Contratiempos
Marcos 4:35–41 · 5:21–34 · Romanos 5:3–5 · Job 19:23–27 · 23:8–12 · Lucas 24:13–27 · Romanos 8:18, 28
Introducción
Cierta jovencita caminaba hacia su casa al atardecer cuando se desató una fuerte tormenta. Aceleró el paso pues aún le quedaba camino por recorrer. Una gota de lluvia cayó sobre su mejilla, luego otra y, antes de que se diera cuenta, estaba empapada. Comenzó entonces a correr hasta que llegó a su casa y abrió súbitamente la puerta. Su padre se apresuró a cubrirla con una manta. Mientras lo hacía, le dijo: «Te vi por la ventana cuando comenzaba a llover. ¿Por qué con cada relámpago dejabas de correr, mirabas hacia arriba y sonreías?».
«Me detenía para mirar hacia arriba porque Dios me estaba fotografiando», respondió ella.
¿Cuál es nuestra respuesta cuando llegan las tormentas de la vida o cuando tenemos ciertos contratiempos en nuestra relación con Dios? ¿Bajamos la cabeza mientras la lluvia cae sobre nuestras espaldas o miramos hacia el Cielo seguros de que Dios está allí?
Esta semana exploraremos algunas respuestas que a menudo damos ante los desafíos de la vida y analizaremos cómo podemos utilizar los reveses que experimentamos para fortalecer nuestra relación más importante.
Una puerta estrecha significa una puerta por la que resulta difícil entrar. Mediante esta ilustración, Cristo mostró cuán difícil es que los seres humanos dejen el mundo y sus atracciones para obedecer sinceramente y con amor los mandamientos de Dios. Es fácil entrar por la puerta ancha. No exige las restricciones que causan dolor al corazón humano. La abnegación y el sacrificio no se ven en el camino ancho. En él, el apetito depravado y las inclinaciones antinaturales encuentran amplio lugar. En él, se ven complacencia propia, orgullo, envidia, malas conjeturas, amor al dinero y exaltación personal.
Cristo dijo: «Esforzaos a entrar». Debemos sentir nuestra constante dependencia de Dios, y la gran debilidad de nuestra sabiduría y juicio y poder, y luego depender enteramente del que venció al enemigo por nosotros, porque él se compadeció de nuestra debilidad y sabía que seríamos vencidos y pereceríamos, si no acudía en nuestra ayuda. No penséis que podéis ganar la recompensa eterna mediante esfuerzos fáciles o comunes. Tenéis un enemigo astuto tras vuestros pasos. «Al que venciere le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono» (Apocalipsis 3:21). Esta es la lucha para vencer como Cristo ha vencido. Su vida de tentación, pruebas, luchas y conflictos, está delante de nosotros para que la imitemos. Podemos hacer esfuerzos con nuestro propio poder, pero no tendremos éxito. Pero cuando caemos desvalidos, sufrientes y necesitados sobre la Roca de Cristo, sintiendo íntimamente que nuestra victoria depende de sus méritos, que todos nuestros esfuerzos, sin la ayuda especial del gran Vencedor, no servirán de nada, entonces Cristo envía a cada ángel de gloria a rescatarnos del poder del enemigo para que no caigamos.— A fin de conocerle, 25 de octubre, p. 302
La pureza y la integridad de nuestra vida religiosa dependen no solo de la verdad que aceptamos, sino de la compañía en que andamos, y de la atmósfera moral que respiramos. La fe, la elasticidad y el vigor, la esperanza, el gozo, la duda y los temores, la pereza, la estupidez, la envidia, los celos, la desconfianza, el egoísmo, la indocilidad y la apostasía, son el resultado de las asociaciones que formamos, de la compañía en que andamos, y del aire que respiramos.
Cristo, el gran Médico, ha dado una receta para cada creyente. Debe comer el alimento que proporciona la Palabra de Dios. Y la fe que obra por amor a Dios y al hombre depende no solo del alimento que comemos sino también del aire que respiramos. Si nos asociamos con aquellos que son malos, respiramos una atmósfera contaminada con la malaria del pecado. Aseguraos mediante la asociación con los humildes y mansos seguidores de Jesús la posibilidad de respirar una atmósfera pura y santa.— Nuestra elevada vocación, 6 de septiembre, p. 257
Las Tormentas de la Vida
Jesús había hablado durante todo el día a grandes multitudes a orillas del Mar de Galilea. Sus palabras habrían de resonar en la mente de la gente durante mucho tiempo y por la eternidad.
Al caer la tarde, el Maestro se dirigió a sus discípulos invitándolos a dirigirse con él «a la otra orilla» (Mar. 4:35). Él sabía que se desataría una tormenta, pero les sugirió que fueran de todos modos. Tenía que enseñar una importante lección de vida a sus seguidores más cercanos. Seguramente recuerdas lo que ocurrió luego.
Piensa en lo siguiente:
- 1Jesús se quedó dormido en un rincón del bote, posiblemente en la popa, donde estaba el único cojín, que servía de asiento a quien dirigía la navegación.
- 2No todos los discípulos eran nuevos en la navegación. Pedro, Santiago y Juan eran pescadores experimentados. Conocían el Mar de Galilea como la palma de sus manos, y habrían sabido cómo lidiar con una tormenta.
- 3Este es el único relato de los Evangelios que presenta a Jesús durmiendo. Durante una de las peores tormentas de sus vidas, cuando los discípulos estaban aterrorizados y pensaban que morirían, Jesús dormía.
- 4El clamor de los discípulos en el clímax de la crisis fue: «¿No te importa?». Cuestionaban el carácter de Jesús y su amor por ellos. Con demasiada frecuencia, esta es también nuestra respuesta cuando afrontamos dificultades.
En medio de la desesperanza, el dolor o la pérdida cuestionamos el amor de Dios o dudamos de su cuidado. Suponemos, desde nuestra perspectiva humana, que él debería actuar de una determinada manera. Sin embargo, como ocurrió a los discípulos, es en las tormentas de la vida donde Dios puede obrar los mayores milagros. Dios siempre es fiel, incluso cuando su aparente inacción no tiene sentido para nosotros. Él está a nuestro lado en medio de nuestras tormentas y, a diferencia de nosotros, puede calmarlas.
Antes que nuestro Señor entrara en su agonía de la cruz, expresó esta disposición. No tenía plata ni oro ni casas que dejar a sus discípulos. Era un hombre pobre en lo que se refiere a posesiones terrenales. Pocos en Jerusalén eran tan pobres como él. Pero dejó a sus discípulos un don mucho más rico que el que alguna monarquía terrenal pudiera conceder a sus ciudadanos: «La paz os dejo, mi paz os doy —dijo—; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo».
Él les dejó la paz que había gozado durante su vida sobre la tierra; la que había estado con él en medio de la pobreza, el escarnio y la persecución, y la que iba a estar con él durante su agonía en el Getsemaní y sobre la cruel cruz.
La vida del Salvador sobre la tierra, aunque vivida en medio del conflicto, era una vida de paz. Aunque los airados enemigos estaban constantemente persiguiéndolo, él dijo: «Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8:29). Ninguna tormenta de ira satánica podía perturbar la calma de esa perfecta comunión con Dios. Y él nos dice: «Mi paz os doy».
Quienes se tomen de la palabra de Cristo, y sometan sus almas a los mandatos de él, sus vidas a las órdenes de él, encontrarán paz y quietud. Nada del mundo puede hacerlos apesadumbrarse cuando Jesús los alegra con su presencia. En la perfecta entrega hay perfecta confianza. El Señor dice: «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado» (Isaías 26:3).
La experiencia de cada hombre da testimonio de la verdad de las palabras de la Escritura: «Pero los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo» (Isaías 57:20). El pecado ha destruido nuestra paz. Ningún poder humano puede controlar las poderosas pasiones del corazón. Estamos tan desvalidos aquí como lo estuvieron los discípulos para aquietar la furiosa tormenta. Pero quien ordenó la paz a las olas de Galilea, ha dicho la palabra de paz para cada alma. No importa cuán feroz sea la tempestad, quienes se vuelven a Jesús clamando: «Señor, sálvanos», encontrarán liberación. Su gracia, que reconcilia el alma con Dios, aquieta las contiendas de la pasión humana, y en su amor el corazón encuentra descanso. «Cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas… Y así los guía al puerto que deseaban» (Salmo 107:29).
El corazón que está en armonía con Dios es partícipe de la paz del Cielo, y difundirá su bendita influencia a su alrededor. El espíritu de paz descansará como rocío sobre los corazones cansados y cargados con la lucha mundanal.— Reflejemos a Jesús, 21 de septiembre, p. 270
Recupérate
Imagina a la multitud en la orilla del Mar de Galilea. Esperan el regreso de Jesús desde la primera hora de la mañana y se apiñan en torno a él cuando baja de la barca para seguirlo luego hasta la aldea de Capernaúm. De pronto, aparece Jairo, jefe de la sinagoga, y ruega a Jesús que sane a su hija.
Entre la multitud se encuentra una mujer que está enferma desde hace muchos años. Había gastado todo su dinero en médicos, pero «más bien le iba peor» (Mar. 5:26). Ha oído hablar de este gran Hombre de Galilea y, con esperanza en el corazón, reúne las pocas fuerzas que le quedan para salir de su casa aquella mañana y unirse a la multitud. A medida que se acerca a Jesús, la presión del gentío le resulta casi asfixiante. Y entonces, entre empujones, lo ve y dice para sí: «Si tan solo tocara su manto, quedaré sana» (Mar. 5:28).
Este incidente muestra el cuidado y la compasión de Jesús por los enfermos, los que están solos y quienes normalmente pasan inadvertidos en la multitud. Aquel día, muchos se acercaron a Jesús mientras iban a la deriva con la multitud, pero solo una persona se acercó al Maestro para recibir la bendición que tanto necesitaba. Sin embargo, no fue su toque lo que le permitió recuperar la salud, sino su fe (Mar. 5:34). «El Salvador podía distinguir el toque de la fe del contacto casual de la muchedumbre desprevenida» (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 317). El manto de Jesús no tenía ningún poder especial, sino que fue la fe de la mujer y su decisión de acercarse a él lo que la curó.
En medio de su sufrimiento y angustia, aquella frágil mujer pudo haber permanecido en su lecho aquel día, pero buscó deliberada y esperanzadamente a Jesús para ser sanada. No le bastó con verlo de lejos, sino que se acercó a él. Jesús nos invita a hacer lo mismo hoy. Dice: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo les daré descanso. Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma» (Mat. 11:28, 29).
El Señor es el restaurador, Satanás es el destructor. Nuestro Señor no ha trabajado como médico así como desearía hacerlo, pues dice: No habéis venido a mí para que os dé vida. Buscamos toda clase de fuente de alivio para la aflicción, excepto a Aquel que demostró sobre el sepulcro abierto de José [de Arimatea]: «Yo soy la resurrección y la vida». Cristo vino a nuestro mundo para buscar y salvar lo que se había perdido. Su obra inigualable es la de Uno que sana toda clase de enfermedades. Si los afligidos tan solo acudieran con fe al divino Salvador, verían la salvación de Dios.
Cristo encontró a una pobre alma que había pasado toda su vida buscando ser sanada de una enfermedad física. El pasaje indica que había gastado todos sus recursos en muchos médicos y no había logrado mejorar; todo lo contrario, había empeorado. Pero un solo toque de Cristo, hecho con fe, transformó esa debilidad cargada por largos años. Esta mujer enferma vino detrás de Cristo y tocó su manto, depositando su fe en la Persona que lo vestía e instantáneamente sanó. «¿Quién es el que me ha tocado?» Asombrado, Pedro respondió: «Maestro, la compañía te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha tocado?»
Cristo quería dar una lección a quienes lo rodeaban, que fuera inolvidable. Quería mostrar la diferencia entre el toque de la fe y el contacto accidental. Jesús dijo: «Me ha tocado alguien; porque yo he conocido que ha salido virtud de mí». Viendo que no podía ocultarse, la mujer se adelantó temblando, y se postró a sus pies y le narró su historia de aflicción. Con palabras de consuelo, el Señor le dijo: «Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote».
¿Por qué no acudir a Jesús con fe? Muchos se acercan a él con un toque casual; solo establecen contacto físico con su persona. La mujer hizo mucho más que esto. Esta mujer extendió su mano con fe hacia él y fue sanada en forma instantánea. Los amigos de la verdad lo enaltecerán por ser el Autor y Consumador de la fe. Cristo demostrará que es un médico capaz de restablecer el cuerpo tanto como el alma. Los que trabajan con Dios uncirán el yugo con Cristo y se colocarán en cuerpo, alma y espíritu en una relación apropiada con Dios.
La voluntad de los hombres, de las mujeres y de los niños ha de ser entrenada para cooperar con Dios. La melodía del gozo espiritual, de la salud física, será revelada y promoverá esa bendición que el Señor Jesús vino a impartir a nuestro mundo a todo aquel que cree.— El Cristo triunfante, 20 de agosto, p. 241
Job
Cuando pensamos en personajes bíblicos que experimentaron reveses, Job es quizá la persona que primero viene a nuestra mente. No solo perdió todas sus posesiones (Job 1:14-17), sino también a sus hijos (Job 1:18, 19) y su salud (Job 2:7). Su mujer lo instó a maldecir a Dios y morir (Job 2:9).
Después de algún tiempo, tres amigos vinieron a visitarlo y se sentaron junto a él. Quedaron tan sorprendidos por su aspecto que permanecieron en silencio durante siete días (Job 2:13). Cuando finalmente hablaron, intentaron explicar humanamente la desgracia de Job, pero aumentaron así involuntariamente su sufrimiento. Sus amigos lo culparon, diciendo que tenía algún pecado oculto del que debía arrepentirse (Job 8, 11, 15). Llegaron incluso a decirle: «Tal es la morada del impío, el lugar del que no conoce a Dios» (Job 18:21).
A pesar de las trágicas circunstancias en las que estaba inmerso, y que él no comprendía, Job permaneció fiel y se mantuvo firme. No culpó a Dios ni lo maldijo. Por el contrario, cuando fue tentado a culpar a Dios, declaró: «Desnudo salí del seno de mi madre y desnudo me iré. El Señor dio, y él quitó. ¡Bendito sea su nombre!» (Job 1:21).
Nosotros vivimos en medio de esta misma batalla. Satanás nos aflige con dolor, sufrimiento, pérdidas y dificultades como parte de su plan para distorsionar la imagen que tenemos de un Dios amoroso. En esos momentos podemos responder de dos maneras: culpar a Dios y rechazarlo o aferrarnos a él con todas nuestras fuerzas. Aunque la batalla arrecia a nuestro alrededor, debemos recordar que, a la luz de la Eternidad, nuestros problemas no son más que pruebas temporales (2 Cor. 4:16-18). Hay muchas cosas que no vemos aquí y ahora, y uno de los grandes desafíos para un creyente es confiar en Dios incluso en los momentos más oscuros. Dios nos ha revelado de muchas maneras la realidad de su amor. Debemos aferrarnos a esta verdad crucial incluso cuando no la percibamos.
Si estás pasando por un momento difícil, acude a Dios. Toma tu Biblia y un cuaderno, y encuéntrate con él en medio de la naturaleza. Copia Romanos 5:3 al 5, y reflexiona acerca de los diferentes mensajes contenidos en ese texto, con la certeza de que el amor y el cuidado de Dios hacia ti son lo más seguro y estable de tu vida.
Cuando la depresión le sobreviene al alma no da evidencia de que Dios haya cambiado. Él es «el mismo, ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8). Estáis seguros del favor de Dios cuando sois sensibles a los rayos del Sol de Justicia; pero si las nubes ocultan vuestra alma, no debéis pensar que estáis olvidados. Vuestra fe debe horadar las tinieblas. Vuestros ojos deben ser puros, y todo vuestro cuerpo estará lleno de luz. Debéis mantener ante la mente las riquezas de la gracia de Cristo. Atesorad las lecciones que proporciona su amor. Que vuestra fe sea como la de Job, para que podáis decir: «Aunque me matare, en él esperaré».
Las experiencias más angustiosas en la vida del cristiano pueden ser las más benditas. Las providencias especiales para las horas de tinieblas pueden animar al alma en los futuros ataques de Satanás, y dotar al siervo de Dios para permanecer en las fieras pruebas. La prueba de vuestra fe es más preciosa que el oro. Debéis poseer esa perdurable confianza en Dios que no es perturbada por las tentaciones y los argumentos del engañador. Confiad en la palabra del Señor. Debéis estudiar las promesas, y apropiaros de ellas a medida que tengáis necesidad. «La fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios» (Romanos 10:17).
La fe es la que familiariza el alma con la existencia y la presencia de Dios; y cuando vivimos con un ojo atento a su gloria, discernimos más y más la hermosura de su carácter. Nuestras almas se fortalecen en el poder espiritual, porque respiramos la atmósfera del cielo, y, comprendiendo que Dios está a nuestra mano derecha, no seremos conmovidos. Deberíamos vivir como si estuviéramos en la presencia del Infinito.
La sabiduría divina ordenará los pasos de aquellos que colocan su confianza en el Señor. El amor divino los rodeará, y comprenderán la presencia del Consolador, el Espíritu Santo.— Nuestra elevada vocación, 14 de noviembre, p. 326
A todos nos tocan a veces momentos de intensa desilusión y profundo desaliento, días en que nos embarga la tristeza y es difícil creer que Dios sigue siendo el bondadoso benefactor de sus hijos terrenales; días en que las dificultades acosan al alma, en que la muerte parece preferible a la vida. Entonces es cuando muchos pierden su confianza en Dios y caen en la esclavitud de la duda y la servidumbre de la incredulidad. Si en tales momentos pudiésemos discernir con percepción espiritual el significado de las providencias de Dios, veríamos ángeles que procuran salvarnos de nosotros mismos y luchan para asentar nuestros pies en un fundamento más firme que las colinas eternas; y nuestro ser se compenetraría de una nueva fe y una nueva vida.
Desde las profundidades del desaliento, Job se elevó a las alturas de la confianza implícita en la misericordia y el poder salvador de Dios. Declaró triunfantemente: «He aquí, aunque me matere, en él esperaré».— Profetas y reyes, pp. 119, 120
El Camino a Emaús
Habían sido semanas muy duras para los dos discípulos, quienes repasaban mentalmente algunos de los acontecimientos vividos mientras el cielo vespertino se teñía de negro: la entrada triunfal en Jerusalén, la limpieza del Templo, la Pascua en el aposento alto, las oraciones de Jesús en Getsemaní, la horrible traición de Judas, el juicio, las burlas y los golpes, el cuerpo magullado de Jesús pendiendo de la cruz y sus últimas palabras antes de exhalar su último aliento; la rotura del velo del Templo; la resurrección de algunas personas; la delicada maniobra para retirar el cuerpo de Jesús de la cruz y su colocación en el sepulcro antes del sábado; y la confusión, el desaliento y los interrogantes de los desconcertados y descorazonados discípulos. ¿Cómo se habían equivocado tanto?
Los seguidores de Jesús estaban decepcionados, desanimados y confundidos. Aquel era el mayor revés de sus vidas. No percibían que aquello era solo un episodio de la mayor historia de todos los tiempos. Mientras dos de ellos se dirigían a Emaús, Jesús apareció y caminó con ellos.
Cuando los ojos de su entendimiento fueron abiertos, los dos discípulos corrieron rumbo a Jerusalén para contar a los demás lo que les había sucedido en el camino (Luc. 24:33, 34). Cuando Jesús llegó y se puso en medio de estos, se aterrorizaron. Nota la pregunta que les hizo: «¿Por qué están turbados y suben esos pensamientos a su corazón?» (Luc. 24:38).
Este es también el mensaje de Jesús para nosotros hoy. Olvidamos con frecuencia que Jesús camina a nuestro lado en nuestros valles sombríos. Demasiado a menudo no lo reconocemos y perdemos de vista que hay mucho más en la historia. Nos sentimos turbados y permitimos que las dudas surjan en nuestros corazones, sin recordar que nuestra vida está segura en las manos de Jesús. Pensamos que sabemos mejor que Jesús qué está sucediendo realmente en nuestra vida (Luc. 24:18).
La Biblia contiene muy buenos consejos acerca de cómo podemos los cristianos responder a los desafíos y los reveses de la vida. Dedica tiempo a estudiar los siguientes pasajes: Romanos 8:28; Filipenses 4:4-13; Santiago 1:2-4, 12; 2 Corintios 12:9, 10. Como parte de tu estudio, y teniendo en mente 2 Corintios 1:4, escribe tres mensajes que puedas compartir con alguien que esté enfrentando dificultades.
El primer día de la semana después de la crucifixión del Señor, los discípulos contaban con todos los elementos para que sus corazones se regocijaran. Pero este día no fue un día de gozo. Para algunos fue un día de incertidumbre, de confusión y de perplejidad. El grupo de mujeres trajo las noticias que informaban que Cristo había resucitado de los muertos y que se lo había visto vivo en el huerto.
Sin embargo, los discípulos no daban crédito a esta información. Sus esperanzas habían muerto con Cristo. Y cuando recibieron las nuevas de su resurrección, resultó algo tan diferente de lo que habían anticipado que no podían creerlas. A partir del testimonio de ciertos testigos oculares, los discípulos habían logrado armar una secuencia de los episodios del viernes. En la tarde del primer día de la semana, dos discípulos, preocupados y tristes, decidieron regresar a Emaús, una pequeña población a unos trece kilómetros de Jerusalén.
No habían avanzado mucho en su viaje cuando se les unió un extraño. Estaban tan absortos en la oscuridad y la desilusión que los embargaba que no atinaron a observarlo detenidamente. Continuaron conversando y expresando los pesares de sus corazones. Jesús sabía que estaban aferrados a él con todo su amor y anhelaba tomarlos en sus brazos y enjugar sus lágrimas, renovando la alegría y el regocijo en sus corazones. Pero, antes debía darles una lección que no habrían de olvidar.
Aquellos discípulos le dijeron cuán desilusionados estaban por la suerte de su Maestro y le narraron «cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron». Con sus corazones heridos por la frustración y labios temblorosos, dijeron: «Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel y ahora, además de todo esto, es ya el tercer día que todo esto ha acontecido».
¿Por qué razón los discípulos olvidaron las palabras de Cristo y no comprendieron que los eventos habían acaecido como fueron predichos? ¿Por qué no comprendieron que la última parte de su revelación se habría de cumplir como la primera y que al tercer día resucitaría? Esto es lo que debían haber recordado. Sin embargo, los sacerdotes y los gobernantes no olvidaron este aspecto.— El Cristo triunfante, 15 de octubre, p. 297
Ver a Jesús
¿Has deseado alguna vez ver a Jesús cuando estabas desanimado? He aquí la experiencia de alguien que tuvo ese privilegio.
«Me veía sentada con profunda desesperación; con el rostro oculto entre las manos, reflexionaba así: Si Jesús estuviera en la tierra, iría a postrarme a sus pies y le manifestaría cuánto sufro. No me rechazaría. Tendría misericordia de mí, y por siempre le amaría y serviría. En aquel momento se abrió la puerta y entró un personaje de aspecto y porte hermosos. Me miró con compasión y dijo: "¿Deseas ver a Jesús? Está aquí, y puedes verlo si quieres. Toma cuanto tengas y sígueme".
»Escuché esas palabras con gozo indecible y alegremente recogí cuanto poseía, todas las cosas que apreciaba, y seguí a mi guía. Me condujo a una escalera escarpada y de apariencia frágil. Cuando empecé a subir los peldaños, me advirtió el guía de que mantuviera la vista hacia arriba, para que no me dieran vértigos y cayera. Muchos otros que trepaban por la escalinata caían antes de llegar a la cima.
»Finalmente llegamos al último peldaño y nos detuvimos ante una puerta. Allí el guía me indicó que dejara cuanto había traído conmigo. Lo depuse todo alegremente. Entonces el guía abrió la puerta, y me mandó a entrar. En un momento estuve delante de Jesús. No había error, pues aquella hermosa figura, aquella expresión de benevolencia y majestad, no podían ser de otro. Cuando su mirada se posó sobre mí, supe en seguida que comprendía todas las dificultades de mi vida y todos mis íntimos pensamientos y emociones.
»Traté de ocultarme de su mirada, pues me sentía incapaz de resistirla, pero él se me acercó sonriente, y posando su mano sobre mi cabeza, dijo: "No temas". El dulce sonido de su voz hizo vibrar mi corazón con una dicha que no había experimentado hasta entonces. Yo estaba muy gozosa para pronunciar una palabra, y así fue que, profundamente conmovida, caí postrada a sus pies. Mientras que allí yacía impedida, pasaron ante mi vista escenas de gloria y belleza, y me pareció haber alcanzado la salvación y la paz del cielo. Por último, cuando recobré mis fuerzas me levanté. Todavía me miraban los amorosos ojos de Jesús, cuya sonrisa inundaba de alegría mi alma. Su presencia despertaba en mí santa veneración e inefable amor. [...]
»Este sueño me infundió esperanza [y] fe [...] y en mi alma alboreó la hermosa sencillez de la confianza en Dios.»— Elena G. de White, Primeros escritos, pp. 110, 111
En medio de los reveses de la vida, debemos centrarnos en Jesús y en lo que él nos revela acerca de cuánto nos ama Dios.
Cuando Jesús se sentó para descansar junto al pozo de Jacob, venía de Judea, donde su ministerio había producido poco fruto. Se sentía débil y cansado, pero no descuidó la oportunidad de hablar a una mujer sola, aunque era una extraña, enemiga de Israel y vivía en pecado.
Mientras la mujer hablaba con Jesús, le impresionaron sus palabras. Comprendió la sed de su alma, que las aguas del pozo de Sicar no podrían nunca satisfacer. Nada de todo lo que había conocido antes, le había hecho sentir así su gran necesidad. Jesús la había convencido de que leía los secretos de su vida; sin embargo, se daba cuenta de que era un amigo que la compadecía y la amaba. Aunque la misma pureza de su presencia condenaba el pecado de ella, no había pronunciado acusación alguna, sino que le había hablado de su gracia, que podía renovar el alma.
Dejando su cántaro, volvió a la ciudad para llevar el mensaje a otros. Con corazón rebosante de alegría, se apresuró a impartir a otros la preciosa luz que había recibido. «Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿si quizá es este el Cristo?» —dijo a los hombres de la ciudad. Sus palabras conmovieron los corazones. Había en su rostro una nueva expresión, un cambio en todo su aspecto. Se interesaron por ver a Jesús.
Tan pronto como halló al Salvador, la mujer samaritana trajo otros a él. Demostró ser una misionera más eficaz que los propios discípulos. Ellos tenían sus pensamientos fijos en una gran obra futura, y no vieron que en derredor de sí había una mies que segar. Pero por medio de la mujer a quien ellos despreciaron, toda una ciudad llegó a oír del Salvador.
Esta mujer representa la obra de una fe práctica en Cristo. Cada verdadero discípulo nace en el reino de Dios como misionero. El que bebe del agua viva, llega a ser una fuente de vida. El que recibe llega a ser un dador.— Conflicto y valor, 15 de octubre, p. 294
Para Estudiar y Meditar
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1¿Cómo ha influido en tu imagen de Dios algún contratiempo que hayas enfrentado o estés afrontando? ¿Cómo puedes percibir más claramente el verdadero carácter de Dios?
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2¿Cuándo fue la última vez que oraste para que la voz de Dios resultara más audible que la del Enemigo en tu vida? Recuerda que el ladrón (Satanás) viene a robar, matar y destruir, pero Dios concede vida abundante (Juan 10:10).
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3¿Confías en que Dios sigue siendo soberano y dirigiendo tu vida a pesar de las dificultades? Si no es así, ¿cómo puedes desarrollar tu confianza en la bondad y el amor de Dios hacia ti?
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4¿Te mantienes anclado en la Palabra de Dios cada día? Pide a Dios que restaure tu primer amor por él mientras pasas por tiempos difíciles.
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5¿Cuándo fue la última vez que acudiste a Dios en oración como tu Consolador y Consejero, confiando en su promesa de nunca dejarte ni desampararte (Heb. 13:5)?
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6Si tu fe es débil, dile a Dios en oración: «¡Creo! ¡Ayuda mi poca fe!» (Mar. 9:24). Rodéate de personas que puedan animarte en lugar de desanimarte.
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7El mundo no siempre se preocupa por los débiles, ignorantes, heridos y quebrantados. El mensaje divino «cuando eres débil, yo soy fuerte» puede transformar radicalmente la vida de las personas. Piensa en alguien a quien podrías animar hoy con este mensaje.
Vivimos en un mundo pecaminoso y lleno de sufrimiento, y cada uno de nosotros enfrenta en algún momento dificultades que pueden hacerle cuestionar el amor de Dios. La manera en que diversos personajes bíblicos respondieron a los reveses de la vida puede ayudarnos en momentos difíciles a fortalecer nuestra relación con Dios, quien no cambia (Mal. 3:6) y cuyo amor permanece constante.