trono, «Este es mi Hijo amado». Mateos 3:17. Nosotros, Sus discípulos, diremos, Este es Jesús, el Mesías, el Príncipe de vida, el Redimido del mundo (The Spirit of Prophecy, t. 2, p. 395; parcialmente en El Deseado de todas las gentes, pp. 531, 532).

Tenemos los grandes principios de la salvación revelados en la Palabra de Dios, que tratan de nuestro bienestar eterno, y nuestras propias almas deberían estar encendidas con el amor de Dios. Deberíamos estar prestos a proclamar sus alabanzas. Cristo debe morar en nuestros corazones mediante la fe, a fin de poder aprender de él y ser colaboradores suyos. Debemos ir unidos, decididos, con la ayuda de Dios, a dar testimonio de su gloria en cada acto de nuestra vida (The Review and Herald, 22 de octubre, 1889, párrafo 10).

Tenemos una obra importantísima que hacer: la obra de obedecer a Cristo y dar testimonio de él. Dijo a sus discípulos: «Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio». Los discípulos habían de ser honrados dando testimonio de la misión de Cristo. Habían estado con él constantemente y habían adquirido un conocimiento valiosísimo para impartir a los demás. Nosotros no podemos estar con Cristo presencialmente como lo estuvieron sus primeros discípulos, pero él ha enviado a su Espíritu Santo para guiarnos a toda la verdad, y por medio de este poder nosotros también podemos dar testimonio del Salvador (The Gospel Herald, 10 de agosto, 1900, párrafo 2).


Viernes 15 de noviembre_____________________________________________

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:

Lee en Patriarcas y profetas, de Elena G. de White, el capítulo “La prueba de la fe” (pp. 141-151); y en El Deseado de todas las gentes, de la misma autora, el capítulo “En el tribunal de Pilato” (pp. 671-689).

“Entonces Tomás exclamó: ‘¡Señor mío y Dios mío!’ ” (Juan 20:28).

“Jesús aceptó este reconocimiento, pero reprendió suavemente su incredulidad: ‘Porque me has visto, Tomás, creíste: bienaventurados los que no vieron y creyeron’. La fe de Tomás habría sido más grata a Cristo si hubiese estado dispuesto a creer por el testimonio de sus hermanos. Si el mundo siguiese ahora el ejemplo de Tomás, nadie creería en la salvación; porque todos los que reciben a Cristo deben hacerlo por el testimonio de otros.

“Muchos aficionados a la duda se disculpan diciendo que si tuviesen las pruebas que Tomás tuvo de sus compañeros creerían. No se dan cuenta de que no solo tienen esa evidencia, sino mucho más. Muchos que, como Tomás, esperan que sea suprimida toda causa de duda, jamás obtendrán su deseo. Gradualmente quedan confirmados en la incredulidad. Los que se acostumbran a mirar el lado sombrío, a murmurar y quejarse, no saben lo que hacen. Están sembrando las semillas de la duda, y segarán una cosecha de duda. En un tiempo en que la fe y la confianza son muy esenciales, muchos se hallarán así incapaces de esperar y creer” (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 748).

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

  1. ¿Cuál fue la diferencia esencial entre las expresiones de fe de Abraham y Tomás? ¿Qué podemos aprender de sus historias?
  2. Demos voluntariamente testimonio acerca de Jesús en la clase siguiendo el ejemplo de los testigos presentados en el Evangelio de Juan. Aunque esos relatos difieren, ¿qué dice allí la gente y cómo testifican todos acerca del mismo Señor?
  3. Pilato hizo una pregunta muy filosófica: “¿Qué es la verdad?” Da tu respuesta a esa pregunta a la luz de todo lo que hemos estudiado en el Evangelio de Juan.
  4. Observa las profecías de Daniel 2 y 7. Aunque quienes vivían en la época de Jesús disponían de esos dos capítulos, ¿qué gran ventaja tenemos hoy, a diferencia de ellos, gracias al cumplimiento de esas profecías y en cuanto a nuestras razones para creer?