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Escuela Sabática Para Maestros

Material Auxiliar Para Maestros de Escuela Sabatica

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Uniendo el cielo y la tierra. Cristo en Filipenses y Colosenses

1er Trimestre de 2026


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https://citasselectasdelespiritudeprofecia.com/


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LECCIONES FUTURAS DE ESCUELA SABÁTICA

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2025 El Amor de Dios y su Justicia Cómo Estudiar la Profecía-Inspiración Éxodo Josué
2026 Colosenses – Filipenses Cómo estar en una Relación con Dios 1 y 2 Corintios El Don de Profecía
2027 Mayordomía Vida y Enseñansas de Jesús Profecías Apocalípticas Hermenéuticas
2028
2029

Lección 12: Para el 22 de marzo de 2025

AMOR Y JUSTICIA: LOS DOS MANDAMIENTOS MÁS IMPORTANTES

Sábado 15 de marzo____________________________________________________

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Mateo 22: 34–40; Zacarías 7: 9–12; Salmo 82; Miqueas 6: 8; Mateo 23: 23–30; Lucas 10: 25–37.

PARA MEMORIZAR:

“Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, pero odia a su hermano, es mentiroso, pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Juan 4: 20).

Si bien confiamos en que Dios pondrá finalmente en orden todas las cosas, sigue siendo importante lo que los cristianos hagamos aquí y ahora. Aunque pueden existir muchas injusticias y males que Dios no erradicará en el presente debido a los parámetros del Conflicto Cósmico, esto no significa que no podamos ser utilizados para ayudar a aliviar en lo posible cualquier sufrimiento y mal que encontremos.

Como hemos visto, el amor y la justicia son inseparables. Dios ama la justicia. Por consiguiente, si amamos a Dios, también amaremos la justicia.

Del mismo modo, si amamos a Dios, nos amaremos unos a otros. Parte del amor mutuo consiste en compartir la preocupación por el bienestar de quienes nos rodean. Cuando otros sufren pobreza, opresión o cualquier tipo de injusticia, debemos preocuparnos. Cuando otros son oprimidos, no debemos mirar hacia otro lado. Debemos preguntarnos qué podemos hacer para promover el amor y la justicia de Dios de manera que reflejemos en nuestro estropeado mundo el carácter perfectamente recto y amoroso de nuestro Señor.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

El amor de Juan por su Maestro no era una mera amistad humana; sino que era el amor de un pecador arrepentido, que sentía que había sido redimido por la preciosa sangre de Cristo. Estimaba como el mayor honor trabajar y sufrir en el servicio de su Señor. Su amor por Jesús lo inducía a amar a todos aquellos por quienes Cristo murió. Su religión era práctica. Razonaba que el amor a Dios debía manifestarse en el amor a sus hijos. Se lo oyó reiteradamente diciendo: «Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros». «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» 1 Juan 4:11, 19, 20. La vida del apóstol estaba en armonía con sus enseñanzas. El amor que brillaba en su corazón por Cristo, lo indujo a realizar el más ferviente esfuerzo y la más incansable labor por sus semejantes, especialmente por sus hermanos en la iglesia cristiana. Era un poderoso predicador, ferviente y profundo en su sinceridad, y sus palabras llevaban consigo el peso de la convicción (La edificación del carácter, pp. 51, 52).

Si amamos a Dios de todo nuestro corazón, debemos amar también a sus hijos. Este amor es el Espíritu de Dios. Es el adorno celestial que da verdadera nobleza y dignidad al alma y asemeja nuestra vida a la del Maestro. Cualesquiera que sean las buenas cualidades que tengamos, por honorables y refinados que nos consideremos, si el alma no está bautizada con la gracia celestial del amor hacia Dios y hacia nuestros semejantes, nos falta verdadera bondad y no estamos listos para el cielo, donde todo es amor y unidad (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 221).

Los siervos de Cristo no han de actuar según los dictados del corazón natural. Necesitan tener una íntima comunión con Dios, no sea que, bajo la provocación, el yo se levante y ellos dejen escapar un torrente de palabras inconvenientes, que disten mucho de ser como el rocío y como las suaves gotas que refrescan las plantas agostadas. Esto es lo que Satanás quiere que hagan; porque estos son sus métodos. Es el dragón el que se aíra, es el espíritu de Satanás el que se revela en la cólera y las acusaciones. Pero los siervos de Dios han de ser representantes suyos. Él desea que trafiquen únicamente con la moneda del cielo, la verdad que lleva su propia imagen e inscripción. El poder por el cual han de vencer al mal es el poder de Cristo. La gloria de Cristo es su fuerza. Han de fijar sus ojos en su hermosura. Entonces podrán presentar el evangelio con tacto y amabilidad divina. Y el espíritu que se mantiene amable bajo la provocación hablará más eficazmente en favor de la verdad que cualquier argumento (El Deseado de todas las gentes, pp. 319, 320).


Domingo 16 de marzo__________________________________________________

LOS DOS MANDAMIENTOS PRINCIPALES

A fin de reflexionar acerca de lo que podemos hacer, individual y colectivamente, para promover el amor y la justicia de Dios en nuestro mundo, conviene comenzar centrándonos en lo que Dios nos ha ordenado.

Lee Mateo 22: 34 al 40. ¿Cómo respondió Jesús a la pregunta del intérprete de la ley?

Mateo 22: 34-40

34 Entonces los fariseos, oyendo que había hecho callar a los saduceos, se juntaron a una. 35 Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: 36 Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? 37 Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. 38 Este es el primero y grande mandamiento. 39 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40 De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.

Según el propio Jesús, el “primero y grande mandamiento” es: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Y luego añadió: “Y el segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”». Sin embargo, estos mandamientos no son los únicos. Jesús enseñó además lo siguiente: “De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mat. 22: 37-40). De hecho, esos dos mandamientos son citados en el Antiguo Testamento.

Lee Mateo 19: 16 al 23. ¿Cómo se relacionan las respuestas de Jesús al joven rico con las que dio al intérprete de la Ley en Mateo 22?

Mateo 19: 16-23

16 Entonces vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna? 17 Él le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. 18 Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. 19 Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 20 El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta? 21 Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. 22 Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. 23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.

Mateo 22

1 Respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo; y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas; mas estos no quisieron venir. Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas. Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios; y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron. Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad. Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos. Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis. 10 Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas de convidados. 11 Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. 12 Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. 13 Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. 14 Porque muchos son llamados, y pocos escogidos. 15 Entonces se fueron los fariseos y consultaron cómo sorprenderle en alguna palabra. 16 Y le enviaron los discípulos de ellos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. 17 Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? 18 Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? 19 Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. 20 Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción? 21 Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. 22 Oyendo esto, se maravillaron, y dejándole, se fueron. 23 Aquel día vinieron a él los saduceos, que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron, 24 diciendo: Maestro, Moisés dijo: Si alguno muriere sin hijos, su hermano se casará con su mujer, y levantará descendencia a su hermano. 25 Hubo, pues, entre nosotros siete hermanos; el primero se casó, y murió; y no teniendo descendencia, dejó su mujer a su hermano. 26 De la misma manera también el segundo, y el tercero, hasta el séptimo. 27 Y después de todos murió también la mujer. 28 En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer, ya que todos la tuvieron? 29 Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios. 30 Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo. 31 Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: 32 Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. 33 Oyendo esto la gente, se admiraba de su doctrina. 34 Entonces los fariseos, oyendo que había hecho callar a los saduceos, se juntaron a una. 35 Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: 36 Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? 37 Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. 38 Este es el primero y grande mandamiento. 39 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40 De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. 41 Y estando juntos los fariseos, Jesús les preguntó, 42 diciendo: ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron: De David. 43 Él les dijo: ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo: 44 Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? 45 Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo? 46 Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más.

¿Qué sucedió aquí? ¿Por qué respondió Jesús a ese hombre como lo hizo? ¿Qué deberían decirnos estos encuentros independientemente de nuestra posición o situación en la vida?

“Cristo presentó las únicas condiciones que pondrían al príncipe donde desarrollaría un carácter cristiano. Sus palabras eran palabras de sabiduría, aunque parecían severas y exigentes. En su aceptación y obediencia estaba la única esperanza de salvación del príncipe. Su posición exaltada y sus bienes ejercían sobre su carácter una sutil influencia para el mal. Si los prefiriese, suplantarían a Dios en sus afectos. El guardar poco o mucho sin entregarlo a Dios sería retener aquello que reduciría su fuerza moral y eficiencia; porque si se aprecian las cosas de este mundo, por inciertas e indignas que sean, llegan a absorberlo todo” (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 491).

Aunque no todos estemos llamados a vender nuestras posesiones, como este joven rico, ¿a qué te estás aferrando que, si no lo dejas, podría poner en riesgo tu salvación eterna?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

El doctor de la ley no estaba satisfecho con la opinión y las obras de los fariseos. Había estado estudiando las Escrituras con el deseo de conocer su significado real. Tenía vital interés en el asunto, y había preguntado con sinceridad: «¿Haciendo qué cosa poseeré la vida eterna?» En su respuesta tocante a los requerimientos de la ley, pasó por alto el cúmulo de preceptos ceremoniales y rituales. No les atribuyó ningún valor, sino que presentó los dos grandes principios de los cuales dependen la ley y los profetas. Esta respuesta, al ser elogiada por Cristo, colocó al Salvador en un terreno ventajoso frente a los rabinos. No podrían condenarle por haber sancionado lo declarado por un expositor de la ley.

«Haz esto, y vivirás», dijo Jesús. Presentó la ley como una unidad divina, enseñando así que es imposible guardar un precepto y quebrantar otro; porque el mismo principio corre por todos ellos. El destino del hombre será determinado por su obediencia a toda la ley. El amor supremo a Dios y el amor imparcial al hombre son los principios que deben practicarse en la vida (El Deseado de todas las gentes, pp. 460, 461).

Cuando este joven príncipe vino a Jesús, su sinceridad y fervor ganaron el corazón del Salvador. «Mirándole, amóle». En este joven vio él a uno que podría ser útil como predicador de justicia. El quería recibir a este noble y talentoso joven tan prestamente como recibió a los pobres pescadores que Io siguieron. Si el joven hubiera consagrado su habilidad a la obra de salvar almas, habría llegado a ser un diligente obrero de éxito para Cristo.

Pero primeramente debía aceptar las condiciones del discipulado. Debía consagrarse a sí mismo sin reservas a Dios. Al llamado del Salvador, Juan, Pedro, Mateo, y sus compañeros, «dejadas todas las cosas, levantándose, le siguieron». Lucas 5:28. La misma consagración se exigió del joven príncipe. Y en esto Cristo no pidió un sacrificio mayor del que él mismo había hecho. «Por amor de vosotros se hizo pobre, siendo rico; para que vosotros por su pobreza fueseis enriquecidos». 2 Corintios 8:9. El joven rico solo tenía que seguir el camino recorrido por Cristo (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 392, 393).

Los que aman a Dios no pueden abrigar odio o envidia. Mientras que el principio celestial del amor eterno llena el corazón, fluirá a los demás, no simplemente porque se reciban favores de ellos, sino porque el amor es el principio de acción y modifica el carácter, gobierna los impulsos, domina las pasiones, subyuga la enemistad y eleva y ennoblece los afectos. Este amor no se reduce a incluir solamente «a mí y a los míos», sino que es tan amplio como el mundo y tan alto como el cielo, y está en armonía con el de los activos ángeles. Este amor, albergado en el alma, suaviza la vida entera, y hace sentir su influencia en todo su alrededor (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 221).


Lunes 17 de marzo_____________________________________________________

LOS DOS MAYORES PECADOS

Según el propio Jesús, los dos mandamientos más importantes son el amor a Dios y el amor a los demás. Obedecer estos mandamientos implica sacrificios que muestren de forma tangible el amor a los demás, lo que realmente significa seguir los pasos de Jesús.

Ahora bien, si los dos mandamientos más grandes son el amor a Dios y el amor a los demás, ¿cuáles son los dos pecados más grandes?

Lee Salmo 135: 13 al 19. ¿Qué revela esto acerca de un pecado común que es destacado a lo largo de las Escrituras?

Salmo 135: 13-19

13 Oh Jehová, eterno es tu nombre; Tu memoria, oh Jehová, de generación en generación. 14 Porque Jehová juzgará a su pueblo, Y se compadecerá de sus siervos. 15 Los ídolos de las naciones son plata y oro, Obra de manos de hombres. 16 Tienen boca, y no hablan; Tienen ojos, y no ven; 17 Tienen orejas, y no oyen; Tampoco hay aliento en sus bocas. 18 Semejantes a ellos son los que los hacen, Y todos los que en ellos confían. 19 Casa de Israel, bendecid a Jehová; Casa de Aarón, bendecid a Jehová;

El Antiguo Testamento subraya continuamente la importancia del amor a Dios por encima de todo (ver Deut. 6: 5). Esto está estrechamente relacionado con el gran pecado de la idolatría, que es lo opuesto al amor a Dios.

Lee Zacarías 7: 9 al 12. Según el profeta Zacarías en este pasaje, ¿qué condena Dios? ¿Cómo se relacionan esto y el pecado de idolatría con los dos grandes mandamientos?

Zacarías 7: 9-12

Así habló Jehová de los ejércitos, diciendo: Juzgad conforme a la verdad, y haced misericordia y piedad cada cual con su hermano; 10 no oprimáis a la viuda, al huérfano, al extranjero ni al pobre; ni ninguno piense mal en su corazón contra su hermano. 11 Pero no quisieron escuchar, antes volvieron la espalda, y taparon sus oídos para no oír; 12 y pusieron su corazón como diamante, para no oír la ley ni las palabras que Jehová de los ejércitos enviaba por su Espíritu, por medio de los profetas primeros; vino, por tanto, gran enojo de parte de Jehová de los ejércitos.

La idolatría no es lo único a lo que Dios responde con la ira del amor, sino también al maltrato contra su pueblo, ya sea individual o corporativamente. Dios se enoja ante la injusticia porque él es amor.

Los dos grandes pecados enfatizados a lo largo del Antiguo Testamento son faltas relacionadas con los dos grandes mandamientos: el de amar a Dios y el de amar a los demás. Los dos grandes pecados consisten en la ausencia de amor. En resumen, no se pueden cumplir los mandamientos si no se ama a Dios y a los demás.

De hecho, 1 Juan 4: 20 y 21 afirma: “Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, pero odia a su hermano, es mentiroso, pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: “El que ama a Dios, ame también a su hermano”».

¿Cómo puedes explicar por qué el amor a Dios no puede separarse del amor a los demás? ¿Cómo entiendes este vínculo inquebrantable?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Muchos que llevan el nombre de cristianos sirven a otros dioses además del Señor. Nuestro Creador demanda nuestra dedicación suprema, nuestra primera lealtad. Cualquier cosa que tienda a disminuir nuestro amor por Dios o que interfiera con el servicio que le debemos, se convierte en un ídolo. Los ídolos de algunos son sus tierras, sus casas, sus mercaderías. Las actividades comerciales se emprenden con celo y energía, mientras que se deja en segundo plano el servicio de Dios. Se 74 descuida el culto familiar, se olvida la oración secreta. Muchos argumentan que su trato con sus prójimos es justo, y creen que al proceder así han cumplido todo su deber. Pero no es suficiente guardar los últimos seis mandamientos del Decálogo. Tenemos que amar al Señor nuestro Dios con todo el corazón. Nada inferior a la obediencia a cada precepto —nada que sea menos que el amor supremo a Dios y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos— puede satisfacer las demandas de la ley divina (Comentarios de Elena G. de White, en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 2, pp. 1005, 1006).

El enemigo sabe muy bien que si no tenemos amor mutuo, puede alcanzar su objetivo, y herir y debilitar la iglesia, al provocar diferencias entre los hermanos. Los puede inducir a sospechar el mal, a hablar del mal, a acusar, condenar y aborrecerse. De esta manera se deshonra la causa de Dios, se arroja baldón sobre el nombre de Cristo, y se le hace un daño indecible a las almas de los hombres…

No es la oposición del mundo lo que nos va a poner en mayor peligro; es el mal albergado en nuestro seno lo que provoca nuestros más graves desastres. Es la vida carente de consagración, de los medio convertidos, lo que atrasa la obra de la verdad y arroja sombras sobre la iglesia de Dios (Cada día con Dios, p. 163).

Grabemos en la mente el hecho de que la misericordia y el amor del Señor deben manifestarse a los hijos de Dios. Busquemos por cielo y tierra, y no encontraremos otra verdad más definidamente revelada que la que se manifiesta en misericordia precisamente para los que necesitan su simpatía a fin de quebrantar todo yugo y dejar en libertad a los oprimidos. De ese modo la verdad se vive, la verdad se obedece, la verdad se enseña…

Hay mucha verdad que se profesa, pero la que se práctica al aliviar las necesidades de nuestros semejantes ejerce una enorme influencia, llega hasta el cielo y abarca la eternidad. Toda alma que habita este mundo está sometida a juicio; la experiencia de cada ser humano, la historia común de la vida nos dice en términos inconfundibles si pone en práctica las palabras y las obras de Cristo. Constantemente se repiten una cantidad de cosas que solo Dios ve; aplicar a esas cosas los principios de la verdad producirá una preciosa recompensa. Casi todos son capaces de reconocer las cosas grandes e importantes, pero su vinculación con lo que se supone son los aspectos menos importantes de la vida, de manera que se los pueda ver como una unidad, es algo que los profesos cristianos hacen muy pocas veces. La religión es demasiado profesión, y demasiado poca realidad (Cada día con Dios, p. 222).


Martes 18 de marzo____________________________________________________

DIOS AMA LA JUSTICIA

Las Escrituras declaran que Dios ama la justicia y odia el mal (por ejemplo, Sal. 33: 5; Isa. 61: 8), lo que despierta en él una justa indignación en favor de toda víctima de la injusticia. A lo largo del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, Dios muestra constantemente su amor y cuidado por los oprimidos, al tiempo que expresa su justa ira contra los victimarios y opresores.

Lee Salmo 82. ¿Cómo expresa este salmo la preocupación de Dios por la justicia en este mundo? ¿Qué significa esto para nosotros?

Salmo 82

1 Dios está en la reunión de los dioses; En medio de los dioses juzga. ¿Hasta cuándo juzgaréis injustamente, Y aceptaréis las personas de los impíos? Selah Defended al débil y al huérfano; Haced justicia al afligido y al menesteroso. Librad al afligido y al necesitado; Libradlo de mano de los impíos. No saben, no entienden, Andan en tinieblas; Tiemblan todos los cimientos de la tierra. Yo dije: Vosotros sois dioses, Y todos vosotros hijos del Altísimo; Pero como hombres moriréis, Y como cualquiera de los príncipes caeréis. Levántate, oh Dios, juzga la tierra; Porque tú heredarás todas las naciones.

Según muchos comentaristas, este pasaje condena a los gobernantes terrenales responsables de la injusticia en la sociedad y se refiere también al juicio futuro del que Dios hará objeto a los gobernantes celestiales, los “dioses” (es decir, las fuerzas demoníacas) que están detrás de los jueces y los gobernantes terrenales corruptos. En este salmo se pregunta específicamente a los gobernantes: “¿Hasta cuándo ustedes juzgarán con injusticia, y tratarán como inocentes a los impíos?” (Sal. 82: 2, RVC).

Además, se les pide: “¡Defiendan a los pobres y a los huérfanos! ¡Hagan justicia a los afligidos y a los menesterosos! ¡Liberen a los afligidos y a los necesitados! ¡Pónganlos a salvo del poder de los impíos!” (Sal. 82: 3, 4, RVC). Aquí y en otros lugares, los profetas del Antiguo Testamento hacen un claro llamado a la justicia. No se trata de una preocupación secundaria de las Escrituras, sino que ocupa un lugar central en el mensaje de los profetas de todo el Antiguo Testamento y en lo que Jesús dijo durante su ministerio terrenal.

No es ningún secreto lo que Dios desea y exige de quienes pretenden amarlo y obedecerlo. Lo especifica muy claramente en Miqueas 6: 8 (y en pasajes similares en otros lugares): “Hombre, él te ha declarado lo que es bueno, lo que pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios”.

Este principio se repite en toda la Escritura. Por ejemplo, Jesús dijo: “En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos, si se aman unos a otros” (Juan 13: 35, RVC; compara con 1 Juan 4: 8-16).

¿Cómo serían nuestras familias e iglesias si nos centráramos en Miqueas 6: 8 y lo pusiéramos en práctica? Sea cual fuere el contexto en el que te encuentres, ¿cómo podrías aplicar y manifestar mejor estos principios?

Miqueas 6: 8

Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Cristo vino para dar al mundo un ejemplo de lo que podría ser la humanidad perfecta unida con la divinidad. Presentó al mundo una nueva fase de la grandeza cuando exhibió su misericordia, compasión y amor. Dio a los hombres una nueva interpretación de Dios. Como cabeza de la humanidad, enseñó a los hombres lecciones en la ciencia del gobierno divino, por las cuales reveló la rectitud de la reconciliación de la misericordia y la justicia. La reconciliación de la misericordia y la justicia no implicaban ninguna transigencia con el pecado ni ignorar ninguna demanda de la justicia, sino que dando su lugar debido a cada atributo divino, se podía ejercer la misericordia en el castigo del hombre pecaminoso e impenitente sin destruir la clemencia de la reconciliación ni perder su carácter compasivo, y la justicia se podía ejercer al perdonar al transgresor arrepentido sin violar su integridad (Mensajes selectos, t. 1, p. 305).

Que los que ocupan puestos de importancia se desprendan del espíritu inmisericorde que tanto ofende a Dios. Justicia y juicio son el cimiento de su trono. No suponga nadie que Dios ha dado a los hombres el poder para regir a sus prójimos. El no aceptará el servido de ningún hombre que dañe y desanime la heredad de Cristo. Ahora es el tiempo para que cada uno se autoexamine, se pruebe a sí mismo, a fin de que pueda ver si está en la fe. Investigad íntimamente los motivos que os mueven a la acción. Estamos ocupados en la obra del Altísimo. No entretejamos en la trama de nuestra obra una sola hebra de egoísmo (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 3, pp. 1167, 1168).

«En esto conocerán todos que sois mis discípulos —dijo Jesús si tuviereis amor los unos con los otros». Cuando los hombres no están vinculados por la fuerza o los intereses propios, sino por el amor, manifiestan la obra de una influencia que está por encima de toda influencia humana. Donde existe esta unidad, constituye una evidencia de que la imagen de Dios se está restaurando en la humanidad, que ha sido implantado un nuevo principio de vida. Muestra que hay poder en la naturaleza divina para resistir a los agentes sobrenaturales del mal, y que la gracia de Dios subyuga el egoísmo inherente en el corazón natural.

Este amor, manifestado en la iglesia, despertará seguramente la ira de Satanás. Cristo no trazó a sus discípulos una senda fácil. «Si el mundo os aborrece —dijo—, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; mas porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso os aborrece el mundo. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: No es el siervo mayor que su Señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros perseguirán: si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Mas todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado». El evangelio ha de ser proclamado mediante una guerra agresiva, en medio de oposición, peligros, pérdidas y sufrimientos. Pero los que hacen esta obra están tan solo siguiendo los pasos de su Maestro (Exaltad a Jesús, p. 292).


Miércoles 19 de marzo__________________________________________________

LLAMADOS A ESTABLECER LA JUSTICIA

Los profetas bíblicos subrayan continuamente el llamado de Dios a practicar la justicia en la sociedad. Las Escrituras no se amedrentan a la hora de poner de relieve cuestiones de injusticia y opresión. De hecho, la exhortación de Dios a traer el juicio era en sí misma el llamado divino a establecer la justicia.

Por ejemplo, el profeta Isaías no titubea a la hora de hablar de la injusticia en el Israel de su época. Sus palabras y su llamamiento a la justicia deberían resonar de manera clara y rotunda en nuestros oídos hoy: “Aprended a hacer el bien, buscad el derecho, socorred al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda” (Isa. 1: 17). Además, proclama “ay” contra los que “dictan leyes injustas […] para apartar del juicio a los pobres” (Isa. 10: 1, 2), advirtiendo: “¿Qué haréis en el día del castigo? ¿A quién os acogeréis para que os ayude cuando llegue de lejos el desastre?” (Isa. 10: 3).

Asimismo, el profeta Jeremías proclama el siguiente mensaje de Dios: “¡Ay del que edifica su casa sin justicia y sus salas sin equidad, sirviéndose de su prójimo de balde, sin darle el salario de su trabajo! […] ¿No comió y bebió tu padre, y actuó conforme al derecho y la justicia, y le fue bien? Él juzgó la causa del afligido y del necesitado, y le fue bien. ¿No es esto conocerme a mí?, dice Jehová” (Jer. 22: 13, 15, 16).

Lee Mateo 23: 23 al 30. ¿Qué enseña Jesús aquí sobre lo que es más importante? ¿Qué crees que quiere decir cuando se refiere a “lo más importante”?

Mateo 23: 23-30

23 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello. 24 ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello! 25 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. 26 ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio. 27 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. 28 Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad. 29 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos, 30 y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas.

La injusticia no era una preocupación exclusiva de los profetas del Antiguo Testamento, ya que vemos claramente aquí y en otras partes del ministerio de Jesús que esto era de suma importancia para Cristo mismo. Como él dice: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque diezmáis la menta, el anís y el comino, y dejáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mat. 23: 23). En el pasaje paralelo de Lucas, Jesús se lamenta de que pasan “por alto la justicia y el amor de Dios” (Luc. 11: 42).

¿Cómo cambiaría tu perspectiva si hoy te enfocaras en “lo más importante”, en lugar de en el diezmo de “la menta, el anís y el comino” en lo que podrías estar enfocado?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Los verdaderos adoradores de Dios obrarán las obras de Cristo. Serán liberales con los necesitados; no apartarán al pobre de su derecho, ni inventarán una excusa para evitar ayudar a los que necesitan ayuda; amarán a su prójimo como a sí mismos, no escondiéndose de su propio pariente, sino considerando la condición del pobre, del huérfano y de la viuda; no se apropiarán de ninguna porción de las justas ganancias de los que estén bajo su control. «No oprimirás al jornalero pobre y menesteroso, ya sea de tus hermanos o de los extranjeros que habitan en tu tierra dentro de tus ciudades. En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo; pues es pobre, y con él sustenta su vida; para que no clame contra ti a Jehová, y sea en ti pecado». Deuteronomio 24:14, 15…

«Y vino palabra de Jehová a Zacarías, diciendo: Así habló Jehová de los ejércitos, diciendo: Juzgad conforme a la verdad, y haced misericordia y piedad cada cual con su hermano; no oprimáis a la viuda, al huérfano, al extranjero ni al pobre; ni ninguno piense mal en su corazón contra su hermano». Zacarías 7:8-10 (The Home Missionary, 10 de julio, 1891).

Leed las palabras de Cristo que se hallan en (Mateo 23:23): «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello». Estas denuncias se dan como una amonestación a todos aquellos que «por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad». Ellos dicen: Estamos decididos a hacer todas estas cosas. Dicen también: «Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas. Así que —dijo Jesús dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas». ¡Qué lecciones encontramos aquí! ¡Cuán terribles y decisivas! Jesús dijo: «Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad». Esta profecía fue literalmente cumplida por los judíos en la forma de tratar a Jesús y a los mensajeros que Dios les envió. ¿Seguirán los hombres en estos últimos días el ejemplo de aquellos a quienes Cristo condenó? (Testimonios para los ministros, p. 79).

Jesús no era comprendido por sus hermanos, porque no era como ellos. Sus normas no eran las de ellos. Al mirar a los hombres, se habían apartado de Dios, y no tenían su poder en su vida. Las formas religiosas que ellos observaban, no podían transformar el carácter. Pagaban el diezmo de «la menta y el eneldo y el comino», pero omitían «lo más grave de la ley, es a saber, el juicio y la misericordia y la fe»

Mateo 23:23. El ejemplo de Jesús era para ellos una continua irritación. El no odiaba sino una cosa en el mundo, a saber, el pecado. No podía presenciar un acto malo sin sentir un dolor que le era imposible ocultar. Entre los formalistas, cuya apariencia santurrona ocultaba el amor al pecado, y un carácter en el cual el celo por la gloria de Dios ejercía la supremacía, el contraste era inequívoco. Por cuanto la vida de Jesús condenaba lo malo, encontraba oposición tanto en su casa como fuera de ella. Su abnegación e integridad eran comentadas con escarnio. Su tolerancia y bondad eran llamadas cobardía (El Deseado de todas las gentes, p. 67).


Jueves 20 de marzo____________________________________________________

¿QUIÉN ES MI PRÓJIMO?

En el relato de Lucas, justo después de que Jesús declaró cuáles son los dos mandamientos más importantes –el amor a Dios y el amor al prójimo–, un intérprete de la ley, “queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”“ (Luc. 10: 29). En respuesta a esto, Jesús contó la ya familiar, pero entonces impactante, parábola del buen samaritano.

Lee la parábola del buen samaritano en Lucas 10: 25 al 37. ¿Qué dice este pasaje a la luz del clamor de los profetas en favor de la misericordia y la justicia, y de los tipos de injusticias que diferentes grupos de personas han infligido a su prójimo a lo largo de la historia?

Lucas 10: 25-37

25 Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? 26 Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? 27 Aquel, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. 28 Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás. 29 Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? 30 Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. 31 Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. 32 Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. 33 Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; 34 y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. 35 Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. 36 ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? 37 Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.

Jesús no se limitó a hablar de justicia, sino que vino a traerla. Él fue y será el cumplimiento del llamado y el anhelo profético de justicia (ver Luc. 4: 16-21 a la luz de Isa. 61: 1, 2). Él es el Deseado de todas las naciones, especialmente de quienes reconocen su necesidad de liberación.

En contraste directo con el Enemigo, que se aferraba al poder y trataba de usurpar el Trono de Dios, Jesús “se humilló a sí mismo” y se identificó con quienes estaban bajo el pecado (sin ceder al pecado), la injusticia y la opresión, y derrotó al Enemigo entregándose por amor para establecer la justicia como aquel que es justo y el que justifica a todos los que creen. ¿Cómo podemos afirmar que nos preocupa la Ley por la que Cristo murió si no nos preocupa lo que Cristo llama “lo más importante de la Ley”?

Salmo 9: 8 y 9 proclama: “Él juzgará al mundo con justicia y a los pueblos con rectitud. Jehová será refugio del pobre, refugio para el tiempo de angustia”. Asimismo, Salmo 146: 7 al 9 añade que Dios es el “que hace justicia a los agraviados, que da pan a los hambrientos. Jehová liberta a los cautivos; Jehová abre los ojos a los ciegos; Jehová levanta a los caídos; Jehová ama a los justos. Jehová guarda a los extranjeros; al huérfano y a la viuda sostiene, y el camino de los impíos trastorna”.

¿Podría la Palabra de Dios ser aún más clara acerca de cómo debemos ayudar a los necesitados y sufrientes que nos rodean?

¿Qué podemos aprender de la vida y el ministerio de Jesús acerca de cómo ayudar a los necesitados? Aunque no podamos hacer milagros como él, ¿cómo podría nuestra ayuda ser vista como un “milagro” para aquellos que sufren?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Muchos son los que han desmayado y están desanimados en la gran lucha de la vida, cuando una palabra de bondadoso estímulo los hubiera fortalecido para vencer. Nunca debemos pasar junto a un alma que sufre sin tratar de impartirle el consuelo con el cual somos nosotros consolados por Dios.

Todo esto no es sino el cumplimiento del principio de la ley —el principio ilustrado en la historia del buen samaritano y manifestado en la vida de Jesús. Su carácter revela el verdadero significado de la ley, y muestra qué es amar al prójimo como a nosotros mismos. Y cuando los hijos de Dios manifiestan misericordia, bondad y amor hacia todos los hombres, también atestiguan el carácter de los estatutos del cielo. Dan testimonio de que «la ley de Jehová es perfecta, que vuelve el alma»  Salmo 19:7. Y cualquiera que deja de manifestar este amor viola la ley que profesa reverenciar. Por el sentimiento que manifestamos hacia nuestros hermanos, declaramos cuál es nuestro sentimiento hacia Dios. El amor de Dios en el corazón es la única fuente de amor al prójimo. «Si alguno dice, Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Porque el que no ama a su hermano al cual ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» Amados, «si nos amamos unos a otros, Dios está en nosotros, y su amor es perfecto en nosotros». 1 Juan 4:20, 12 (El Deseado de todas las gentes, p. 466).

Las características más necesarias, y que deben atesorar los que respetan los mandamientos de Dios, son la paciencia y la perseverancia, la paz y el amor. Cuando falta el amor, ocurre una pérdida irreparable; las personas se alejarán de la verdad aun cuando se hayan relacionado con la causa de Dios. Nuestros hermanos que ocupan puestos de responsabilidad y que ejercen poderosa influencia, deberían recordar las palabras del apóstol Pablo inspiradas por el Espíritu Santo: «Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación. Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban cayeron sobre mí». Romanos 15:1-3 (Testimonios para la iglesia, t. 6, pp. 397, 398).

Por muy noble que sea lo profesado por aquel cuyo corazón no está lleno del amor a Dios y a sus semejantes, no es verdadero discípulo de Cristo. Aunque posea gran fe y tenga poder aun para obrar milagros, sin amor su fe será inútil. Podrá desplegar gran liberalidad; pero si el motivo es otro que el amor genuino, aunque dé todos sus bienes para alimentar a los pobres, la acción no le merecerá el favor de Dios. En su celo podrá hasta afrontar el martirio, pero si no obra por amor, será considerado por Dios como engañado entusiasta o ambicioso hipócrita.

«La caridad es sufrida, es benigna: la caridad no tiene envidia, la caridad no hace sinrazón, no se ensancha». El gozo más puro surge de la más profunda humildad. Los caracteres más fuertes y nobles están edificados sobre el fundamento de la paciencia, el amor y la sumisión a la voluntad de Dios (Los hechos de los apóstoles, pp. 256, 257).


Viernes 21 de marzo____________________________________________________

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:

Lee el capítulo titulado “El sábado” en las páginas 253 a 260 del libro El Deseado de todas las gentes, de Elena G. de White.

“Los espías no se atrevían a contestar a Jesús en presencia de la multitud, por temor a meterse en dificultades. Sabían que él había dicho la verdad. Más bien que violar sus tradiciones, estaban dispuestos a dejar sufrir a un hombre, mientras que aliviarían a un animal por causa de la pérdida que sufriría el dueño si lo descuidaban. Así manifestaban mayor cuidado por un animal que por el hombre, que fue hecho a la imagen de Dios. Esto ilustra el resultado de todas las religiones falsas. Tienen su origen en el deseo del hombre de exaltarse por encima de Dios, pero llegan a degradar al hombre por debajo del nivel de los brutos. Toda religión que combate la soberanía de Dios, defrauda al hombre de la gloria que le fue concedida en la creación, y que ha de serle devuelta en Cristo. Toda religión falsa enseña a sus adeptos a descuidar los menesteres, sufrimientos y derechos de los hombres. El evangelio concede alto valor a la humanidad como adquisición hecha por la sangre de Cristo, y enseña a considerar con ternura las necesidades y desgracias del hombre. El Señor dice: “Haré más precioso que el oro fino al varón, y más que el oro de Ofir al hombre” (Isa. 13: 12).

“Cuando Jesús preguntó a los fariseos si era lícito hacer bien o mal en sábado, salvar la vida o matar, les hizo confrontar sus propios malos deseos. Con acerbo odio ellos deseaban matarle mientras él estaba salvando vidas e impartiendo felicidad a muchedumbres. ¿Era mejor matar en sábado, según se proponían ellos hacer, que sanar a los afligidos como lo había hecho él? ¿Era más justo tener homicidio en el corazón en el día santo, que tener hacia todos un amor que se expresara en hechos de misericordia?” (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 258).

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

  1. ¿Por qué y cómo es cierto que “toda religión falsa enseña a sus adeptos a descuidar los menesteres, los sufrimientos y los derechos de los hombres”? ¿Qué medidas podemos tomar para evitar esa indiferencia en nuestras iglesias y fuera de ellas?
  2. ¿Quién es mi prójimo? ¿Quién es tu prójimo? ¿En qué aspectos prácticos deberíamos los seguidores de Cristo parecernos más al samaritano que traspuso los límites impuestos por la sociedad de sus días para actuar con amor?
  3. Si Dios ama la justicia y la misericordia, ¿cómo deberíamos actuar de acuerdo con lo que más le importa a él? ¿Cómo podemos centrarnos más en lo que Jesús llamó “lo más importante de la Ley”?
  4. Cuando pensamos y hablamos acerca del Juicio, ¿hacemos hincapié en que Jesús se refirió principalmente al tema en términos de si amamos activamente a los demás y en qué medida, particularmente a los oprimidos? Reflexiona acerca de ello a la luz de Mateo 25: 31 al 46.