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Escuela Sabática Maestros

Lección 4: Para el 26 de julio de 2025

LAS PLAGAS

Sábado 19 de julio

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Éxodo 7:8-10:29; Números 33:4; Romanos 1:24-32; Salmos 104:27, 28; Isaías 28:2, 12-17; Isaías 44:9, 10, 12-17.

PARA MEMORIZAR:

“Y tal como el Señor lo había dicho por medio de Moisés, el corazón de Faraón se endureció y no dejó ir a los israelitas” (Éxo. 9:35).

Cierto granjero intentaba que su burro se moviera, pero el animal no lo hacía. Tomó entonces una rama gruesa y la azotó contra el suelo. Volvió a hablar al burro, y este empezó a moverse.

Cuando alguien preguntó al granjero por qué su técnica había funcionado con el terco animal, respondió: “Lo primero fue llamar su atención”.

Dejando a un lado cualquier cuestión acerca de la crueldad contra los animales, hay un punto que señalar aquí, especialmente en el contexto del éxodo de los hebreos fuera de Egipto. Moisés había recibido órdenes de marchar y se dirigió al faraón con las famosas palabras shalaj et ami: “¡Deja ir a mi pueblo!”

Sin embargo, el faraón no quiso dejar marchar al pueblo de Dios. Las Escrituras no explican por qué el gobernante se mostraba tan reacio, más allá de la amenaza militar que los egipcios temían que los hebreos pudieran representar (ver Éxo. 1:10). Lo más probable es que, como suele ocurrir con la esclavitud, la razón de su negativa fuera puramente económica. Los hebreos eran mano de obra barata, por lo que no quería perder las ventajas financieras que estos esclavos le proporcionaban. Haría falta, pues, cierta persuasión no solo para llamar su atención, sino también para hacerlo cambiar de opinión.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

El Señor le indicó a Moisés que volviera ante el pueblo y le repitiera la promesa de la liberación, con nuevas garantías del favor divino. Hizo lo que se le mandó; pero ellos no quisieron prestarle atención. Dice la Escritura: «Mas ellos no escuchaban… a causa de la congoja de espíritu, y de la dura servidumbre». De nuevo llegó el mensaje divino a Moisés: «Entra, y habla a Faraón rey de Egipto, que deje ir de su tierra a los hijos de Israel». Desalentado contestó: «He aquí los hijos de Israel no me escuchan: ¿cómo pues me escuchará Faraón?» Se le dijo que llevara a Aarón consigo, y que se presentara ante Faraón, para pedir otra vez «que deje ir de su tierra a los hijos de Israel».

Se le dijo que el monarca no cedería hasta que Dios visitara con sus juicios a Egipto y sacara a Israel mediante una señalada manifestación de su poder. Antes de enviar cada plaga, Moisés había de describir su naturaleza y sus efectos, para que el rey se salvara de ella si quería. Todo castigo despreciado sería seguido de uno más severo, hasta que su orgulloso corazón se humillara, y reconociera al Hacedor del cielo y de la tierra como el Dios verdadero y viviente. El Señor iba a dar a los egipcios la oportunidad de ver cuán vana era la sabiduría de sus hombres fuertes, cuán débil el poder de sus dioses, que se oponían a los mandamientos de Jehová. Castigaría al pueblo egipcio por su idolatría, y anularía las supuestas bendiciones que decían recibir de sus dioses inanimados. Dios glorificaría su propio nombre para que otras naciones oyeran de su poder y temblaran ante sus prodigios, y para que su pueblo se apartara de la idolatría y le tributara verdadera adoración (Historia de los patriarcas y profetas, pp. 266, 267).

Mi atención fue dirigida al poder que Dios manifestó a través de Moisés cuando lo envió a entrevistarse con Faraón. Satanás comprendió lo que debía hacer y estaba preparado. Sabía perfectamente que Moisés había sido elegido por Dios para romper el yugo de la cautividad que afligía a los hijos de Israel, y que en su obra simbolizaba la primera venida de Cristo para romper el poder de Satanás sobre la familia humana y libertar a los que habían sido hechos cautivos de su poder. Satanás sabía que cuando Cristo apareciera realizaría obras y milagros admirables para que el mundo supiera que el Padre lo había enviado. Tembló al pensar en el poder de Jesús. Consultó con sus ángeles la forma de llevar a cabo una obra que cumpliera un doble propósito: (l) destruir la influencia de la obra que Dios realizaría mediante su siervo Moisés, para lo cual obraría mediante sus agentes satánicos, y en esa forma representaría falsamente la verdadera obra de Dios; (2) ejercer influencia mediante su obra por medio de los magos que existirían en todas las épocas para destruir en las mentes de muchos la verdadera fe en los poderosos milagros y obra que Cristo llevaría a cabo cuando viniera a este mundo. Satanás sabía que su reino sufriría, porque el poder que ejercería sobre la humanidad estaría sujeto a Cristo. No era la influencia humana o el poder que Moisés poseía lo que produjo los milagros realizados ante Faraón. Era el poder de Dios. Esas señales y maravillas fueron realizadas mediante Moisés para convencer a Faraón de que el gran «Yo Soy» lo había enviado para ordenarle a Faraón a que dejara en libertad a Israel a fin de que este sirviera a Dios (Testimonios para la Iglesia, t. 1, pp. 262, 263).


Domingo 20 de julio

DIOS VERSUS LOS “DIOSES”

Lee Éxodo 7:8 al 15. ¿Qué lecciones se desprenden de este primer enfrentamiento entre el Dios de los hebreos y los dioses de Egipto?

Éxodo 7:8-15

8 Habló Jehová a Moisés y a Aarón, diciendo: 9 Si Faraón os respondiere diciendo: Mostrad milagro; dirás a Aarón: Toma tu vara, y échala delante de Faraón, para que se haga culebra. 10 Vinieron, pues, Moisés y Aarón a Faraón, e hicieron como Jehová lo había mandado. Y echó Aarón su vara delante de Faraón y de sus siervos, y se hizo culebra. 11 Entonces llamó también Faraón sabios y hechiceros, e hicieron también lo mismo los hechiceros de Egipto con sus encantamientos; 12 pues echó cada uno su vara, las cuales se volvieron culebras; mas la vara de Aarón devoró las varas de ellos. 13 Y el corazón de Faraón se endureció, y no los escuchó, como Jehová lo había dicho.

Las batallas venideras iban a ser entre el Dios vivo y los “dioses” egipcios. Lo que empeoraba la situación era que el faraón se consideraba uno de esos dioses. El Señor no luchaba contra los egipcios, ni siquiera contra Egipto en sí, sino contra sus dioses (los egipcios veneraban a más de 1.500 deidades). El texto bíblico es explícito al respecto: “Y ejecutaré mi sentencia contra todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor” (Éxo. 12:12, NVI). Esto es destacado nuevamente más adelante al relatar el viaje de Israel desde Egipto: “El Señor también dictó sentencia contra los dioses egipcios” (Núm. 33:4, NVI).

Un ejemplo de esta sentencia contra esos dioses fue el milagro de la vara convertida en serpiente (Éxo. 7:9-12). En Egipto, la diosa Uadyet era personificada como una cobra y representaba el poder soberano sobre el Bajo Egipto. La figura de esta serpiente aparecía en la corona del faraón, signo de su poder, presunta divinidad, realeza y autoridad, ya que la diosa así representada escupía veneno a sus enemigos. Los egipcios también creían que la serpiente sagrada guiaría al faraón a su existencia futura tras la muerte.

Cuando la vara de Aarón se convirtió en serpiente y devoró a las otras en presencia del rey, quedó demostrada la supremacía del Dios vivo sobre la magia y la hechicería egipcias. El emblema del poderío del faraón no solo fue derrotado, sino que Aarón y Moisés lo tuvieron en sus manos (Éxo. 7:12, 15). La confrontación inicial demostró el poder y el señorío de Dios sobre Egipto. Como representante de Dios, Moisés tenía mayor autoridad y poder que el propio “dios” faraón.

También es significativo que los antiguos egipcios consideraran sagrado y veneraran al dios serpiente Nehebkau (“el que domina a los espíritus”). Según su mitología, esta deidad era muy poderosa en virtud de que había devorado siete cobras. Dios mostró así a los egipcios que él, no el dios serpiente, es quien posee el poder y la autoridad soberanos. Después de semejante confrontación, pudieron comprender este mensaje de manera inmediata e inequívoca.

¿Cómo podemos permitir que el Señor sea soberano sobre cualquier “dios” que pretenda la supremacía en nuestra vida?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Los magos parecieron realizar con sus encantamientos varias cosas similares a las que Dios había efectuado por medio de Moisés y Aarón. En realidad, no hicieron que sus varas se convirtieran en serpientes, sino que por su magia, ayudados por el gran engañador, hicieron que parecieran como serpientes para falsificar la obra de Dios. Satanás ayudó a sus siervos para que resistieran contra la obra del Altísimo, a fin de engañar a la gente y animarla en su rebelión. Faraón quería aferrarse de la más leve evidencia que pudiera obtener para justificarse al resistir la obra de Dios realizada por Moisés y Aarón. Dijo a esos siervos de Dios que sus magos podían hacer todas esas maravillas. La diferencia entre la obra de Dios y la de los magos consistían en que una era de Dios y la otra de Satanás. Una era verdadera y la otra falsa (Spiritual Gifts, t. 3, pp. 205, 206; parcialmente en Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 1, p. 1 114).

Los ancianos de Israel trataron de sostener la desfalleciente fe de sus hermanos, repitiéndoles las promesas hechas a sus padres, y las palabras proféticas con que, antes de su muerte, José predijo la liberación de su pueblo de Egipto. Algunos escucharon y creyeron. Otros, mirando las circunstancias que los rodeaban, se negaron a tener esperanza. Los egipcios, al saber lo que pasaba entre sus siervos, se mofaron de sus esperanzas y desdeñosamente negaron el poder de su Dios. Les señalaron su situación de pueblo esclavo, y dijeron burlonamente: «Si vuestro Dios es justo y misericordioso y posee más poder que los dioses de Egipto, ¿por qué no os libra?» Los egipcios se jactaban de su propia situación. Adoraban deidades que los israelitas llamaban dioses falsos, y no obstante eran una nación rica y poderosa. Afirmaban que sus dioses los habían bendecido con prosperidad, y les habían dado a los israelitas como siervos, y se vanagloriaban de su poder de oprimir y destruir a los adoradores de Jehová. Faraón mismo se jactó de que el Dios de los hebreos no podía librarlos de su mano.

Tales palabras destruyeron las esperanzas de muchos israelitas. Les parecía que su caso era como lo presentaban los egipcios. Es verdad que eran esclavos, y habían de sufrir todo lo que sus crueles comisarios quisieran imponerles. Sus hijos habían sido apresados y muertos, y la vida misma les era una carga. No obstante, adoraban al Dios del cielo. Si Jehová estuviese sobre todos los otros dioses, ciertamente no permitiría que fueran siervos de los idólatras. Pero los que eran fieles comprendieron que por haberse apartado Israel de Dios, y por su inclinación a casarse con idólatras y dejarse llevar a la idolatría, el Señor había permitido que llegaran a ser esclavos; y confiadamente aseguraron a sus hermanos que Dios pronto rompería el yugo del opresor (Historia de los patriarcas y profetas, pp. 265, 266).


Lunes 21 de julio

¿QUIÉN ENDURECIÓ EL CORAZÓN DEL FARAÓN?

Lee Éxodo 7:3, 13, 14 y 22. ¿Cómo entendemos estos textos?

Éxodo 7:3, 13-14 y 22

3 Y yo endureceré el corazón de Faraón, y multiplicaré en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas.

13 Y el corazón de Faraón se endureció, y no los escuchó, como Jehová lo había dicho. 14 Entonces Jehová dijo a Moisés: El corazón de Faraón está endurecido, y no quiere dejar ir al pueblo.

22 Y los hechiceros de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos; y el corazón de Faraón se endureció, y no los escuchó; como Jehová lo había dicho.

El endurecimiento del corazón del faraón es atribuido a Dios nueve veces en Éxodo (Éxo. 4:21; 7:3; 9:12; 10:1, 20, 27; 11:10; 14:4, 8; ver también Rom. 9:17, 18). Otras nueve veces se dice que fue el gobernante egipcio mismo quien endureció su propio corazón (Éxo. 7:13, 14, 22; 8:15, 19, 32; 9:7, 34, 35). Entonces, ¿quién endureció el corazón del rey: Dios o el propio faraón?

Es significativo que, en la historia de las diez plagas del Éxodo, el faraón fue el único responsable del endurecimiento de su corazón en cada una de las primeras cinco. Por lo tanto, él inició el endurecimiento de su propio corazón. Sin embargo, a partir de la sexta plaga, el texto bíblico afirma que fue Dios quien endureció el corazón del faraón (Éxo. 9:12). Esto significa que Dios fortaleció o profundizó la propia decisión del faraón y su actuación voluntaria, como lo había anunciado a Moisés (Éxo. 4:21).

En otras palabras, Dios envió plagas para ayudar al faraón a arrepentirse y liberarlo de su confusión mental y sus errores. Dios no aumentó la maldad en el corazón del faraón, sino que simplemente lo dejó en libertad de ceder a sus propios impulsos malignos. Ya sin la gracia restrictiva de Dios, el gobernante egipcio quedó a merced de su propia maldad (ver Rom. 1:24-32).

El faraón tenía libre albedrío. Podía aceptar a Dios o rechazarlo, y decidió rechazarlo.

Las lecciones que se desprenden de esto son obvias. Se nos ha dado la capacidad de elegir entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal, entre la obediencia y la desobediencia. Desde Lucifer en el Cielo y hasta nosotros hoy, pasando por Adán y Eva en el Edén y el faraón en Egipto, solo hay dos elecciones posibles: la vida o la muerte (Deut. 30:19).

De acuerdo con una conocida analogía, el mismo Sol que derrite la mantequilla endurece la arcilla. El calor del Sol es el mismo en ambos casos, pero hay dos reacciones diferentes y dos resultados distintos en respuesta a él. El efecto depende del material. En el caso del faraón, su respuesta dependía de las actitudes de su corazón hacia Dios y su pueblo.

¿Qué decisiones tomarás en los próximos días haciendo uso de tu libre albedrío? Si sabes cuál es la decisión correcta, ¿cómo puedes prepararte para tomarla?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

El Faraón declaró que Moisés y Aarón eran impostores, y que no podían hacer más que sus magos. Dijeron Moisés y Aarón a Faraón: Ese Jehová que pretendes no conocer, te convencerá de que es más poderoso que todos los dioses. Le informaron que Dios aún realizaría maravillas mayores, que lo dejarían sin excusa, y que serían monumentos perpetuos de su providencia y poder a favor de Israel.

«Entonces Jehová dijo a Moisés: El corazón de Faraón está endurecido, y no quiere dejar ir al pueblo. Ve por la mañana a Faraón, he aquí que él sale al río; y tú ponte a la ribera delante de él, y toma en tu mano la vara que se volvió culebra, y dile: Jehová el Dios de los hebreos me ha enviado a ti, diciendo: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva en el desierto; y he aquí que hasta ahora no has querido oír. Así ha dicho Jehová: En esto conocerás que yo soy Jehová: he aquí, yo golpearé con la vara que tengo en mi mano el agua que está en el río, y se convertirá en sangre. Y los peces que hay en el río morirán, y hederá el río, y los egipcios tendrán asco de beber el agua del río»

El faraón no quiso escuchar a Moisés y a Aarón, sino que despreció sus palabras; sin embargo, no tenía poder para hacerles daño. «Y Moisés y Aarón hicieron como Jehová lo mandó; y alzando la vara golpeó las aguas que había en el río, en presencia de Faraón y de sus siervos; y todas las aguas que había en el río se convirtieron en sangre». Durante siete días continuó la plaga sobre las aguas. Pero el rey no se humilló, sino que endureció su corazón. Se les ordenó a Moisés y a Aarón que, antes de traer las plagas, informaran fielmente a Faraón de la naturaleza de cada plaga que iba a venir, y del efecto de la plaga, para que tuviera la oportunidad de salvarse de ella, si así lo deseaba, permitiendo que los hijos de Israel fueran a sacrificar a Dios. Pero si el rey se negaba a obedecer el mandato de Dios, este lo visitaría con más juicios (Spiritual Gifts, t. 3, pp. 206, 207).

Se nos dice que el Señor endureció el corazón de Faraón. Las repetidas negativas del rey a escuchar la palabra del Señor provocaron mensajes cada vez más directos, más urgentes y contundentes. A cada rechazo de la luz, el Señor manifestaba un despliegue más marcado de su poder; pero la obstinación del rey crecía con cada nueva evidencia del poder y la majestad del Dios del cielo, hasta que se agotó la última flecha de misericordia de la aljaba divina. Entonces el hombre quedó completamente endurecido por su propia resistencia persistente. Faraón sembró obstinación, y cosechó lo mismo en su carácter. El Señor no pudo hacer nada más para convencerlo, porque estaba obstinado y lleno de prejuicios, hasta el punto de que el Espíritu Santo no podía acceder a su corazón. Faraón fue entregado a su propia incredulidad y dureza de corazón. La infidelidad produjo infidelidad. Cuando Faraón endureció su corazón ante la primera exhibición del poder de Dios, se hizo más propenso a un segundo rechazo del poder de Dios. El orgullo y la obstinación lo mantuvieron esclavizado y le impidieron reconocer las advertencias de Dios. Era contrario a la naturaleza del Faraón cambiar de parecer después de haber expresado una vez su propósito de no creer (The Review and Herald, «The Measure of Light Given, Measures Our Responsibility», 17 de febrero, 1891, párr.1).


Martes 22 de julio

LAS TRES PRIMERAS PLAGAS

Las diez plagas de Egipto no iban dirigidas contra el pueblo egipcio, sino contra sus dioses. Cada plaga golpeaba al menos a uno de ellos.

Lee Éxodo 7:14 a 8:19. ¿Qué ocurrió al desencadenarse estas plagas?

Éxodo 7:14-8:19

14 Entonces Jehová dijo a Moisés: El corazón de Faraón está endurecido, y no quiere dejar ir al pueblo. 15 Ve por la mañana a Faraón, he aquí que él sale al río; y tú ponte a la ribera delante de él, y toma en tu mano la vara que se volvió culebra, 16 y dile: Jehová el Dios de los hebreos me ha enviado a ti, diciendo: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva en el desierto; y he aquí que hasta ahora no has querido oír. 17 Así ha dicho Jehová: En esto conocerás que yo soy Jehová: he aquí, yo golpearé con la vara que tengo en mi mano el agua que está en el río, y se convertirá en sangre. 18 Y los peces que hay en el río morirán, y hederá el río, y los egipcios tendrán asco de beber el agua del río. 19 Y Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón: Toma tu vara, y extiende tu mano sobre las aguas de Egipto, sobre sus ríos, sobre sus arroyos y sobre sus estanques, y sobre todos sus depósitos de aguas, para que se conviertan en sangre, y haya sangre por toda la región de Egipto, así en los vasos de madera como en los de piedra. 20 Y Moisés y Aarón hicieron como Jehová lo mandó; y alzando la vara golpeó las aguas que había en el río, en presencia de Faraón y de sus siervos; y todas las aguas que había en el río se convirtieron en sangre. 21 Asimismo los peces que había en el río murieron; y el río se corrompió, tanto que los egipcios no podían beber de él. Y hubo sangre por toda la tierra de Egipto. 22 Y los hechiceros de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos; y el corazón de Faraón se endureció, y no los escuchó; como Jehová lo había dicho. 23 Y Faraón se volvió y fue a su casa, y no dio atención tampoco a esto. 24 Y en todo Egipto hicieron pozos alrededor del río para beber, porque no podían beber de las aguas del río. 25 Y se cumplieron siete días después que Jehová hirió el río.

1 Entonces Jehová dijo a Moisés: Entra a la presencia de Faraón y dile: Jehová ha dicho así: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva. 2 Y si no lo quisieres dejar ir, he aquí yo castigaré con ranas todos tus territorios. 3 Y el río criará ranas, las cuales subirán y entrarán en tu casa, en la cámara donde duermes, y sobre tu cama, y en las casas de tus siervos, en tu pueblo, en tus hornos y en tus artesas. 4 Y las ranas subirán sobre ti, sobre tu pueblo, y sobre todos tus siervos. 5 Y Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón: Extiende tu mano con tu vara sobre los ríos, arroyos y estanques, para que haga subir ranas sobre la tierra de Egipto. 6 Entonces Aarón extendió su mano sobre las aguas de Egipto, y subieron ranas que cubrieron la tierra de Egipto. 7 Y los hechiceros hicieron lo mismo con sus encantamientos, e hicieron venir ranas sobre la tierra de Egipto. 8 Entonces Faraón llamó a Moisés y a Aarón, y les dijo: Orad a Jehová para que quite las ranas de mí y de mi pueblo, y dejaré ir a tu pueblo para que ofrezca sacrificios a Jehová. 9 Y dijo Moisés a Faraón: Dígnate indicarme cuándo debo orar por ti, por tus siervos y por tu pueblo, para que las ranas sean quitadas de ti y de tus casas, y que solamente queden en el río. 10 Y él dijo: Mañana. Y Moisés respondió: Se hará conforme a tu palabra, para que conozcas que no hay como Jehová nuestro Dios. 11 Y las ranas se irán de ti, y de tus casas, de tus siervos y de tu pueblo, y solamente quedarán en el río. 12 Entonces salieron Moisés y Aarón de la presencia de Faraón. Y clamó Moisés a Jehová tocante a las ranas que había mandado a Faraón. 13 E hizo Jehová conforme a la palabra de Moisés, y murieron las ranas de las casas, de los cortijos y de los campos. 14 Y las juntaron en montones, y apestaba la tierra. 15 Pero viendo Faraón que le habían dado reposo, endureció su corazón y no los escuchó, como Jehová lo había dicho. 16 Entonces Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón: Extiende tu vara y golpea el polvo de la tierra, para que se vuelva piojos por todo el país de Egipto. 17 Y ellos lo hicieron así; y Aarón extendió su mano con su vara, y golpeó el polvo de la tierra, el cual se volvió piojos, así en los hombres como en las bestias; todo el polvo de la tierra se volvió piojos en todo el país de Egipto. 18 Y los hechiceros hicieron así también, para sacar piojos con sus encantamientos; pero no pudieron. Y hubo piojos tanto en los hombres como en las bestias. 19 Entonces los hechiceros dijeron a Faraón: Dedo de Dios es este. Mas el corazón de Faraón se endureció, y no los escuchó, como Jehová lo había dicho.

Dios indicó a Moisés que el diálogo con el faraón sería difícil y casi imposible (Éxo. 7:14). Sin embargo, el Señor quería revelarse al faraón y a los egipcios. Por lo tanto, decidió comunicarse con ellos de una manera que pudieran entender. Además, los hebreos se beneficiarían de esta confrontación porque aprenderían más acerca de su Dios.

La primera plaga iba dirigida contra Hapi, el dios del Nilo (Éxo. 7:17-25). La vida en Egipto dependía totalmente del agua de ese río. Donde había agua, había vida. El agua era la fuente de la vida, así que inventaron un dios, Hapi, y lo adoraron como proveedor de vida.

Por supuesto, solo el Dios vivo es la Fuente de la vida, el Creador de todo, incluidos el agua y los alimentos (Gén. 1:1, 2, 20-22; Sal. 104:27, 28; 136:25; Juan 11:25; 14:6). Transformar el agua en sangre simboliza transformar la vida en muerte. Hapi no era capaz de proporcionar y proteger la vida. Esto solamente es posible mediante el poder del Señor.

Dios dio entonces otra oportunidad al faraón. El Señor se enfrentó esta vez directamente a Heket, la diosa de las ranas (Éxo. 8:1-15). En lugar de vida, el Nilo produjo ranas, que los egipcios temían y detestaban. Quisieron deshacerse de ellas. El momento preciso en que esta plaga fue eliminada demostró que el poder de Dios también estaba detrás de ella.

La tercera plaga es la más brevemente descrita (Éxo. 8:16-19). No es posible saber con certeza qué tipo de insectos (heb. kinnim) intervinieron. Pudieron ser mosquitos, garrapatas o piojos. La plaga estaba dirigida contra Geb, el dios egipcio de la tierra. Del polvo de ella (ecos de la historia bíblica de la Creación), Dios hizo salir los insectos que se extendieron por doquier. Incapaces de duplicar este milagro (solo Dios puede crear vida), los magos declararon: “Dedo de Dios es este” (Éxo. 8:19). Sin embargo, el faraón se negó a ceder.

Piensa en cuán duro era el corazón del faraón. El rechazo repetido de las indicaciones de Dios no hizo más que empeorar su condición. ¿Qué lecciones hay aquí para cada uno de nosotros acerca del rechazo constante de las exhortaciones del Señor?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Aunque los magos parecían producir ranas como Moisés y Aarón, no podían eliminarlas. Cuando el Faraón vio que los magos no podían detener la plaga ni eliminar las ranas, se sintió un poco humillado, y quiso que Moisés y Aarón suplicaran al Señor por él para que eliminara la plaga de las ranas. Empezaba a saber algo acerca de aquel Dios del que se declaraba totalmente ignorante. Moisés y Aarón le habían dicho al Faraón que ellos no producían las ranas por magia, ni por ningún poder que poseyeran; que Dios, el Dios viviente, las había hecho venir por su poder, y que solo él podía eliminarlas. Previamente, el Faraón se había jactado ante Moisés y Aarón, porque los magos podían con sus encantamientos hacer aparecer las mismas cosas. Cuando pidió a Moisés que suplicara al Señor por él, este le recordó su anterior altanería y jactancia a causa de las obras realizadas por sus magos; y preguntó al Faraón dónde estaba ahora su vanagloria, y dónde estaba el poder de aquellos magos para eliminar la plaga.

El Señor escuchó las súplicas de Moisés y detuvo la plaga de ranas. Cuando el rey se vio aliviado de su angustia inmediata, volvió a negarse obstinadamente a libertar a Israel. Moisés y Aarón, por orden del Señor, hicieron que el polvo de la tierra se convirtiera en piojos a lo largo de toda la tierra de Egipto. El faraón llamó a los magos para que se presentaran ante él para hacer lo mismo con sus encantamientos, pero no pudieron. Moisés y Aarón, los siervos de Dios, por orden suya, produjeron la plaga de los piojos. Los magos, siervos de Satanás, por mandato de este, procuraron producir lo mismo con sus encantamientos, pero no pudieron. La obra de Dios se mostró superior al poder de Satanás; pues los magos con sus encantamientos solo podían realizar unas pocas hazañas. Cuando los magos vieron que no podían producir los piojos, dijeron a Faraón: «Entonces los hechiceros dijeron a Faraón: Dedo de Dios es este. Mas el corazón de Faraón se endureció, y no los escuchó, como Jehová lo había dicho» (Spiritual Gifts, t. 3, pp. 208, 209).

Faraón llamó a los hechiceros para que obraran con sus encantamientos. También ellos realizaron señales y maravillas, porque Satanás vino en su ayuda para trabajar por medio de ellos. Sin embargo, aun en esto la obra de Dios resultó superior al poder de Satanás, porque los hechiceros no pudieron llevar a cabo todos los milagros que Dios había realizado mediante Moisés. Pudieron duplicar solamente algunos de ellos. Las varas de los hechiceros se convirtieron en serpientes, pero la vara de Aarón se comió a todas las demás. Después que los hechiceros procuraron producir piojos, pero fracasaron, fueron compelidos por el poder de Dios a reconocer lo siguiente: «Dedo de Dios es este». Éxodo 8:19. Satanás obró mediante los hechiceros en una forma calculada para endurecer el corazón del tirano Faraón contra las milagrosas manifestaciones del poder de Dios. Satanás pensó hacer vacilar la fe de Moisés y Aarón en el origen divino de su misión, y entonces sus instrumentos, los magos, prevalecerían. Satanás no estaba dispuesto a que el pueblo de Israel fuera liberado de la servidumbre egipcia, para que pudiera servir a Dios (Spiritual Gifts, t. 4, p. 82; parcialmente en Testimonios para la Iglesia, t. 1 , p. 263).


Miércoles 23 de julio

MOSCAS, GANADO Y ÚLCERAS

Lee Éxodo 8:20 a 9:12. ¿Qué enseña este relato acerca de la libertad humana de rechazar a Dios aun teniendo delante las mayores manifestaciones de su poder y su gloria?

Éxodo 8:20-9:12

20 Jehová dijo a Moisés: Levántate de mañana y ponte delante de Faraón, he aquí él sale al río; y dile: Jehová ha dicho así: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva. 21 Porque si no dejas ir a mi pueblo, he aquí yo enviaré sobre ti, sobre tus siervos, sobre tu pueblo y sobre tus casas toda clase de moscas; y las casas de los egipcios se llenarán de toda clase de moscas, y asimismo la tierra donde ellos estén. 22 Y aquel día yo apartaré la tierra de Gosén, en la cual habita mi pueblo, para que ninguna clase de moscas haya en ella, a fin de que sepas que yo soy Jehová en medio de la tierra. 23 Y yo pondré redención entre mi pueblo y el tuyo. Mañana será esta señal. 24 Y Jehová lo hizo así, y vino toda clase de moscas molestísimas sobre la casa de Faraón, sobre las casas de sus siervos, y sobre todo el país de Egipto; y la tierra fue corrompida a causa de ellas. 25 Entonces Faraón llamó a Moisés y a Aarón, y les dijo: Andad, ofreced sacrificio a vuestro Dios en la tierra. 26 Y Moisés respondió: No conviene que hagamos así, porque ofreceríamos a Jehová nuestro Dios la abominación de los egipcios. He aquí, si sacrificáramos la abominación de los egipcios delante de ellos, ¿no nos apedrearían? 27 Camino de tres días iremos por el desierto, y ofreceremos sacrificios a Jehová nuestro Dios, como él nos dirá. 28 Dijo Faraón: Yo os dejaré ir para que ofrezcáis sacrificios a Jehová vuestro Dios en el desierto, con tal que no vayáis más lejos; orad por mí. 29 Y respondió Moisés: He aquí, al salir yo de tu presencia, rogaré a Jehová que las diversas clases de moscas se vayan de Faraón, y de sus siervos, y de su pueblo mañana; con tal que Faraón no falte más, no dejando ir al pueblo a dar sacrificio a Jehová. 30 Entonces Moisés salió de la presencia de Faraón, y oró a Jehová. 31 Y Jehová hizo conforme a la palabra de Moisés, y quitó todas aquellas moscas de Faraón, de sus siervos y de su pueblo, sin que quedara una. 32 Mas Faraón endureció aun esta vez su corazón, y no dejó ir al pueblo.

1 Entonces Jehová dijo a Moisés: Entra a la presencia de Faraón, y dile: Jehová, el Dios de los hebreos, dice así: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva. 2 Porque si no lo quieres dejar ir, y lo detienes aún, 3 he aquí la mano de Jehová estará sobre tus ganados que están en el campo, caballos, asnos, camellos, vacas y ovejas, con plaga gravísima. 4 Y Jehová hará separación entre los ganados de Israel y los de Egipto, de modo que nada muera de todo lo de los hijos de Israel. 5 Y Jehová fijó plazo, diciendo: Mañana hará Jehová esta cosa en la tierra. 6 Al día siguiente Jehová hizo aquello, y murió todo el ganado de Egipto; mas del ganado de los hijos de Israel no murió uno. 7 Entonces Faraón envió, y he aquí que del ganado de los hijos de Israel no había muerto uno. Mas el corazón de Faraón se endureció, y no dejó ir al pueblo. 8 Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Tomad puñados de ceniza de un horno, y la esparcirá Moisés hacia el cielo delante de Faraón; 9 y vendrá a ser polvo sobre toda la tierra de Egipto, y producirá sarpullido con úlceras en los hombres y en las bestias, por todo el país de Egipto. 10 Y tomaron ceniza del horno, y se pusieron delante de Faraón, y la esparció Moisés hacia el cielo; y hubo sarpullido que produjo úlceras tanto en los hombres como en las bestias. 11 Y los hechiceros no podían estar delante de Moisés a causa del sarpullido, porque hubo sarpullido en los hechiceros y en todos los egipcios. 12 Pero Jehová endureció el corazón de Faraón, y no los oyó, como Jehová lo había dicho a Moisés.

Wadjet era el dios egipcio de las moscas y los pantanos. A su vez, el dios Jepri (la deidad del sol naciente, la creación y el renacimiento) era representado con la cabeza de una mosca. Estos “dioses” fueron derrotados por el Señor. Mientras los egipcios sufrían, los hebreos estaban protegidos (Éxo. 8:20-24). De hecho, ninguna otra plaga los afectó.

De nuevo, todo esto fue un intento de Dios de hacer saber al faraón que: “Yo soy el Señor en medio de la tierra” (Éxo. 8:22).

El faraón empezó a negociar. Sin duda, la presión iba en aumento. Estaba dispuesto a que Israel adorara a su Dios y le ofreciera sacrificios, pero solo en la tierra de Egipto (Éxo. 8:25). Sus condiciones no podían ser cumplidas pues ciertos animales eran considerados sagrados allí. Sacrificarlos habría provocado la violencia de los egipcios contra los hebreos. Además, la propuesta de faraón no era el plan de Dios para Israel.

Mientras tanto, la siguiente plaga (Éxo. 9:1-7) cae sobre el ganado. Hathor, la diosa egipcia del amor y la protección, era representada con cabeza de vaca. El dios toro Apis también era muy popular y apreciado en el antiguo Egipto. Por lo tanto, esas otras deidades principales fueron derrotadas al morir el ganado de los egipcios durante la quinta plaga.

En la sexta plaga (Éxo. 9:8-12) se pone de manifiesto la derrota total de Isis, la diosa de la medicina, la magia y la sabiduría. También vemos la derrota de deidades como Sejmet (diosa de la guerra y las epidemias) e Imhotep (dios de la medicina y la curación), incapaces de proteger a sus propios adoradores. Irónicamente, ahora incluso los magos y los hechiceros están tan afligidos que no pueden comparecer ante el tribunal, lo que demuestra que están indefensos ante el Creador del Cielo y de la Tierra.

Por primera vez en el relato de las diez plagas, un texto dice que “el Señor endureció el corazón de Faraón” (Éxo. 9:12). Por confusa que pueda resultar esta frase, ella revela a la luz del contexto que el Señor permite que los seres humanos cosechen las consecuencias de su continuo rechazo hacia él.

El problema del faraón no era de índole intelectual, ya que contaba con suficiente evidencia para tomar la decisión correcta. Era, en cambio, un problema espiritual. ¿Qué debería decirnos esto acerca de por qué debemos guardar nuestro corazón, es decir, velar por nuestra condición interior?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Los egipcios adoraban a ciertas bestias, y consideraban una ofensa imperdonable matar a una de ellas. Y si uno de sus objetos de culto era sacrificado, aunque fuera accidentalmente, solo la vida de la persona podía responder por la ofensa. Moisés demostró al Faraón la imposibilidad de ofrecer sacrificios a Dios en la tierra de Egipto, a la vista de los egipcios, ya que podrían seleccionar para su ofrenda alguna de las bestias que consideraban sagradas.

Moisés propuso de nuevo ir tres días de camino al desierto. El rey consintió mientras estaba bajo la mano castigadora de Dios. «Dijo Faraón: Yo os dejaré ir para que ofrezcáis sacrificios a Jehová vuestro Dios en el desierto, con tal que no vayáis más lejos; orad por mí. 29 Y respondió Moisés: He aquí, al salir yo de tu presencia, rogaré a Jehová que las diversas clases de moscas se vayan de Faraón, y de sus siervos, y de su pueblo mañana; con tal que Faraón no falte más, no dejando ir al pueblo a dar sacrificio a Jehová. 30 Entonces Moisés salió de la presencia de Faraón, y oró a Jehová. 31 Y Jehová hizo conforme a la palabra de Moisés, y quitó todas aquellas moscas de Faraón, de sus siervos y de su pueblo, sin que quedara una. 32 Mas Faraón endureció aun esta vez su corazón, y no dejó ir al pueblo».

El Señor ordenó a Moisés y a Aarón que se presentasen de nuevo ante el faraón y le dijesen: «Jehová, el Dios de los hebreos, dice así: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva». Y si se negara a dejarlos ir y los detuviera, la plaga caería sobre su ganado. «Y Jehová hará separación entre los ganados de Israel y los de Egipto, de modo que nada muera de todo lo de los hijos de Israel». Y murió todo el ganado sobre el cual cayó la plaga, pero no murió ni uno solo del ganado de los hebreos. El Faraón envió mensajeros para preguntar si había muerto alguno de los ganados de los israelitas. El mensajero volvió al rey con la noticia de que no había muerto ni uno solo de ellos, ni estaban afectados en absoluto por la plaga. Sin embargo, su corazón se endureció y se negó a dejar a Israel marcharse (Spiritual Gifts, t. 3, p. 211).

Los magos, con toda su magia y su supuesto poder, no pudieron, con ninguno de sus encantamientos, protegerse de la grave plaga de los furúnculos. Ya no podían estar delante de Moisés y Aarón, a causa de esta grave aflicción. Se permitió así a los egipcios ver cuán completamente inútil era para ellos poner su confianza en el supuesto poder de los magos, cuando ni siquiera podían salvar sus propios cuerpos de las plagas (Spiritual Gifts, t. 3, 212).


Jueves 24 de julio

GRANIZO, LANGOSTAS Y OSCURIDAD

Lee Éxodo 9:13 a 10:29. ¿Hasta qué punto consiguen estas plagas que el faraón cambie de opinión?

Éxodo 9:13-10:29

13 Entonces Jehová dijo a Moisés: Levántate de mañana, y ponte delante de Faraón, y dile: Jehová, el Dios de los hebreos, dice así: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva. 14 Porque yo enviaré esta vez todas mis plagas a tu corazón, sobre tus siervos y sobre tu pueblo, para que entiendas que no hay otro como yo en toda la tierra. 15 Porque ahora yo extenderé mi mano para herirte a ti y a tu pueblo de plaga, y serás quitado de la tierra. 16 Y a la verdad yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra. 17 ¿Todavía te ensoberbeces contra mi pueblo, para no dejarlos ir? 18 He aquí que mañana a estas horas yo haré llover granizo muy pesado, cual nunca hubo en Egipto, desde el día que se fundó hasta ahora. 19 Envía, pues, a recoger tu ganado, y todo lo que tienes en el campo; porque todo hombre o animal que se halle en el campo, y no sea recogido a casa, el granizo caerá sobre él, y morirá. 20 De los siervos de Faraón, el que tuvo temor de la palabra de Jehová hizo huir sus criados y su ganado a casa; 21 mas el que no puso en su corazón la palabra de Jehová, dejó sus criados y sus ganados en el campo. 22 Y Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano hacia el cielo, para que venga granizo en toda la tierra de Egipto sobre los hombres, y sobre las bestias, y sobre toda la hierba del campo en el país de Egipto. 23 Y Moisés extendió su vara hacia el cielo, y Jehová hizo tronar y granizar, y el fuego se descargó sobre la tierra; y Jehová hizo llover granizo sobre la tierra de Egipto. 24 Hubo, pues, granizo, y fuego mezclado con el granizo, tan grande, cual nunca hubo en toda la tierra de Egipto desde que fue habitada. 25 Y aquel granizo hirió en toda la tierra de Egipto todo lo que estaba en el campo, así hombres como bestias; asimismo destrozó el granizo toda la hierba del campo, y desgajó todos los árboles del país. 26 Solamente en la tierra de Gosén, donde estaban los hijos de Israel, no hubo granizo. 27 Entonces Faraón envió a llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo: He pecado esta vez; Jehová es justo, y yo y mi pueblo impíos. 28 Orad a Jehová para que cesen los truenos de Dios y el granizo, y yo os dejaré ir, y no os detendréis más. 29 Y le respondió Moisés: Tan pronto salga yo de la ciudad, extenderé mis manos a Jehová, y los truenos cesarán, y no habrá más granizo; para que sepas que de Jehová es la tierra. 30 Pero yo sé que ni tú ni tus siervos temeréis todavía la presencia de Jehová Dios. 31 El lino, pues, y la cebada fueron destrozados, porque la cebada estaba ya espigada, y el lino en caña. 32 Mas el trigo y el centeno no fueron destrozados, porque eran tardíos. 33 Y salido Moisés de la presencia de Faraón, fuera de la ciudad, extendió sus manos a Jehová, y cesaron los truenos y el granizo, y la lluvia no cayó más sobre la tierra. 34 Y viendo Faraón que la lluvia había cesado, y el granizo y los truenos, se obstinó en pecar, y endurecieron su corazón él y sus siervos. 35 Y el corazón de Faraón se endureció, y no dejó ir a los hijos de Israel, como Jehová lo había dicho por medio de Moisés.

1 Jehová dijo a Moisés: Entra a la presencia de Faraón; porque yo he endurecido su corazón, y el corazón de sus siervos, para mostrar entre ellos estas mis señales, 2 y para que cuentes a tus hijos y a tus nietos las cosas que yo hice en Egipto, y mis señales que hice entre ellos; para que sepáis que yo soy Jehová. 3 Entonces vinieron Moisés y Aarón a Faraón, y le dijeron: Jehová el Dios de los hebreos ha dicho así: ¿Hasta cuándo no querrás humillarte delante de mí? Deja ir a mi pueblo, para que me sirva. 4 Y si aún rehúsas dejarlo ir, he aquí que mañana yo traeré sobre tu territorio la langosta, 5 la cual cubrirá la faz de la tierra, de modo que no pueda verse la tierra; y ella comerá lo que escapó, lo que os quedó del granizo; comerá asimismo todo árbol que os fructifica en el campo. 6 Y llenará tus casas, y las casas de todos tus siervos, y las casas de todos los egipcios, cual nunca vieron tus padres ni tus abuelos, desde que ellos fueron sobre la tierra hasta hoy. Y se volvió y salió de delante de Faraón. 7 Entonces los siervos de Faraón le dijeron: ¿Hasta cuándo será este hombre un lazo para nosotros? Deja ir a estos hombres, para que sirvan a Jehová su Dios. ¿Acaso no sabes todavía que Egipto está ya destruido? 8 Y Moisés y Aarón volvieron a ser llamados ante Faraón, el cual les dijo: Andad, servid a Jehová vuestro Dios. ¿Quiénes son los que han de ir? 9 Moisés respondió: Hemos de ir con nuestros niños y con nuestros viejos, con nuestros hijos y con nuestras hijas; con nuestras ovejas y con nuestras vacas hemos de ir; porque es nuestra fiesta solemne para Jehová. 10 Y él les dijo: ¡Así sea Jehová con vosotros! ¿Cómo os voy a dejar ir a vosotros y a vuestros niños? ¡Mirad cómo el mal está delante de vuestro rostro! 11 No será así; id ahora vosotros los varones, y servid a Jehová, pues esto es lo que vosotros pedisteis. Y los echaron de la presencia de Faraón. 12 Entonces Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano sobre la tierra de Egipto para traer la langosta, a fin de que suba sobre el país de Egipto, y consuma todo lo que el granizo dejó. 13 Y extendió Moisés su vara sobre la tierra de Egipto, y Jehová trajo un viento oriental sobre el país todo aquel día y toda aquella noche; y al venir la mañana el viento oriental trajo la langosta. 14 Y subió la langosta sobre toda la tierra de Egipto, y se asentó en todo el país de Egipto en tan gran cantidad como no la hubo antes ni la habrá después; 15 y cubrió la faz de todo el país, y oscureció la tierra; y consumió toda la hierba de la tierra, y todo el fruto de los árboles que había dejado el granizo; no quedó cosa verde en árboles ni en hierba del campo, en toda la tierra de Egipto. 16 Entonces Faraón se apresuró a llamar a Moisés y a Aarón, y dijo: He pecado contra Jehová vuestro Dios, y contra vosotros. 17 Mas os ruego ahora que perdonéis mi pecado solamente esta vez, y que oréis a Jehová vuestro Dios que quite de mí al menos esta plaga mortal. 18 Y salió Moisés de delante de Faraón, y oró a Jehová. 19 Entonces Jehová trajo un fortísimo viento occidental, y quitó la langosta y la arrojó en el Mar Rojo; ni una langosta quedó en todo el país de Egipto. 20 Pero Jehová endureció el corazón de Faraón, y este no dejó ir a los hijos de Israel. 21 Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano hacia el cielo, para que haya tinieblas sobre la tierra de Egipto, tanto que cualquiera las palpe. 22 Y extendió Moisés su mano hacia el cielo, y hubo densas tinieblas sobre toda la tierra de Egipto, por tres días. 23 Ninguno vio a su prójimo, ni nadie se levantó de su lugar en tres días; mas todos los hijos de Israel tenían luz en sus habitaciones. 24 Entonces Faraón hizo llamar a Moisés, y dijo: Id, servid a Jehová; solamente queden vuestras ovejas y vuestras vacas; vayan también vuestros niños con vosotros. 25 Y Moisés respondió: Tú también nos darás sacrificios y holocaustos que sacrifiquemos para Jehová nuestro Dios. 26 Nuestros ganados irán también con nosotros; no quedará ni una pezuña; porque de ellos hemos de tomar para servir a Jehová nuestro Dios, y no sabemos con qué hemos de servir a Jehová hasta que lleguemos allá. 27 Pero Jehová endureció el corazón de Faraón, y no quiso dejarlos ir. 28 Y le dijo Faraón: Retírate de mí; guárdate que no veas más mi rostro, porque en cualquier día que vieres mi rostro, morirás. 29 Y Moisés respondió: Bien has dicho; no veré más tu rostro.

Nut era la diosa egipcia del Cielo, y a menudo se la representaba controlando lo que ocurría bajo el Cielo y en la Tierra. Osiris era el dios de las cosechas y la fertilidad. En la Biblia, el granizo se asocia a menudo con el juicio de Dios (Isa. 28:2, 17; Eze. 13:11-13). Durante esta plaga, quienes resguardaran sus bienes en un lugar seguro estarían protegidos (Éxo. 9:20, 21). Todos son ahora puestos a prueba: ¿creerán a Dios y actuarán en consecuencia o no?

Dios anuncia que su propósito al dejar vivir al faraón es que toda la tierra conozca al Señor (Éxo. 9:16). El rey de Egipto confiesa ahora que ha pecado, pero más tarde cambia de opinión.

El dios egipcio de la tormenta, la guerra y el desorden se llamaba Seth. Tanto él como Isis eran además considerados deidades de la agricultura. Shu era el dios de la atmósfera. Serapis personificaba la majestad divina, la fertilidad, la curación y la vida después de la muerte. Ninguno de los dioses egipcios podía detener los juicios de Dios (Éxo. 10:4-20) porque los ídolos no son nada (Isa. 44:9, 10, 12-17).

Los siervos del faraón lo instaron a que dejara marchar a Israel, pero él volvió a negarse. Hizo un ofrecimiento que Moisés rechazó con razón, pues las mujeres y los niños son una parte vital e inseparable del culto y de la comunidad de fe.

Por último, Ra era la principal deidad egipcia, el dios del Sol, mientras que Tut era un dios lunar. Sin embargo, ninguno de ellos era capaz de proveer luz. El faraón intenta nuevamente negociar, aunque sin éxito. Un período de tres días de oscuridad asoló Egipto, pero había luz donde vivían los israelitas. La separación no podía ser más espectacular.

Sin embargo, a pesar de la disciplina divina recibida por la nación, el faraón estaba decidido a luchar y a no cejar en su empeño. Aunque no conocemos sus motivos más profundos, su actitud pudo haberse tornado en cierto punto una cuestión de mero orgullo. No importaba cuán poderosa fuera la evidencia ni cuán obvio resultara lo que estaba sucediendo. Incluso sus propios sirvientes declararon: “¿Hasta cuándo este hombre nos ha de ser un lazo? Deja ir a esos hombres, para que sirvan al Señor su Dios. ¿No sabes aún que Egipto está destruido?” (Éxo. 10:7). Tampoco importaba que la opción correcta estuviera justo delante de él. Tras vacilar un poco, el faraón seguía negándose a rendirse a la voluntad de Dios y a dejar ir al pueblo.

Cuán dramático ejemplo de las palabras: “La soberbia precede a la ruina, y la altivez de espíritu a la caída” (Prov. 16:18).

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Los que obedecieron la orden del Señor reunieron su ganado en establos y casas, al paso que los que tenían endurecido el corazón, como Faraón, dejaron su ganado en el campo. Aquí hubo una oportunidad para poner a prueba el orgullo exacerbado de los egipcios y para mostrar cuántos había cuyo corazón realmente estuvo afectado por el maravilloso proceder de Dios con su pueblo, a quien ellos habían despreciado y tratado cruelmente. «Hubo, pues, granizo, y fuego mezclado con el granizo, tan grande, cual nunca hubo en toda la tierra de Egipto desde que fue habitada. Y aquel granizo hirió en toda la tierra de Egipto todo lo que estaba en el campo, así hombres como bestias; asimismo destrozó el granizo toda la hierba del campo, y desgajó todos los árboles del país. Solamente en la tierra de Gosén, donde estaban los hijos de Israel, no hubo granizo. Entonces Faraón envió a llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo: He pecado esta vez; Jehová es justo, y yo y mi pueblo impíos. Orad a Jehová para que cesen los truenos de Dios y el gramzo, y yo os dejaré ir, y no os detendréis más. Y le respondió Moisés: Tan pronto salga yo de la ciudad, extenderé mis manos a Jehová, y los truenos cesarán, y no habrá más granizo; para que sepas que de Jehová es la tierra. Pero yo sé que ni tú ni tus siervos temeréis todavía la presencia de Jehová Dios. El lino, pues, y la cebada fueron destrozados, porque la cebada estaba ya espigada, y el lino en caña. Mas el trigo y el centeno no fueron destrozados, porque eran tardíos»

Después de que la plaga fue detenida, el rey rehusó dejar salir a Israel. La rebelión engendra rebelión. El rey se había endurecido de tal manera con su continua oposición a la voluntad de Dios, que todo su ser se alzó en rebeldía ante la tremenda exhibición del poder divino (Spiritual Gifts, t. 3, pp. 214, 215; parcialmente en Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 1, pp. 1114, 1115).

Por último, el temor arrancó a Faraón una concesión más. Al fin del tercer día de tinieblas, llamó a Moisés, y le dio su consentimiento para que saliera el pueblo, con tal de que los rebaños y las manadas permanecieran. «No quedará ni una uña —contestó el decidido hebreo—; porque… no sabemos con qué hemos de servir a Jehová, hasta que lleguemos allá». La ira del rey estalló desenfrenadamente y gritó: «Retírate de mí: guárdate que no veas más mi rostro, porque en cualquier día que vieres mi rostro, morirás». La contestación fue: «Bien has dicho; no veré más tu rostro».

«Moisés era muy gran varón en la tierra de Egipto, a los ojos de los siervos de Faraón, y a los ojos del pueblo». Moisés era considerado como persona venerable por los egipcios. El rey no se atrevió a hacerle daño, pues la gente le consideraba como el único ser capaz de quitar las plagas. Deseaban que se permitiese a los israelitas salir de Egipto. Fueron el rey y los sacerdotes los que se opusieron hasta el último momento a las demandas de Moisés (Historia de los patriarcas y profetas, p. 278).


Viernes 25 de julio

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:

Lee el capítulo titulado “Las plagas de Egipto” en el libro Patriarcas y profetas, de Elena de White, pp. 269-278.

“[Dios] permitió que su pueblo experimentara la terrible crueldad de los egipcios para que no fueran engañados por la degradante influencia de la idolatría. En su trato con el faraón, el Señor mostró su odio por la idolatría, y su firme decisión de castigar la crueldad y la opresión. […]

Dios había declarado tocante a Faraón: ‘Pero yo endureceré su corazón, de modo que no dejará ir al pueblo’ (Éxo. 4:21). No fue ejercido un poder sobrenatural para endurecer el corazón del rey. Dios dio a Faraón las evidencias más notables del poder divino; pero el monarca rehusó obstinadamente aceptar la luz. Toda manifestación de poder infinito que él rechazaba lo empecinaba más en su rebelión. Las semillas de rebelión que el rey sembró cuando rechazó el primer milagro, produjeron su cosecha” (Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 273).

“El Sol y la Luna eran para los egipcios objetos de adoración; en esas tinieblas misteriosas, tanto la gente como sus dioses fueron heridos por el poder que había patrocinado la causa de los siervos. Sin embargo, por espantoso que fuera, este castigo evidenciaba la compasión de Dios y su falta de voluntad para destruir. Estaba dando a la gente tiempo para reflexionar y arrepentirse antes de enviarles la última y más terrible de las plagas” (Patriarcas y profetas, p. 278).

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

  1. Reflexiona acerca de por qué el faraón se endureció tanto contra la opción obviamente correcta; a saber, ¡dejar ir al pueblo! ¿Cómo puede alguien engañarse tanto a sí mismo? ¿Qué advertencia representa esto para nosotros acerca del peligro de obstinarnos en el pecado al punto de tomar decisiones desastrosas aunque el camino correcto esté ante nosotros todo el tiempo? ¿Qué otros personajes bíblicos cometieron el mismo error? Piensa, por ejemplo, en Judas.
  2. En un momento dado, en medio de la devastación que el faraón había acarreado a su propia tierra y a su pueblo, declaró: “He pecado esta vez. El Señor es justo, y yo y mi pueblo impíos” (Éxo. 9:27). Aunque esa era una maravillosa confesión de pecado, ¿cómo sabemos que no era sincera?

Lección 4 – LAS PLAGAS – Para el 26 de julio de 2025

Usualmente el video es subido a internet, el sábado por la noche o el domingo.

Lecciones Futuras de Escuela Sabática

Año
1er Trimestre
2do Trimestre
3er Trimestre
4to Trimestre

2025

El Amor de Dios y su Justicia

Alusiones, Imágenes y Símbolos

El Éxodo

Justicia

2026

Colosenses – Filipenses

Relación con Dios

1 y 2 Corintios

El Don de Profecía

2027

Mayordomía

Vida de Jesús

Profecías Apocalípticas

Hermenéutica

Acordeón Trimestres
1er TrimestreEl Amor de Dios y su Justicia
2do TrimestreAlusiones, Imágenes y Símbolos
3er TrimestreEl Éxodo
4to TrimestreJusticia
1er TrimestreColosenses – Filipenses
2do TrimestreRelación con Dios
3er Trimestre1 y 2 Corintios
4to TrimestreEl Don de Profecía
1er TrimestreMayordomía
2do TrimestreVida de Jesús
3er TrimestreProfecías Apocalípticas
4to TrimestreHermenéutica

Si usted se encuentra en el área de Washington DC y desea visitar una iglesia Adventista de habla hispana, le invitamos a asistir a nuestra iglesia, este es el enlace:

Ver esta lección en YouTube:

Lección 4: Para el 26 de julio de 2025

LAS PLAGAS

Sábado 19 de julio

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Éxodo 7:8-10:29; Números 33:4; Romanos 1:24-32; Salmos 104:27, 28; Isaías 28:2, 12-17; Isaías 44:9, 10, 12-17.

PARA MEMORIZAR:

“Y tal como el Señor lo había dicho por medio de Moisés, el corazón de Faraón se endureció y no dejó ir a los israelitas” (Éxo. 9:35).

Cierto granjero intentaba que su burro se moviera, pero el animal no lo hacía. Tomó entonces una rama gruesa y la azotó contra el suelo. Volvió a hablar al burro, y este empezó a moverse.

Cuando alguien preguntó al granjero por qué su técnica había funcionado con el terco animal, respondió: “Lo primero fue llamar su atención”.

Dejando a un lado cualquier cuestión acerca de la crueldad contra los animales, hay un punto que señalar aquí, especialmente en el contexto del éxodo de los hebreos fuera de Egipto. Moisés había recibido órdenes de marchar y se dirigió al faraón con las famosas palabras shalaj et ami: “¡Deja ir a mi pueblo!”

Sin embargo, el faraón no quiso dejar marchar al pueblo de Dios. Las Escrituras no explican por qué el gobernante se mostraba tan reacio, más allá de la amenaza militar que los egipcios temían que los hebreos pudieran representar (ver Éxo. 1:10). Lo más probable es que, como suele ocurrir con la esclavitud, la razón de su negativa fuera puramente económica. Los hebreos eran mano de obra barata, por lo que no quería perder las ventajas financieras que estos esclavos le proporcionaban. Haría falta, pues, cierta persuasión no solo para llamar su atención, sino también para hacerlo cambiar de opinión.

ESPÍRITU DE PROFECÍA

El Señor le indicó a Moisés que volviera ante el pueblo y le repitiera la promesa de la liberación, con nuevas garantías del favor divino. Hizo lo que se le mandó; pero ellos no quisieron prestarle atención. Dice la Escritura: «Mas ellos no escuchaban… a causa de la congoja de espíritu, y de la dura servidumbre». De nuevo llegó el mensaje divino a Moisés: «Entra, y habla a Faraón rey de Egipto, que deje ir de su tierra a los hijos de Israel». Desalentado contestó: «He aquí los hijos de Israel no me escuchan: ¿cómo pues me escuchará Faraón?» Se le dijo que llevara a Aarón consigo, y que se presentara ante Faraón, para pedir otra vez «que deje ir de su tierra a los hijos de Israel».

Se le dijo que el monarca no cedería hasta que Dios visitara con sus juicios a Egipto y sacara a Israel mediante una señalada manifestación de su poder. Antes de enviar cada plaga, Moisés había de describir su naturaleza y sus efectos, para que el rey se salvara de ella si quería. Todo castigo despreciado sería seguido de uno más severo, hasta que su orgulloso corazón se humillara, y reconociera al Hacedor del cielo y de la tierra como el Dios verdadero y viviente. El Señor iba a dar a los egipcios la oportunidad de ver cuán vana era la sabiduría de sus hombres fuertes, cuán débil el poder de sus dioses, que se oponían a los mandamientos de Jehová. Castigaría al pueblo egipcio por su idolatría, y anularía las supuestas bendiciones que decían recibir de sus dioses inanimados. Dios glorificaría su propio nombre para que otras naciones oyeran de su poder y temblaran ante sus prodigios, y para que su pueblo se apartara de la idolatría y le tributara verdadera adoración (Historia de los patriarcas y profetas, pp. 266, 267).

Mi atención fue dirigida al poder que Dios manifestó a través de Moisés cuando lo envió a entrevistarse con Faraón. Satanás comprendió lo que debía hacer y estaba preparado. Sabía perfectamente que Moisés había sido elegido por Dios para romper el yugo de la cautividad que afligía a los hijos de Israel, y que en su obra simbolizaba la primera venida de Cristo para romper el poder de Satanás sobre la familia humana y libertar a los que habían sido hechos cautivos de su poder. Satanás sabía que cuando Cristo apareciera realizaría obras y milagros admirables para que el mundo supiera que el Padre lo había enviado. Tembló al pensar en el poder de Jesús. Consultó con sus ángeles la forma de llevar a cabo una obra que cumpliera un doble propósito: (l) destruir la influencia de la obra que Dios realizaría mediante su siervo Moisés, para lo cual obraría mediante sus agentes satánicos, y en esa forma representaría falsamente la verdadera obra de Dios; (2) ejercer influencia mediante su obra por medio de los magos que existirían en todas las épocas para destruir en las mentes de muchos la verdadera fe en los poderosos milagros y obra que Cristo llevaría a cabo cuando viniera a este mundo. Satanás sabía que su reino sufriría, porque el poder que ejercería sobre la humanidad estaría sujeto a Cristo. No era la influencia humana o el poder que Moisés poseía lo que produjo los milagros realizados ante Faraón. Era el poder de Dios. Esas señales y maravillas fueron realizadas mediante Moisés para convencer a Faraón de que el gran «Yo Soy» lo había enviado para ordenarle a Faraón a que dejara en libertad a Israel a fin de que este sirviera a Dios (Testimonios para la Iglesia, t. 1, pp. 262, 263).


Domingo 20 de julio

DIOS VERSUS LOS “DIOSES”

Lee Éxodo 7:8 al 15. ¿Qué lecciones se desprenden de este primer enfrentamiento entre el Dios de los hebreos y los dioses de Egipto?

Éxodo 7:8-15

8 Habló Jehová a Moisés y a Aarón, diciendo: 9 Si Faraón os respondiere diciendo: Mostrad milagro; dirás a Aarón: Toma tu vara, y échala delante de Faraón, para que se haga culebra. 10 Vinieron, pues, Moisés y Aarón a Faraón, e hicieron como Jehová lo había mandado. Y echó Aarón su vara delante de Faraón y de sus siervos, y se hizo culebra. 11 Entonces llamó también Faraón sabios y hechiceros, e hicieron también lo mismo los hechiceros de Egipto con sus encantamientos; 12 pues echó cada uno su vara, las cuales se volvieron culebras; mas la vara de Aarón devoró las varas de ellos. 13 Y el corazón de Faraón se endureció, y no los escuchó, como Jehová lo había dicho.

Las batallas venideras iban a ser entre el Dios vivo y los “dioses” egipcios. Lo que empeoraba la situación era que el faraón se consideraba uno de esos dioses. El Señor no luchaba contra los egipcios, ni siquiera contra Egipto en sí, sino contra sus dioses (los egipcios veneraban a más de 1.500 deidades). El texto bíblico es explícito al respecto: “Y ejecutaré mi sentencia contra todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor” (Éxo. 12:12, NVI). Esto es destacado nuevamente más adelante al relatar el viaje de Israel desde Egipto: “El Señor también dictó sentencia contra los dioses egipcios” (Núm. 33:4, NVI).

Un ejemplo de esta sentencia contra esos dioses fue el milagro de la vara convertida en serpiente (Éxo. 7:9-12). En Egipto, la diosa Uadyet era personificada como una cobra y representaba el poder soberano sobre el Bajo Egipto. La figura de esta serpiente aparecía en la corona del faraón, signo de su poder, presunta divinidad, realeza y autoridad, ya que la diosa así representada escupía veneno a sus enemigos. Los egipcios también creían que la serpiente sagrada guiaría al faraón a su existencia futura tras la muerte.

Cuando la vara de Aarón se convirtió en serpiente y devoró a las otras en presencia del rey, quedó demostrada la supremacía del Dios vivo sobre la magia y la hechicería egipcias. El emblema del poderío del faraón no solo fue derrotado, sino que Aarón y Moisés lo tuvieron en sus manos (Éxo. 7:12, 15). La confrontación inicial demostró el poder y el señorío de Dios sobre Egipto. Como representante de Dios, Moisés tenía mayor autoridad y poder que el propio “dios” faraón.

También es significativo que los antiguos egipcios consideraran sagrado y veneraran al dios serpiente Nehebkau (“el que domina a los espíritus”). Según su mitología, esta deidad era muy poderosa en virtud de que había devorado siete cobras. Dios mostró así a los egipcios que él, no el dios serpiente, es quien posee el poder y la autoridad soberanos. Después de semejante confrontación, pudieron comprender este mensaje de manera inmediata e inequívoca.

¿Cómo podemos permitir que el Señor sea soberano sobre cualquier “dios” que pretenda la supremacía en nuestra vida?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Los magos parecieron realizar con sus encantamientos varias cosas similares a las que Dios había efectuado por medio de Moisés y Aarón. En realidad, no hicieron que sus varas se convirtieran en serpientes, sino que por su magia, ayudados por el gran engañador, hicieron que parecieran como serpientes para falsificar la obra de Dios. Satanás ayudó a sus siervos para que resistieran contra la obra del Altísimo, a fin de engañar a la gente y animarla en su rebelión. Faraón quería aferrarse de la más leve evidencia que pudiera obtener para justificarse al resistir la obra de Dios realizada por Moisés y Aarón. Dijo a esos siervos de Dios que sus magos podían hacer todas esas maravillas. La diferencia entre la obra de Dios y la de los magos consistían en que una era de Dios y la otra de Satanás. Una era verdadera y la otra falsa (Spiritual Gifts, t. 3, pp. 205, 206; parcialmente en Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 1, p. 1 114).

Los ancianos de Israel trataron de sostener la desfalleciente fe de sus hermanos, repitiéndoles las promesas hechas a sus padres, y las palabras proféticas con que, antes de su muerte, José predijo la liberación de su pueblo de Egipto. Algunos escucharon y creyeron. Otros, mirando las circunstancias que los rodeaban, se negaron a tener esperanza. Los egipcios, al saber lo que pasaba entre sus siervos, se mofaron de sus esperanzas y desdeñosamente negaron el poder de su Dios. Les señalaron su situación de pueblo esclavo, y dijeron burlonamente: «Si vuestro Dios es justo y misericordioso y posee más poder que los dioses de Egipto, ¿por qué no os libra?» Los egipcios se jactaban de su propia situación. Adoraban deidades que los israelitas llamaban dioses falsos, y no obstante eran una nación rica y poderosa. Afirmaban que sus dioses los habían bendecido con prosperidad, y les habían dado a los israelitas como siervos, y se vanagloriaban de su poder de oprimir y destruir a los adoradores de Jehová. Faraón mismo se jactó de que el Dios de los hebreos no podía librarlos de su mano.

Tales palabras destruyeron las esperanzas de muchos israelitas. Les parecía que su caso era como lo presentaban los egipcios. Es verdad que eran esclavos, y habían de sufrir todo lo que sus crueles comisarios quisieran imponerles. Sus hijos habían sido apresados y muertos, y la vida misma les era una carga. No obstante, adoraban al Dios del cielo. Si Jehová estuviese sobre todos los otros dioses, ciertamente no permitiría que fueran siervos de los idólatras. Pero los que eran fieles comprendieron que por haberse apartado Israel de Dios, y por su inclinación a casarse con idólatras y dejarse llevar a la idolatría, el Señor había permitido que llegaran a ser esclavos; y confiadamente aseguraron a sus hermanos que Dios pronto rompería el yugo del opresor (Historia de los patriarcas y profetas, pp. 265, 266).


Lunes 21 de julio

¿QUIÉN ENDURECIÓ EL CORAZÓN DEL FARAÓN?

Lee Éxodo 7:3, 13, 14 y 22. ¿Cómo entendemos estos textos?

Éxodo 7:3, 13-14 y 22

3 Y yo endureceré el corazón de Faraón, y multiplicaré en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas.

13 Y el corazón de Faraón se endureció, y no los escuchó, como Jehová lo había dicho. 14 Entonces Jehová dijo a Moisés: El corazón de Faraón está endurecido, y no quiere dejar ir al pueblo.

22 Y los hechiceros de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos; y el corazón de Faraón se endureció, y no los escuchó; como Jehová lo había dicho.

El endurecimiento del corazón del faraón es atribuido a Dios nueve veces en Éxodo (Éxo. 4:21; 7:3; 9:12; 10:1, 20, 27; 11:10; 14:4, 8; ver también Rom. 9:17, 18). Otras nueve veces se dice que fue el gobernante egipcio mismo quien endureció su propio corazón (Éxo. 7:13, 14, 22; 8:15, 19, 32; 9:7, 34, 35). Entonces, ¿quién endureció el corazón del rey: Dios o el propio faraón?

Es significativo que, en la historia de las diez plagas del Éxodo, el faraón fue el único responsable del endurecimiento de su corazón en cada una de las primeras cinco. Por lo tanto, él inició el endurecimiento de su propio corazón. Sin embargo, a partir de la sexta plaga, el texto bíblico afirma que fue Dios quien endureció el corazón del faraón (Éxo. 9:12). Esto significa que Dios fortaleció o profundizó la propia decisión del faraón y su actuación voluntaria, como lo había anunciado a Moisés (Éxo. 4:21).

En otras palabras, Dios envió plagas para ayudar al faraón a arrepentirse y liberarlo de su confusión mental y sus errores. Dios no aumentó la maldad en el corazón del faraón, sino que simplemente lo dejó en libertad de ceder a sus propios impulsos malignos. Ya sin la gracia restrictiva de Dios, el gobernante egipcio quedó a merced de su propia maldad (ver Rom. 1:24-32).

El faraón tenía libre albedrío. Podía aceptar a Dios o rechazarlo, y decidió rechazarlo.

Las lecciones que se desprenden de esto son obvias. Se nos ha dado la capacidad de elegir entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal, entre la obediencia y la desobediencia. Desde Lucifer en el Cielo y hasta nosotros hoy, pasando por Adán y Eva en el Edén y el faraón en Egipto, solo hay dos elecciones posibles: la vida o la muerte (Deut. 30:19).

De acuerdo con una conocida analogía, el mismo Sol que derrite la mantequilla endurece la arcilla. El calor del Sol es el mismo en ambos casos, pero hay dos reacciones diferentes y dos resultados distintos en respuesta a él. El efecto depende del material. En el caso del faraón, su respuesta dependía de las actitudes de su corazón hacia Dios y su pueblo.

¿Qué decisiones tomarás en los próximos días haciendo uso de tu libre albedrío? Si sabes cuál es la decisión correcta, ¿cómo puedes prepararte para tomarla?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

El Faraón declaró que Moisés y Aarón eran impostores, y que no podían hacer más que sus magos. Dijeron Moisés y Aarón a Faraón: Ese Jehová que pretendes no conocer, te convencerá de que es más poderoso que todos los dioses. Le informaron que Dios aún realizaría maravillas mayores, que lo dejarían sin excusa, y que serían monumentos perpetuos de su providencia y poder a favor de Israel.

«Entonces Jehová dijo a Moisés: El corazón de Faraón está endurecido, y no quiere dejar ir al pueblo. Ve por la mañana a Faraón, he aquí que él sale al río; y tú ponte a la ribera delante de él, y toma en tu mano la vara que se volvió culebra, y dile: Jehová el Dios de los hebreos me ha enviado a ti, diciendo: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva en el desierto; y he aquí que hasta ahora no has querido oír. Así ha dicho Jehová: En esto conocerás que yo soy Jehová: he aquí, yo golpearé con la vara que tengo en mi mano el agua que está en el río, y se convertirá en sangre. Y los peces que hay en el río morirán, y hederá el río, y los egipcios tendrán asco de beber el agua del río»

El faraón no quiso escuchar a Moisés y a Aarón, sino que despreció sus palabras; sin embargo, no tenía poder para hacerles daño. «Y Moisés y Aarón hicieron como Jehová lo mandó; y alzando la vara golpeó las aguas que había en el río, en presencia de Faraón y de sus siervos; y todas las aguas que había en el río se convirtieron en sangre». Durante siete días continuó la plaga sobre las aguas. Pero el rey no se humilló, sino que endureció su corazón. Se les ordenó a Moisés y a Aarón que, antes de traer las plagas, informaran fielmente a Faraón de la naturaleza de cada plaga que iba a venir, y del efecto de la plaga, para que tuviera la oportunidad de salvarse de ella, si así lo deseaba, permitiendo que los hijos de Israel fueran a sacrificar a Dios. Pero si el rey se negaba a obedecer el mandato de Dios, este lo visitaría con más juicios (Spiritual Gifts, t. 3, pp. 206, 207).

Se nos dice que el Señor endureció el corazón de Faraón. Las repetidas negativas del rey a escuchar la palabra del Señor provocaron mensajes cada vez más directos, más urgentes y contundentes. A cada rechazo de la luz, el Señor manifestaba un despliegue más marcado de su poder; pero la obstinación del rey crecía con cada nueva evidencia del poder y la majestad del Dios del cielo, hasta que se agotó la última flecha de misericordia de la aljaba divina. Entonces el hombre quedó completamente endurecido por su propia resistencia persistente. Faraón sembró obstinación, y cosechó lo mismo en su carácter. El Señor no pudo hacer nada más para convencerlo, porque estaba obstinado y lleno de prejuicios, hasta el punto de que el Espíritu Santo no podía acceder a su corazón. Faraón fue entregado a su propia incredulidad y dureza de corazón. La infidelidad produjo infidelidad. Cuando Faraón endureció su corazón ante la primera exhibición del poder de Dios, se hizo más propenso a un segundo rechazo del poder de Dios. El orgullo y la obstinación lo mantuvieron esclavizado y le impidieron reconocer las advertencias de Dios. Era contrario a la naturaleza del Faraón cambiar de parecer después de haber expresado una vez su propósito de no creer (The Review and Herald, «The Measure of Light Given, Measures Our Responsibility», 17 de febrero, 1891, párr.1).


Martes 22 de julio

LAS TRES PRIMERAS PLAGAS

Las diez plagas de Egipto no iban dirigidas contra el pueblo egipcio, sino contra sus dioses. Cada plaga golpeaba al menos a uno de ellos.

Lee Éxodo 7:14 a 8:19. ¿Qué ocurrió al desencadenarse estas plagas?

Éxodo 7:14-8:19

14 Entonces Jehová dijo a Moisés: El corazón de Faraón está endurecido, y no quiere dejar ir al pueblo. 15 Ve por la mañana a Faraón, he aquí que él sale al río; y tú ponte a la ribera delante de él, y toma en tu mano la vara que se volvió culebra, 16 y dile: Jehová el Dios de los hebreos me ha enviado a ti, diciendo: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva en el desierto; y he aquí que hasta ahora no has querido oír. 17 Así ha dicho Jehová: En esto conocerás que yo soy Jehová: he aquí, yo golpearé con la vara que tengo en mi mano el agua que está en el río, y se convertirá en sangre. 18 Y los peces que hay en el río morirán, y hederá el río, y los egipcios tendrán asco de beber el agua del río. 19 Y Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón: Toma tu vara, y extiende tu mano sobre las aguas de Egipto, sobre sus ríos, sobre sus arroyos y sobre sus estanques, y sobre todos sus depósitos de aguas, para que se conviertan en sangre, y haya sangre por toda la región de Egipto, así en los vasos de madera como en los de piedra. 20 Y Moisés y Aarón hicieron como Jehová lo mandó; y alzando la vara golpeó las aguas que había en el río, en presencia de Faraón y de sus siervos; y todas las aguas que había en el río se convirtieron en sangre. 21 Asimismo los peces que había en el río murieron; y el río se corrompió, tanto que los egipcios no podían beber de él. Y hubo sangre por toda la tierra de Egipto. 22 Y los hechiceros de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos; y el corazón de Faraón se endureció, y no los escuchó; como Jehová lo había dicho. 23 Y Faraón se volvió y fue a su casa, y no dio atención tampoco a esto. 24 Y en todo Egipto hicieron pozos alrededor del río para beber, porque no podían beber de las aguas del río. 25 Y se cumplieron siete días después que Jehová hirió el río.

1 Entonces Jehová dijo a Moisés: Entra a la presencia de Faraón y dile: Jehová ha dicho así: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva. 2 Y si no lo quisieres dejar ir, he aquí yo castigaré con ranas todos tus territorios. 3 Y el río criará ranas, las cuales subirán y entrarán en tu casa, en la cámara donde duermes, y sobre tu cama, y en las casas de tus siervos, en tu pueblo, en tus hornos y en tus artesas. 4 Y las ranas subirán sobre ti, sobre tu pueblo, y sobre todos tus siervos. 5 Y Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón: Extiende tu mano con tu vara sobre los ríos, arroyos y estanques, para que haga subir ranas sobre la tierra de Egipto. 6 Entonces Aarón extendió su mano sobre las aguas de Egipto, y subieron ranas que cubrieron la tierra de Egipto. 7 Y los hechiceros hicieron lo mismo con sus encantamientos, e hicieron venir ranas sobre la tierra de Egipto. 8 Entonces Faraón llamó a Moisés y a Aarón, y les dijo: Orad a Jehová para que quite las ranas de mí y de mi pueblo, y dejaré ir a tu pueblo para que ofrezca sacrificios a Jehová. 9 Y dijo Moisés a Faraón: Dígnate indicarme cuándo debo orar por ti, por tus siervos y por tu pueblo, para que las ranas sean quitadas de ti y de tus casas, y que solamente queden en el río. 10 Y él dijo: Mañana. Y Moisés respondió: Se hará conforme a tu palabra, para que conozcas que no hay como Jehová nuestro Dios. 11 Y las ranas se irán de ti, y de tus casas, de tus siervos y de tu pueblo, y solamente quedarán en el río. 12 Entonces salieron Moisés y Aarón de la presencia de Faraón. Y clamó Moisés a Jehová tocante a las ranas que había mandado a Faraón. 13 E hizo Jehová conforme a la palabra de Moisés, y murieron las ranas de las casas, de los cortijos y de los campos. 14 Y las juntaron en montones, y apestaba la tierra. 15 Pero viendo Faraón que le habían dado reposo, endureció su corazón y no los escuchó, como Jehová lo había dicho. 16 Entonces Jehová dijo a Moisés: Di a Aarón: Extiende tu vara y golpea el polvo de la tierra, para que se vuelva piojos por todo el país de Egipto. 17 Y ellos lo hicieron así; y Aarón extendió su mano con su vara, y golpeó el polvo de la tierra, el cual se volvió piojos, así en los hombres como en las bestias; todo el polvo de la tierra se volvió piojos en todo el país de Egipto. 18 Y los hechiceros hicieron así también, para sacar piojos con sus encantamientos; pero no pudieron. Y hubo piojos tanto en los hombres como en las bestias. 19 Entonces los hechiceros dijeron a Faraón: Dedo de Dios es este. Mas el corazón de Faraón se endureció, y no los escuchó, como Jehová lo había dicho.

Dios indicó a Moisés que el diálogo con el faraón sería difícil y casi imposible (Éxo. 7:14). Sin embargo, el Señor quería revelarse al faraón y a los egipcios. Por lo tanto, decidió comunicarse con ellos de una manera que pudieran entender. Además, los hebreos se beneficiarían de esta confrontación porque aprenderían más acerca de su Dios.

La primera plaga iba dirigida contra Hapi, el dios del Nilo (Éxo. 7:17-25). La vida en Egipto dependía totalmente del agua de ese río. Donde había agua, había vida. El agua era la fuente de la vida, así que inventaron un dios, Hapi, y lo adoraron como proveedor de vida.

Por supuesto, solo el Dios vivo es la Fuente de la vida, el Creador de todo, incluidos el agua y los alimentos (Gén. 1:1, 2, 20-22; Sal. 104:27, 28; 136:25; Juan 11:25; 14:6). Transformar el agua en sangre simboliza transformar la vida en muerte. Hapi no era capaz de proporcionar y proteger la vida. Esto solamente es posible mediante el poder del Señor.

Dios dio entonces otra oportunidad al faraón. El Señor se enfrentó esta vez directamente a Heket, la diosa de las ranas (Éxo. 8:1-15). En lugar de vida, el Nilo produjo ranas, que los egipcios temían y detestaban. Quisieron deshacerse de ellas. El momento preciso en que esta plaga fue eliminada demostró que el poder de Dios también estaba detrás de ella.

La tercera plaga es la más brevemente descrita (Éxo. 8:16-19). No es posible saber con certeza qué tipo de insectos (heb. kinnim) intervinieron. Pudieron ser mosquitos, garrapatas o piojos. La plaga estaba dirigida contra Geb, el dios egipcio de la tierra. Del polvo de ella (ecos de la historia bíblica de la Creación), Dios hizo salir los insectos que se extendieron por doquier. Incapaces de duplicar este milagro (solo Dios puede crear vida), los magos declararon: “Dedo de Dios es este” (Éxo. 8:19). Sin embargo, el faraón se negó a ceder.

Piensa en cuán duro era el corazón del faraón. El rechazo repetido de las indicaciones de Dios no hizo más que empeorar su condición. ¿Qué lecciones hay aquí para cada uno de nosotros acerca del rechazo constante de las exhortaciones del Señor?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Aunque los magos parecían producir ranas como Moisés y Aarón, no podían eliminarlas. Cuando el Faraón vio que los magos no podían detener la plaga ni eliminar las ranas, se sintió un poco humillado, y quiso que Moisés y Aarón suplicaran al Señor por él para que eliminara la plaga de las ranas. Empezaba a saber algo acerca de aquel Dios del que se declaraba totalmente ignorante. Moisés y Aarón le habían dicho al Faraón que ellos no producían las ranas por magia, ni por ningún poder que poseyeran; que Dios, el Dios viviente, las había hecho venir por su poder, y que solo él podía eliminarlas. Previamente, el Faraón se había jactado ante Moisés y Aarón, porque los magos podían con sus encantamientos hacer aparecer las mismas cosas. Cuando pidió a Moisés que suplicara al Señor por él, este le recordó su anterior altanería y jactancia a causa de las obras realizadas por sus magos; y preguntó al Faraón dónde estaba ahora su vanagloria, y dónde estaba el poder de aquellos magos para eliminar la plaga.

El Señor escuchó las súplicas de Moisés y detuvo la plaga de ranas. Cuando el rey se vio aliviado de su angustia inmediata, volvió a negarse obstinadamente a libertar a Israel. Moisés y Aarón, por orden del Señor, hicieron que el polvo de la tierra se convirtiera en piojos a lo largo de toda la tierra de Egipto. El faraón llamó a los magos para que se presentaran ante él para hacer lo mismo con sus encantamientos, pero no pudieron. Moisés y Aarón, los siervos de Dios, por orden suya, produjeron la plaga de los piojos. Los magos, siervos de Satanás, por mandato de este, procuraron producir lo mismo con sus encantamientos, pero no pudieron. La obra de Dios se mostró superior al poder de Satanás; pues los magos con sus encantamientos solo podían realizar unas pocas hazañas. Cuando los magos vieron que no podían producir los piojos, dijeron a Faraón: «Entonces los hechiceros dijeron a Faraón: Dedo de Dios es este. Mas el corazón de Faraón se endureció, y no los escuchó, como Jehová lo había dicho» (Spiritual Gifts, t. 3, pp. 208, 209).

Faraón llamó a los hechiceros para que obraran con sus encantamientos. También ellos realizaron señales y maravillas, porque Satanás vino en su ayuda para trabajar por medio de ellos. Sin embargo, aun en esto la obra de Dios resultó superior al poder de Satanás, porque los hechiceros no pudieron llevar a cabo todos los milagros que Dios había realizado mediante Moisés. Pudieron duplicar solamente algunos de ellos. Las varas de los hechiceros se convirtieron en serpientes, pero la vara de Aarón se comió a todas las demás. Después que los hechiceros procuraron producir piojos, pero fracasaron, fueron compelidos por el poder de Dios a reconocer lo siguiente: «Dedo de Dios es este». Éxodo 8:19. Satanás obró mediante los hechiceros en una forma calculada para endurecer el corazón del tirano Faraón contra las milagrosas manifestaciones del poder de Dios. Satanás pensó hacer vacilar la fe de Moisés y Aarón en el origen divino de su misión, y entonces sus instrumentos, los magos, prevalecerían. Satanás no estaba dispuesto a que el pueblo de Israel fuera liberado de la servidumbre egipcia, para que pudiera servir a Dios (Spiritual Gifts, t. 4, p. 82; parcialmente en Testimonios para la Iglesia, t. 1 , p. 263).


Miércoles 23 de julio

MOSCAS, GANADO Y ÚLCERAS

Lee Éxodo 8:20 a 9:12. ¿Qué enseña este relato acerca de la libertad humana de rechazar a Dios aun teniendo delante las mayores manifestaciones de su poder y su gloria?

Éxodo 8:20-9:12

20 Jehová dijo a Moisés: Levántate de mañana y ponte delante de Faraón, he aquí él sale al río; y dile: Jehová ha dicho así: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva. 21 Porque si no dejas ir a mi pueblo, he aquí yo enviaré sobre ti, sobre tus siervos, sobre tu pueblo y sobre tus casas toda clase de moscas; y las casas de los egipcios se llenarán de toda clase de moscas, y asimismo la tierra donde ellos estén. 22 Y aquel día yo apartaré la tierra de Gosén, en la cual habita mi pueblo, para que ninguna clase de moscas haya en ella, a fin de que sepas que yo soy Jehová en medio de la tierra. 23 Y yo pondré redención entre mi pueblo y el tuyo. Mañana será esta señal. 24 Y Jehová lo hizo así, y vino toda clase de moscas molestísimas sobre la casa de Faraón, sobre las casas de sus siervos, y sobre todo el país de Egipto; y la tierra fue corrompida a causa de ellas. 25 Entonces Faraón llamó a Moisés y a Aarón, y les dijo: Andad, ofreced sacrificio a vuestro Dios en la tierra. 26 Y Moisés respondió: No conviene que hagamos así, porque ofreceríamos a Jehová nuestro Dios la abominación de los egipcios. He aquí, si sacrificáramos la abominación de los egipcios delante de ellos, ¿no nos apedrearían? 27 Camino de tres días iremos por el desierto, y ofreceremos sacrificios a Jehová nuestro Dios, como él nos dirá. 28 Dijo Faraón: Yo os dejaré ir para que ofrezcáis sacrificios a Jehová vuestro Dios en el desierto, con tal que no vayáis más lejos; orad por mí. 29 Y respondió Moisés: He aquí, al salir yo de tu presencia, rogaré a Jehová que las diversas clases de moscas se vayan de Faraón, y de sus siervos, y de su pueblo mañana; con tal que Faraón no falte más, no dejando ir al pueblo a dar sacrificio a Jehová. 30 Entonces Moisés salió de la presencia de Faraón, y oró a Jehová. 31 Y Jehová hizo conforme a la palabra de Moisés, y quitó todas aquellas moscas de Faraón, de sus siervos y de su pueblo, sin que quedara una. 32 Mas Faraón endureció aun esta vez su corazón, y no dejó ir al pueblo.

1 Entonces Jehová dijo a Moisés: Entra a la presencia de Faraón, y dile: Jehová, el Dios de los hebreos, dice así: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva. 2 Porque si no lo quieres dejar ir, y lo detienes aún, 3 he aquí la mano de Jehová estará sobre tus ganados que están en el campo, caballos, asnos, camellos, vacas y ovejas, con plaga gravísima. 4 Y Jehová hará separación entre los ganados de Israel y los de Egipto, de modo que nada muera de todo lo de los hijos de Israel. 5 Y Jehová fijó plazo, diciendo: Mañana hará Jehová esta cosa en la tierra. 6 Al día siguiente Jehová hizo aquello, y murió todo el ganado de Egipto; mas del ganado de los hijos de Israel no murió uno. 7 Entonces Faraón envió, y he aquí que del ganado de los hijos de Israel no había muerto uno. Mas el corazón de Faraón se endureció, y no dejó ir al pueblo. 8 Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Tomad puñados de ceniza de un horno, y la esparcirá Moisés hacia el cielo delante de Faraón; 9 y vendrá a ser polvo sobre toda la tierra de Egipto, y producirá sarpullido con úlceras en los hombres y en las bestias, por todo el país de Egipto. 10 Y tomaron ceniza del horno, y se pusieron delante de Faraón, y la esparció Moisés hacia el cielo; y hubo sarpullido que produjo úlceras tanto en los hombres como en las bestias. 11 Y los hechiceros no podían estar delante de Moisés a causa del sarpullido, porque hubo sarpullido en los hechiceros y en todos los egipcios. 12 Pero Jehová endureció el corazón de Faraón, y no los oyó, como Jehová lo había dicho a Moisés.

Wadjet era el dios egipcio de las moscas y los pantanos. A su vez, el dios Jepri (la deidad del sol naciente, la creación y el renacimiento) era representado con la cabeza de una mosca. Estos “dioses” fueron derrotados por el Señor. Mientras los egipcios sufrían, los hebreos estaban protegidos (Éxo. 8:20-24). De hecho, ninguna otra plaga los afectó.

De nuevo, todo esto fue un intento de Dios de hacer saber al faraón que: “Yo soy el Señor en medio de la tierra” (Éxo. 8:22).

El faraón empezó a negociar. Sin duda, la presión iba en aumento. Estaba dispuesto a que Israel adorara a su Dios y le ofreciera sacrificios, pero solo en la tierra de Egipto (Éxo. 8:25). Sus condiciones no podían ser cumplidas pues ciertos animales eran considerados sagrados allí. Sacrificarlos habría provocado la violencia de los egipcios contra los hebreos. Además, la propuesta de faraón no era el plan de Dios para Israel.

Mientras tanto, la siguiente plaga (Éxo. 9:1-7) cae sobre el ganado. Hathor, la diosa egipcia del amor y la protección, era representada con cabeza de vaca. El dios toro Apis también era muy popular y apreciado en el antiguo Egipto. Por lo tanto, esas otras deidades principales fueron derrotadas al morir el ganado de los egipcios durante la quinta plaga.

En la sexta plaga (Éxo. 9:8-12) se pone de manifiesto la derrota total de Isis, la diosa de la medicina, la magia y la sabiduría. También vemos la derrota de deidades como Sejmet (diosa de la guerra y las epidemias) e Imhotep (dios de la medicina y la curación), incapaces de proteger a sus propios adoradores. Irónicamente, ahora incluso los magos y los hechiceros están tan afligidos que no pueden comparecer ante el tribunal, lo que demuestra que están indefensos ante el Creador del Cielo y de la Tierra.

Por primera vez en el relato de las diez plagas, un texto dice que “el Señor endureció el corazón de Faraón” (Éxo. 9:12). Por confusa que pueda resultar esta frase, ella revela a la luz del contexto que el Señor permite que los seres humanos cosechen las consecuencias de su continuo rechazo hacia él.

El problema del faraón no era de índole intelectual, ya que contaba con suficiente evidencia para tomar la decisión correcta. Era, en cambio, un problema espiritual. ¿Qué debería decirnos esto acerca de por qué debemos guardar nuestro corazón, es decir, velar por nuestra condición interior?

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Los egipcios adoraban a ciertas bestias, y consideraban una ofensa imperdonable matar a una de ellas. Y si uno de sus objetos de culto era sacrificado, aunque fuera accidentalmente, solo la vida de la persona podía responder por la ofensa. Moisés demostró al Faraón la imposibilidad de ofrecer sacrificios a Dios en la tierra de Egipto, a la vista de los egipcios, ya que podrían seleccionar para su ofrenda alguna de las bestias que consideraban sagradas.

Moisés propuso de nuevo ir tres días de camino al desierto. El rey consintió mientras estaba bajo la mano castigadora de Dios. «Dijo Faraón: Yo os dejaré ir para que ofrezcáis sacrificios a Jehová vuestro Dios en el desierto, con tal que no vayáis más lejos; orad por mí. 29 Y respondió Moisés: He aquí, al salir yo de tu presencia, rogaré a Jehová que las diversas clases de moscas se vayan de Faraón, y de sus siervos, y de su pueblo mañana; con tal que Faraón no falte más, no dejando ir al pueblo a dar sacrificio a Jehová. 30 Entonces Moisés salió de la presencia de Faraón, y oró a Jehová. 31 Y Jehová hizo conforme a la palabra de Moisés, y quitó todas aquellas moscas de Faraón, de sus siervos y de su pueblo, sin que quedara una. 32 Mas Faraón endureció aun esta vez su corazón, y no dejó ir al pueblo».

El Señor ordenó a Moisés y a Aarón que se presentasen de nuevo ante el faraón y le dijesen: «Jehová, el Dios de los hebreos, dice así: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva». Y si se negara a dejarlos ir y los detuviera, la plaga caería sobre su ganado. «Y Jehová hará separación entre los ganados de Israel y los de Egipto, de modo que nada muera de todo lo de los hijos de Israel». Y murió todo el ganado sobre el cual cayó la plaga, pero no murió ni uno solo del ganado de los hebreos. El Faraón envió mensajeros para preguntar si había muerto alguno de los ganados de los israelitas. El mensajero volvió al rey con la noticia de que no había muerto ni uno solo de ellos, ni estaban afectados en absoluto por la plaga. Sin embargo, su corazón se endureció y se negó a dejar a Israel marcharse (Spiritual Gifts, t. 3, p. 211).

Los magos, con toda su magia y su supuesto poder, no pudieron, con ninguno de sus encantamientos, protegerse de la grave plaga de los furúnculos. Ya no podían estar delante de Moisés y Aarón, a causa de esta grave aflicción. Se permitió así a los egipcios ver cuán completamente inútil era para ellos poner su confianza en el supuesto poder de los magos, cuando ni siquiera podían salvar sus propios cuerpos de las plagas (Spiritual Gifts, t. 3, 212).


Jueves 24 de julio

GRANIZO, LANGOSTAS Y OSCURIDAD

Lee Éxodo 9:13 a 10:29. ¿Hasta qué punto consiguen estas plagas que el faraón cambie de opinión?

Éxodo 9:13-10:29

13 Entonces Jehová dijo a Moisés: Levántate de mañana, y ponte delante de Faraón, y dile: Jehová, el Dios de los hebreos, dice así: Deja ir a mi pueblo, para que me sirva. 14 Porque yo enviaré esta vez todas mis plagas a tu corazón, sobre tus siervos y sobre tu pueblo, para que entiendas que no hay otro como yo en toda la tierra. 15 Porque ahora yo extenderé mi mano para herirte a ti y a tu pueblo de plaga, y serás quitado de la tierra. 16 Y a la verdad yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra. 17 ¿Todavía te ensoberbeces contra mi pueblo, para no dejarlos ir? 18 He aquí que mañana a estas horas yo haré llover granizo muy pesado, cual nunca hubo en Egipto, desde el día que se fundó hasta ahora. 19 Envía, pues, a recoger tu ganado, y todo lo que tienes en el campo; porque todo hombre o animal que se halle en el campo, y no sea recogido a casa, el granizo caerá sobre él, y morirá. 20 De los siervos de Faraón, el que tuvo temor de la palabra de Jehová hizo huir sus criados y su ganado a casa; 21 mas el que no puso en su corazón la palabra de Jehová, dejó sus criados y sus ganados en el campo. 22 Y Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano hacia el cielo, para que venga granizo en toda la tierra de Egipto sobre los hombres, y sobre las bestias, y sobre toda la hierba del campo en el país de Egipto. 23 Y Moisés extendió su vara hacia el cielo, y Jehová hizo tronar y granizar, y el fuego se descargó sobre la tierra; y Jehová hizo llover granizo sobre la tierra de Egipto. 24 Hubo, pues, granizo, y fuego mezclado con el granizo, tan grande, cual nunca hubo en toda la tierra de Egipto desde que fue habitada. 25 Y aquel granizo hirió en toda la tierra de Egipto todo lo que estaba en el campo, así hombres como bestias; asimismo destrozó el granizo toda la hierba del campo, y desgajó todos los árboles del país. 26 Solamente en la tierra de Gosén, donde estaban los hijos de Israel, no hubo granizo. 27 Entonces Faraón envió a llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo: He pecado esta vez; Jehová es justo, y yo y mi pueblo impíos. 28 Orad a Jehová para que cesen los truenos de Dios y el granizo, y yo os dejaré ir, y no os detendréis más. 29 Y le respondió Moisés: Tan pronto salga yo de la ciudad, extenderé mis manos a Jehová, y los truenos cesarán, y no habrá más granizo; para que sepas que de Jehová es la tierra. 30 Pero yo sé que ni tú ni tus siervos temeréis todavía la presencia de Jehová Dios. 31 El lino, pues, y la cebada fueron destrozados, porque la cebada estaba ya espigada, y el lino en caña. 32 Mas el trigo y el centeno no fueron destrozados, porque eran tardíos. 33 Y salido Moisés de la presencia de Faraón, fuera de la ciudad, extendió sus manos a Jehová, y cesaron los truenos y el granizo, y la lluvia no cayó más sobre la tierra. 34 Y viendo Faraón que la lluvia había cesado, y el granizo y los truenos, se obstinó en pecar, y endurecieron su corazón él y sus siervos. 35 Y el corazón de Faraón se endureció, y no dejó ir a los hijos de Israel, como Jehová lo había dicho por medio de Moisés.

1 Jehová dijo a Moisés: Entra a la presencia de Faraón; porque yo he endurecido su corazón, y el corazón de sus siervos, para mostrar entre ellos estas mis señales, 2 y para que cuentes a tus hijos y a tus nietos las cosas que yo hice en Egipto, y mis señales que hice entre ellos; para que sepáis que yo soy Jehová. 3 Entonces vinieron Moisés y Aarón a Faraón, y le dijeron: Jehová el Dios de los hebreos ha dicho así: ¿Hasta cuándo no querrás humillarte delante de mí? Deja ir a mi pueblo, para que me sirva. 4 Y si aún rehúsas dejarlo ir, he aquí que mañana yo traeré sobre tu territorio la langosta, 5 la cual cubrirá la faz de la tierra, de modo que no pueda verse la tierra; y ella comerá lo que escapó, lo que os quedó del granizo; comerá asimismo todo árbol que os fructifica en el campo. 6 Y llenará tus casas, y las casas de todos tus siervos, y las casas de todos los egipcios, cual nunca vieron tus padres ni tus abuelos, desde que ellos fueron sobre la tierra hasta hoy. Y se volvió y salió de delante de Faraón. 7 Entonces los siervos de Faraón le dijeron: ¿Hasta cuándo será este hombre un lazo para nosotros? Deja ir a estos hombres, para que sirvan a Jehová su Dios. ¿Acaso no sabes todavía que Egipto está ya destruido? 8 Y Moisés y Aarón volvieron a ser llamados ante Faraón, el cual les dijo: Andad, servid a Jehová vuestro Dios. ¿Quiénes son los que han de ir? 9 Moisés respondió: Hemos de ir con nuestros niños y con nuestros viejos, con nuestros hijos y con nuestras hijas; con nuestras ovejas y con nuestras vacas hemos de ir; porque es nuestra fiesta solemne para Jehová. 10 Y él les dijo: ¡Así sea Jehová con vosotros! ¿Cómo os voy a dejar ir a vosotros y a vuestros niños? ¡Mirad cómo el mal está delante de vuestro rostro! 11 No será así; id ahora vosotros los varones, y servid a Jehová, pues esto es lo que vosotros pedisteis. Y los echaron de la presencia de Faraón. 12 Entonces Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano sobre la tierra de Egipto para traer la langosta, a fin de que suba sobre el país de Egipto, y consuma todo lo que el granizo dejó. 13 Y extendió Moisés su vara sobre la tierra de Egipto, y Jehová trajo un viento oriental sobre el país todo aquel día y toda aquella noche; y al venir la mañana el viento oriental trajo la langosta. 14 Y subió la langosta sobre toda la tierra de Egipto, y se asentó en todo el país de Egipto en tan gran cantidad como no la hubo antes ni la habrá después; 15 y cubrió la faz de todo el país, y oscureció la tierra; y consumió toda la hierba de la tierra, y todo el fruto de los árboles que había dejado el granizo; no quedó cosa verde en árboles ni en hierba del campo, en toda la tierra de Egipto. 16 Entonces Faraón se apresuró a llamar a Moisés y a Aarón, y dijo: He pecado contra Jehová vuestro Dios, y contra vosotros. 17 Mas os ruego ahora que perdonéis mi pecado solamente esta vez, y que oréis a Jehová vuestro Dios que quite de mí al menos esta plaga mortal. 18 Y salió Moisés de delante de Faraón, y oró a Jehová. 19 Entonces Jehová trajo un fortísimo viento occidental, y quitó la langosta y la arrojó en el Mar Rojo; ni una langosta quedó en todo el país de Egipto. 20 Pero Jehová endureció el corazón de Faraón, y este no dejó ir a los hijos de Israel. 21 Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano hacia el cielo, para que haya tinieblas sobre la tierra de Egipto, tanto que cualquiera las palpe. 22 Y extendió Moisés su mano hacia el cielo, y hubo densas tinieblas sobre toda la tierra de Egipto, por tres días. 23 Ninguno vio a su prójimo, ni nadie se levantó de su lugar en tres días; mas todos los hijos de Israel tenían luz en sus habitaciones. 24 Entonces Faraón hizo llamar a Moisés, y dijo: Id, servid a Jehová; solamente queden vuestras ovejas y vuestras vacas; vayan también vuestros niños con vosotros. 25 Y Moisés respondió: Tú también nos darás sacrificios y holocaustos que sacrifiquemos para Jehová nuestro Dios. 26 Nuestros ganados irán también con nosotros; no quedará ni una pezuña; porque de ellos hemos de tomar para servir a Jehová nuestro Dios, y no sabemos con qué hemos de servir a Jehová hasta que lleguemos allá. 27 Pero Jehová endureció el corazón de Faraón, y no quiso dejarlos ir. 28 Y le dijo Faraón: Retírate de mí; guárdate que no veas más mi rostro, porque en cualquier día que vieres mi rostro, morirás. 29 Y Moisés respondió: Bien has dicho; no veré más tu rostro.

Nut era la diosa egipcia del Cielo, y a menudo se la representaba controlando lo que ocurría bajo el Cielo y en la Tierra. Osiris era el dios de las cosechas y la fertilidad. En la Biblia, el granizo se asocia a menudo con el juicio de Dios (Isa. 28:2, 17; Eze. 13:11-13). Durante esta plaga, quienes resguardaran sus bienes en un lugar seguro estarían protegidos (Éxo. 9:20, 21). Todos son ahora puestos a prueba: ¿creerán a Dios y actuarán en consecuencia o no?

Dios anuncia que su propósito al dejar vivir al faraón es que toda la tierra conozca al Señor (Éxo. 9:16). El rey de Egipto confiesa ahora que ha pecado, pero más tarde cambia de opinión.

El dios egipcio de la tormenta, la guerra y el desorden se llamaba Seth. Tanto él como Isis eran además considerados deidades de la agricultura. Shu era el dios de la atmósfera. Serapis personificaba la majestad divina, la fertilidad, la curación y la vida después de la muerte. Ninguno de los dioses egipcios podía detener los juicios de Dios (Éxo. 10:4-20) porque los ídolos no son nada (Isa. 44:9, 10, 12-17).

Los siervos del faraón lo instaron a que dejara marchar a Israel, pero él volvió a negarse. Hizo un ofrecimiento que Moisés rechazó con razón, pues las mujeres y los niños son una parte vital e inseparable del culto y de la comunidad de fe.

Por último, Ra era la principal deidad egipcia, el dios del Sol, mientras que Tut era un dios lunar. Sin embargo, ninguno de ellos era capaz de proveer luz. El faraón intenta nuevamente negociar, aunque sin éxito. Un período de tres días de oscuridad asoló Egipto, pero había luz donde vivían los israelitas. La separación no podía ser más espectacular.

Sin embargo, a pesar de la disciplina divina recibida por la nación, el faraón estaba decidido a luchar y a no cejar en su empeño. Aunque no conocemos sus motivos más profundos, su actitud pudo haberse tornado en cierto punto una cuestión de mero orgullo. No importaba cuán poderosa fuera la evidencia ni cuán obvio resultara lo que estaba sucediendo. Incluso sus propios sirvientes declararon: “¿Hasta cuándo este hombre nos ha de ser un lazo? Deja ir a esos hombres, para que sirvan al Señor su Dios. ¿No sabes aún que Egipto está destruido?” (Éxo. 10:7). Tampoco importaba que la opción correcta estuviera justo delante de él. Tras vacilar un poco, el faraón seguía negándose a rendirse a la voluntad de Dios y a dejar ir al pueblo.

Cuán dramático ejemplo de las palabras: “La soberbia precede a la ruina, y la altivez de espíritu a la caída” (Prov. 16:18).

ESPÍRITU DE PROFECÍA

Los que obedecieron la orden del Señor reunieron su ganado en establos y casas, al paso que los que tenían endurecido el corazón, como Faraón, dejaron su ganado en el campo. Aquí hubo una oportunidad para poner a prueba el orgullo exacerbado de los egipcios y para mostrar cuántos había cuyo corazón realmente estuvo afectado por el maravilloso proceder de Dios con su pueblo, a quien ellos habían despreciado y tratado cruelmente. «Hubo, pues, granizo, y fuego mezclado con el granizo, tan grande, cual nunca hubo en toda la tierra de Egipto desde que fue habitada. Y aquel granizo hirió en toda la tierra de Egipto todo lo que estaba en el campo, así hombres como bestias; asimismo destrozó el granizo toda la hierba del campo, y desgajó todos los árboles del país. Solamente en la tierra de Gosén, donde estaban los hijos de Israel, no hubo granizo. Entonces Faraón envió a llamar a Moisés y a Aarón, y les dijo: He pecado esta vez; Jehová es justo, y yo y mi pueblo impíos. Orad a Jehová para que cesen los truenos de Dios y el gramzo, y yo os dejaré ir, y no os detendréis más. Y le respondió Moisés: Tan pronto salga yo de la ciudad, extenderé mis manos a Jehová, y los truenos cesarán, y no habrá más granizo; para que sepas que de Jehová es la tierra. Pero yo sé que ni tú ni tus siervos temeréis todavía la presencia de Jehová Dios. El lino, pues, y la cebada fueron destrozados, porque la cebada estaba ya espigada, y el lino en caña. Mas el trigo y el centeno no fueron destrozados, porque eran tardíos»

Después de que la plaga fue detenida, el rey rehusó dejar salir a Israel. La rebelión engendra rebelión. El rey se había endurecido de tal manera con su continua oposición a la voluntad de Dios, que todo su ser se alzó en rebeldía ante la tremenda exhibición del poder divino (Spiritual Gifts, t. 3, pp. 214, 215; parcialmente en Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 1, pp. 1114, 1115).

Por último, el temor arrancó a Faraón una concesión más. Al fin del tercer día de tinieblas, llamó a Moisés, y le dio su consentimiento para que saliera el pueblo, con tal de que los rebaños y las manadas permanecieran. «No quedará ni una uña —contestó el decidido hebreo—; porque… no sabemos con qué hemos de servir a Jehová, hasta que lleguemos allá». La ira del rey estalló desenfrenadamente y gritó: «Retírate de mí: guárdate que no veas más mi rostro, porque en cualquier día que vieres mi rostro, morirás». La contestación fue: «Bien has dicho; no veré más tu rostro».

«Moisés era muy gran varón en la tierra de Egipto, a los ojos de los siervos de Faraón, y a los ojos del pueblo». Moisés era considerado como persona venerable por los egipcios. El rey no se atrevió a hacerle daño, pues la gente le consideraba como el único ser capaz de quitar las plagas. Deseaban que se permitiese a los israelitas salir de Egipto. Fueron el rey y los sacerdotes los que se opusieron hasta el último momento a las demandas de Moisés (Historia de los patriarcas y profetas, p. 278).


Viernes 25 de julio

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR:

Lee el capítulo titulado “Las plagas de Egipto” en el libro Patriarcas y profetas, de Elena de White, pp. 269-278.

“[Dios] permitió que su pueblo experimentara la terrible crueldad de los egipcios para que no fueran engañados por la degradante influencia de la idolatría. En su trato con el faraón, el Señor mostró su odio por la idolatría, y su firme decisión de castigar la crueldad y la opresión. […]

Dios había declarado tocante a Faraón: ‘Pero yo endureceré su corazón, de modo que no dejará ir al pueblo’ (Éxo. 4:21). No fue ejercido un poder sobrenatural para endurecer el corazón del rey. Dios dio a Faraón las evidencias más notables del poder divino; pero el monarca rehusó obstinadamente aceptar la luz. Toda manifestación de poder infinito que él rechazaba lo empecinaba más en su rebelión. Las semillas de rebelión que el rey sembró cuando rechazó el primer milagro, produjeron su cosecha” (Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 273).

“El Sol y la Luna eran para los egipcios objetos de adoración; en esas tinieblas misteriosas, tanto la gente como sus dioses fueron heridos por el poder que había patrocinado la causa de los siervos. Sin embargo, por espantoso que fuera, este castigo evidenciaba la compasión de Dios y su falta de voluntad para destruir. Estaba dando a la gente tiempo para reflexionar y arrepentirse antes de enviarles la última y más terrible de las plagas” (Patriarcas y profetas, p. 278).

PREGUNTAS PARA DIALOGAR:

  1. Reflexiona acerca de por qué el faraón se endureció tanto contra la opción obviamente correcta; a saber, ¡dejar ir al pueblo! ¿Cómo puede alguien engañarse tanto a sí mismo? ¿Qué advertencia representa esto para nosotros acerca del peligro de obstinarnos en el pecado al punto de tomar decisiones desastrosas aunque el camino correcto esté ante nosotros todo el tiempo? ¿Qué otros personajes bíblicos cometieron el mismo error? Piensa, por ejemplo, en Judas.
  2. En un momento dado, en medio de la devastación que el faraón había acarreado a su propia tierra y a su pueblo, declaró: “He pecado esta vez. El Señor es justo, y yo y mi pueblo impíos” (Éxo. 9:27). Aunque esa era una maravillosa confesión de pecado, ¿cómo sabemos que no era sincera?